El rol del Banco Central y la inflación

Por Rafael Selva

El Banco Central de la República Argentina (BCRA) nació producto de la reforma monetaria y bancaria de 1935 como una entidad mixta con participación estatal y privada, que tenía entre sus funciones la exclusividad en la emisión de billetes y monedas y la regulación de la cantidad de crédito y dinero, así como la acumulación de las reservas internacionales, el control del sistema bancario y actuar como agente financiero del Estado. Se dota así a la autoridad monetaria de instrumentos que posibilitan la adopción de políticas anticíclicas.

Bajo la gerencia de Raúl Prebisch (1935-1943) y con un esquema del control de cambios, el BCRA llevó adelante “una política monetaria nacional”[1], mantener el servicio de la deuda externa e incluso rescatar con reservas disponibles parte de la deuda externa, en un contexto de fuerte alza de los precios de las exportaciones. 

 En 1946 se dispuso la nacionalización del BCRA, y su función prioritaria pasó a ser la de promover el desarrollo económico. El objetivo del BCRA, plasmado en la Carta Orgánica de 1946, fue desde entonces “promover, orientar y realizar la política económica adecuada para mantener un alto grado de actividad, que procure el máximo empleo de los recursos disponibles y la expansión ordenada de la economía, con vistas al crecimiento de la riqueza nacional que permita elevar el nivel de vida de los habitantes de la Nación”. Claramente el objetivo de actividad económica, que se debía ajustar al programa del gobierno, dominaba sobre cualquier otra consideración en este paradigma. De este modo, buscó reducir la proporción de préstamos hacia actividades especulativas, y en contraposición, enfocar los recursos hacia las actividades productivas. 

En 1949 el BCRA pasó a depender del Ministerio de Finanzas de la Nación profundizando la política de orientación del crédito hacia la producción en actividades de importancia para el desarrollo del país.

Hasta 1976, con las alternancias político-económicas (y marcado por los sucesivos golpes militares) que caracterizan al período, el BCRA jugó un papel muy importante en la regulación de las tasas de interés y en el otorgamiento de créditos selectivos para desplegar una estrategia de sustitución de importaciones así como de promoción de exportaciones, con el objetivo de diversificar la matriz productiva y superar la etapa agroexportadora [2].

La última dictadura cívico-militar impuso un nuevo quiebre del orden constitucional y la economía argentina sufrió un brusco cambio de rumbo. La imposición de una nueva Ley de entidades Financieras en 1977, buscó devolver al sistema financiero la capacidad de intermediación y de administración del crédito en un contexto de libertad de tasas, permitió liberalizar la cuenta de capital de la balanza de pagos al flujo de fondos de corto plazo y el endeudamiento externo y la entrada de instituciones financieras, elementos funcionales a un modelo que prescindió del papel del Estado como regulador del sistema. La abrupta inserción de la Argentina en el proceso de globalización financiera terminó con una masiva crisis bancaria en el año 1980, una de balance de pagos en 1981 y una de deuda a partir de 1982. 

Una década más tarde, tras el default forzado de la deuda, dos hiperinflaciones (en 1989 y 1991) y un país sumergido en una grave crisis social, un nuevo plan de reforma del Estado y ajuste ortodoxo radicalizó aún más la política de liberalización iniciada en 1976.

Con el establecimiento de la convertibilidad, la oferta monetaria quedó determinada por el flujo neto de divisas con el exterior y en 1992 se reformó una vez más la Carta orgánica del BCRA, al que se le otorga el mandato único y excluyente de preservar el valor de la moneda y pasó a tener un papel muy similar al de una Caja de Conversión del peso con el dólar estadounidense a una paridad fijada por Ley, resignando la soberanía cambiaria. Esta modificación acrecentó también la tan mentada “independencia”[3] del BCRA, al postular que "en la formulación y ejecución de la política monetaria y financiera el Banco no estará sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo Nacional[4].

Con posterioridad a la crisis de 2001 con las reformas efectuadas en 2002 y 2003, el BCRA recuperó la facultad de prestar al gobierno, así como la de financiar al sistema bancario e intervenir en la política cambiaria. Luego, la experiencia mundial durante la crisis financiera internacional que se iniciara en 2007, demostró la importancia sobre la supervisión de las entidades. Pero el objetivo plasmado en la Carta Orgánica del BCRA se sostuvo hasta 2012 cuando se re-estableció el mandato múltiple, devolviéndolo al servicio del desarrollo económico y la contribución a una mayor equidad social, en coordinación con las políticas económicas del gobierno nacional. 

El BCRA tiene por finalidad “promover, en la medida de sus facultades y en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”. Es decir que, además de la estabilidad monetaria, se incorpora el importante objetivo de promover la estabilidad financiera, promover el empleo y el desarrollo económico con equidad, vinculando a la autoridad monetaria con la economía real.

 También avanzó sobre la obligación del BCRA de “regular las condiciones de crédito en términos de plazos, tasas de interés, comisiones y cargos de cualquier naturaleza, así como orientar su destino por medio de exigencias de reserva, encajes diferenciales u otros medios apropiados”[5] con el fin de dinamizar y orientar el crédito productivo y limitar la ganancia de los bancos.

Con esta reforma se reabrió el debate, que había sido clausurado en 1976 y esculpido en piedra en la puerta del BCRA en 1992, sobre la función de la autoridad monetaria y la necesidad de que los bancos centrales sean protagonistas en las políticas de desarrollo de los países y que actúen con pragmatismo para superar las crisis y sostener los niveles de empleo y equidad social. Objetivos que históricamente guiaron a los bancos centrales en todo el mundo y que fueron desplazados por el andamiaje neoliberal en la argentina.

 Los bancos centrales deben perseguir objetivos múltiples que van desde la estabilidad financiera hasta el crecimiento sin abandonar la mirada sobre los precios. No es que al Banco Central no le preocupe la estabilidad monetaria, sino que debe reconciliar la estabilidad monetaria y financiera con la economía real, con lo que ocurre con el empleo. Y en una economía en desarrollo necesariamente para garantizar ambas estabilidades se requiere avanzar en el proceso de transformación productiva, en la eliminación de la restricción externa y en la recreación de su mercado interno[6].

 Con el nuevo gobierno desde diciembre de 2015, las nuevas autoridades del BCRA, reinterpretaron los objetivos de la Carta Orgánica. En la publicación de los “Objetivos y planes respecto del desarrollo de la política monetaria, cambiaria, financiera y crediticia para el año 2016”[7] quedó plasmada la nueva visión en el primer párrafo del documento: “el primer objetivo del Banco Central será velar por la estabilidad monetaria de la economía argentina. Dicho propósito implica priorizar, en el contexto actual, la disminución de la tasa de variación de los precios domésticos, hasta niveles semejantes a los que hoy en día experimentan las economías emergentes que manejan su política monetaria con sistemas de metas de inflación”[8]. 

 Es decir que, a partir de esta exégesis de los objetivos del BCRA, se reintroduce como prioridad de la autoridad monetaria la estabilidad de precios y el instrumento, las metas de inflación[9]. La palabra “empleo” aparece sólo dos veces en el documento de 36 páginas, las dos únicas veces que se cita textualmente el artículo 3° de la Carta Orgánica, una en su portada y la otra en el Anexo.

Se espera que en breve se remita un proyecto de ley que retrotraiga los cambios introducidos en la última reforma de la Carta Orgánica para volver a la redacción que sólo rigió entre 1992 y 2012.


[1] Raul Prebisch, “La política monetaria nacional y los planes monetarios internacionales”, en Ciclo de conversaciones en el Banco de México. México DF, 1944.

[2] http://www.bcra.gov.ar/Institucional/Historia.asp

[3] La ortodoxia económica sostiene que la autoridad monetaria debe ser autónoma para poder mantener la estabilidad de precios sin subordinarse a intereses de “los políticos”. Por eso, el banquero central debe ser un técnico conservador y ortodoxo, con aversión a la inflación y, por lo tanto, estar dispuestos a sostener la política monetaria contractiva a pesar de los problemas que pueda causar en la producción y/o en el empleo.

[4] Del texto original de 1992 de la Ley 24144, Art. 3°.

[5] Ley 20539, Art. 14°.

[6]Mercedes Marcó del Pont, Presidenta del BCRA (Jornadas Monetarias y Financieras, BCRA 2012)

[7] http://www.bcra.gov.ar/Pdfs/Institucional/ObjetivosBCRA_2016.pdf

[8]Según la nueva interpretación oficial del artículo 3° de la Carta Orgánica del BCRA, en palabras de su presidente, “lo que aquí se enumeró no está en orden alfabético, está en orden de prelación o importancia. Siendo así, la Carta Orgánica nos dice que la estabilidad monetaria es el objetivo primordial del Banco Central. Esto quiere decir, por sobre todas las cosas, tener una inflación baja, en otras palabras: tener una moneda confiable. También implica tener una inflación previsible y una moneda libremente convertible” (Discurso y lineamientos de gestión del Presidente del BCRA, Diciembre de 2015).

[9]“Este cambio de eje requiere movernos hacia un sistema de metas de inflación con flotación administrada del tipo de cambio. Retomaremos la tarea que nuestro actual Ministro de Hacienda y Finanzas tuvo que dejar inconclusa en el año 2004” (Discurso y lineamientos de gestión del Presidente del BCRA, Diciembre de 2015).

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