Elecciones de medio término: ¿para qué?

Por: Tomás Aguerre

Primera pregunta: ¿existe “el debate”? No hay proyectos presentados en el Congreso que vayan en ese sentido. Su viabilidad parece, a priori, nula: eliminar las elecciones de medio término para hacerlas concurrentes con las presidenciales necesitaría una reforma constitucional. Es decir, un llamado a una asamblea constituyente (una elección) y un proceso de reforma constitucional parece alejado del clima político y las relaciones de fuerza actuales.

Al mismo tiempo, nada menos que la vice presidenta de la Nación se despachó con la siguiente frase: “lo más efectivo sería, en vez de alargar la presidencia a seis años, por lo menos durante un tiempo evitar la elección de medio término”. Pudo haber sido “una expresión” pero el lenguaje, sabemos, es performativo y disparó reacciones: llamativamente, algunas favorables. La diputada socialista Alicia Cicialini y el radical Mario Barletta propusieron - siempre en términos hasta ahora meramente declamativos - replicar el modelo de Santa Fe de elecciones concurrentes cada cuatro años. Barletta agregó que sería una tarea para, recién, el 2023.

A ellos se les sumó el diputado macrista, Daniel Lipovetzky, quien señaló en la agencia DyN que “si buscamos tener políticas públicas de largo plazo, tener elecciones nacionales cada dos años no contribuye a ese objetivo”. El intelectual Vicente Palermo, miembro del Consejo Presidencial Argentina 2030”, un espacio vinculado al oficialismo, sostuvo en una entrevista hace pocos días que “los partidos están empezando a ensimismarse para organizarse y tomar decisiones” y que eso “Muestra que no es positivo que en la Argentina haya elecciones cada dos años”. Así, sostuvo que las elecciones de medio término “obligan a políticas cortoplacistas y le resta tiempo a la política más elaborada”, considerando que eliminarlas sería “una contribución institucional importante”. El director de Poliarquía, Alejandro Catterberg, se expresó en un similar sentido.

Algunos analistas evalúan que se trata de lo que comúnmente se denomina “una cortina de humo”, es decir, un planteo irrealizable que sirve para cambiar el eje de la discusión hacia otro tema. Sea o no el objetivo consciente - y haya o no cumplido el objetivo de cambiar el tema, lo cual a simple vista no parece - el planteo quedó realizado y bajo una argumentación concreta. Una “cortina de humo” no es un elemento que no existe: cabe preguntarse, por ejemplo, por qué este tema y no otro. Por qué estos argumentos para defender y no otros.

El argumento atraviesa de manera similar a todos los actores que lo plantearon: la elección de medio término imposibilita la planificación e implementación de política pública toda vez que pone a los actores políticos a dar la discusión electoral cada un tiempo que consideran breve. La idea contiene dentro varios supuestos que bien vale la pena desglosar: el primero de ellos, la carga de la responsabilidad sobre la falta de políticas públicas de largo plazo en el hecho de que los actores políticos deban enfrentar períodos electorales. Eso necesitaría de una primera validación, a saber: que en países presidencialistas de elecciones desdobladas - donde el Congreso se renueva cada dos años parcialmente - no se puede pensar ni implementar políticas públicas de largo plazo. Los ejemplos a contrario comienzan nada menos que con Estados Unidos.

Quizás convenga pensar más acabadamente en las causas de la falta de planificación de políticas para abordar como problemática un factor que, lejos de proveer problemas, ha aportado algo más que soluciones a la democracia argentina. No importa si es como cortina de humo o no, importa que en la argumentación de actores políticos relevantes los efectos positivos de las elecciones de medio término no estén en consideración.

Una de las discusiones fundantes de la ciencia política argentina es el debate entre presidencialismo y parlamentarismo. Sin ahondar en detalles, una de las principales críticas al presidencialismo es su rigidez y a partir de ella su imposibilidad de procesar las crisis: si en un parlamentarismo existe la “válvula de escape” del voto de confianza, en los presidencialismos los procesos de crisis se resuelven de manera más traumáticas por la división institucional y de legitimidad de origen del Ejecutivo y el Legislativo. Las elecciones de medio término, en ese sentido, posibilitan a los presidencialismos - siguiendo con la metáfora física - cierta “liberación de presión” cada un período de tiempo: el poder en manos de los votantes de rectificar o ratificar el mensaje de las urnas cada dos años.

Basta con recordar las elecciones de medio término pasadas - a las que muchos de estos actores han considerado incluso fundamentales - para hacerse de una idea: la elección de 2013 que posicionó a Massa, la de 2009 post conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario y la de 2005, que resolvió la disputa interna en el peronismo. En todas esas elecciones, el voto popular modificó mensajes que había enviado dos años atrás a sus representantes.

Las elecciones de medio término incrementan lo que el politólogo Guillermo O´Donnell definió como accountability vertical: la capacidad de la ciudadanía de exigir rendición de cuentas por parte de aquello que votó. El presidencialismo supone la división de poderes y las elecciones intermedias, en ese sentido, complejizan el juego de coordinación necesario entre ellos. Es cierto que no existe un período de tiempo “ideal”, definido de una vez y para siempre, en el que es necesario que la ciudadanía exprese su mensaje en favor de uno u otro representante. Eso es parte de una definición política e ideológica que se construye. Sin embargo, también es cierto que los mecanismos de control directo en manos de la ciudadanía son más bien escasos. Y que parte de la discusión política es si la coyuntura necesita más de esos mecanismos o hacerlos menos periódicos para que no interfieran en la implementación de política pública.

La coyuntura mundial mostró el año pasado algunos procesos político-electorales caracterizados por el fuerte desinterés de la población, con niveles bajos de participación electoral como en el caso del referéndum por el Brexit. Lo que cierta parte del ahora oficialismo plantea es el saldo de una tensión permanente en los presidencialismos con elecciones intermedias: la disyuntiva entre gobernabilidad y participación. De esa dicotomía, las voces del oficialismo que se manifestaron públicamente lo hicieron en favor de la primera y, más importante, a costa de la segunda. Lo cierto es que no toda tensión implica necesariamente un juego de suma cero: en todo caso es una estrategia político-discursiva para ubicar los ejes del debate. Se ha demostrado, e incluso las elecciones de medio término sirven como ejemplo para algunos casos (como la de 2005), que mecanismos de participación pueden incrementar la gobernabilidad. De lo que se trata, por supuesto, es de lograr el consenso necesario previo a la elección para avanzar en el plan de gobierno propuesto a la sociedad. Que el tiempo es muy corto para que la sociedad comprenda o procese los efectos de un plan económico que aparentemente exige más tiempo para funcionar, en todo caso, es un problema que el oficialismo debe resolver políticamente antes que modificando las reglas del juego en desmedro de la participación popular.

En un contexto de serios riesgos de despolitización, de desinterés por el bien público que los ciudadanos tienen como mandato proteger, quizás deba pensarse que quitar uno de los mecanismos de participación tan aceptado por la sociedad argentina, lejos de provocar el efecto positivo que se le supone, logre alejar a los verdaderos agentes de la democracia de su construcción y defensa.

* Tomás Aguerre es editor del sitio http://artepolitica.com/

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