¡Feminazis!

Por Juan Ignacio Agosto

La escritora María Fernanda Ampuero escribió en la revista Anfibia que un hombre la acusó de "feminazi" por parar y marchar hoy. El señor entendía que la marcha era contra los hombres e iba a participar "gente que adoctrina y vive del odio pasado".

Feminazi es la expresión extrema de quienes afirman que feminismo es lo mismo que machismo pero al revés, en un notable ejercicio de ignorancia de ambos términos. Son machistas, aunque gracias a esa ignorancia dirán que no. Como el antisemita con amigo judío o el homofóbico con amigo gay, el machista usará a sus amigas (y novias, y esposas, y madres e hijas) para intentar expiar su pecado.

El término feminazi solo existe en la imaginación y la retórica del machismo. Y existe por miedo a la mujer que se organiza y lucha para combatirlo. De ese intento de caricaturización para deslegitimar la lucha no se ha salvado, en la historia, prácticamente ningún grupo social que haya combatido cualquier desigualdad (sindicalistas, comunistas, hippies, sudacas, negros, maricas). Y siempre brotará de quienes prefieren que todo siga como está. Aunque digan que no.

Las feminazis -se excusan los (y las) machistas que dicen no ser machistas- son esas que pintan paredes, atacan patrulleros, cagan escalinatas de iglesias o rompen vidrieras. También odian a los hombres y encima algunas, muchas, son lesbianas. Es decir, destruyen la propiedad y la familia. Y contaminan de extremismo un reclamo legítimo. Todo eso hacen.

La pelea central del movimiento feminista, por más matices que tenga, no es contra el hombre como sujeto ni contra el género masculino, su lucha es contra el patriarcado como concepto y, sobre todo, como paradigma. Las mujeres, hoy, ganan menos, ocupan menos cargos directivos (en empresas, sindicatos y gobiernos), no pueden abortar de manera segura y gratuita, sufren acoso callejero, son víctimas de violencia física y verbal de sus parejas. Y las matan. A muchas. Una cada 30 horas.

Todos, incluso los que apoyamos (sin autoincluirnos en un movimiento que no nació de nosotros) el feminismo, tenemos restos de la educación que recibimos, a pesar de las excepciones, bajo ese paradigma. Sedimentos de la época, la sociedad, la cultura, las instituciones, el entorno o la familia en que crecimos. Tenemos la obligación de terminar de sacarnos eso de encima. Todos tendríamos que ser feministas.

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