Elecciones unplugged

Por: Tomás Aguerre

La agenda del gobierno para después de las elecciones tiene en la reforma electoral uno de sus puntos salientes. Es una de las prioridades del gobierno y parte de la agenda de lo que considera las reformas estructurales.

Así la planteó el propio presidente Macri en la apertura de sesiones de 2017: “Una de las decepciones del año 2016 fue el escaso avance de la reforma política. Fue sancionada la ley que hace obligatorios los debates presidenciales, pero no la reforma electoral. Es una vergüenza que en el siglo XXI sigamos votando con un sistema arcaico que se presta a la trampa. Esforcémonos para que en el 2019 alejemos la trampa de la política”.

Tras los inconvenientes surgidos en la carga de datos tanto en Santa Fe como en la provincia de Buenos Aires durante las PASO, el oficialismo aprovechó la oportunidad y responsabilizó por dichos problemas a quienes se habían manifestado contra el proyecto de voto electrónico: “Le deben una explicación a la sociedad por no apoyar el voto electrónico”, sostuvo la gobernadora Vidal al día siguiente de la elección. La primera candidata a diputada, Graciela Ocaña, se expresó en el mismo sentido. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, confirmó luego de las PASO que el Gobierno insistirá con la reforma electoral.

El escenario le presenta al oficialismo algunas ventajas y una mayoría de desafíos. En primer lugar, se va a encontrar frente a una composición diferente del Congreso. Si los resultados de las PASO no se modifican drásticamente en términos generales, Cambiemos crecería en cantidad de bancas tanto en Diputados como en Senadores. En ninguno de los dos casos le alcanzaría para el quórum propio pero el escenario aparece, a priori, más favorable para llevar adelante la agenda propia con aliados circunstanciales.

Frente a ese escenario, el oficialismo tiene la posibilidad de insistir con el proyecto original de 2016 o de presentar uno nuevo que le permita, entre otras cosas, hacerse con esa mayoría circunstancial. Para ello el oficialismo cuenta con una ventaja: las lecciones que pudo haber aprendido del fracaso de la reforma en 2016. Aunque el proyecto original preveía una serie de reformas, el corazón de la polémica estuvo en la propuesta de cambiar el sistema de emisión del voto por un sistema de voto electrónico. El debate se estancó exactamente en el único punto en el que el Gobierno -podríamos decir, en el que el presidente- no estuvo dispuesto a ceder: el sistema de emisión del voto. Si había consenso en favor de reformar el sistema, de eliminar las listas espejo, de avanzar en la paridad de género para la composición de las listas, no se logró ese mismo nivel de acuerdo en cuanto a la seguridad del sistema de voto electrónico. El mismo proyecto, modificando el sistema de voto electrónico por uno de boleta única de papel por ejemplo, hubiera pasado incluso con una mayoría más amplia. Pero el abandono del resto de la reforma electoral por la imposibilidad de imponer el voto electrónico demostró que, al menos en 2016, el objetivo prioritario del oficialismo era modificar el sistema de emisión del voto hacia un sistema en particular.

De acuerdo con los dichos de los propios funcionarios, la perspectiva parecería ser distinta: “Si fuera por nosotros, (a la reforma electoral) la votaríamos mañana. El cambio de la boleta única electrónica y todo el proyecto que tiene media sanción y está en el Senado”, dijo el jefe de Gabinete, Marcos Peña, días antes de las PASO.

Además del desafío interno del Senado, insistir con el proyecto original le presentará al oficialismo un desafío particular: avanzar directamente a contramano de lo que el propio Gobierno considera “el mundo”. Los casos en los que los sistemas de este tipo fracasaron y tuvieron que ser abandonados son, a esta altura, de más conocidos. El argumento oficial de que este sistema es único y especial no ha logrado convencer hasta ahora a ningún especialista informático.

Este año no fue especialmente bueno para el voto electrónico. Después de las elecciones de Estados Unidos en la que se denunciaron, la tendencia en la mayoría de los países a los que el macrismo mira como horizonte ha sido la de “desenchufar” sus elecciones.

Holanda, que ya había abandonado el voto electrónico en 2006, decidió este año dejar de usar computadoras incluso para contar los votos por temor a posibles interferencias extranjeras. Francia prohibió este año el voto electrónico que permitía para sus ciudadanos en el extranjero. Alemania, que prohibió el voto electrónico en 2009, volvió a contar a mano las elecciones este año.

Si el mundo va en esa mano, el Gobierno parece haber elegido ir al contrario. El titular de la Dirección Nacional Electoral sostuvo hace pocos días que el gobierno evalúa dos caminos: “Si no sale la boleta única electrónica, una alternativa que puede funcionar, y que ya estamos experimentando, es la transmisión de los datos desde cada centro de votación”.

En el marco de elecciones en el mundo que tienden a volverse hacia los sistemas de papel para evitar vulneraciones a la seguridad, las alternativas que plantea hasta ahora el Gobierno parecen ir a contramano. Tendrá con el nuevo Congreso la oportunidad de ir hacia una reforma electoral más amplia o el riesgo de volver a enfrascarse en la discusión por el sistema de emisión del voto.

* Tomás Aguerre es editor del sitio http://artepolitica.com/

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