El peronismo va a desaparecer

Por: Sergio De Piero

“Desde luego”, sería la respuesta que cualquier persona desde las ciencias sociales o simplemente con sentido común, contestaría si el título de esta nota fuese una pregunta. En efecto, el peronismo, como todas las construcciones sociales, completará el ciclo de nacimiento, desarrollo, transformación y extinción; el punto es dilucidar cuáles son los tiempos de este ciclo. En los últimos días hemos escuchado, nuevamente, que el peronismo se acerca a su extinción, y con mayor énfasis eso le sucederá al kirchnerismo. Como se mencionó, no se trata de una profecía novedosa: en1955, el heterogéneo pero unificado grupo político y social que encabezó el golpe autodenominado Revolución Libertadora,estaba convencido que se hallaban en el umbral del fin del movimiento creado por el “tirano” (el segundo  de la historia argentina, según nos lo recuerda la tradición liberal). Y así, cada momento crítico del peronismo, primero por los golpes de estado, luego por las derrotas electorales, se aseguraba que el círculo trágico abierto en 1945, estaba a punto de cerrarse. La certeza respecto de su fin se alimenta invariablemente del mismo razonamiento: “La llegada del peronismo al poder es algo que no debió haber sucedido”. Su fin no sería otra cosa, finalmente, que corregir un error histórico. Bibliotecas repletas de argumentos en los cuales se asegura que otras fuerzas políticas pudieron haber ocupado ese espacio de poder, que se basa, fundamentalmente en la representación de las demandas de la llamada “sociedad de masas”. Desde luego, otros partidos o espacios políticos lo intentaron e incluso hicieron avances como el radicalismo, también los conservadores. Pero no completaron la representación, en el caso de los radicales, o la construcción de una estrategia de poder exitosa y democrática, como no lo hicieron los conservadores. Mucho más tímido fue el avance de laizquierda socialista o comunista. Esos presupuestos, y menos la lectura de los actores que hacen a la historia argentina, alimentaron la percepción de que el peronismo sería solo un hecho fugaz en la política argentina. 

Casi del mismo modo es creer que el peronismo se ha mantenido “incólume” (para utilizar una expresión de los años de su nacimiento) como construcción política. Del partido claramente obrerista, apoyado en una coalición con la pequeña burguesía, las FF. AA., la Iglesia y los líderes provinciales, queda muy poco. El peronismo se transformó porque primero lo hizo la misma sociedad civil y el sistema político. Hoy el empleo industrial es una parte menor del mundo del trabajo (alrededor del 20%), mientras que la expansión del campo de los servicios ha sido notable. Pero en particular desde hace 30 años nos enfrentamos a dos fenómenos: el desempleo y el aumento de la informalidad. Dos indicadores que a mediados de los 70 eran casi imperceptibles y hoy, si bien registraron una baja considerable en la última década justamente en un gobierno peronista, persisten como problema relevante. Esto es: la estructura social que vio nacer al peronismo, se ha transformado notablemente, de manera que el espacio político que busca representar al sector popular de esa estructura, invariablemente debe adaptarse, replantear sus estrategias y propuestas. El kirchnersimo se sumergió en buena parte de esos cambios. Cuando luego de algunos años en el poder lanza la Asignación Universal por Hijo, lo que hizo fue aceptar que la situación de los sectores informales requería otras políticas públicas, pues el restablecimiento de las paritarias, por caso, no los incluía. Lo mismo puede decirse de iniciativas como el PROGRESAR. Del mismo modo, puede plantearse sobre la política de derechos humanos llevada adelante por el gobierno kirchnerista y otras iniciativas que fueron precisamente en línea por buscar alguna respuesta a las nuevas demandas emergentes. Lo hizo el peronismo, pero uno que releyó la historia del presente, que asumía esa clave que le dio origen y que fue la búsqueda de respuestas a las demandas de los sectores populares (contrariamente a lo que había propuesto antes Carlos Menem, en pos de sepultar ese sello para convertirse en un partido conservador y liberal). No hay un peronismo inmutable y perenne. Hay una identidad y un modo de hacer política cuyos rasgos se han ido transformando. 

Pero aquí no termina esta posible reflexión. Curiosamente, a la vez que se anuncia la muerte inminente del partido y del movimiento, se alza la voz para afirmar que el peronismo ha gobernado el país la mayor parte de estos 34 años de democracia. Esta aseveración tiene dos componentes que le imponen debilidad. Por una parte, si bien sobre siete presidentes cuatro han sido peronistas (y la proporción se amplía si pensamos en presidencias y allí fruto de las dos reelecciones, sobre nueve presidencias seis fueron peronistas) no es menos cierto que entre la dirección optada por el menemismo y la llevada adelante por el kirchnerismo puede observarse una notable tensión en torno a las políticas públicas implementadas y que formó parte también de la disputa por la identidad peronista. Dicho de otro modo: el “aparato” electoral peronista ha funcionado con eficacia, pero ello no ha producido resultados equivalentes en el ejercicio del gobierno. El otro punto es la situación provincial. Recurrentemente se hace mención a caudillos provinciales, o a partidos, que parece gobernaran ininterrumpidamente sus provincias. Pero al ver los números nos encontramos con una realidad algo más compleja: solo en cuatro provincias el peronismo es gobierno sin interrupciones desde 1983 (Santa Cruz, Formosa, La Pampa, La Rioja, San Luis). En casi todas ha perdido alguna elección parlamentaria. En algunas (Neuquén, Corrientes y CABA) jamás ha ganado el poder ejecutivo. En la provincia de Buenos Aires, señalado como bastión inexpugnable del peronismo, “controlado” por los barones del conurbano, el justicialismo ha perdido ocho elecciones, tres desde 2009. El bloque inmutable, con poderes territoriales inagotables, no es más que un partido político popular, con sus crisis y recomposiciones comunes a todos los partidos. Nuevamente, la visión de provincias políticamente inmutables, es más la construcción porteña cuya vista no alcanza a cubrir el país, y menos una lectura detenida de un conjunto de datos, como los que presenté mas arriba. Funcionarios del gobierno de Cambiemos se han apresurado a indicar, no sin ocultar cierto entusiasmo, que el kirchnerismo desaparecerá luego de las elecciones de octubre donde descuentan un triunfo, que en términos nacionales aun sucediendo tiene sus matices, y cuyo impacto en la composición de ambas cámaras será muy limitado. El peronismo atraviesa una crisis o al menos un momento de zozobra; uno más. La salida de esa situación la definirán todos los que lo componen: sus dirigentes, sus militantes y el electorado en general. Lo que es seguro es que mientras Cambiemos continúe con sus políticas expulsivas hacia los sectores populares, el peronismo continuará teniendo la posibilidad de representarlos. Es decir, de seguir haciendo peronismo. 

*Sergio De Piero es editor del sitio http://artepolitica.com/. (En Twitter, @sergiodepiero)

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