Adultos infantes. Niños eternos en la sociedad actual

Por Walter Ghedin

Para los jóvenes de generaciones pasadas (hasta la década del 80 aproximadamente) la madurez era sinónimo de vida adulta responsable. Apenas cumplida la mayoría de edad había que salir a estudiar o trabajar para dejar lo más rápido posible el espacio familiar. Tenían que forjar su propio destino, mirar hacia adelante, aprender de la experiencia y cumplir con las normas esperables para todo adulto: trabajar, casarse, tener hijos. El tiempo y una sociedad cada vez más selectiva (y despiadada para los jóvenes) han provocado modificaciones en los deseos de crecimiento. Ni el trabajo ni el amor son para toda la vida ni son símbolo de madurez. La tan mentada “madurez” de los adultos deja mucho que desear en un mundo lleno de codicia, violencia, diferencias sociales y aislamiento narcisista. Los infantes-adultos prefieren quedarse refugiados en el calor de la infancia que salir a enfrentar la adversidad. Si consiguen un trabajo será para solventar los gastos personales y para nada se les cruza pensar en proyectos ambiciosos a largo plazo. El amor tiene la fugacidad de la pasión, agotada ésta, se separan de sus parejas con tanta rapidez como duró el noviazgo (a comparación de  los novios crónicos de antaño). Los cuarentones con alma de niños buscarán entonces jovencitas con quienes compartir sus ideales. Jamás lo harán para jactarse ante sus amigos o para recuperar algo de la intensidad perdida. No quieren convertirse en pende-viejos. No hay nada ficticio ni impostado en sus conductas. Desde su apariencia juvenil, el lenguaje, los códigos de comunicación entre pares, hasta la filosofía de vida que los mueve, todo es de una verdad absoluta. Continúan siendo niños eternos bajo una aparente adultez muy poco ortodoxa. Hoy en día, diferentes nombres intentan categorizar este fenómeno de los adultos-infantes. Se habla de generación Ni-Ni (ni estudian ni trabajan);  adolescencia prolongada; Síndrome de Peter Pan;  “vagancia crónica”, etc.  Los padres intentan hacerlos reaccionar: hablan con ellos, les acercan propuestas, activan algún contacto que les brinde trabajo, los cercan con limites inútiles, hasta que al final bajan los brazos repitiendo la consabida frase: “ya va a hacer el clic”. Y pasa el tiempo y el famoso clic no llega. Las parejas  se quejan por la irresponsabilidad adulta para con los hijos, aunque toleran la inocencia y la capacidad lúdica para estar con ellos.

Los amigos de la infancia, del colegio, o las nuevas relaciones amistosas, tienen por lo general, los mismos patrones de conducta juvenil. Los amigos respetan los códigos de compañerismo, “buena onda” y solidaridad. Sus conductas, exentas de soberbia o competencia entre pares, se destacan por el lenguaje jovial y los gustos juveniles. La música, las películas, los pasos de baile, los recuerdos, remiten a etapas del pasado en las cuales brilló la felicidad. El bienestar del presente proviene del pasado, para nada se espera que el futuro sea más promisorio. Es frecuente también que los roles y los sobrenombres usados en la niñez sigan identificando al sujeto adulto: “es el ganador”, “es el cagón”, “es un nerd”,  “es un loser”, “es el cinéfilo”. En el imaginario del grupo no hay demasiados cambios: el héroe seguirá siendo tal, así como el perdedor será el romántico empedernido que sufre por amor, o aquel al cual la felicidad le es esquiva. El grupo de amigos funciona como un entorno protector que contiene el dolor y pone un freno a los términos de la adultez. Criticar o juzgar esta conducta como incongruente con la edad cronológica será considerada un despropósito imposible de tolerar. Ellos se muestran como se sienten. 

Revisando causas

 Existen diferentes factores que confluyen generando estos comportamientos sin metas de crecimiento en todos los órdenes. Los factores sociales y culturales son los más importantes ya que actúan sobre la subjetividad del adolescente como una fuerte presión externa. Los jóvenes de hoy se revelan a lo que se espera de ellos: no apuestan al futuro, quieren vivir el “aquí y ahora” con mirada de niños cuya única certeza se basa en “abran la puerta que quiero jugar”. No quieren estar pendientes de los dolores del pasado ni del incierto futuro. Rechazan parecerse a sus padres quejándose por todo o esperando un cambio imposible. Para ellos la única realidad es el presente, no quieren que sus vidas corran en pos de un ideal inalcanzable. Tampoco están dispuestos a canjear el disfrute, el ocio, los amigos, los amores, el sexo, por una vida llena de responsabilidades, en la cual hay que pelear por un mínimo de tiempo propio. El perfil bajo y la falta de aspiraciones futuras son una constante.

Príncipes sin proyectos

Hay en ellos un aire infantil que amalgamado con la inocencia se potencian para ser motivos de atracción. Ellos despiertan en las jovencitas las ilusiones que alguna vez, en la niñez, tomaron la forma del “príncipe azul”, del hombre soñado que las elevaría al punto máximo del amor. Portan un aura de tranquilidad, de que la vida los conmueve sin provocar en ellos ansiedades, conflictos o insanas ambiciones. En la conquista se muestran transparentes; no hay nada que ocultar. La inocencia que trasmiten y la fuerte empatía, son suficientes para que las mujeres queden atrapadas. Ellas son las llamadas a brindar amor y amparo a estos hombres bellos de espíritu, con pocas ambiciones, sin destellos de ansiedades y con un compromiso de fidelidad a toda prueba. La historia personal será la que relatan, con sus aciertos y fracasos. Nada de dilemas o enrosques con otros amores, presentes o pasados. Ellos exigen simpleza y anulación de cualquier complicación innecesaria. Son sencillos, concretos, prácticos, no saben de posturas narcisistas o histriónicas. Las cosas por su nombre. Si estas con ellos te entregas sin miramientos; así te responderán, con igual seguridad, firmeza y presencia constante; más no le pidas que tomen iniciativas, que sean más ambiciosos, que se inquieten por mejorar. Ellos dirán: “¿para qué?, si está bien así”, “si a vos te gusta, hacelo” o “decidí vos”.

Sin duda, estos niños eternos se convierten en candidatos atractivos para mujeres que aspiran a conocer otro tipo de hombres que salgan del estereotipo de macho dominante. Ellas resaltan la bondad, la inocencia, la lealtad, la confianza, la capacidad lúdica. En cambio cuestionan la poca ambición, el tiempo dedicado a los amigos y las dificultades para encarar decisiones como la paternidad. Así como existen mujeres que se sienten atraídas por este tipo de hombres hay otras que los rechazan. Están las que no entienden nada de qué se trata este tipo de conducta, y las que se enojan con ellos porque no les ofrecen resistencia. Las primeras son demasiado adultas: correctas, maduras, formales, las segundas son peleadoras, quieren demostrarle a los machos todo el poder que han adquirido. Las mujeres seguras de sí, independientes, con ansías de crecimiento, quieren machos aguerridos para competir con ellos como si fuera una pelea entre géneros para ver “quién la tiene más larga”, o quién tiene más poder. Tanto una como la otra huyen cada vez que se topan con estos niños eternos. Ellos no tienen intención de mentir, no los mueve ninguna motivación dañina ni conducta manipuladora. Están tan alejados de los comportamientos manipuladores, histéricos, machistas, de otros tantos hombres. Son fieles a su forma de ser; no desean aparentar ni hacerse pasar por hombres piolas y experimentados. Son las mujeres que se vinculan con ellos las que se “hacen la película”. Ellas crean su propia ilusión, negando conductas por demás evidentes, elevándolas a la categoría de “raras virtudes”. De pronto se sienten demandados por las mujeres, una rara mezcla de pedidos concretos y proyecciones varias, fundamentalmente por  la frustración  que produce el “darse cuenta” que el hechizo de estos machos no es un “ardid de conquista”, sino una sólida forma de ser.


* Walter Ghedin es médico psiquiatra y psicoterapeuta.