Ante la mesa

Por: Carlos Leyba

En su origen la palabra“mesa” significa tanto el mueble sobre el que compartimos el pan como el pan mismo que colocamos sobre ella. En nuestro uso cotidiano los dos significados son de uso corriente: decimos “linda mesa” como también “buena mesa”.

La economía, en definitiva, es la disciplina que se ocupa que “la mesa” sea suficientemente grande, amplia, generosa como para que todos puedan sentarse a ella; y que – a la vez - lo que se pone sobre ella sea suficiente como para que todos puedan tener para cada uno lo necesario.

Pensar en estos términos es apropiado para estos tiempos signados por la Nochebuena y la Navidad. Son tiempos en los que, cualquiera sea nuestra religión, nuestra relación con Dios, sea de negación, de ignorancia o de fe y de cualquier fe, sentimos un llamado a sentarnos a la mesa común y a compartir lo que aportamos a ella.

Una celebración es lo contrario de un desierto. Es importante reflexionar sobre esto: lo contrario del desierto, que es ausencia y silencio, es la celebración. Y estamos, queremos estar, creemos estar, en tiempos de celebración que es muchos juntos y con un deseo común.

¿Pero cómo es nuestra realidad a la que estos tiempos arriban? Nuestra realidad está signada por una creciente exclusión de largo plazo que implica que no todos están invitados.Un descomunal ejército de excluidos que, estadísticamente, alcanza a más de 13 millones de personas, la mayor parte jóvenes y niños. Esa realidad es el signo del presente. Un presente que lleva décadas. Y que es como una malla que nos atrapa. Y peorsi la población es parte esencial del futuro la exclusión nos avisa de un futuro famélico. La exclusión está presente. La vemos en las calles de las grandes ciudades, se agolpa en los extramuros de esas mismas ciudades y su presencia, de largo plazo, la hemos naturalizado.

La vivimos como un fenómeno natural y no como lo que realmente es, un inmenso error histórico. El número de pobres creció a la tasa anual acumulativa del 7,1 por ciento en los últimos 40 años. Todos la ayudaron a crecer.  

María Estela Martínez, la Dictadura, Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rua, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Elisabet Fernández y Mauricio Macri. Todos pusieron su granito de arena para construir la muralla.

Todos pusimos nuestro granito de arena para construirla. Dos generaciones de responsables. Tres generaciones de sufrimiento.

Esta es la cuestión principal y ninguna política puede pasar el test ácido de calidad si  no puede superar la marca de aportar para terminar con las causas de la reproducción de la pobreza.

Si no hay solución no es un problema. Si no hay solución es un fenómeno natural. Y la única vía es cambiar la naturaleza.

Si este presente se proyecta en el futuro la próxima etapa es la catástrofe. La catástrofe es un cambio de esencia instantáneo que no admite “modelo”, “formula”, que supera nuestra razón, en un instante el agua cambia de estado. Y lo que había no se recupera. La continuidad, la inacción real, nos está llevando en esa dirección.

La segunda cuestión es lo que está sobre la mesa. Lo que está, dividido por la totalidad de comensales, los sentados y los excluidos, es lo mismo desde hace seis años. El PBI por habitante no cambió hace seis años. Vivimos lo que se llama un “mediano plazo, seis años” de estancamiento. De estar en el mismo lugar. Un estado de encierro. Es que la ausencia de crecimiento también es alejarse del colectivo del progreso en términos de productividad y tecnología. No crecer hace que las fronteras reales se hagan más próximas y se vivan como un encierro que tiende a exasperar. El hacinamiento puede generar violencia. De la misma manera el estancamiento de la frontera, de productividad y tecnología, genera un suerte de hacinamiento que cultiva la exasperación social. Lo que hemos hecho explica nuestro presente y condiciona nuestro futuro.

Estancamiento de lo que está disponible. No logramos que el PBI crezca más que la población. Estancamiento “real” aunque las estadísticas, aisladas de su significación, nos permitan hablar de “tasas de crecimiento”.

En términos de lo que ponemos sobre la mesa la cantidad de bienes crece al mismo ritmo en que crecen los que podrían sentarse en ella. Podría ser peor. Podría ir por detrás del crecimiento poblacional. Seguimos donde estábamos. Pero la respuesta ha sido la exclusión.

El PBI por habitante es el mismo. Pero ha cambiado la distribución. Hay más pobres. Y mucha más concentración. Para colmo hemos visto el ritmo veloz y amoral de las fortunas súbitas. Todas o la mayoría al menos, en los últimos años en manos de concesionarios.

Concesionarios, los que gozan de las canonjías públicas, estatales, otorgadas por la política y finalmente, alcanzada la magnitud de no retorno – aquella en la que se es tan poderoso e interrelacionado que se torna a una posición definitiva – hacen a la política dependiente de ellos.

Petróleo, bancos, obra pública, servicios concesionados. Todas concesiones, muchas sospechadas en su origen y que el tiempo ha blanqueado.

Ese es el otro lado de la pobreza, la exclusión, el lado de la concentración que define el sistema de reparto o de distribución y que ha sometido, en los últimos 40 años, el sistema de producción. Un sistema fallido.  

¿Quiénes son los acusados, los denunciados, los que están presos? Todos concesionarios del período K.

Seis años de estancamiento habla de profunda fallas estructurales. Habla de un sistema productivo fallido. No habla solamente de cuestiones de coyuntura o de administración. Y , si es así, está claro que la solución, la reparación, no depende ni de la coyuntura ni de su administración, sino de decisiones estructurales y ellas – como es obvio – superan los tiempos de una administración.

En adición a esta enfermedad de largo plazo, el estancamiento, tenemos un sistema de empleo y de distribución que “resuelve”los problemas del estancamiento por el mecanismo de la exclusión. Nadie diseña la exclusión. Pero ocurre.

Reflexionemos sobre eso.Al tiempo que la economía “real” se estanca, el número de excluidos aumenta. El estancamiento económico esta enel origen de la exclusión y de la pobreza.

Reflexionemos sobre la manera de cómo podríamos poner más cosas sobre la mesa y sobre como ampliar los espacios de inclusión para que más personas puedan sentarse a ella. Ambas discusiones, una acerca de cómo crecer, porque no hemos crecido; y la otra acerca de como hemos de distribuir, porque hemos concentrado el flujo y la riqueza, nos llevan a reconocer cuán superficial ha sido, a lo largo de todos estos 40 años, el debate de los economistas y el de los políticos. Los primeros centrados en el rebobinado de las doctrinas o las ideologías; los segundos obsesionados en los méritos de un pasado del que se apropian; y ambos, con actitud adolescente propia de negarse a pensar la realidad tal cuál en sus raíces, incapaces unos de diseñar estrategias y los otros incapaces de diseñar un futuro deseable.

Un país cuyos dirigentes no pueden diseñar un futuro deseable y una estrategia de acceso, está condenado a empezar todo el tiempo. La mesa se achica todo el tiempo, la exclusión, y cada vez es menos lo que se pone sobre ella, el estancamiento. Estancamiento y exclusión los grandes temas que los tratamos con superficialidad extrema. Aclaro no fue siempre así. Nuestro país fue soñado y tuvo estrategias. Y cuando así fue los resultados fueron de crecimiento e inclusión. Todas esas etapas estuvieron dominadas por el modelo de producción. La decadencia se desencadena a partir de la negación del modelo productivo. El gobierno de los concesionarios.

Imaginemos – remedando al célebre cuadrado mágico de Nicolás Kaldor – que las patas que sostienen la mesa son el nivel de empleo, la situación de la cuenta corriente del balance de pagos, la tasa de inflación y – finalmente – el crecimiento de toda la economía.

Cualquiera que de esas patas se quiebre, que se achique, desequilibra la mesa y produce el desperdicio, la pérdida, de parte de lo que estaba sobre ella. Esa caída inevitable por desnivel es el derrape que hemos vivido con hiperdesempleo, hiperinflación, estancamiento de largo plazo y crisis de balance de pagos.

Miremos nuestros días. El estancamiento del PBI por habitante en un período tan prolongado, cuatro años de Cristina Kirchner y dos de Mauricio Macri, constituye en sí mismo, siendo una pata, un desequilibrio de la mesa.

Este período de estancamiento ha acontecido junto con la parálisis del empleo privado registrado y con un aumento del empleo públicodel que no podemos observar ni una modesta mejora en sus servicios. La educación pública al borde del espanto, la justicia lenta y amañada, la salud privatizada y dominada por el lobby del negocio farmacéutico, etc., la inseguridad en las calles. ¿Dónde está el Estado mínimo? Ni hablar de su ausencia en la estrategia de desarrollo. Pero además del estancamiento en el empleo privado hemos constituido un sistema de trabajo en el que la marginalidad es una componente central: más del 30 por ciento de la fuerza de trabajo es informal.

La mesa cimbra con el desequilibrio que le producen la debilidad del empleo, su falta de fortaleza y su baja calidad.

Detrás del estancamiento del PBI por habitante y del deterioro de la estructura del empleo, en términos de productividad, está el nivel paupérrimo de la tasa de inversión; y en particular de la tasa de inversión en los sectores productivos.

La dinámica actual de la aplicación del ahorro y del crédito, elementos centrales para la inversión, está identificada en el ámbito de la construcción.

La construcción genera trabajo, puede – dependiendo en qué - mejorar las condiciones de producción del sistema, pero es “patrimonial”. Es decir, no es productiva per se, facilita pero no genera.

Es necesaria, es conveniente, pero es insuficiente. Sin duda, por la agilidad de su reacción, sirve para alentar la coyuntura, pero no reproduce; y el crecimiento, más allá de la coyuntura, requiere de reproducción.

La ausencia de inversión reproductiva, un mal que lleva décadas, está tanto en el origen del bajo nivel y mala calidad del empleo en términos de productividad, como en la esencia del estancamiento.

La cuestión del empleo y del estancamiento, ambas del mismo lado de la mesa, producen un contundente desequilibrio de largo plazo.

Siguiendo a Kaldor, del otro lado de la mesa, sumamos un desequilibrio en la cuenta corriente del balance de pagos que tiene, sin pausa, resultados negativos desde 2010. Más bien con una extraordinaria aceleración.

En 2016 el saldo negativo de la Cuenta Corriente fue de casi 15 mil millones de dólares; y para 2017 esperamos 28 mil millones.

En los seis años de estancamiento sumamos un déficit en cuenta corriente de 85 mil millones de dólares. La gravedad de esta cuenta es insoslayable y sin embargo no conmueve al mas mínimo debate en la profesión y en la política.

La otra pata es la de la estabilidad. Hace años que merodeamos el promedio de, digamos, 25 por ciento anual. Y es cierto que en este año el logro del gobierno ha sido una reducción de la tasa de inflación a base del uso potente de la tasa de interés acerca de lo cuál ha sido casi todo dicho. La realidad habla por si misma. Las Lebac, en las que se acumula el entusiasmo del Banco Central, están en un nivel que supera largamente el billón de pesos. En la última licitación no se colocó todo lo deseado. Una señal.

Las Lebac conforman una montaña que, como toda altura exagerada, puede producir apuntamiento de la economía. No hay que batir demasiado el parche. Pero la sola mención de la cifra en juego y su relación con las Reservas, sin duda, hace que todos miremos con cierta angustia “esto que está detrás” de la pata de la mesa que – siguiendo a Kaldor – la llamamos “estabilidad”.

A nadie escapa que detrás de los que juegan día tras día a las Lebac hay una razón más que de peso, de dólar. Digo bien. Las Lebac son una especie de “mantis religiosa” de las finanzas.

Cuando se apareen con el dólar se lo van a comer. ¿Puerta 12?

Una montaña de pesos que llegaron en dólares y que se convirtieron a pesos pueden muy bien volver a ser lo que eran. Y en ese caso el papel de estabilizador de los precios que, en última instancia, tiene el atraso del tipo de cambio (crece menos que la inflación) habrá de desmoronarse.

Por ahora el atraso cambiario, hijo de la tasa de interés, hace de estabilizador de los precios (autos importados baratos) y como “no hay almuerzo gratis” aumenta con cariño y devoción, el déficit de la Cuenta Corriente.

Si la pata de la estabilidad se afirma (porque el tipo de cambio se retrasa) el déficit de cuenta corriente sube.

De este lado (estabilidad, cuenta corriente) de la mesa lo que está detrás es el tipo de cambio. Y, como vimos, del otro lado (empleo, crecimiento) lo que está detrás es la inversión reproductiva.

Una primera pregunta es ¿qué relación hay entre tipo de cambio e inversión reproductiva? Todo.

La inversión reproductiva trata de “bienes transables” y la condición ecológica de supervivencia es una relación obvia, los inversores hacen la cuenta. ¿Me conviene la Lebac o enterrar los fierros para producir con un tipo de cambio que sólo la estructura productiva de Alemania podría afrontar y … tal vez? Como no somos Alemania nuestra ruta está diseñada y dice “camino a la deuda”.

Llegados aquí en este viaje rápido, podemos decir que las cuatro patas de la mesa nacional (crecimiento, empleo, cuenta corriente del balance de pagos) están desequilibradas. ¿Cómo hacemos para lograr ponerlas a todas en equilibrio y al mismo tiempo?

No hay otra manera que “levantar la mesa” y para hacerlo necesitamos ponernos de acuerdo entre todos. No hay manera de levantarla de un solo lado. Intentar hacerlo genera desequilibrios. Es lo que estamos viendo. Mire lo que nos pasa Pirro.

La Navidad es una buena metáfora del Consenso. Una estrella guía el camino de quienes vienen de distintos lados. El Consenso implica origen y pensamiento diferente guiados por un objetivo común. Esta vez claramente lograr el crecimiento y mejorar la distribución. Estamos lejos de quererlo. Pero es desesperadamente necesario.

La prueba es que hemos asistido a días de espanto. Los forajidos urbanos destrozando bienes públicos. Más horrible aún, apoyados por dirigentes políticos de más que respetable trayectoria, lo que hace a los hechos mucho más graves que si esto último no hubiera ocurrido.

También asistimos al silencio de una parte históricamente importante de la política. Hacer política impide estar en silencio. La política es pedagogía. Y son demasiados los que han permanecido en silencio o que han mezquinado la condena a los hechos vandálicos.

Todo hace a una situación política grave que ocurre en el marco de una situación social gravísima y una economía frágil y preocupante. El gobierno logró una ley, no sobre la base del consenso – no hubo un debate digno sobre el drama previsional -, sino sobre la base de la negociación en urgencia. Eso difícilmente sea duradero.

El gobierno avanzó en las leyes que entiende necesarias. Les compadece la misma crítica que a la cuestión previsional. Nada de lo hecho representa un aporte proporcionado a corregir lo que está detrás de las cuatro patas de la mesa: tipo de cambio e inversión reproductiva.

Nada de lo necesario se puede hacer sin consenso. Y el consenso se hace con los que no están de acuerdo. ¿Lo entenderán? Consensuar para acordar. Suena meloso, pero acordar es poner los corazones a vibrar juntos. Es un trabajo que demanda tiempo, conocimiento, debates, convicciones. La urgencia, la superficialidad, la negociación y el dominante gerencial, son todo lo contrario. Es cierto.

Pero el silencio frente a la estupidez, la barbarie, o la decadencia civilizatoria, es un profundo síntoma de obcecación, necesidad de imponer, ausencia de criterio y dominante de “lo peor es lo mejor”. Cuidado con esto. Mucho odio se dispara en las redes, mucha negación y mucha soberbia. Difícil que esos jinetes puedan seguir civilizadamente a una estrella y converger en ella.

Es lo que tenemos. Pero la reflexión a la que invitan los días de Navidad, el comienzo de un año, son la gran oportunidad para hacer examen de conciencia, pedir perdón, perdonar y empezar de nuevo para poder equilibrar la mesa, sentarnos a ella y asegurarnos que haya lugar para los excluidos.

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