La dependencia emocional

Por: Walter Ghedin

Las personalidades con dependencia afectiva han aprendido a lo largo de la vida a responder al afuera más que a sus propios intereses, sobre todo en las relaciones más comprometidas. Pueden sostener un grado aceptable de individualidad y hasta ser líderes en sus trabajos u otras áreas; más en los vínculos amorosos flaquean recostándose en las espaldas de sus queridos/as. Es asombroso ver cómo personas con una gran capacidad de liderazgo y temple aguerrido para comandar su vida laboral, se someten a los designios de sus parejas o familias. Han aprendido que fuera del marco de intimidad deben dar una imagen convincente, sin quiebres, como ellos imaginan que debe ser una persona segura de sí. Las personalidades con estilos dependientes han sido buenos hijos: dóciles, amables, ordenados, estudiosos, cumplidores. Aprendieron a valorar las creencias y a adaptarse a los patrones familiares. La vida de cada uno ya estaba pautada de antemano y cualquier arbitrariedad debía ser evaluada exhaustivamente. 

Tanto el hombre como la mujer con estilos dependientes se manejan mejor en áreas que no impliquen un compromiso afectivo significativo y, en caso de tener pareja o familia, no alteren la rutina vincular. Los dependientes afectivos temen que las personas queridas los abandonen si ellos dejan de complacerlos. Hay una preocupación constante porque el otro se sienta a gusto, acompañado, satisfecho. Tienen una capacidad de trabajo a toda prueba. Estar en el hogar es pensar las mejores acciones para celebrar la presencia del otro. Si son solteros y viven con los padres procurarán que nada les falte y dedicarán horas a la atención, dejando de lado sus propios intereses. Si están en pareja, casados o formando una familia el único objetivo es que los demás se sientan a gusto recibiendo lo que ellos tienen para brindarles. A veces las cosas no suceden como las conciben en su imaginación. Creen que el solo hecho de dedicarse a los demás es motivo suficiente de aceptación. Este es el patrón más común, aquel que han incorporado de las primeras experiencias vinculares: apego a la madre o a personas significativas; escaso desarrollo de la confianza que los torna menos competentes (ser dependientes les asegurará menos malestar y mayores recompensas que ser asertivos); dificultades para encontrar refuerzos positivos en las acciones que realice por sí mismo, etc. La sobreprotección parental o de otras personas (tías, hermanos mayores, abuelos, vecinos) transforma a estos niños en inválidos para el cuidado de sí mismos. Se ven como los ven los padres: sensibles, débiles, indefensos, propensos a las enfermedades. Han aprendido que por ser vulnerables merecen un cuidado especial. Al salir al ruedo de la vida, durante la adolescencia y la edad adulta, comprueban que efectivamente no cuentan con las capacidades naturales para hacer frente al cuestiones afectivas básicas: dar curso a los deseos, saber de sus sentimientos y condiciones para seducir, etc. Creen que en el apego a las personas queridas encontrarán la tranquilidad necesaria y así podrán desarrollar su proyecto de vida en pareja o en familia. 

Te doy pero exijo que estés

Los dependientes afectivos tienen una visión unilateral de las relaciones. Se  convencen de que el otro “debe” cubrir sus fallas básicas. Si es indefenso el otro “debe” defenderlo; si no cree en el criterio propio el otro “debe prestarle” el suyo; si duda de su valía el otro “debe” recalcarle el valor personal. Es el otro el que debe cubrir las carencias básicas así como los padres lo habrán hecho en su momento. Los dependientes se vuelven inflexibles y egoístas con sus compañeros. La entrega no es desinteresada, muy por el contrario, se le exige al otro presencia, confirmación de las acciones recibidas y por qué no un buen grado de tolerancia. Las personas que conviven con sujetos dependientes pueden sacar provecho de la situación. Se fomentan así relaciones complementarias en las que uno vive cómodamente a expensas del trabajo del otro. En casos más extremos las duplas ponen en juego mecanismo de violencia, crueldad y perversión. Sin embargo, en muchos casos, las parejas se aburren o se sienten asfixiadas por sus compañeros dependientes. Apuestan a relaciones más frescas, autónomas, sin tanto “control” afectivo. Justamente sienten que el afecto prodigado por sus parejas sumisas es excesivo y funciona como un original mecanismo de control. “¡Cómo vamos a quejarnos por el cariño recibido! ¿Somos unos ingratos? Lo justo sería quejarse por la indiferencia, por el despecho, el desamor... ¡Pero renegar del amor está fuera de toda lógica!”. El accionar de los dependientes genera culpa en sus parejas. Cada una de sus pródigas acciones encubre un profundo egoísmo. El dependiente es posesivo. Trabaja para complacer, nada escapa a su vista de lince. Se amolda con facilidad al carácter de su compañero. Será pasivo y silencioso cuando el otro necesita ser fuerte y decidido, o bien podrá ponerse al frente cuando lo necesitan para afrontar situaciones extremas. La conducta de los dependientes afectivos se adaptará a las necesidades de las personas más próximas. Si la persona es demandante, severa, imperativa el sumiso actuará pasivamente; cumplirá con lo solicitado y no tendrá necesidad de dar a conocer sus deseos porque ya han sido reprimidos. En cambio, si el otro pretende una relación con cierta simetría el sumiso hará lo imposible para marcar la diferencia, transformándola en una relación complementaria. Para los sumisos no existe la paridad. La pareja se concibe como un vínculo asimétrico. Ser pares implicaría un grado de autonomía, de libertad y de compromiso mutuo que ellos no están preparados a afrontar. 

*Médico psiquiatra. Psicoterapeuta.

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