Escapar sin pagar

Por: Carlos Leyba

Las deudas argentinas son enormes. Y muy distintos los acreedores. Son, en realidad, capas geológicas de deudas acumuladas que se multiplican por el interés compuesto agravado por el estancamiento y el paso del tiempo sin atacar las raíces y aplicando paños fríos y calmantes de ocasión.

Sin duda la deuda más difícil de pagar, y la más gravosa de no hacerlo, es la que mantiene nuestra sociedad con los niños y los jóvenes. La deuda de la indolencia y la hipocresía. La mitad de los jóvenes argentinos, en números redondos, han nacido en la pobreza.

Se han criado en un escenario de carencias. Resulta increíble que así sea después de haber sido gobernados, durante un cuarto de siglo – con breves períodos de interregno – por dirigentes políticos autocalificados como peronistas. Increíble porque el líder del peronismo estableció como eje doctrinario, con proyección hacía el futuro, que los únicos privilegiados debían ser los niños. Privilegios que si existen son la negación de las carencias. Lo sabemos todos.

Obviamente los responsables del Estado, todos, desde que recuperamos la democracia, son de varios colores y no sólo adscriptos al peronismo. Pero “encuentre un ministro de economía de los K o de los Menem que haya sido peronista y será una curiosidad”.

Y sin embargo todos han llegado al poder con las fotos de “Perón y Evita”. En las boletas. Uno dijo “si decía lo que iba a hacer no me votaban”, otro dijo “no escuchen lo que digo, vean lo que hago” y el final a toda orquesta: “Antonio no me pidas nada para ese viejo HdeP”. Plin caja.

El resultado social de la Argentina sabe a traición. Y también a silencio cómplice de los que acompañaron pasivamente la acumulación de males sobre nuestros niños y jóvenes, que es la acumulación de males sobre nuestro futuro.

Hay otras deudas enormes pero que pueden resumirse en la palabra acumulación. Es que para una sociedad acumular, como el cuidado de los jóvenes, es una cuestión presente que se proyecta al futuro. O mejor no hay futuro sin jóvenes y sin acumulación. La economía para la deuda es el prologo del saqueo. Gracias.  

Podemos decir que una sociedad tiene el futuro de los jóvenes que ha criado y de la acumulación que ha realizado. Por eso estamos mal y por eso el futuro, que es lo que estamos haciendo hoy, es tan pero tan cortito. Falta de horizonte. Veamos.

La deuda de acumulación es la deuda de infraestructura económica y social. La Argentina tiene una cifra ridícula de capital acumulado por habitante. Ridículamente baja. Y lo peor es que la inversión anual (15 por ciento del PBI) es de tal modestia cuantitativa, de tan caprichosa y ridícula asignación, que significa un deterioro permanente en términos relativos al resto del mundo el que se capitaliza con asignaciones de bienes basados en las prioridades lógicas.

¿Cuánto de la “inversión” corresponde a las torres de Puerto Madero que es un ejemplo obsceno de cómo se aplican los recursos disponibles en los bancos?¿Qué aportan esas “inversiones” a la productividad?

Entonces ¿cuánto habría que bajar del 15 por ciento que llamamos inversión y que la imaginamos productiva? ¿Alguien se anima a contar cuántas verdaderas inversiones industriales productivas de más de 1000 millones de dólares se han realizado en los últimos 25 años?

Lo dejo para no seguir haciendo preguntas comprometedoras.

Deudas sociales, deudas de acumulación, resultan en el estado crítico en que se encuentra nuestra sociedad, plena de oportunidades perdidas, y en el escepticismo que neutraliza la voluntad de cambio.

Cambio. Pero ¿por dónde debe empezar? ¿Qué sociedad queremos en el estado en que estamos?

La respuesta imprescindible, a esa pregunta que nos negamos a formularnos o que la política no se formula, es la clave para un proceso de crecimiento.

Una vez más: no hay destino para un velero sin rumbo. El viento de cola de la última década casi nos hace naufragar. Es que no hay respuestas productivas mientras no nos hagamos las preguntas verdaderas.  

Y una de ellas es ¿se puede escapar sin pagar, se pueden dejar de pagar las cuentas y eso no merece un repudio?

Los que gastan y consumen y no pagan la fiesta ¿son los astutos, vivos, admirables? O todo lo contrario. Veamos.

 “Plantar o hacer la tosca”, expresión lunfarda, nos sirve para calibrar nuestras experiencias de política económica.

Me explico. Un grupo ingresa a un bar, no todos necesariamente amigos, y consumen de manera inusitada. De pronto los  complotados disparan hacia la puerta y fugan. Los mozos se abalanzan hacia el comensal sorprendido que por estarlo, generalmente, es de lentos reflejos.

Los fugados consumieron sin pagar. El cola de perro terminó pagando y castigado.

El plan de los cómplices era “hacer o plantar la tosca”: consumir y no hacerse cargo de la factura. Una programada picardía adolescente que consistía en jugar a consumir sin pagar … dejando el muerto al sorprendido o al patrón.

Ese plan, por definición, fracasa. Primero porque, como decía Milton Fridman, no hay almuerzo gratis: alguien siempre paga. Y segundo, la práctica enseña que, de plantar la tosca hablando, siempre hay un convidado de piedra que, ignora el plan de “los otros” o que, conociéndolo, imaginaba que “no se animarían”. Se deja sorprender y termina pagando y castigado.

Esa ignorancia o expectativa equivocada, está detrás de la sorpresa, de la marcha lenta y de la mala suerte de tener que pagar la cuenta del consumo de los otros. Y además pasar el papelón de ser, para los demás, culpable sin haberlo sido … al menos del todo. Los complotados consumen porque tienen el plan de fuga y el inocente en vista.

La solución del inocente habría sido avisar que algunos consumidores se querían ir sin pagar para que los mozos impidieran la fuga. Eso implicaba darse cuenta … Pero no hay realidad sin teoría. Comprender el escenario implica reflexionar profundamente en torno de él, es decir, sobre el antes y el después. Breve colofón transitorio: aquí las crisis no se diagnostican, simplemente se administran … hasta la próxima.

Una vez ocurrida la fuga, el ingenuo debería lograr que los mozos o el público presente le crean; que el dueño le acuerde un plan de pago y que, en lugar de pasar un papelón y pagar a los sopapos, los mozos le agradezcan el gesto, le den un plazo y que, terminado el pago, le ofrezcan un café con medialunas a cargo de la casa. Esa sería la conducta de un estratega ante la desgracia.

¿Qué tiene que ver todo esto con la política? Hagamos memoria.

Cuando Raúl Alfonsín, sin quererlo, estaba a punto de “plantar la tosca” (hiperinflación) – y después de haber tomado apenas un austero cafecito (la economía y el consumo crecieron cero) – Carlos Menem tuvo la astucia de gritar que a ese cafecito, el consumidor Alfonsín, no lo iba a pagar. Que nos estaba dejando el muerto.

La “ideología antes de la noticia” decía el otro Timerman inteligente, Jacobo.

La ideología, adecuadamente sembrada por Menem, hizo que la sociedad terminara su idilio con el radicalismo – tal vez para siempre – y  le otorgó a Carlitos un amplio plan de pagos.

Tan es así que después de la hiper de Alfonsín, Menem tuvo la suya. Se la bancaron porque el culpable de todos los males por venir ya estaba identificado. Tuvo plafond para parar la inflación a base de la delirante deuda externa y del consumo de bienes importados.

Mesa servida para Menem a base del retorno de “déme dos” de la Dictadura Genocida: método para ganar elecciones y condenar a los perdedores.

Los mozos, convencidos de la disponibilidad ilimitada de recursos provenientes de “la confianza del mundo de las finanzas al que nos habíamos integrado” (Menem hablaba en el FMI y lo invitaron al G20), abundaban con las bandejas del consumo.

El “plan plantar la tosca de Menem” funcionó porque, cuando un grupo de inocentes, conducidos por conversos de la convertibilidad (Fernando de la Rúa y Chacho Álvarez), se sentó  a la mesa del poder, Menem y sus muchachos peronistas abrazados a la UCD, plantaron la tosca más grande que se recuerde: se fueron sin pagar después del festival de consumo importado.

Lo de Alfonsín, mirado en perspectiva, resultó una pavada.

Es que detrás del festival de Menem habían crecido el desempleo, el trabajo en negro y la pobreza como nunca antes. La reforma estructural, o el retroceso estructural que nos dejó sin trenes, se había llevado puesta a la industria y a la capacidad regulatoria del Estado. Una cuenta difícil de pagar.

La vieja Patria Contratista, qué nenes, se apropió del Estado y mutó en la “nueva oligarquía de los concesionarios” cuyo peso es fácil de detectar en las fotos de gloria de los gobernantes de ayer y de ahora.

Una salvaje trama de nuevos ricos groseramente egoístas, sin idea de Nación, que exalta las virtudes del mercado mientras cosecha los desguaces del Estado.

¿Alguien investigará alguna vez las fortunas súbitas de esta troupe que empezó con la Patria Contratista y como la del circo va cambiando la carpa para entretener a los políticos, en el mejor de los casos, desinformados, mientras se han convertido en esa oligarquía a la que se le ha concesionado el poder: contratistas, banqueros, servicios públicos, juego, aeropuertos, etc.?  Volvamos.

Menem generó una factura escandalosa y fugó sin pagar.

Lo que llamamos “la crisis” estalló, pero con él y su elenco, que la habían generado, a salvo del incendio.

El convidado de piedra fue Fernando de la Rúa. Se sentó a la mesa y le hicieron cargo de una cuenta de consumo monstruoso que el menemismo consumió y no pagó.

La Alianza se enfrentó a un ejército de mozos indignados, de la Rúa fue conminado a pagar la cuenta, básicamente porque no avisó (siguió con la convertibilidad y la deuda ¿cómo podría haber avisado si de nada se había dado cuenta?) y porque en lugar de girar en otra dirección siguió en el mismo rumbo. Y hasta subió al mismo chofer.

No le otorgaron plan de pagos. Le cobraron al contado, lo quebraron y lo sacaron en helicóptero para que el papelón se note.

Lo increíble es que después del desastre que generó, la tosca gigante que plantó, Menem logró el 30 por ciento de los votos y quedó excluido de la responsabilidad histórica de la crisis.

Eso se llama saber plantar la tosca.

De la Rúa asumió toda la responsabilidad. Pero su gran responsabilidad fue creer, imaginar o decir, que todo el problema “era la corrupción”. Cierto. La corrupción chorreaba por los escritorios. Pero, además de la corrupción, había una cuenta derivada de una estructura de la política insuperablemente equivocada tanto en objetivos como en instrumentos.

De la Rúa se quedó en el bar sorprendido y gritando “dicen que soy aburrido”, lo que le alcanzó para sentarse a la mesa o ganar las elecciones, pero no para gobernar la crisis que heredó. ¿Siempre hay un Fernando a la hora de pagar la tosca que plantaron otros? No.

Respecto de Alfonsín, Menem no fue un Fernando. Y respecto de Menem, Fernando fue un ejemplo.

Con el culpable identificado (de la Rúa) fue bastante más fácil lograr el “plan de pagos” que siguió a la crisis.  

Ese trabajo lo llevó a cabo Eduardo Duhalde. Cuando llegó Néstor el campo estaba arado (default declarado, tipo de cambio en las nubes, retenciones financiando al fisco y aliviando la canasta, 50 por ciento de pobreza para sostener la estabilidad de precios y con el enorme beneficio de la progresión de los términos del intercambio mas generosa de la historia) y hasta las semillas vinieron por el aire.

Sentado a la mesa el matrimonio K consumió a lo pavote. La mesa de la abundancia estaba servida y, aunque le cueste creerlo, hubo una suerte de super “deme dos” enmascarado dentro de cada auto, de cada aire acondicionado, o de cada prenda de vestir.

La oligarquía de los concesionarios sumó nuevos miembros y la existencia de cada uno de ellos, como en los noventa, es un costo adicional en la factura: pregunte por la energía.

En cada expansión del consumo hay más importaciones que se suman a la ausencia militante de inversión reproductiva, a la dilapidación de reservas, y al feroz endeudamiento en forma de falta de trabajo y deterioro de la infraestructura, y trabajo en negro como mecanismo de desfinanciamiento global permanente.

Un escenario de maravillas para plantar la tosca. Otra vez sopa.

En base a los consejos de J Duran Barba, Mauricio Macri se dedicó a señalar que “las cosas no eran tan graves”. El propio Alfonso Prat Gay, un hombre formado, después de reunirse con Axel Kicillof dijo “no es tan grave”. De hecho negaron la gravedad de la cuenta.

Con ese marketing estúpido de la alegría, hicieron el “reconocimiento” mentiroso que la cuenta no era tan difícil. Y de esa manera le cubrieron la fuga a los plantadores de tosca K. Lo mismo que pasó con Menem. ¿Casualidad?

Después comenzaron las promesas PRO acerca que, en pocas semanas “salimos”, que la confianza que inspiramos nos va a llenar de dólares e inversiones, y que la devaluación ya está incorporada a los precios y que no habrá más inflación y que tenemos margen para “cumplir el compromiso de eliminar las retenciones y además de pagar la cuenta delictiva del dólar futuro”. Una cruza mortal de promesas y realidades.

Producidas esas decisiones y pronunciados los discursos, los miembros de la mesa K ya estaban lejos, panza llena, y gritando, desde la calle, que los que se acababan de sentar eran los responsables no sólo de pagar la cuenta sino que eran los que habían consumido.

El kirchnerismo plantó la tosca con toda la fiesta; y Macri se hizo cargo sin siquiera avisar que los pibes K de la mesa se estaban fugando.

La consecuencia es que, por ahora, Cristina tiene el 30 por ciento de imagen positiva, que seguro son votos, y cada día que pasa Macri aparece como el responsable de la cuenta que queda por pagar.

Los muchachos PRO, otra vez, se centraron en “la corrupción”, de lo que no cabe dudas. Pero la mera mención a la cuestión moral no alcanza para remontar la exigencia de pago del consumo de los otros.  

Usted  se sentó a la mesa y asumió la cuenta sin beneficio de inventario.

Para conseguir el plan de pagos imprescindible o una larga tolerancia colectiva, que se está tornado esquiva, habría que haber exigido poner la cuenta en claro, inventario detallado de las desgracias y una clara estrategia de salida.

El politólogo Luis Tonelli, al comienzo de este gobierno, lo definió con luminosa claridad: subestimaron los problemas y sobrestimaron su capacidad. En el PRO no hay estrategas ni gente de reflejos rápidos.

Lo más grave de la cuenta no es responsabilidad del PRO. Cristina se fugó sin pagar. Pero Mauricio Macri no sólo no detuvo la caída sino que, en la práctica, la está impulsando. Estamos en un pozo y de él no se sale cavando. Pero Mauricio desfila pala en mano.

Mauricio no puede plantar la tosca y dejársela al que venga. Los mozos ya lo están mirando. Y los fugados gritan desde la esquina como si ellos no hubieran dejado el muerto.

Macri tiene que aclarar las cuentas y hacer un plan de pagos. Los acreedores son primero una realidad económica en la que no hay provocaciones para la inversión nativa: la extranjera es para la gilada porque no mueve el amperímetro.

Segundo acreedor una realidad social con 13 millones de personas en la pobreza y 40 por ciento del empleo en negro y un sendero preocupante que va de la suspensión al desempleo. Tercero una realidad fiscal sin horizonte de ingresos si es que no logramos mas empleo productivo; y un pronóstico de egresos incontenibles justamente porque no hay mas empleo productivo. Un círculo vicioso que solo puede romperlo la inversión.

Para acordar un plan de pagos hay que sentar a todos, reconocer las nuevas deudas y las heredadas; y formular una estrategia de salida consensuada. El daño ya está hecho.

La masa de la inversión es local. No es el consumo la causa del crecimiento sino su consecuencia. Consecuencia que debe ser la promoción del consumo de los que no pueden hacerlo. Las dos deudas la de acumulación y la de la pobreza, marcan el camino del crecimiento. Por dónde: la inversión reproductiva de incremento del empleo y la productividad. Para dónde: para reparar el consumo de los que lo tienen postergado por la pobreza. Esos son los pilares de un programa.

La humildad inteligente es consensuar un programa y no la de pedir perdón por los errores.  



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