Ganar elecciones no es suficiente

Por: Carlos Leyba

La aparición del cadáver que resultó ser el de Sergio Maldonado le quitó al gobierno el liderazgo de la agenda política. Los resultados electorales prueban que no le quitó capacidad electoral. Uno de los derrotados – José Manuel Urtubey – llamó la “ola amarilla”.

Hasta la aparición del cadáver el oficialismo disfrutaba del entusiasmo judicial provocado por las manchas delictivas que, en el camino del anonimato a la fortuna, dejaron muchos de los funcionarios K.

Las causas sustanciadas son demoledoras más allá que finalmente terminen en condenas o no.  

El clima favorable de la lucha contra la corrupción K, hizo que Mauricio Macri anunciara que “los cómplices de la década pasada van a terminar todos presos”. Si las amenazas de Mauricio fueran balas de verdad  y no de fogueo – como realmente lo son - temblarían los árboles genealógicos, las vinculaciones sociales y societarias del propio gobierno. Son esos los límites reales de la mano pulite.

La estrategia electoral oficialista estuvo asentada en una agenda política basada en la lucha contra la corrupción K.

El cambio de la justicia, que ahora persigue a los que antes protegía, alimentaba el dilema “o la vuelta a La Campora y Cristina o habilitar el “cambio” de Cambiemos conducido por el PRO”.  

Pero después de esas palabras (“los cómplices”), un cuerpo flotando en el río ocupó la primera plana de los medios y cambió la inclinación de los ojos del oficialismo que pasó a mirar para abajo.

De la agenda de la corrupción, más que parcial pero saludable, se pasó - luego de Maldonado en el río - a la movilización por los “derechos humanos” a la se aferró el kirchnerismo. La muerte de Santiago – por ahora –resultó por ahogo y sin golpes en su cuerpo.

La muerte ocurrió a causa del cerco que la Gendarmería trazó en el desalojo de la Ruta. Maldonado escapó de ese cerco. Y perdió la vida. Entre la protesta, el desalojo, el cerco y el escape está la pérdida de la vida; y aún no sabemos exactamente las causas. O desconocemos el grado de violencia de la misma. En el ínterin la desaparición de Maldonado y su vigor movilizador, aportaron una agenda política al kirchnerismo.

La agenda de la corrupción es importante, esencial, saludable, pero parcial. Incompleta. Esa fue la agenda electoral del oficialismo. Bien elegida. Con efectos especiales. Con ella se garantizó ser la primera minoría en marcha hacia una mayoría política por dispersión de los adversarios.

La agenda política del kirchnerismo, en los últimos días, trocó en la de los derechos humanos basada en la idea de la desaparición forzada de Maldonado. Nunca está mal ser extremista en la exigencia de un Estado de Derecho. Pero esa agenda es incompleta y, desgraciadamente, también hoy en los K es básicamente electoral. Pero ni siquiera alcanzó para congregar a los opositores.

El resultado de las urnas fue mas favorable a Cambiemos que lo que nadie pronóstico a pesar que los caudillos provinciales de La Pampa y de San Luis lograron revertir los resultados negativos de las PASO.

La campaña, a pesar de los problemas gigantes que vivimos, sufrió de “abandono del futuro” y eso debería ser un delito político penado por la historia. Ese abandono es el dominio de la política de lo inmediato.

El oficialismo, para ganar, se ha concentrado en la corrupción identificada en el kirchnerismo, que es exagerada y parcial.

El kirchnerismo se ha concentrado en los alegatos por los derechos humanos que, como acusación al oficialismo, resulta exagerada y parcial.

Ambas estrategias electorales alimentaron la crispación política que es lo que impide debatir lo que tiene que ver con la agenda del futuro.

Ambas campañas conformaron una agenda de vuelo bajo. Y en ninguna apareció ni remotamente un contenido propositivo fundamentado y convocante. Se convocó al voto en contra.     

La reunión de IDEA, que concitó la adhesión del gremio de los CEO al gobierno nacional, se supone convoca para debatir – desde la perspectiva empresaria – los problemas nacionales.

Respondiendo a esa convocatoria Macri aludió a la “estrella polar” de la productividad.

Como sabemos la “estrella polar” es  la luz que - en la incertidumbre de la noche -  señala a los navegantes la dirección del Norte.  Mauricio usó esa imagen citando a Juan Perón.

En los 50 (Congreso de la Productividad que anticipó el Pacto Social del 73  su gran legado ignorado por todos los auto denominados peronistas) Perón definió que la “estrella polar” de la economía es la productividad. Macri adhirió. Pero Perón, en aquél Congreso y en el Pacto Social (la productividad fue su eje), convocó al ejercicio de un método: la concertación para la productividad.

Productividad es largo plazo y el largo plazo requiere, para existir como horizonte, de la concertación que forja el consenso.

La concertación es la etapa superior de la democracia en la que la voz de los que no tienen “poder” se equipara a la de los poderosos en la mesa común en la que prima la razón. Macri y el PRO no adhieren a esta visión y la sustituirán después del triunfo por una mesa en la que prima el poder presupuestario. Es lo que anuncian. Es que en las ideas que alimentan al PRO (y no a todo Cambiemos) prevalece el concepto de equilibrio presupuestario por encima del equilibrio de la Nación. Se trata de la visión de los CEOs que creen que lo demás vendrá por añadidura.

Por lo pronto “productividad” es el concepto que mejor define la meta del subsistema económico.

“Justicia” o “equidad” definen la meta del subsistema social.

No es posible avanzar en la productividad sino se avanza pari passu en el camino de la equidad y la justicia.

También es difícil pretender avanzar en el camino de la justicia y la equidad, sin dar pasos consistentes en el sendero de la productividad.

Las políticas rengas, de una u otra pata, son efímeras ( insostenibles) aunque violando la meta del sistema político - que es el combo de libertad ciudadana y ejercicio legitimo del poder –, se quiera sostener con violencia, o prolongar con anabólicos, lo que la naturaleza de la sociedad impide.

La política es compromiso y por eso la concertación es el paso superior de la política.  

La idea de “estrella polar” representa la guía al Polo Norte para los navegantes. La metáfora refiere a la necesidad de navegar la economía a la búsqueda del incremento sostenido de la productividad.

Pero la mención a la “estrella polar” refiere también a que no hay manera de navegar las 24 horas del día, seguros de la marcha en dirección al Polo Norte, sin detenerse en la noche para ubicarse por las señales del firmamento.

José Ortega y Gasset recordaba la aventura de Robert Peary que en 1909 había conquistado el Polo Norte (aunque en verdad no lo había logrado) y que, en el trayecto con su trineo de perros, una noche observó la esfera celeste y comprobó que, a pesar del esfuerzo a la luz del día, la noche le informaba que estaba más al Sur. ¿Qué había pasado?

Había viajado hacia el Norte. Pero sobre un témpano al que la corriente profunda del mar arrastraba hacia el Sur. Es una lección de la historia.

Conducir el Estado al desarrollo requiere salir de la superficie, los problemas que emergen y analizar la dirección de la corriente profunda.

Es difícil de detectar, como lo son las enfermedades silenciosas, y, sin embargo, es imprescindible hacerlo para no agotarse en el esfuerzo vano.

Descartemos la mala voluntad. Alejemos la vulgaridad de las teorías conspirativas.

El sol encandila, quita distancia en la mirada. Sólo la reflexión sin prisa ocupa el lugar de la “estrella polar” y nos permite detectar la marcha real.

Ignorancia, urgencias, debilidad de los diagnósticos, terapias de tangente. Vaya a saber.

Lo cierto es que lo que la mirada de largo plazo, la estela del pasado, nos informa de la dirección de la corriente profunda de los últimos años nos arrastra en la dirección contraria.

¿Dónde nos está llevando la corriente profunda? Veamos.

El PBI por habitante no es una medida de la productividad. Pero es un buen indicio.

Desde 1975 a la fecha hemos crecido al 0,7 por ciento anual y a esa tasa de expansión (productividad) tardaríamos 100 años en duplicar el PBI por habitante.

Resulta obvio que si ese ha sido el ritmo de nuestro “progreso económico” en cuatro décadas, no deberíamos asombrarnos que la pobreza – la midamos como la midamos – se haya multiplicado a una tasa verdaderamente china.

Desde 1975 a la fecha, el número de personas bajo la línea de pobreza ha crecido en promedio a 7,5 por ciento anual. Desesperante.

Observemos que si la economía, la productividad, hubiera crecido – en estos cuarenta años - al ritmo que creció el número de pobres (7,5) y la pobreza lo hubiera hecho al ritmo que creció la productividad (0,7), hoy estaríamos en el país que soñamos.

Pero con estos números sabemos que hemos transitado el camino del  Desarrollo invertido.

¿Qué corriente profunda nos arrastra en la dirección contraria a pesar que todos los que tuvieron el timón han querido navegar hacia el verdadero Norte?

Es evidente que hemos viajado hacia un rumbo equivocado o con el instrumental fallado.

Es cierto, la mirada de largo plazo, esa maldita referencia al pasado, revela cosas que nos negamos a ver, pero también nos condena a lamentarnos de los escombros del pasado.

Y en ese menester, tal vez, mutilamos la energía necesaria para construir el futuro. Pero del pasado hay que aprender.   

De 1975 en adelante, con sus más y sus menos, la política económica argentina fue diseñada, pensada, montada sobre la base del consenso básico - compartido por gobiernos, civiles y militares- de romper el consenso económico predominante en los 30 años anteriores.

Aquel consenso metodológico, el de los 30 años anteriores, el que rigió hasta 1975, implicaba el planeamiento de metas de largo plazo, la política industrial activa, la consideración expresa de la Argentina de dos velocidades - que implica un tipo de cambio razonable para la industria y retenciones para el sector primario – y el cuidado del pleno empleo.

Cada período, en aquellos 30 años, puso un acento diferente. Pero esas grandes líneas apuntadas de construcción estuvieron siempre presentes.

En esos 30 años el PBI por habitante argentino creció al ritmo del de los Estados Unidos.

Stop and go y crisis estuvieron presentes y el país no logró acortar distancias con los países desarrollados. Pero no se ampliaron las distancias con ellos.

Cuatro por ciento de pobreza y un perfil industrial vigoroso, sintetizaron los últimos días de aquellas políticas.

Para los imberbes, a los que Perón echó de la Plaza, esas condiciones económicas y sociales – que hoy miramos con envidia - eran “prerrevolucionarias” y justificaban, entre otras tropelías, el asesinato de José Rucci camino al socialismo por las armas.

Y para quienes diseñaron la catástrofe genocida de la Dictadura había que destruir ese sistema para que el mercado y la sacrosanta tasa de interés, impongan la racionalidad del “verdadero tipo de cambio de equilibrio” y dobleguen la inflación.

El diagnóstico de la guerrilla y el de la Dictadura sobre los 30 años anteriores a 1975 era coincidente: era algo con lo que había que acabar y – por lo tanto – “cuanto peor mejor”.

La terapia hacía la diferencia: unos iban por el socialismo (cuando este estaba de salida en el mundo) y otros por el reino del mercado y la tasa de interés (cuando ningún país que haya salido del subdesarrollo lo practicaba).

Entrampados en el dramático poder de la ignorancia. Ese podría ser el título de una saga histórica de cuatro décadas.

El resultado de la aplicación de la doctrina del mercado y la tasa de interés a partir de la Dictadura y con sus más y sus menos, por todos los que la sucedieron en democracia, lo sintetizan el ritmo de las cifras de estancamiento y pobreza que hemos mencionado.

Esa doctrina está en el origen del drama del estancamiento y la pobreza mencionados; dos hiperinflaciones y el cachetazo de la deuda externa con la secuela del default y la fuga de capitales, blancos y negros, que hoy suma 400 mil millones de dólares y cuyo drenaje continúa mientras la bicicleta financiera aplasta el dólar, y la tasa de interés para vencer la inflación, multiplica el retorno especulativo.

El pensamiento dominante es la corriente profunda.

¿Estamos ahí? Un debate desapasionado debería conformar una respuesta sólida a esa pregunta.

Pero miremos hoy.

Estas elecciones se han desarrollado atizadas entre corrupción y derechos humanos. No está mal ni lo uno ni lo otro. Pero ambas cosas deberían ser obvias.

Y debatirlas en exclusiva refleja un atraso civilizatorio colosal cuyas consecuencias, la falta de proyecto o el rumbo equivocado, son el estancamiento y la pobreza.

Para el oficialismo la buena noticia es que la economía está rebotando. Los resultados no habrían sido iguales unos meses atrás.

El rebote lo hace impulsado por la obra pública (necesaria) y el anabólico crediticio del consumo y la gimnasia hipotecaria.

Un ejecutivo de una gran empresa comentaba, con optimismo, en estos días que entonan después de los duros de la recesión continuada, que “las cosas van bien, en 2018 estaremos en los niveles de 2015”.

La frase sintetiza la idea del presente. Las cosas mejoran. Pero hasta aquí sólo estamos llegando a 2015.

Eso es “rebote”, es decir, volviendo al punto de partida. Esta bien. Es peor quedarse en el piso.

Pero ¿hay señales que nos estamos aproximándonos al camino de la productividad? ¿Que estamos viajando al Polo Norte o seguimos en el témpano de la dirección contraria?

La primera cuestión es la tasa de inversión reproductiva.

Acerca de los últimos 40 años ni hablar.

Lo que explica nuestro estancamiento de largo plazo y la pobreza misma, es la miserable tasa de inversión reproductiva de décadas. Por razones largas de explicar este rémora de la inversión también es el fundamento del monumental déficit fiscal.

Nuestro problema no es la incapacidad de generar excedente.

Los 400 mil millones de dólares de argentinos en el exterior (100 mil millones disparados durante la era K) son una muestra más que evidente de nuestra capacidad de generar excedente. Asombroso.

La mísera tasa de inversión reproductiva, de décadas, es, por su parte, una muestra de la incapacidad del sistema para aplicar, a la producción, el excedente que la economía genera. También asombroso.

La economía asombra y por eso nos hace excepcionales. Todos se asombran de que estemos estancados con las capacidades que disponemos.

De lo que se trata es de que no disponemos de los instrumentos imprescindibles para incentivar la inversión.

No hay planeamiento de largo plazo, no hay legislación promocional tributaria y financiera, no hay estrategia de precios sombra para asignar proyectos a los que la tasa de interés de mercado rechaza y que el futuro - con seguridad – premia.

Y básicamente no hay retenciones. Son las retenciones las que permiten – con el mismo tipo de cambio nominal – que la industria tenga futuro y el sector primario valide su presente.

El agro argentino es lo mejor que tenemos.

Pero es absurdo que su eficiencia se convierta, por el absurdo de un mismo tipo de cambio nominal, en una sombra para el desarrollo industrial argentino.

El modelo de retenciones habilita el desarrollo de la industria y  contribuye al equilibrio fiscal. Sobran las pruebas y las experiencias positivas de esos períodos. 

Las tribunas PRO exaltan abrirnos al mundo.

Más allá de las ignotas y prometidas reformas, la “apertura al mundo” es la convicción profunda de los PRO. Una fórmula que pone afuera la tarea de lo que hay que hacer adentro.

Lo cierto es que antes de que ese paso nos encamine al vacío es imprescindible que los PRO estudien la realidad de cómo se promueve en el mundo desarrollado, ahora, la realización de inversiones. No la literatura ad hoc sino las cosas hechas. Como diría don Hipólito “las efectividades conducentes”.

Cuando hayamos hecho lo mismo que esos países hacen hoy, entonces, estaremos en condiciones de abrirnos.

La mejor apertura es la apertura mental, abandonar la irracionalidad de los dogmas y mirar lo que hacen los demás … no lo que los demás dicen que hacen.

Una buena agenda del debate de política económica, en este estadio de regreso intelectual, consistiría en hacer la lista de los instrumentos reales, las políticas concretas, que el mundo desarrollado y los países que han crecido vertiginosamente en los últimos años, han venido aplicando, a pesar del discurso homologado por la burocracia de los organismos internacionales.

Si la reflexión de política económica local la orienta esa burocracia internacional; y la practica de la política económica la sigue orientando nuestra oligarquía de los concesionarios, no podremos diseñar nuestra agenda de futuro; y sin ella no hay estrella que nos guíe.

Sobre la política dominada en la práctica de la oligarquía de los concesionarios un botón de muestra es el aumento del combustible al día siguiente de las elecciones.

Sobre los planteos de los organismos internacionales por la apertura y los tratados, bastaría recuperar la información de lo que, en estos días, ocurre en Francia con la discusión de la Política Agrícola Común para deshilachar la trama de la protección basada en los problemas reales.

Un eje es el de los 20 millones de parados en la UE 7, 4 millones son empleos de tiempo completo perdidos en la agricultura entre 2005 y 2013. El otro es que la explosión de cáncer, obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares no puede estar disociada de la organización del sistema agroalimentario.

En estos y otros ejes hay fundada resistencia a cualquier renuncia de la protección al sector.

La política es el ejercicio necesario para alumbrar ideas claras para atrapar el futuro.

No es el arte de ganar elecciones. Venimos confundidos.

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