Macri unchained

Por: Tomás Aguerre

En un sistema presidencialista, el esfuerzo analítico tiene sus ventajas. Si el análisis consiste en decir lo que pasa, la ventaja es que muchas veces alcanza con mirar hacia un solo lugar para hacerse un panorama, sino completo, casi suficiente. Es la figura del presidente.

De observar lo que dijo e hizo el presidente Mauricio Macri luego de las elecciones del 22 de octubre se pueden extraer los primeros indicios para intentar comprender lo que viene.

El eje central de la acción del Gobierno luego de las elecciones estuvo definido por el discurso del presidente en el Centro Cultural Kirchner el lunes 30 de octubre. La definición de Elisa Carrió al respecto, aunque le haya costado el enojo de cierto sector del radicalismo, da en el clavo: Macri tuvo su discurso de Parque Norte. Aunque no en los contenidos, sí en el sentido de ser el discurso fundador de una nueva etapa de gobierno que, luego, puede o no concretarse en los hechos.

Pero sabemos que los discursos son constructores de realidad y, por lo tanto, vale el análisis sobre lo dicho. La idea central, luego repetida por voceros y por el propio presidente en entrevistas subsecuentes, fue la necesidad de que todos los sectores cedan un poco: “Las reformas, en las que tenemos que avanzar, exigen que cada uno tenga que ceder un poco, empezando por los que tienen más privilegios. Porque en el camino del gradualismo hay quienes no pueden esperar”.

Con empresarios, jueces, sindicatos y una parte del arco político sentado escuchando el discurso, el presidente nombró una serie de sectores con más privilegios que deberán comenzar a ceder. Se refirió, así, a las universidades: “En 10 años la planta de personal docente y no docente, la oferta académica, el número de universidades aumentó en promedio de más del 30 por ciento, pero la matrícula de estudiantes solo el 13 por ciento. Claramente, esos incrementos no se correlacionan con la tasa de graduación, que es una de las más bajas del mundo. Por eso, se requiere el esfuerzo de las universidades para que asignen de formas más eficientes los recursos, para mejorar su desempeño y contribuir entre todos a reducir el gasto público”.

Luego fue el turno de las obras sociales, cuya cantidad, dijo, “llama la atención”. El mismo diagnóstico valió para los sindicatos: “No puede ser que haya más de 3 mil en la Argentina”. El ejemplo de los empleados de la biblioteca del Congreso, las legislaturas provinciales y el Ministerio Público Fiscal sirvió, luego, para referirse al empleo público. Finalmente, la referencia al sistema de jubilaciones y pensiones fue contundente: “Nuestro sistema previsional esconde serias inequidades si no es sustentable, a mi entender, no debería haber jubilaciones de privilegios, ni regímenes especiales que, por ejemplo, habiliten sin justificación a que algunos se jubilen a las 40 o los 50 años, mientras otros tienen que trabajar hasta los 65”.

Con posterioridad a la presentación de lo que el propio Gobierno denominó “Consensos básicos”, comenzaron a circular los primeros borradores de las reformas que pretenden enviar al Congreso para su aprobación. Con menos suerte que su título, las reacciones de gobernadores, legisladores y hasta los propios representantes de Cambiemos en algunas provincias dejan evidenciar que el paso por el Congreso no será tan sencillo como podía suponerse.

Esa dificultad tiene, al menos, dos caras. En primer lugar, el Gobierno sabe que, a pesar de haber obtenido el mensaje de triunfo desde las urnas, el sistema político y electoral no traduce de manera tan directa ese triunfo en bancas. El Congreso va a seguir siendo para el oficialismo un lugar de negociación más que de imposición. En todo caso, las urnas le fortalecieron las condiciones de negociación: como sostiene Ernesto Calvo en El Estadista, amplió el número de actores con los que puede negociar. Para ello, la estrategia del oficialismo parece ser la clásica de un juego de negociación: pedir de más para obtener lo necesario. Desde impuestos a economías regionales hasta el hecho de incluir la renta financiera pueden aparecer más como prenda de cambio para obtener apoyos (por mantenerlos o por quitarlos de los proyectos) que como necesidades de política pública del Gobierno.

Por otra parte, el triunfo electoral de Cambiemos juega en detrimento de la estrategia de poner en la oposición —específicamente en el kirchnerismo— las responsabilidades por el presente. Luego de dos años de gobierno y con una revalidación en las urnas, el oficialismo toma el control de la centralidad del escenario, con las ventajas y las desventajas que eso conlleva. Si algo terminó el domingo de las elecciones fue la posibilidad de seguir ejerciendo de oficialismo opositor al anterior oficialismo. Un reflejo se vio en la presentación del Jefe de Gabinete, Marcos Peña, ante el Senado el miércoles pasado: si las anteriores habían trascendido en los medios de comunicación por los cruces con representantes del kirchnerismo, esta vez el debate se concentró en el presente y en las reformas que van a afectar directamente a las provincias.

El nuevo escenario posterior a las elecciones tiene al oficialismo como actor protagónico exclusivo. Las decisiones que se tomaron desde entonces no revelan el “verdadero Macri” sino, más bien, un presidente que leyó del mensaje electoral cierta liberación de unas condiciones que lo ataban al “gradualismo”. Al discurso en el CCK lo acompañaron otros tipos de discurso, ya no solo orales, sino de toma de decisiones: el nombramiento del presidente de la Sociedad Rural al frente del ministerio de Agroindustria, la decisión de poner en venta las acciones del Estado en empresas eléctricas y hasta las respuestas del propio Macri sobre el caso Maldonado, al que casi considera cerrado, son apenas algunos de los ejemplos.

La centralidad tiene todas las ventajas en los accesos de los actores políticos a los recursos de poder. Pero, al mismo tiempo, los costos de las decisiones comienzan a dejar de compartirse.

Uno de los personajes de la obra de Oscar Wilde, Un marido ideal, decía: “Cuando los dioses desean castigarnos, atienden nuestros ruegos”.

* Tomás Aguerre es editor del sitio http://artepolitica.com/

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