Panorama semanal: El fantasma de la grieta social complica al gobierno

Por Martín Astarita

Si febrero fue un mes difícil para el oficialismo, los primeros días de marzo no parecen augurar mejores perspectivas. El deslucido discurso presidencial en el Congreso de la Nación, que dio inicio oficialmente a la campaña electoral a partir de una prédica antagonista con el kirchnerismo, encontró su mayor refutación en una sucesión de acontecimientos verificados en los últimos días.

En apretada síntesis, la esperanza gubernamental de moderar el aumento de precios sufrió ayer un duro traspié con la difusión por parte del INDEC de la inflación correspondiente a febrero (2,5%). Además de alejar aún más las posibilidades de cumplir con las metas anuales previstas por el Banco Central (del 17%), el rebrote inflacionario tornará más complejas las negociaciones paritarias. El mismo día, la UCA informó que durante 2016 se generaron un millón y medio de nuevos pobres. No hay forma de compatibilizar el discurso de la pesada herencia con el empeoramiento de este indicador. Para completar el panorama sombrío, los 500 despidos en SanCor parecen eclipsar los aislados brotes verdes que con esmerado ímpetu se encargan de promocionar conjuntamente el gobierno y economistas afines.   

El febril mes de marzo fue testigo también de una renovada capacidad de movilización de una sociedad argentina que supo, justamente por ello, distinguirse históricamente en el concierto latinoamericano. Tres marchas consecutivas y gigantescas que dejan en ridículo la pretensión gubernamental por desprestigiarlas o negar su significación política. Así como la contundencia de la marcha docente no permite interpretarla como simple producto del espíritu maligno de un sindicalista, tampoco parece verosímil reducir la masiva protesta de la CGT a una mera pelea violenta de sectores kirchneristas, ni postular una supuesta neutralidad política en las jornadas protagonizadas por las mujeres (basta leer, para ello, el excelente documento del 8M, titulado ¿Por qué paramos?, en el que se critican en forma explícita las políticas de ajuste de este gobierno).

En definitiva, la estrategia macrista de confrontar con el pasado K ha quedado desbordada por la propia realidad. La tan pregonada polarización se está produciendo, pero no en el sentido que desea el gobierno. La batalla contra el populismo corrupto se superpone y en cierto sentido se diluye ante la emergencia de una grieta más potente, de carácter social, y nutrida desde abajo por un colectivo vasto y heterogéneo conformado por los caídos y afectados por el actual modelo.

Las complicaciones no son solo para el gobierno. En efecto, el triunvirato de la CGT, dominado en el plano político por el massismo y por una manifiesta antipatía por el kirchnerismo, ha resultado herido en la marcha del 7M. Todo parece indicar que fueron las bases sindicales (y no conspiradores K) quienes expresaron su hartazgo ante la estrategia dilatoria de la CGT, que no obstante ello, postergó una vez más la convocatoria al paro, dejándolo en un limbo similar al del segundo semestre. La comparación no es antojadiza: los triunviros parecen querer estirar hasta lo imposible los tiempos de la huelga, esperanzados en que se produzca la tan ansiada reactivación económica y sus efectos benéficos logren desinflar las presiones de los sectores más combativos.  

Sin pretender forzar equivalencias, y aun reconociendo que la dinámica sindical tiene su propia lógica, cabe pensar la crisis de legitimidad desatada en la conducción de la CGT en un plano más amplio. ¿Hasta qué punto lo ocurrido el 7M no es la expresión de una debilidad más general de la estrategia massista centrada en la denominada “avenida del medio”? El deterioro económico, y producto de ello, la emergencia de una cada vez más pronunciada grieta social, ¿acaso no restringen la capacidad de Massa de ejercer el ambivalente papel de “opo-oficialismo”?

Desde el 10 de diciembre de 2015, los integrantes del “círculo rojo” cultivan un deseo: ver fracasar estrepitosamente al kirchnerismo en los comicios legislativos de 2017, y con ello, festejar la entrada de la Argentina en el selecto club de los “países normales” (como Chile, México, Colombia, por ejemplo). Un mundo ideal, sin lugar para extremismos, y cuyos protagonistas estelares sean el macrismo en el gobierno y el massismo (versión light de un peronismo responsable) en la oposición. El buen funcionamiento de la economía, pequeño detalle, es el presupuesto indispensable para cumplir esta aspiración. Precisamente lo que no ocurre.   

Estamos mal pero vamos mal. Cada vez son más los economistas, de distintas vertientes, que corrigen a la baja las expectativas de crecimiento para 2017. Los sectores en los que se advierten brotes verdes no son, tampoco, grandes generadores de empleo. Los empresarios, a su vez, prometen traer inversiones, pero solo después de que el macrismo gane las elecciones de medio término.  

No menos importantes resultan las contradicciones entre los propios objetivos macro-económicos fijados por el gobierno: la gran apuesta de reducir la inflación parece depender cada vez más -ante el incremento generalizado de las tarifas- de moderar las paritarias. Sin embargo, de no mediar una recuperación del poder adquisitivo, difícilmente se cumpla el otro gran objetivo: la recuperación del consumo y de la actividad económica. Finalmente, la emisión de deuda, considerada por muchos como la solución mágica a todos estos problemas, también encuentra límites cada vez más visibles: es que la entrada de capitales, además de solventar un intenso proceso de fuga de capitales, retrasa el tipo de cambio y sus efectos perniciosos se hacen sentir con fuerza en la industria.

Lo expuesto aquí no significa, por supuesto, una caída irreversible, ni para el oficialismo ni para el massismo. Se expusieron en esta nota tendencias de una realidad que solo en su devenir podrá ser apreciada con exactitud. Asimismo, aunque aquí no se haya desarrollado, son también notorias las dificultades existentes en el plano político para expresar y canalizar unívocamente el acentuado descontento social que reina en la actualidad. Es tal vez allí, en la dispersión opositora, donde se cifran las mayores esperanzas del gobierno en transitar más cómodamente el año electoral. ¿Alcanzará?


* Martín Astarita es editor del sitio http://artepolitica.com/

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