El viaje del Papa

Por: Carlos Leyba

Todos los que critican la agenda vaticana argentina de Francisco lo hacen en relación a la, digamos, generosa recepción de dirigentes políticos que, sabemos por las PASO, no gozan de la simpatía mayoritaria del pueblo. Un hecho y abundancia de interpretaciones.

En las Paso los votos de Guillermo Moreno y de Gustavo Vera marcaron el extremo de falta de votos y recepción generosa y, por otra parte, señalan que la audiencia papal, por más publicitada que sea, no procura votos. Lo mismo cabe para CFK. El Papa no compromete apoyos electorales, aunque la Iglesia puede minar candidatos, por razones de índole superior a la política, como fue el caso de Aníbal Fernández.

Por otra parte, más allá de profesar (que no es lo mismo que practicar) o no la fe católica, los más críticos – que son casi todos periodistas – insisten, después de molestarse por esas audiencias, en preguntarse por qué el Papa no viene a su país.

La preocupación de aquellos que demandan la presencia, y particularmente en los que no profesan la fe, no se funda en preocupaciones pastorales. La observación vale para los fieles y para los que no lo son.

Claramente se trata de una ocupación (no digo preocupación) política. La presencia del Papa en el país – según ellos – precipitaría una definición por unos o por otros, lo que convertiría esa presencia en un hecho político de magnitud importante azuzando el conflicto. El tironeo central no caminaría por las audiencias en Roma sino por las presencias locales.

Los oficialistas, aunque temen que no será así, aspiran a un espaldarazo al gobierno, al tiempo que cientos de miles de votantes de Cambiemos se harían presentes en las Misas masivas que el Papa oficiaría. Y la interpretación mediática trataría de llevar agua hacia ese molino.

Los principales opositores y críticos del gobierno, encabezados por el Cristinismo y rodeados de la presencia de los movimientos sociales, tan fieles a Francisco y tan cerca del kirchnerismo, esperan llenar las plazas y copar las celebraciones para demostrar que el fervor popular, que ellos modularan, tendría como devolución el apoyo expreso del Papa.

Es bastante obvio imaginar entonces - que ocurra o no es otra cosa – en cualquiera de los dos casos, un escenario de tironeo por la propiedad de la figura papal.

Aunque, para la inmensa mayoría, Francisco mueva las virtudes de la caridad y el perdón y del amor al otro, es difícil imaginar esta demanda de presencia papal, en las actuales condiciones de conflicto, como otra cosa distinta de un fenomenal escenario de confrontación.

El Papa, ni aquí ni en ningún otro lado, puede convalidar con su presencia un escenario de confrontación, independientemente de quien haya tirado la primera piedra, o independientemente de quien sea quien aliente las acciones más próximas a la Doctrina Social de la Iglesia, o quien sea el que conjugue con mayor ahínco los valores del amor al otro, el respeto a la libertad y a la dignidad de todos y de renuncia a la violencia.

El Papa no puede convalidar, en el caso de las naciones, otra cosa que el compromiso de forjar la Nación y eso es un proyecto de vida en común.

Con discrepancias, con diferencias, pero con el compromiso de proyecto de vida en común. Si eso no está como ánimo dominante, entonces, la presencia papal sería distorsiva y en consecuencia no ocurrirá.

No es solamente porque de otro modo la presencia del Papa será imposible, es esencialmente porque de no existir ese presupuesto de vida en común, no hay proyecto de Nación y en ese caso el Estado se reduce a la condición de “estado” (con minúscula) de confrontación, cuya consecuencia es la degradación permanente de la sociedad. Es lo que nos pasa.

Sin proyecto no hay largo plazo, y sin proyecto en común, no hay posibilidad de equilibrio social y vida en común.

Pero mientras el Papa visita naciones que enfrentan graves problemas, nuestro país – a causa de sus enfrentamientos de largo plazo – se encuentra en la situación en la que sus problemas la devoran como consecuencia de no enfrentarlos.

Cuando los países enfrentan los problemas lo hacen porque descienden un paso en la escala de la confrontación. En el ascenso confrontativo se acumulan pertrechos de conflicto y, al mismo tiempo, se acumulan los problemas.

Nosotros no enfrentamos los problemas porque, en lugar de privilegiarlos para resolverlos, privilegiamos la confrontación para ocupar el poder en ese proceso de acumulación de pertrechos confrontativos.

Veamos cómo estamos, como Nación, ante la presencia geográficamente cercana de Francisco. Colombia ha dado pasos, ha descendido en la escala del conflicto y el Papa ha podido hablar de renuncia a la venganza y de apuesta al perdón sin esperar a ser perdonados.

¿Este es el clima de la política? El kirchnerismo cultiva un rencor inexplicable. El oficialismo utiliza electoralmente la personalización de la crítica mayoritaria al pasado como una manera de generar una falsa realidad de dos términos tramposos: o el retorno a los males K o un voto al futuro M.        

Después de las PASO, la grieta política no ha cesado de agrandarse. ¿Las elecciones de octubre evitarán la continuidad de esa expansión? ¿Cómo se acomodan entretanto los vectores de fuerza?

De un lado, algunos de los que dejaron el gobierno hace 20 meses, están decididos a socavar, a como dé, las bases de sustentación de la actual administración. No se trata de una oposición de alternativa sino de un enfrentamiento de base. Grave.

Cristina acaba de decir que “se acabó el Estado de Derecho”. Si no fuera que la capacidad de modulación de sus conceptos está aniquilada por la angustia de los procesos que sobre ella se ciernen, diríamos que está planteando, en términos de Carta Abierta, un discurso “destituyente” en los días posteriores a un continuo de violencias urbanas a las que ella incita.

Del otro lado, los que gobiernan – sólo el PRO, porque radicales y lilitos concurren a la televisión y no aparecen en la Rosada – se miran para adentro, imaginan la realidad y sueñan con las estrellas de las próximas décadas y, en esa mirada ajena, militan en la ignorancia del otro que vive los problemas.

En ambos casos hay excepciones y, como reza el refrán, las excepciones confirman la regla.

Las fuerzas sociales, trabajadores organizados y el empresariado no encuentran, en esa fractura, un espacio para debatir, acordar y encauzar las políticas centrales integradoras dolorosamente ausentes. Las demandas sociales se quedan sin ofertas políticas.

El oficialismo ignora. Y lo hace en toda la dimensión del concepto porque respira soberbia después del innegable éxito de las PASO.

Y los que dejaron el poder, que siguen siendo la fuerza más sólida fuera del gobierno, trabajan como grupo de demolición y, si alguna vez la tuvieron, perdieron la capacidad de construir. Construir en política es hacerlo con todos.

Antes de las PASO, los grupos políticos comandados por CFK, se ocuparon de señalar la degradación de algunas variables económicas sin asumir la responsabilidad de haber sido ellos los que dieron el empujón a lo que está transitando cuesta abajo. No hay concertación posible sin cesión, sin reconocer las responsabilidades.

Pero ahora y seguramente por un tiempo y sin que la economía haya dado señales de buena salud, parece ser que han dejado de lado las cuestiones de la víscera más sensible - que es el bolsillo -, y entraron a la identificación de esta gestión con la peor de las prácticas de la Dictadura Genocida que fue la existencia de desaparecidos. Una estrategia discursiva de demolición: destituyente.

El dictador Jorge Rafael Videla ante la consulta por el paradero de miles de personas respondió “son desaparecidos, no tienen entidad”. Nadie puede ignorar el carácter diabólico de esa expresión y nadie puede dudar que una desaparición, vinculada al Estado, emparenta a quien ejerce el poder con la peor tragedia de nuestra historia. ¿Tiene sentido, tiene lógica, tiene fundamento tal insinuación? ¿Hasta dónde quieren llevar la grieta?

Volvamos a antes de la desaparición de Sergio Maldonado. Entonces el kirchnerismo se aplicaba a la crítica económica al presente. Crítica realizada por quienes desperdiciaron la mayor oportunidad económica de nuestra historia – los años de la década soplada – y que dejaron una herencia terrible. ¿Crítica indigna sin autocrítica? Si en la medida que contiene una dosis gigante de falsificación. La falsificación no construye. Para criticar el presente hay que reconocer las responsabilidades del pasado.

Con el desperdicio de la gran oportunidad me refiero a toda la década. Justamente porque esa oportunidad fue declinando en el tiempo y al tiempo que, esa administración, gestaba el fracaso colectivo al invertir el sentido de la política que es poder hacer las cosas y no hacer las cosas para perpetuarse en el poder. Se desparramaron recursos para perpetuarse en el poder y no para poder transformar.

En esa inversión de sentido de la política está inmersa nuestra sociedad hace cuarenta años y es por esa inversión que las fuerzas políticas se divorcian de las fuerzas sociales y de la realidad.

La década pasada estuvo gobernada por ese signo en un escenario externo favorable cuyas mieses se prorrogaron aún cuando el viento de cola dejó de soplar vigorosamente.

Pero estos 20 meses han convertido al PRO en un inmenso aparato de propaganda de lo malo del pasado y de un imaginario futuro por venir que se lo adorna con interpretaciones exageradas de la información del presente, en particular, de la economía. ¿Qué cosas sólidas, más allá de la innegable oferta de obra pública, hemos construido en estos meses?

Para no perder el hilo y poner en claro el nivel de las exageraciones miremos números. La creación de empleo registrado fue de 186 mil puestos. No está mal. Pero absorbemos poco desempleo.

De esos empleos creados solo 50 mil son asalariados del sector privado. El 73 por ciento son monotributistas, (incluidos sociales) y empleados públicos.

¿Cuánto de ese empleo es derivado de la inversión y cuánto de ese empleo incrementa la productividad media de la economía? Poco.  

El salario real actual, del empleo registrado, está 10 por ciento por debajo del de agosto de 2012. No hay recuperación del salario real.

Y los sectores productivos como industria, minería, construcción, agricultura y ganadería y pesca, están por debajo de los niveles del segundo trimestre de 2015.

¿Qué entiende entonces el gobierno por recuperación de la actividad económica?

Completan el cuadro balance comercial negativo, déficit fiscal, aumento de la deuda externa y explosión de la cartera de Lebacs.

Brotes verdes. Sí. Pero lejos de lo que podemos imaginar como un verdadero sendero de crecimiento.

Lo más grave de una administración, en general, no está en lo que hace sino en lo que deja de hacer.

Lo que es común a los años pasados y los presentes, es la ausencia de una política de inversiones y de transformación de la estructura productiva deficitaria en una exportadora y superavitaria. Por eso estamos aquí.

La tasa de inversión es la más baja de la región y hemos consolidado un déficit del comercio internacional del sector industrial que ronda entre 25 y 30 mil millones de dólares al año, y una tasa de inversión que, en 2016, fue 15 por ciento del PBI.

¿Por qué razón, entonces, ¿Luis Caputo, ministro de finanzas, en la reunión de AEA pudo decir que, en las próximas décadas, seremos la estrella de la región, poniéndose más allá de los 20 años de crecimiento pronosticados por Nicolás Dujovne?

¿Qué ven los hombres del gobierno que los demás, con la mejor buena voluntad y no con binoculares, no vemos?

Pesos más pesos menos todas las reservas del BCRA equivalen en pesos a la emisión de Lebac que genera una tasa de interés del 27 por ciento anual. ¿Y entonces?

La crítica que se hace a la política o al relato económico, que el PRO practica con similar energía e imaginación que el FPV en el gobierno, tiene siempre la virtud de alertar.

Pero este gobierno, como el anterior, es sordo, ciego e insensible a las alertas.

Y encamina, a la realidad económica, por los datos duros que observamos y la flojedad de las políticas estructurales que se ejecutan, a un resultado previsible y – lamentablemente – conocido, no por virtud sino por los vicios de sus consecuencias.

Tipo de cambio retrasado, endeudamiento externo y fe en la apertura. Una fórmula infalible. La alarma de la UIA, aliada del gobierno, ante la avalancha importadora señala que los binoculares PRO tampoco permiten ver la realidad.

De estos números y de estas políticas, se preocupan también las organizaciones sociales de los que más sufren. Treinta por ciento de pobreza es la consecuencia acumulada que no se desagota sin un cambio de fondo.

El pleno empleo, y las inversiones que este requiere, son la condición necesaria para el Estado de Bienestar. Necesaria, aunque no suficiente. Desagotar la pobreza, con sustentabilidad, implica pleno empleo. ¿Tiene una política este gobierno? No la tuvo el período K y es por eso que bien medido nuestro desempleo es un despilfarro de recursos no ponderado adecuadamente.

El Estado de Bienestar es la condición necesaria para que la democracia funcione sin la perturbación que a ella le infiere la “acción directa” tan asociada a la exclusión. El pleno empleo es la consecuencia de una política fundada en el reconocimiento del otro.

El pleno empleo es un objetivo que requiere instrumentos y lo que sintetiza esos instrumentos es la inversión reproductiva, la que a su vez reclama un horizonte de certezas.

Pero cuando el gobierno anuncia la estabilidad cambiaria nominal más allá de la tasa de inflación, estabilidad sostenida por el flujo de ingresos abastecidos por la deuda y una tasa de interés en el nivel necesario para absorber esas emisiones inevitables, acaba de invertir la dirección al sentido lógico de las certezas.  Genera incertidumbre de largo plazo.

Pero ahora, los más militantes de los K, han abandonado la crítica económica y se han concentrado en la búsqueda del argumento de la identificación de esta gestión con la Dictadura Genocida a través de la imputación de responsabilidad del Estado en la desaparición de Sergio Maldonado y ahora, gracias a la presentación del fiscal Federico Delgado, en el delito de encubrimiento: es decir, la negación y ocultamiento de la posible responsabilidad en esa desaparición.

Por esta vía, que ya no es de crítica correctiva, esa oposición estaría comenzando el camino de la construcción de un escenario de ilegitimidad del actual gobierno que justificaría, en base a la cultura Página 12, el permanente asedio urbano que genera ese clima de malestar e inestabilidad. Clima en el cuál poco puede prosperar. Eso ya empezó. Y difícilmente se detenga antes de las elecciones.

Como las elecciones han sido ya denunciadas por el kirchnerismo como susceptibles de fraude, una eventual derrota de CFK en la provincia de Buenos Aires abrirá la puerta para un estado de continuidad conflictiva provocado.

Veamos que, así como la crisis económica 2001/2002 instaló la protesta piquetera, que no desapareció de las calles nunca desde entonces, de la misma manera los conflictos molotov tenderán a perpetuarse en el tiempo en la medida que perdure en el kirchnerismo la conducta de “resistencia” y conflicto de base, alejado de la cultura de oposición de alterativa. Es verdad y es grave.

¿Cómo escapar a esa cultura de conflicto que acompaña el estancamiento de 40 años?

Es obvio que esta es una tarea de la política. La acción política capaz de reconstruir una mayoría programática que debe tener como eje central la reconstrucción del Estado de Bienestar objetivo en el que, con el debate y análisis adecuado, pueden converger sectores políticos hoy enfrentados y sobre todo los sectores sociales que, además de las organizaciones sindicales y empresariales, hoy incluyen a las organizaciones que canalizan a los que, en ausencia de participación en la mesa de decisiones, acuden a la acción directa perturbadora.

La historia no se repite. Pero deja lecciones. Y es hora de aprender de ella. Los conflictos sociales no deben ignorarse, ni ocultarse, ni analizarse en superficie. Hay que ir a las raíces.

Una sociedad con el 50 por ciento de los niños en la pobreza tiene una enfermedad profunda. Y ninguna mayoría relativa en soledad la puede diagnosticar y curar.

Unos tienen que abandonar la violencia y otros la ignorancia. Cuanto antes mejor. Reconocer al otro y acallar la violencia es la condición para acordar. Nunca es tarde para empezar.  Cuando empecemos ese camino, seguramente, se habrán construido las condiciones para que venga el Papa. Sería el resultado de una obra que engrandezca a los argentinos. El Papa se acerca a los pueblos que deciden enfrentar los problemas reconociéndolos como comunes que es el primer paso para la reconciliación. La reconciliación de las mayorías es el paso necesario para el Encuentro. Y esa es la tarea de la Política con mayúscula.

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