Amores de verano

Por Walter Ghedin

La llegada del calor y el fin de las clases traen consigo una sensación de bienestar y libertad que son únicas, sobre todo cuando uno es joven y desea con todas las fuerzas pasarla bien. Los veranos serán recordados por siempre, más aún si algún amor florece en estos días de sol. Si el invierno nos mete para adentro, envueltos en varias capas de ropa, o al calor del hogar, el verano nos abre al afuera: cuerpo, mente y deseo se expanden con ganas de conocer nuevos lugares,  estar en grupo, hacernos de nuevos amigos, y por qué no, vivir un amor. Algunos científicos que han investigado el tema de cómo influye la luz y el calor sobre las emociones concluyen que hay sustancias cerebrales (neurotransmisores como la dopamina, la serotonina, etc.) que aumentan por el influjo solar volviendo más intensas las sensaciones agradables, entre ellas, el sentimiento amoroso. Más allá de las moléculas, el amor juvenil es más espontáneo, más sensible, con todas las emociones a “flor de piel”, tanto que pueden ocupar gran parte de los pensamientos. El deseo por querer saber más del otro nos vuelve ansiosos, demandantes, hasta el punto de exigirle que esté presente en todo momento. Deseo y ansiedad pueden formar un nudo del cual cuesta liberarse. Consejo 1: el amor se disfruta, la ansiedad se sufre. Todo vínculo necesita un tiempo.

Cuerpo y autoestima

La conexión con el mundo propio tiene dos consecuencias fundamentales: la autoimagen, es decir la percepción de uno mismo, y la valoración personal o autoestima. Cuando ambas van de la mano nos sentimos seguros, confiados; cada acto nos reafirma. Atravesamos los logros y las crisis personales como experiencias de vida: nos angustiamos sin deprimirnos, exaltamos virtudes sin ser soberbios; amamos y odiamos,  ya que ambas son emociones humanas, pero tenemos la capacidad de reflexionar y hacer autocrítica. Conocer el cuerpo e integrarlo como una imagen real, por tanto, pasible de conexión y cuidado, debe ser una tarea a tener en cuenta. A veces el deseo va por delante y el cuerpo lo sigue atrás, lleno de dudas y temores. Y no me refiero solo al contacto erótico o sexual, hablo también de cuando el deseo quiere avanzar en la relación y existen cuestionamientos que lo impiden, ejemplos: “no me veo bien”, “no le voy a gustar”, “¿cómo se va a fijar en mí?”, “tengo miedo de avanzar y que me rechace”, “es mucha mujer para mí”, “se va a dar cuenta que no tengo experiencia”, “si no tomo alcohol no me puedo relajar”,  “si me dejo llevar por mis ganas va a pensar que tengo mucha experiencia”, etc. En el relato de los amores adolescentes aparecen muchas de estas preocupaciones ¿qué hacer con ellas? Ante todo, estas cuestiones no deben convertirse en un conflicto que lleve a evitar, o rechazar, un posible amor. Volver la atención hacia uno mismo y pensar que, entre tantas críticas, deben existir habilidades, o aptitudes propias, por las cuales me siento seguro y confiado. No puede ser que “todo” sea tan malo, no puede ser que ante la posibilidad de enamorarme y sentirme feliz ponga obstáculos para “boicotear” la relación. Consejo 2: el amor convoca lo mejor de cada uno: cambia preocupación por reflexión, miedo por audacia, represión por espíritu de aventura.

Y el sexo siempre está   

Con sexo, o sin él, los amores de verano son placenteros en sí mismos. Y digo esto para hacer una diferencia entre sexo y sexualidad. Cuando decimos sexo nos referimos a la erótica (los besos, caricias, el juego previo) y al coito, o experiencia de contacto genital que lleva al orgasmo. La sexualidad, en cambio, es un concepto mucho más amplio y abarca: los deseos, la relación con el cuerpo, la sensualidad, las habilidades de conquista, los sentimientos y vínculos amorosos, la orientación sexual y la identidad sexual, la confianza, los valores propios, los pensamientos respecto a la propia sexualidad y la ajena, las creencias, la capacidad para sentir placer, etc. El sexo está incluido en la sexualidad. Podría decir entonces que los amores de verano tienen un impacto sobre ella: sentimos “mariposas en la panza”, el cuerpo se vuelve más libre; estamos más expansivos, con fantasías, ganas de salir, hacer sociales, tomar una copa, bailar, y por qué no, tener sexo. Cuando sexo y sexualidad se juntan la experiencia se enriquece: “es lo que deseo, me gusta, me siento bien, estoy convencida (o convencido) de lo que quiero”. La idea de que el amor de verano puede ser fugaz no implica que tengamos sexo por el mero apuro del tiempo, tampoco por la influencia del grupo de pares. Consejo 3: el sexo es una experiencia íntima, con uno mismo y con el otro. Nada debe influir sobre él más que la decisión personal y responsable.

Y el verano se termina

“La tristeza no tiene fin, la felicidad sí”, dice la canción de Tom Jobim, quizá un poco es cierto: el fin del verano se lleva con él toda la alegría vivida ¿Y después qué? ¿Cómo hacer para que un amor que empezó con el calor y la playa continúe entre edificios, menos tiempo libre, trabajo, responsabilidades académicas, padres que ponen límites, o exigen más compromiso en el hogar?  Si el verano sirvió para conocerse, el invierno tiene que servir para afianzar el amor. Y si seguramente exige de los dos afinar la adaptación  al nuevo escenario. Las parejas deben ser flexibles a los cambios, solo de esta manera se puede continuar. El amor es la base para sostener el vínculo, pero se necesitan acciones que lo acompañen y no lo dejen caer. Será indispensable entonces generar momentos para encontrarse, respetar los espacios y tiempos individuales (estudio, trabajo, familia, amigos), no pedir al otro más de lo que puede hacer, disfrutar a pleno la intimidad, comunicar los desacuerdos, valorar los logros, generar proyectos para hacer juntos, y por sobre todas las cosas, no dejar que la rutina ocupe el lugar de la sorpresa y la imaginación. Consejo 4: vive y defiende la capacidad amar y de ser feliz.


*Médicopsiquiatra. Psicoterapeuta. Sexólogo.

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