A la búsqueda del tiempo perdido en la inversión y la educación

Por: Carlos Leyba

La semana pasada, en términos políticos y económicos, han pasado muchas cosas. Algunas condicionan negativamente la evolución de la economía, pero lo más importante es que, en la base, subsisten las condiciones de largo plazo difíciles de evitar sin giros copernicanos, revoluciones de paradigma pendientes, que, por ahora —a pesar de estar en campaña— nadie hace aparecer.

Preocupa lo que sí sobreabunda, que es la intensidad y la dimensión de la grieta sociopolítica, que aleja la posibilidad de consenso aun en sus formas más primarias. Esa sobreabundancia aleja la posibilidad de un rumbo cierto y estable y, por lo tanto, acentúa la tendencia al estancamiento económico. El carácter de violencia verbal profunda de la campaña, aunque sea de buenas maneras, por un lado, y la conflictividad social que se expresa en la necesidad de la CGT de llevar a cabo una manifestación, por el otro, abren la grieta, o derrumban puentes, que es lo mismo. La CGT la plantea como un prólogo previo a un paro general, como herramienta destinada a enfrentar tanto las amenazas a las conquistas laborales como a las condiciones actuales de la economía y a los anunciados programas de liberalización de la apertura económica.

La CGT, por caso, reconoce que las condiciones actuales son producto de una herencia siniestra del kirchnerismo. Pero no es menos cierto que la formula “modificación de las condiciones laborales más liberalización de la apertura” pegan sobre los trabajadores formales de manera unilateral, mientras la compartida del empresariado —que es el responsable de crear empleo y generar productividad en el sistema capitalista— no está en la lista de las herramientas. Esa descompensación es una apuesta al conflicto.

El futuro de la economía, más allá de computar como positivas la tendencia a la baja de la inflación y la recuperación —el rebote— de algunas actividades urbanas, aparece comprometido.

La tendencia a la baja de la inflación está basada en altos costos, como lo son las tasas de interés que privilegiaron la inversión especulativa por sobre la aplicación de excedentes al proceso productivo; y la prorroga, sin límite aparente, de un proceso de capacidad productiva ociosa y alto desempleo y empleo parcial y marginal, asociada al estancamiento de la actividad más allá del rebote señalado.

Hay “otras” noticias económicas recientes con consecuencias inevitables.

Primero, la bajísima tasa de inversión de nuestra economía, y la otra, el crecimiento del déficit fiscal, estimulado por el pago de las tasas de interés, que es consecuencia de la estrategia de financiar con deuda externa el déficit fiscal.

Tasa de inversión baja y déficit financiado con deuda convergen en un territorio que, la semana pasada, ha sido sacudido. Es el territorio del tipo de cambio.  A pesar del abastecimiento de dólares, por la deuda externa pública y no por el aparato o flujos productivos, el mercado “saltó” e hizo falta la intervención del BCRA para contenerlo.

El “salto cambiario” es una medida del atraso del tipo de cambio, de la falta de confianza, del miedo de los mercados. Las tres cosas, a su vez, están detrás de la bajísima tasa de inversión de nuestra economía. Por ahí transitan las consecuencias.

Veamos que pasó en la semana política terminada. El Gobierno decidió la estrategia electoral centrada en la corrupción focalizada en el kirchnerismo y personalizada en Julio De Vido, que fue la estrella K del Gasto Público. Lo instaló en el Parlamento pese a que la derrota en la expulsión del diputado De Vido, para los estrategas gubernamentales, fue un éxito. La idea es que esa derrota provocará que la votación sume diputados para lograr los dos tercios necesarios para despedir a De Vido después de las elecciones. Esta derrota transitoria sería, entonces, la condición necesaria para sumar diputados suficientes como para cambiar el resultado en el próximo intento posterior a octubre. Es un deseo y un pronóstico. El deseo está verificado. El pronóstico es optimista, pero algunos cálculos lo avalan.

La definición estratégica PRO confirma que la compulsa electoral está instalada entre el pasado y el presente. Lo futuro es una cláusula vacía.

Cambiemos centra sus ataques en el pasado indefendible del kirchnerismo, del que ahora elige la corrupción como principal bandera.

Y la oposición, especialmente Cristina Kirchner, elige machacar sobre el presente de la economía y la situación social. La percepción de una gran parte de la sociedad es terreno fértil  para esa siembra.

Todos apuntan en negativo. Me pregunto ¿qué fuego avivamos?

Cristina no contestará las razones de su fortuna súbita. Son inexplicables.  Y Mauricio no contestará que no llegamos al oasis y seguimos en este desierto de estancamiento de larga data. La gestión también es inexplicable.

Cristina (que es De Vido y todos los demás) goza del acolchado isonorizante de la Justicia que, a base de silencio y morosidad, indigna.

Mauricio (que es Cambiemos) cuenta con el acompañamiento de los “comunicadores sociales” que evitan que llegue a la opinión pública el diagnóstico y las propuestas para salir de un círculo vicioso de desempleo estructural, gasto público y ausencia de inversiones.

Se lo niega con evasiones del tipo: "¿Y ustedes, qué? Háganse cargo". Son evasivas para no hablar de lo crítico.

En ese marco, no solo las PASO, sino la misma campaña electoral se tornan inútiles. Cristina (y los demás) no va a explicar su fortunas súbita y el despilfarro de 12 años; y Mauricio y sus aliados no van a explicar por qué no salimos del círculo vicioso y cómo se proponen salir de él. Si es así, votamos, pero no elegimos.

Elegir es escoger entre posibilidades. Y, como es obvio, el pasado y el presente no son posibilidades.

La única posibilidad de escoger está en el futuro y para eso es necesario que se ofrezcan posibilidades para cabalgarlo y conducirlo. Eso, en estas lamentables estrategias, gubernamental y opositoras, no está.

El primer dato de la semana, el debate De Vido, confirma lo negativo que nos espera en materia de estrategias electorales.

El segundo dato vinculado a estrategias y flacuras morales, aunque ciertamente menor, es que el inexplicable J. Duran Barba y su socio, finalmente, van a cobrar unos pesos en blanco de las arcas del PRO. Trabajó una década para su cliente argentino.

Tamaña desprolijidad fue descubierta por una investigación judicial que, como genera sospechas sobre todos, pasó sin ruido. A los asesores de las campañas de Macri, durante una década, no les pagó nadie o alguien lo hizo “en negro”. Lo primero contradice la norma número uno del pensamiento liberal que nutre al PRO, ya que, como Milton Fridman sostiene: “No hay tal cosa como un almuerzo gratis”. Gratis o en negro, la verdad, esa relación “no es PRO”.

Claro que las desprolijidades en la cosa pública de los que se fueron son escandalosas e incomparables. Obviamente, solo me refiero al kirchnerismo. La noticia que Duran empieza a cobrar ahora es un dato menor, pero habla de chapoteo en el mismo barro. ¿Se entiende? ¿Dónde lo ponemos, en el pasado o en el presente? En fin, un pequeño aporte a la grieta. Para aplacarla, hace falta mucha ejemplariedad.

La tercera y más que relevante es el anuncio de la movilización de agosto de la CGT, que concita hoy más gremios adheridos que nunca. Es una movilización a Plaza de Mayo. Para Duran y Peña, como la suba del dólar, las movilizaciones no inquietan a nadie y no tienen ninguna repercusión.

Pero, en realidad, las movilizaciones del Movimiento Obrero, que son difíciles de llevar a cabo, son manifestaciones de un estado febril en la sociedad. Un estado de malestar que las encuestas no reflejan porque, en general, las encuestas sintetizan el clima general en el que se compensan los humores de unos sectores con otros. La movilización sí indica que los trabajadores sindicalizados (sector que alberga al trabajo de mayor productividad) necesitan que la economía les ofrezca seguridades y perspectivas que ellos no perciben, que no perciben las bases; y tal vez, que tampoco perciben los patrones.

Los patrones, los empresarios y gerentes, tienen un doble lenguaje. Por un lado, no se pueden malquistar con el poder, la administración, el sector financiero, los medios. Necesitan, en general, ofrecer puertas fuera una versión elducorada de su realidad. Pero puertas adentro, del lado de los costos, del volumen de negocios, de las perspectivas de mercado —que es el lado con el que se relacionan con los trabajadores— no ocultan la incertidumbre y el malestar.

La movilización de la CGT es la fiebre que producen la incertidumbre —el “qué nos pasará”— y el malestar —el “qué mal la estoy pasando”—.

Y, en la medida que esto ocurre, porque sus planteos a priori son rechazados por el Gobierno y los medios asociados, está señalando un incremento del malestar, del estado de grieta. Las divisiones, en estado de conflicto, se multiplican. En este caso, dividir es multiplicar. Y el que no escucha, divide.

Las notas destacadas de la semana pasada fertilizan la división, la grieta y alejan el consenso y el futuro, desde la perspectiva de la voluntad política.

Exploremos ahora aquellas noticias que generan preocupación sobre la suerte de la economía.

En la semana se disparó el dólar. Para muchos, solo se trata de un dato político que refleja el miedo a Cristina como proveedora de un viaje a Venezuela. Miedo que, como siempre, se protege en el dólar, a medida que se aproximan las definiciones de las encuestas en las que todas aseguran que Cristina llega. Primera o segunda, pero llega.

Y ese es el miedo al futuro que el propio Gobierno agita. Pero la realidad es que los datos financieros con los que debe leerse la escapada del dólar no convalidan la afirmación de Marcos Peña:  “La verdad es que, actualmente, no hay motivos para preocuparse por la cotización del dólar en la Argentina. Ya que, a decir verdad, ese dato no afecta en lo más mínimo a la población en general”.  

Una lamentable afirmación del inexperto Peña, que se suma a las conocidas y emblemáticas del tipo: “El que juega al dólar pierde” o a las alusiones “al mercado inexistente” del más que inexperto e irresponsable Axel Kicillof.

Pero, peor, el mentor económico intelectual de las posiciones más duras (e irracionales) del Gobierno, Federico Sturzenegger, debió colocar más de 300 millones de dólares en el mercado para atemperar a las fieras que devoran el “verde” y, a pesar de ello, el paralelo cerró en 18,50 pesos por dólar.

Podrá volver a bajar. Pero el nuevo piso será más alto que el anterior y el efecto sobre los precios será inevitable: sin compensaciones (y en este modelo no las hay), toda devaluación nominal (la real ha sido mínima) es un cambio hacia arriba de un precio fundamental que se desparrama por todo el proceso económico y comercial. Y como sabemos, sin precios que bajen, la suba de uno es la suba del promedio de los precios, y a eso es lo que llamamos “tasa de inflación”.

El dólar es un actor dormido del proceso de inflación que refleja colosales desequilibrios. Al despertarse, requiere de un tratamiento que, en buen romance, pasa primero por una visión de política económica global que incluye, entre otras dimensiones, la política de ingresos.

Nada mas ajeno a este esquema dominante del PRO, que ha decidido trabajar sobre dos ejes notablemente contradictorios.

De un lado, “objetivo de inflación” fijado por el BCRA, que usa el solo instrumento de la tasa de interés y la esterilización vía colocaciones del Central (Lebac,etc.), y por el otro lado, un instrumento de armonización al que denominan “gradualismo” y que consiste en la financiación de los déficits gemelos vía deuda externa.

El salto del dólar lo realiza el mercado en función de la percepción del atraso cambiario, de las expectativas políticas de incertidumbre y, además, en respuesta a la percepción de “menos éxito que el esperado” en la política inflacionaria y más riesgos que los esperados en materia de “gradualismo por la deuda”. La deuda …

El dato del mercado cambiario en sí, lo que está detrás de él, señala que “el mercado” dice, en los medios, “vayan por ahí”… pero, por si acaso…  “en la caja, yo me quedo por allá”.

La prueba es que la “fuga de capitales” después del blanqueo continua, como lo hacen los gastos de turismo al exterior, la conciencia del deme dos y la abrumadora persistencia de las noticias que los precios de la leche y el pan —medidos en pesos— son mas baratos en Londres que en Buenos Aires. Todos sabemos que ese es el preludio en fuga del “deme dos”.

Inquietó la información provista por la comisión de la OCDE que estuvo en el país revisando los números de nuestra economía.

Según Clarín (28/7/17), la buena noticia del Informe es que si el país “hace una serie de reformas, el ingreso promedio por habitante crecería 15 por ciento en los próximos 10 años”.

Tenga en cuenta el lector que el ingreso promedio por habitante de 2017 —aun si se cumpliera el pronóstico de crecimiento de 3 por ciento— sería menor que el de 2011 y algunos estiman que, a este ritmo, recién en 2020 llegaríamos al de 2011.  En ese caso, según la OCDE y si hacemos las reformas que ese organismo propone, ese “crecimiento” de 15 por ciento ocurriría en 16 y no en 10 años.

Una velocidad de tortuga que nos dejaría en el marco de una conflictividad social inimaginable. Esa tasa de crecimiento apunta a las condiciones de vida (a ese ritmo ¿absorber el 30 por ciento de pobreza y el 30 por ciento de trabajo en negro?) y al ritmo de crecimiento de la productividad. ¿En qué están pesando los técnicos de la OCDE?

Lo cierto es que el dato más relevante del Informe —según Clarín— es la espantosa tasa de inversión que revela. Nuestro país, según el Informe OCDE, invierte el 15 por ciento de su PBI, mientras que los miembros de la OCDE —que la mayoría más que duplican el PBI por habitante de la Argentina— invierten, en promedio, el 23 por ciento de su PBI. Ahí está el meollo de la cuestión.

Con esta tasa de inversión, la que informa la OCDE, es imposible crecer a más del 1 y monedas por ciento anual por habitante, porque, con esa inversión, no puede crecer la productividad. No hay manera de que lo haga.

Porque la inversión es la condición necesaria para la transformación.

De la misma manera, es absolutamente imposible crecer a mayor velocidad si no realizamos una revolución educativa para cortar de raíz el decadente proceso de empobrecimiento colectivo que implica que la mitad de los menores de 14 años son pobres, hijos de pobres y nietos de pobres.

Tal vez no son las reformas propuestas por la OCDE el camino que puede lograr las dos revoluciones económicas que necesita la Argentina: primero, tender a duplicar la tasa de inversión, especialmente, la inversión reproductiva urbana y, segundo, transformar de inmediato el futuro de los millones de niños pobres y de aquellos, muchos más, que, sin serlo hoy —a la velocidad de crecimiento que nos ofrecen las reformas de la OCDE— los serán en los próximos años.

Y, finalmente, la tercera nota económica inquietante es que “de la mano de los intereses, aumentó el 76 por ciento el déficit fiscal”, tituló Ismael Bermúdez en Clarín del viernes pasado. Se refiere al primer semestre de 2017 en relación al de 2016. En términos reales, el aumento del déficit es de 40 por ciento. Un paquetazo. Y la mitad responde a intereses de la deuda. Los números son más graves si tenemos en cuenta el déficit cuasifiscal que genera el stock de deuda del BCRA multiplicado por la tasa de interés homérica que el Central paga (¡qué negocio para los líquidos!).

Detrás de la deuda y del déficit están problemas estructurales de la economía, por cierto, heredados. Pero sobre los cuales no hay ni sombras de propuestas de solución ni del Gobierno, ni de la oposición de CFK y tampoco de la coalición que lidera Massa.

Es que la solución del déficit, no solo del Estado, sino el déficit de la Economía nacional, pasa por la revolución de inversión y la revolución de la educación de la pobreza.

Y esas revoluciones en paz y en democracia, no hay otra vía, solo pueden ser consecuencia de un consenso amplio que solo la política puede construir. Para desgracia colectiva, estos tiempos son de siembra de la grieta y del conflicto, y eso aleja toda posibilidad de futuro.

El “triunfo” K —posible— sin duda aleja al futuro, porque vendría a reivindicar el pasado que consagraría el autoindulto; y el triunfo M —posible—, si se propone aplicar las reformas que sugirió la OCDE, nos condena al estancamiento, como surge de sus cálculos, y a la conflictividad porque, además, los que conocen el pensamiento íntimo del Gobierno sostienen que ni piensan en incentivos a la inversión reproductiva. Que manden las ventajas comparativas.

Esa es la lógica de estos 40 años en que ha crecido y sigue haciéndolo la “oligarquía de los concesionarios” (obra pública, concesiones, etc.), que es el poder económico que nos gobierna desde aquellos años.

No hay aquí ni vestigios de poder de los sectores productivos, ni el campo ni la industria, sino negocios a pura concesión del Estado, bienes y servicios no “comerciables” que nos embarazan de deuda externa hasta la próxima crisis.

Esta ha sido la fórmula de la decadencia, con arrebatos de crecimiento efímeros, la mayor parte de ellos, a pura deuda, o la pura suerte irrepetible de los términos del intercambio.

La deuda externa, que los concesionarios no pagan —aunque son los beneficiarios—  y tienen que pagar los sectores productivos, es la contracara de la ausencia de inversión y del incremento de la deuda social.

Necesitamos una revolución profunda en el paradigma de la inversión y en el de la educación, sobretodo, en los niños de la pobreza. Hay ejemplos para emular. No son los que los actuales o los anteriores funcionarios proponían.

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