La mirada sobre las víctimas

Por: Martín Astarita

“¿Qué hizo Navarro?”.

Hay quienes se especializan en analizar las desgracias ajenas desde el punto de vista de los merecimientos. La víctima, ¿hizo algo mal o indebido para merecer tal suerte? Esa es la pregunta que los desvela y para la cual dedican ingentes recursos, no solo intelectuales. Lo novedoso no se encuentra en la respuesta, que siempre es afirmativa, sino en el modo de encarar la cuestión. Dime qué hiciste y te diré qué desgracia mereces. 

El razonamiento se aplica a diversas esferas y es versátil en su forma de exposición.

Recurren a él quienes se preguntan, ante una desaparición forzada, si los mapuches son originarios de la Argentina o de Chile, o si Santiago Maldonado sabía karate. También, quienes, ante una violación o un femicidio, indagan en el largo de la pollera o buscan determinar cuán festiva era la mujer asesinada.

Esta curiosa lógica sirve para otros nobles propósitos, como justificar las más variadas políticas de ajuste. "Venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal (…). Donde le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Obsérvese que esta afirmación contradice otra, muy repetida, sobre el tendal de pobres que dejó el populismo en la década pasada. Se reconoce ahora que existieron, efectivamente, políticas de inclusión que, sin embargo, fueron una fantasía insostenible. Interesa aquí subrayar que se responsabiliza no solo a los mentores de dichas políticas sino a sus beneficiarios. Ilusos que se creyeron con derecho a... ilusos que ahora deben aceptar, sin protestar, su verdadera condición.

Así, los abuelos, por ejemplo, fueron de pronto sentados en el banquillo de los acusados por haber recibido beneficios supuestamente indebidos. Se ven compelidos, entonces, a demostrar, frente al Estado y a la sociedad entera, que realmente carecen de recursos para acceder a bienes tan vitales como un medicamento.

Es un modo de razonar que no admite límites morales. Alcanzó a los padres de Maldonado, quienes no solo conviven con el drama de la incertidumbre, sino que también deben luchar, todos los dias, defendiendo la memoria de Santiago y explicar, una y mil veces, lo inexplicable, que su hijo desapareció tras un operativo ilegal y represivo de Gendarmería.

El núcleo argumental es invariante: se indaga en el mérito de aquellos que este modelo, por su propia dinámica, ha transformado en perdedores, en marginados, en desplazados. Mismo modelo que determina un ínfimo conjunto de ganadores y que los libera de tener que explicar por qué tienen sus millones afuera, en cuentas sin declarar, o por qué hicieron su fortuna en base a la evasión sistemática y planificada.

El ojo puesto en las víctimas. Porque el problema primero fueron los K que se robaron todo. Pero esa lista -gradualmente, eso sí- se fue ampliando. Aparecieron en ella los empleados públicos que no trabajaban y los obreros que trabajaban, pero en empresas inviables. Los cineastas que recibían exorbitantes subsidios para financiar películas que no veía nadie. Investigadores que estudiaban temas poco relevantes. Los caídos en la escuela pública. Personas con discapacidad. Jubilados con yates. Abogados laboralistas. Estudiantes indóciles. Sindicalistas. Mapuches. Intelectuales con espíritu crítico. Intelectuales.

El Gobierno en estado de conflicto permanente y creciente con diversos grupos y sectores de la sociedad. Si al principio las medidas regresivas se adoptaban en razón de la pesada herencia, esa explicación ha perdido efectividad y alcance. Ahora el problema es la sociedad misma.

Porque siempre tiene que haber un culpable.

Es el "algo habrán hecho", que trasciende las épocas.

Echaron a Navarro de C5N y de Radio 10. ¿Hay que averiguar qué hizo para ser despedido? ¿O hay que preguntarse, en verdad, por qué, desde el 10 de diciembre de 2015, se quedaron sin trabajo más de 2500 periodistas?

Es cierto, lo de Navarro es un asunto entre privados (comer y descomer). Igual que el despido a Víctor Hugo, que se fue de Continental casi al mismo tiempo que asumía como presidente Mauricio Macri, quien, al referirse al tema, dejaba en claro su espíritu republicano: “Víctor Hugo es un fanático kirchnerista”.

¿También es una cuestión entre privados que quienes hicieron 678 hayan sido condenados al ostracismo casi absoluto?

Ahora, si todo lo anterior apunta en el mismo sentido, pero no deja de ser un asunto entre privados, ¿qué se puede decir de los periodistas despedidos de Radio Nacional? Los especialistas se encargaron de revisar las cuentas de Twitter y concluyeron que los “supuestos damnificados” en verdad adolecían de un exceso de politización.

¿Y el despido de Pedro Brieger de la televisión pública? En este caso no abundaron las explicaciones, tal vez porque el currículum de la víctima era demasiado profuso y completo como para encontrarle puntos débiles.

Como se ve, analizar a la víctima (¿Qué hizo para que le pase todo esto? ¿Acaso no se lo merece?) funciona en algunos como único estímulo intelectual.

La postura políticamente correcta es criticar a Navarro. Decir que estaba muy radicalizado, o que gritaba mucho. Algunos periodistas estuvieron a punto de solidarizarse con él, pero desistieron, dejando asentado que no les gustaba su personalidad. No advierten que hoy la urgencia es otra, provocada por el achicamiento -en vuelo irremediable hacia la insignificancia- de los espacios para informarse en medios que no funcionen como satélites del oficialismo.

Así como en el plano político existe una fuerte presión por excluir del sistema a toda voz que cuestione seriamente y sin concesiones al macrismo, ocurre lo mismo en el terreno mediático (y en otras esferas). Es el presidente invitando a dialogar a todas las fuerzas políticas con verdadera vocación democrática, entre las que no incluye, por supuesto, a quienes lo critican seriamente y sin concesiones.

Se premia la moderación, en todos los sentidos, y se castigan las posturas más radicalizadas. Por eso, suena tan atronador el silencio de algunos que se preocuparon en el pasado reciente por cuestiones republicanas (como el uso abusivo de las cadenas nacionales) pero hoy, poco y nada dicen sobre temas acuciantes como la desaparición forzada de una persona o la censura lisa y llana de periodistas críticos. El precio de pertenecer es el de la moderación.

Navarro grita mucho, es cierto. Pero en su programa, pudimos ver, en vivo y en directo, a trabajadores estatales despedidos, contando que los habían echado simplemente por su pertenencia política o su ideología.

Navarro grita mucho. Pero a su programa fueron investigadores a denunciar el vaciamiento del CONICET y el recorte presupuestario para ciencia y tecnología.

Navarro grita mucho. Pero por su programa pasaron representantes de clubes de barrio denunciando que con el tarifazo estaban al borde de la quiebra.

Navarro grita mucho. Pero en su programa vimos a dueños de PYMES en ruinas por los efectos de la avalancha importadora.

Navarro gritaba mucho.

Pero lo que molestaba no era su voz, sino las voces a las que dio lugar.

* Martín Astarita es editor del sitio http://artepolitica.com/.

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