¿Clima destituyente?

Por Mariano Fraschini

"Los grupos destituyentes son un problema para la imagen del país y la pacificación de los argentinos", Susana Malcorra (Canciller), 16 de marzo de 2017.

Cuando en el año 1992 Fernando Collor de Melo, dejaba la presidencia en Brasil ante la inminente decisión del Senado en favor de su destitución, nadie podía sospechar que ese fenómeno se proyectaría sobre la región durante las últimas dos décadas. Al expresidente brasilero, le sucedieron en Sudamérica, Carlos Andrés Pérez, Abdalá Bucarám, Cubas Grau, Fernando De la Rúa, Sánchez de Losada, entre otros. La recurrencia de las salidas anticipadas de presidentes popularmente electos, obligó a los analistas políticos a nutrirse de estrategias para abordar el fenómeno y comprender por qué durante los últimos treinta años de democracia el 23% de los presidentes sudamericanos no pudieron cumplir su mandato, y más del 40% se vieron desafiados pero lograron mantenerse en el gobierno.

Quienes profundizaron en el estudio la “inestabilidad presidencial” (hablamos de inestabilidad del presidente, ya que no se trata de inestabilidad del Régimen Democrático) consignan que existen un conjunto de variables explicativas que permiten comprender por qué un presidente cae. La existencia de “escándalos de corrupción” que involucren al primer mandatario, una minoría en el parlamento, movilizaciones callejeras de protesta y un vicepresidente dispuesto a la sucesión, son los factores que alineados se presentan como los más comunes. En todas las experiencias de inestabilidad del presidente emergieron en forma combinada al menos tres de ellas. Desde allí que los ejecutivos sudamericanos se cuiden de no caer en ninguna de esas situaciones.

El reverso de este fenómeno es la “estabilidad presidencial”. Es decir, presidentes que no sólo no caen, sino que logran sortear situaciones complicadas y se reeligen en el cargo, algunos de ellos, por más de un periodo. Durante los últimos quince años, para ser más precisos a partir del giro a la izquierda en la región, estos presidentes lograron, en su mayoría mantener el Congreso y la calle bajo su control. Si la década del noventa puede caracterizarse como los años de los “presidentes inestables”, desde la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela, comienza el giro a la izquierda de los “presidentes estables”. A partir de la victoria electoral de Macri en la Argentina en octubre de 2015, la derrota electoral del chavismo en las parlamentarias del mismo año, la salida anticipada de Dilma Rousseff en abril (una de los dos presidentes inestables del giro a la izquierda junto a Fernando Lugo), y los reñidos comicios con final abierto en Ecuador del mes pasado, se abre en Sudamérica un nuevo proceso político, en donde la estabilidad presidencial vuelve a estar en juego.

El de Mauricio Macri es el primer gobierno de la región, luego del giro a la izquierda, que implementó políticas neoliberales. Lo hizo a una velocidad que para algunos fue asombrosa, y que para otros limitada. La orientación pro mercado de las iniciativas macristas dio lugar a un conjunto de acciones de protesta por parte de la oposición política y social al neoliberalismo, que condujo a una situación compleja, en las que el gobierno no logra mostrar datos económicos alentadores para sostener la trasformación en curso. Se percibe que el presidente se encuentra hoy muy lejos de ir hacia una “presidencia estable”, y los claros oscuros que advierten los analistas de opinión y los “encuestólogos”, se expresa en el persistente descenso de la imagen del primer mandatario. Esta semana, desde la Alianza Cambiemos se multiplicaron las voces que denuncian un proceso “destituyente” agitado por grupos pertenecientes al anterior gobierno. A primera vista puede parecer exagerado, pero la historia política de la región advierte que los presidentes no culminan sus mandatos. El hecho en sí es la salida anticipada, pero la evidencia empírica muestra que los “presidentes caen” más por sus propias acciones (su ejercicio del poder) que por el querer de las fuerzas opositoras. El “clima destituyente” que ve el macrismo corrobora la evidencia que los presidentes no siempre cumplen su mandato. Esto nos obliga a poner la lupa sobre los factores de riesgo anteriormente mencionados.

La administración Cambiemos, desde el comienzo de su gestión, no gozó de una mayoría parlamentaria en el Congreso. La endeble situación económica ya dio lugar a movilizaciones populares masivas y los “escándalos de corrupción” se hicieron visibles a partir del “Correo”, “Odebrecht” y las “low cost”. Es evidente que la vicepresidente no reporta un peligro para la estabilidad del presidente, por lo que ese elemento no debe sumarse a los otros factores de riesgo. También es cierto que hoy el Congreso no cuenta con una oposición mayoritariamente antimacrista que permita vislumbrar grandes alteraciones en la arena legislativa. Sin embargo, los factores están presentes, y la velocidad de los cambios políticos en nuestras latitudes es impredecible. La compleja trama social puede convertirse en otro aliciente para que el líder presidencial argentino revierta la tensión existente en estas variables. Sin embargo, insistimos con evidencia en mano, que son los presidentes, a partir del ejercicio de su poder político, quienes logran estabilizar o no sus mandatos. La variable principal continúa siendo el liderazgo presidencial. De él depende hacia donde de los polos se dirige la balanza de su mandato. El juego continúa abierto y las condiciones a la fecha no preanuncia un recorrido demasiado sencillo para el presidente. Eso sí, todo depende de él.


*Mariano Fraschini es editor del sitio http://artepolitica.com/

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