Derecha y popular

Por: Martín Astarita

Álvaro Alsogaray. “Siempre se nos atacó que éramos un partido que podíamos estar en una cabina telefónica, por lo poco que éramos, que era un partido de los ricos. Bueno, eso quedó demostrado totalmente lo contrario. Cuando la UCEDE empieza a crecer a partir del año 82, y va sumando Diputados, y va interviniendo en elecciones con alto nivel de competitividad y finalmente cuando en 1989 se llaman a elecciones generales para Presidente y Vicepresidente, la UCEDE salió tercera fuerza política a nivel nacional, único caso en todo el siglo, como partido liberal, que llega a esa posición. (…) se lo acusaba mucho por ese lado, diciéndole que era el partido de los ricos, etc. (En aquella elección) el tercero fue la UCEDE, así que fue un partido popular, eso que quede claro, porque sacar más de 2 millones 200 mil votos no es un partido chico”.

La comprensión de la naturaleza del gobierno de Cambiemos constituye un requisito indispensable en el camino de construir una oposición exitosa. A esa tarea se han destinado ingentes esfuerzos por parte de analistas, periodistas, intelectuales y dirigentes políticos y sociales.

Un concepto que ha tenido gran repercusión fue el de “nueva derecha”, acuñado por José Natanson, quien, con sus reflexiones, impulsó un necesario y fructífero debate que aún no cesa.

El autor presenta tres argumentos para sostener que el macrismo constituye una novedad con respecto a antiguas fuerzas políticas de derecha. El primero de ellos es que Cambiemos apuesta a la democracia: en lugar de recurrir al uso de la fuerza militar, por ejemplo, se presenta y compite en elecciones. El segundo elemento es que es post-neoliberal, pues a diferencia por ejemplo del menemismo, no privatiza ni despide trabajadores. En tercer lugar, mantiene un elevado déficit fiscal, con un componente importante en gasto social. A continuación, analizamos cada uno de estos tres ejes por separado.

Sobre el carácter democrático de Cambiemos. El macrismo se presenta a elecciones, las gana y ello le da legitimidad para gobernar. Es un hecho indiscutible, y salvo que se tome una canción en una marcha como sujeto de confrontación (“Macri basura, vos sos la dictadura”), no hay nadie, seriamente, que pueda desconocer este hecho elemental. Al respecto, Cristina Fernández, Daniel Catalano y Horacio Verbitky, por mencionar solo tres ejemplos representativos, sostienen explícitamente que no es una dictadura.

Ahora bien, ¿en qué medida este carácter democrático constituye una novedad para un partido de derecha en la Argentina? La UCEDÉ, desde los años ‘80, ¿acaso no fue una fuerza inscripta claramente en la derecha del espectro ideológico y, al mismo tiempo, depositaba en la vía electoral sus esperanzas de acceder al poder?

Extendiendo un poco más el argumento más allá de las etiquetas partidarias, tal vez habría que recordar aquél gran texto de Carlos Acuña, en el que explica y fundamenta cómo los sectores de poder económico en los años 1980 abrazan la democracia como forma de gobierno, despegándose de su pasado golpista.

Mucho se podría agregar, por otro lado, en cuanto al componente autoritario que posee Cambiemos y que, según reconoce el propio Natanson, marca una diferencia cualitativa con todo lo que hubo en esa materia desde 1983 hasta la fecha. 

Sobre el carácter post-neoliberal de Cambiemos. Sostiene Natanson que, a diferencia del menemismo, por ejemplo, el macrismo no es anti-Estado, en el sentido de que no propone masivamente ni despidos de trabajadores públicos ni privatizaciones. De nuevo, en este caso, se podrían identificar muchas medidas y acciones tomadas por este gobierno desde diciembre de 2015 que apuntan en esa dirección. En todo caso, el carácter “gradualista” no afecta la dirección ni la naturaleza del gobierno.

Aspecto no menor, si se lo quiere comparar con la etapa menemista, es que el tamaño del Estado (en personal y en cantidad de empresas a su cargo) no es el mismo que el registrado en 1989. Durante el kirchnerismo, es cierto, hubo una cierta revitalización en las funciones estatales y con ello creció también el empleo público, pero ni por asomo llegó a los niveles de fines de los años ochenta. En materia de privatizaciones, por otra parte, se recuperaron empresas importantes –como YPF y los haberes previsionales- pero, sin desmerecer esos casos, lo cierto es que no hubo una reversión plena del proceso privatizador.

Pero más en general, creemos que es necesario en este caso diferenciar el neoliberalismo como corpus teórico de lo que han ido, históricamente, sus aplicaciones concretas, que admiten muchas variantes y desvíos. Es posible, en efecto, descubrir a lo largo de la historia que el principio rector de esta doctrina, un Estado mínimo que no intervenga en el campo económico, constituye una abstracción con escasa correspondencia empírica. Nadie pone en duda, por caso, que la última dictadura militar instauró un modelo neoliberal, a pesar de que, en 1982, el Estado se hizo cargo de los pasivos de las grandes fortunas privadas del país, o de que durante esa etapa hubo millonarios negociados que perjudicaron las arcas fiscales y mejoraron sustancialmente la situación patrimonial de los grandes grupos económicos (el caso Macri es emblemático). Durante los años 90 se dio una dinámica similar: el Estado fue un actor central, por ejemplo, en la intensificación de los fenómenos de concentración y centralización del capital. Daniel Azpiazu ha estudiado en forma pormenorizada los procesos de desregulación económica que. en muchos casos, en verdad, consistieron en re-regulaciones a favor de determinados sectores (automotriz) o empresas individuales (Techint).

La concepción neoliberal según la cual el Estado no debe intervenir suele encubrir, en los hechos concretos, precisas intervenciones estatales a favor de los grandes actores económicos. Llevando la discusión al terreno actual, el gobierno de Macri, en estos dos años, ha desmontado toda una serie de regulaciones en el terreno productivo y económico para beneficiar al gran capital (eliminación de retenciones a la soja y a la minería, desregulación financiera) y al mismo tiempo ha intervenido en otros mercados con gran ímpetu (telecomunicaciones, por caso, donde Clarín fue uno de los grandes ganadores).

Sobre el gasto público y el gasto social. Este es uno de los ejes sobre el cual el propio gobierno se ha encargado de difundir con mayor énfasis, con la intención de mostrarse como un gobierno con sensibilidad social. Hay una serie de elementos a tener en cuenta.

En primer lugar, como decíamos en este post , una cosa es la táctica gradualista y otra la dirección que orienta al gobierno: “En realidad, hablar de “gradualismo” es ya caer en una falacia de petición de principio. La distinción entre ser neoliberal o no serlo es dicotómica, mientras que la distinción entre “shock” y “gradualismo” lo es de grado”.

En segundo lugar, de nuevo habría que distinguir entre lo que se propone desde la doctrina neoliberal de lo que fue su aplicación práctica. En tal sentido, cabe la pregunta: ¿qué experiencia neoliberal en la Argentina redujo significativamente el gasto público?

En tercer lugar, con respecto al gasto social, ya durante el primer año del gobierno, las jubilaciones y la AUH perdieron poder adquisitivo. Y para lo que viene, la situación será peor: en caso que se apruebe la reforma previsional, el gobierno se asegura un recorte permanente tanto en materia de jubilaciones como en el monto que reciben los beneficiarios de la AUH.

Finalmente, habría que agregar que el neoliberalismo, históricamente, en muchas de sus variantes, ha tenido un componente compensatorio importante en el plano social. No se trata, en ese sentido, de una novedad o un desvío del gobierno macrista del dogma neoliberal. Por el contrario, es algo que está en el ADN de este paradigma: un modelo económico estructuralmente desigual diseña, para ser viable, una serie de dispositivos políticos y sociales compensatorios.

Para concluir

El concepto de nueva derecha surge ante la necesidad de intentar explicar el éxito electoral de Cambiemos: “si fuese la derecha tradicional, no hubiese ganado dos elecciones consecutivas”. El argumento de que es un partido de los ricos, se arguye, es insostenible: de lo contrario, no hubiese ganado en localidades del Conurbano como Quilmes o Lanús.

La objeción a este planteo es: ¿por qué reconocer la eficacia electoral de Cambiemos debe llevar necesariamente a modificar nuestra definición sobre su naturaleza ideológica? Se pueden encontrar múltiples motivos por los cuales una fuerza ideológica de derecha encuentra ahora resultados positivos en las urnas: la crisis del peronismo, el desgaste social con el kirchnerismo, la situación internacional y sobre todo regional, el fin del bipartidismo a partir de 2001, el poder mediático y económico, habilidad política, entre otros. Todo ello puede explicar, en conjunto, el triunfo de Cambiemos, dejando inalterado lo que expresa, en términos ideológicos, como partido de gobierno.

Creemos necesario aquí hacer una distinción conceptual. Edward Gibson decía que la base de un partido político se puede definir como aquellos sectores de la sociedad que mayor importancia tienen para su agenda política y sus recursos. Y advertía que no debe confundirse ello con los votos recibidos en una elección.

Con ese encuadre, al analizar las políticas económicas de este gobierno, surge con bastante nitidez cuáles son sus bases sociales, integradas, con gran protagonismo, por los sectores agro-industriales, por el mundo de las finanzas, por las franjas más concentradas del capital, por los grandes centros urbanos.

En definitiva, el hecho de que Cambiemos sea poderoso electoralmente no es incompatible con calificarlo como una fuerza política de derecha. No es un imperativo morigerar la definición sobre su naturaleza debido a que tiene apoyo en sectores que, en principio, podría esperarse que sean perjudicados por este modelo. Volviendo al epígrafe que encabeza esta nota, nadie duda que la UCEDÉ era de derecha (ni nueva ni moderna, derecha sin aditamentos), y como se encargaba de señalar Alsogaray, era en cierta manera popular.

* Martín Astarita es editor del sitio http://artepolitica.com/.

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