Lo que votó la gente

Por: Sergio De Piero

Ganó Cambiemos y puede anotarse en el grupo abrumadoramente mayoritario de Gobiernos que ganan su primera elección. También quedó en el grupo, algo más selecto, de los que ganan con comodidad. El 42% de los ciudadanos le dio el respaldo esperado, ahora que el macrismo ya no es solo promesas de campaña, sino casi dos años de gobierno. Los ciudadanos y ciudadanas ya pueden decirse a sí mismos “Cambiemos es esto”. Desde luego, resta conocer varias dimensiones sobre las que el actual Gobierno no se ha pronunciado, pero lo básico de su perfil está definido.

Desde luego, Cambiemos no es una roca monolítica; como todo espacio político tiene matices, recovecos, diferenciaciones. Pero para ser un partido nacido ayer nomás, posee una homogeneidad interna notable y un liderazgo nacional indiscutido. Ambos componentes son claves para poder brindar a la sociedad una oferta electoral atractiva y, por lo tanto, con posibilidades de ser exitosa. No son los globos amarillos, el bailecito o los gritos de tribuna lo que movilizó a millones de argentinos a brindarle sus votos al Gobierno nacional, al de la Provincia de Buenos Aires y de la Ciudad Autónoma, pero también en provincias donde es oposición y se llevó el triunfo. La lista final alcanza a 14 distritos. No se construye un espacio político que obtiene nada menos que la Presidencia de la Nación y valida ese respaldo dos años después, de la mano del cotillón. No ganó siquiera con la saturación de candidatos y funcionarios del macrismo casi instalados en los estudios de televisión, como si habitaran en ellos. Cambiemos triunfó y se conformó como fuerza política dispuesta justamente a hacer política macro: a orientar las políticas públicas en una dirección definida que en parte ya ha presentado al conjunto de la sociedad. Pero no hizo campaña con eso, tampoco en esta ocasión, sino que prevaleció un perfil semejante al de 2015.

La campaña quedó casi por completo desmaterializada. Ese fue sin duda el mayor triunfo del Gobierno y sus votantes asumieron esa orientación y los acompañaron. Contrariamente a lo que suele decirse y que el mismo Cambiemos repite, construyeron una adhesión fuertemente ideológica. Lo que nos sorprende a muchos, en todo caso, es que no alcanzamos a comprender el modo en que esa ideología se construye. Somos radicalmente modernos. Creemos que ante una cuestión, un problema, un debate, hay posiciones sostenidas en un argumento central y quizás algunas explicaciones auxiliares; somos medulares. Cambiemos no lo es. Repiten, y lo han hecho en estos días, que “no podemos seguir votando con la boleta de papel, cuando todos los países serios la abandonan”. Lo sostienen desde su llegada al poder. Y es falso. Se lo expresaron especialistas de todas las orientaciones, un puñado de países, que no llegan a diez, utilizan el voto electrónico. No importa, la afirmación se sostiene. Y no es la única floja de argumentos pero sólida de convicciones. Su electorado no parece exigirle una definición definitiva, clara, sobre este u otros temas. Hay una conexión de sentidos, que no se apoya en lo político, como lo entendemos algunos, es decir, con argumentos, discusiones que implican materialidad tan básica como hablar de precios y salarios, sino con otros componentes. Cambiemos, lo ha dicho, va por un cambio cultural y, sin dudas, uno que implica la ideología. Logra el debate acerca de si es o no la derecha que ya conocemos, porque se corre de esos parámetros, centralmente de forma discursiva. De hecho, sus intelectuales no intervienen en ese debate. Ellos han regresado estos días para volver a cuestionar el número 30.000 desaparecidos o para afirmar que la enorme movilización que generó la desaparición y posterior muerte de Santiago Maldonado fue todo obra del kirchnerismo. No quiere el debate izquierda —derecha o peronismo— antiperonismo, más caro a nuestra historia, quiere reemplazar el lenguaje político. Y pareciera que sus votantes también. En ese sentido, Elisa Carrió es una de esas variables que señalaba al interior de Cambiemos. Su discurso por momentos es político, a veces místico y en no pocas ocasiones, incomprensible; días antes de las elecciones, alcanzó a proferir una burla para la familia de Maldonado. No hubo consecuencias electorales: superó el 50% en capital e hizo llegar a la coalición al resultado más alto en una legislativa. Sus votantes parecen elegir de ella sus palabras de denuncia muy por encima de su producción legislativa, prácticamente nula en los últimos años. Ellos saben que Carrió estará “ahí” para decir lo que hay que decir, aun cuando alguna palabra no les termine de convencer. Es la que se atreve a señalar.

Esas combinaciones de lenguaje, esas apelaciones, caen en tierra fecunda. No evitan el conflicto. Se encargó muy bien la gobernadora María Eugenia Vidal de señalarlo: las mafias. La imprecisión del término elegido, que refiere a violencia e ilegalidad, permite convertirse en un continente que puede albergar a la policía, a los sindicatos y al peronismo, en particular, el kirchnerismo. Pero dado el caso, pueden ser muchos otros, como los mapuches. Mafias es el único conflicto admitido en el discurso oficial, porque con las mafias no se negocia, sino que se las combate; no hay allí posibilidades éticas de interacción, sino solo desplazamiento, porque se dedican exclusivamente a dañar a la comunidad y quedan fuera de ella. ¿Quieren mafias o no mafias? La respuesta no es compleja. Por eso le señaló a sus votantes que era imprescindible mantener e, incluso, profundizar la grieta. No habló de cuáles eran las políticas necesarias para lograrlo o cuáles objetivos se proponía a corto o mediano plazo, más allá de bajar la inflación a pesar de no haberlo logrado en estos dos años. Pide confianza, que deleguen en el equipo, en María Eugenia. Cambiemos se ha cuidado de no brindar un discurso excesivamente tecnócrata, para potenciar a sus dirigentes con “llegada” y buena imagen, como es el caso de la gobernadora. La confianza que sus votantes depositan en ella no es porque crean que sabe lo que hay que hacer. Confían, sin demasiadas argumentaciones. Acaso con fe y esperanza.

La ausencia de un bloque monolítico también vale para sus votantes. Señala Jorge Luis Borges en su cuento magistral Deutsches Requiem: “Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de agua o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta”

Ese fervor individualista que alentaba Borges no puede aplicarse al conjunto de los votantes de un partido, pero sí aplica en algunos rasgos generales. Seguro que las razones por las cuales ciudadanos y ciudadanas se inclinaron por la oferta que propuso Cambiemos deben ser varias. Y a la vez es también probable que se sintieran todos interpretados por sus discursos y por una lectura del tiempo presente. Lo dijo alguien en un panel de TV: “Con Cristina yo estaba mejor, pero vote a Cambiemos. Creo que hay que darle otra oportunidad”. Esa lógica de la confianza, es la que hace difícil una interpretación en los términos de las argumentaciones. Después de todo, la palabra confianza proviene del latín confidentia, que quiere decir "con fe".

*Sergio De Piero es editor del sitio http://artepolitica.com/

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