La foto de hoy: Macri 2019

Por: Dante Palma

Hay Cambiemos para rato. Esa parece ser la primera proyección que se puede hacer tras los resultados de la elección. Si bien el mundo, el país y la política son cambiantes no hay ni siquiera cisnes negros que al día de hoy alcancen para frenar la ola amarilla que goza de una luna de miel con la sociedad mayor a la del 2015. Porque el macrismo ganó la elección pero sobre todo está ganando en la instalación de su cosmovisión, aquello que suele denominarse la “batalla cultural”. A su vez, los procesos son así y los humores sociales también tal como confirmaría el hecho de que, salvo el gobierno de De la Rúa en 2001, ningún oficialismo perdió su primera elección de medio término desde que regresó la democracia a nuestro país. Digamos entonces que el gobierno está en ese momento en que, como se dice en la jerga, “no le entran las balas” ni siquiera tras el episodio Maldonado. Las razones de este idilio suponen mérito propio y enormes vicios de una oposición que se ha transformando en un archipiélago. De hecho, Cambiemos triunfó en 13 de los 24 distritos, 5 de los cuales son los más numerosos; en relación a las PASO derrotó al kirchnerismo y al socialismo en Santa Fe, a la propia CFK en PBA, a Peppo en Chaco y a Urtubey en Salta. El dato de lo ocurrido en esta última provincia es relevante por, al menos, dos motivos. En primer lugar porque Cambiemos no solo venció a su principal oposición, CFK, sino que arrasó a cualquier otro candidato del panperonismo que pudiera intentar, ante una eventual derrota de la expresidenta, salir a disputar la articulación del espacio opositor de cara al2019. Porque no solo cayó Urtubey, sino que Massa apenas pudo superar el 10% de los votos, Randazzo no pudo llegar al 6% y Schiaretti fue derrotado ampliamente en Córdoba. Lo único que quedó en pie fueron expresiones peronistas o ex aliadas al kirchnerismo con fundamentos claramente locales como Formosa, San Luis (en una remontada digna de aquel planeta imaginario denominado Xilium), Santiago del Estero o Misiones, sin olvidar el caso de Tucumán, la provincia con más habitantes que pudo retener el peronismo. 

En segundo lugar, el dato de Urtubey viene al caso para confirmar lo que había indicado en este mismo espacio algunas semanas atrás y que había llamado el “fracaso de la política mimética”, esto es, la derrota estrepitosa de aquellos candidatos o fuerzas que jugaron a “parecerse a…” y hacer “oficialismo crítico” o “kirchnerismo crítico”. En este sentido, en estas elecciones al menos, no hay espacio para ser crítico, se es o no se es, y entre la copia y el original se vota al original. Este escenario de polarización fue impulsado por las dos grandes fuerzas en pugna por distintas razones. Por un lado, al oficialismo le resultaba absolutamente funcional disputar con CFK. Lo dijimos aquí incluso antes de que la expresidenta decidiera ser candidata, como también dijimos que no creíamos conveniente que el kirchnerismo jugara ahora su gran carta porque hacia ella apuntaría toda la artillería de concentración inédita del poder que posee Cambiemos: establishment económico, político, judicial, mediático y las grandes cajas del Estado: Nación, CABA, PBA y ANSES. Difícil disputar contra ello. ¿No? Desde esa perspectiva, puede decirse que haber obtenido el 37% de los votos en la Provincia, es decir, tener un candidato competitivo roza lo épico, más allá de que si se compara con la estructura que el kirchnerismo parecía tener al 9 de diciembre de 2015, sabe a poco, especialmente porque no se puede soslayar que, a nivel país, las expresiones kirchneristas puras fueron, casi en su totalidad, marginales y rondaron el 10% de los votos como en Chaco o Córdoba. 

Sin embargo, por otro lado, a pesar del mal resultado, una lectura posible es que al kirchnerismo también le resultaba funcional disputar con Cambiemos, no solo porque así lo pensó cuando estaba en la administración y parecía imposible que la mitad más uno del país pudiera votar a Macri, sino ahora porque fuera de la administración la estrategia K no ha sido la de una construcción de mayorías sino la de retención de una minoría intensa y aniquilación de cualquier referente o espacio que osara disputar el rol de opositor. Haciendo una retrospectiva, incluso podríamos pensar que la estrategia de retención de una minoría intensa estuvo presente ya en 2015 cuando la decisión de poner a Aníbal Fernández en PBA al tiempo que el apoyo a Scioli era tibio, permite visualizar que CFK quería, ganando PBA, hacerse fuerte en el principal distrito de la Argentina y depositar allí toda su estructura para, ante las eventuales tensiones que se auguraban con el gobierno de Scioli, tener allí una plataforma que, junto al control de las cámaras, pudiera condicionar al gobierno que, finalmente, no fue. Esta interpretación parece más plausible que la de aquellos que, ante la inexplicable cantidad de errores en las estrategias electorales, afirman que “Cristina jugó a perder”. No jugó a perder. Jugó, como lo hizo en estas últimas elecciones, a consolidar una fuerza propia cuya pureza será inversamente proporcional a su capacidad de constituirse en mayoritaria. Y allí se encuentra el principal dilema de la oposición hoy. Dejando de lado aquellos que cada vez que hablan del kirchnerismo ingresan en un estado de emoción violenta: ¿alguien en su sano juicio puede indicar que la experiencia kirchnerista y la figura de CFK está acabada tras reunir 37% de los votos en PBA? No. Pero a su vez, se impone la necesidad de abandonar el microclima, para notar que la foto de hoy indica que la potencia y el sacrificio de CFK no alcanza para ganar una elección nacional con balotaje como la que tendrá lugar en 2019. Con la foto de hoy, insisto, en el mejor de los casos, CFK y el kirchnerismo podrían y deberían apuntar a disputar la gobernación de PBA, la cual se gana sin balotaje y obteniendo solo un voto más, para de ese modo obligar a Vidal, la gran candidata de Cambiemos, a buscar una reelección en su distrito y a que un Macri presuntamente algo más desgastado busque la reelección en Nación. Ese escenario, claro está, necesitaría de alguna figura peronista que dispute con Macri y pudiera ser acordada por los distintos referentes de la oposición, pero esa figura hoy no aparece, y no se vislumbra voluntad alguna ni del kirchnerismo ni del resto de los accionistas minoritarios de la oposición como para establecer esa mesa de diálogo. Más bien, en la disputa de intensidades, es más probable que los sectores del peronismo moderado se acerquen más a Cambiemos que al kirchnerismo.                           

Si bien es absolutamente prematuro, con una oposición atomizada, un rebote económico y un tiempo de gracia post elecciones, el gobierno se encaminaría a un nuevo mandato incluso cuando lo que se avecina son nuevos golpes al bolsillo y reformas estructurales que condicionarán a las generaciones venideras. ¿Acaso el ajuste no generará resistencias? Absolutamente, y es real que el margen del gradualismo se va achicando porque el plan de contener la pobreza con ayuda social al tiempo de impulsar una enorme transferencia de ingresos hacia los sectores más aventajados a través de la toma compulsiva de deuda tiene un límite. Con todo, es probable que aquel límite sea imposible de sortear recién para el gobierno que asuma en 2019.

*Dante Palma es profesor de Filosofía y Doctor en Ciencia Política. Sus últimos libros son El gobierno de los cínicos (2016) y Quinto poder (2014). Actualmente conduce No estoy solo en radio del Plata.                 

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