¿Papá Noel? (y me tiran con huevos o verduras)

Por: Lorena Ribot

Había una vez…

Así comienzan casi todos los cuentos que contamos a los más peques, historias que nos permiten, a los adultos, disfrutar de esos gestos y expresiones que sus mentes son capaces de diseñar, tal vez, extrañando todo lo que las nuestras, empastadas por tanta realidad y desconexión con la fantasía, han dejado atrás en un tiempo que pareciera nunca poder ser recuperado.

Y había una vez, tantas cosas… animales que hablan, dragones, hadas, princesas con poderes mágicos, superhéroes, personajes y escenarios que son parte de historias que narramos a nuestros hijos y nietos. Les contamos historias y les decimos que estos personajes no existen “de verdad”, que son cuentos, dibus, que están en la tele, en la compu, en los libros, en los sueños….

Estamos casi todos de acuerdo con que estas actividades que desarrollan los chicos, son saludables y que son parte de una etapa, que la fantasía de estas historias y las construcciones que ellos hacen a partir de estos personajes que llevan a sus juegos cotidianos, son parte de la infancia. Ningún niño deja de serlo, o es menos feliz,  porque comprenda que el Hombre Araña no existe o que la Princesa Elsa no fabrica hielo “de verdad”. Ellos saben que son sólo historias y las disfrutan cuando ven la peli o juegan con un muñeco con esta fisonomía.

Ellos entienden la fantasía como parte de sus vidas y disfrutan de eso.

Cuando se cansan de jugar, necesitan la realidad de una familia, de una madre y de un padre que los abrace, de sus afectos y de ese entorno de seguridad que los contiene para que sus mentes puedan salir de paseo al mundo irreal de vez en cuando, explorando y construyendo cada una de sus raíces, anclados en este mundo.

Desde el momento en que me gesté madre, entendí que había un gran agujero cultural en lo que respecta al rol materno, desde el momento del nacimiento hasta el infinito…ya que la maternidad es un camino de ida, nunca acaba y con hijas adultas y también madres, esta función se pronuncia y potencia a través de la imagen que te devuelven los nietos….pero este es otro tema.

Siempre pensé que a los niños y niñas había que decirles la verdad, siempre, en el lenguaje que correspondiera a su estado madurativo, a su capacidad de comprensión.

Con cada pregunta “incómoda” que pudieran hacerme mis hijas, mi espíritu interpelaba a mis creencias y a mi manera de resolver en la vida. Las hijas (en mi caso) son las grandes maestras de las madres (y de los padres, claro), representan las oportunidades de crecer que tenemos los adultos, poniéndonos en contacto con nuestras propias limitaciones.

La maternidad te pone frente al espejo. Y muchas veces ese espejo, te devuelve una imagen que no siempre es bien tolerada. Esa imagen te interpela y te anima a romper con viejos modelos, repensar desde tu ser adulto algunos de los tránsitos de la infancia, repensar cuántas costumbres de la cultura que nos abarca, son saludables y merecen ser sostenidos o cuántos no lo son y se han impuesto por mandatos a los que no podemos acceder desde lo individual.

Cuestionar a Papá Noel (acá viene la parte en donde me tiran con huevos o verduras, lo sé…), a Los Reyes Magos, al Ratón Pérez… Personajes de fantasía todos, igual que la abuela de Caperucita. ¿Por qué sostenemos la existencia “real” de estos personajes y no lo hacemos con los otros cuentos? Porque Papá Noel, es un personaje de cuento, como Superman, o Batman, ¿o no? No hay ninguna diferencia con La Cigüeña que trae a los bebés de París, dado el caso, también este personaje alimentaba la fantasía de la espera de un hermanito.

A Papá Noel, nosotros, los adultos, le aseguramos su existencia en el mundo real, para que los niños alimenten “una fantasía tierna”.

Me pregunto por qué no somos capaces de creer que ellos puedan gestar sus propias fantasías, o disfrutar de cuentos e historias diversas y nos arrogamos la tarea de “hacerles el cuento” para que festejen una fecha que nos impone el sistema capitalista y la cultura del mercado.

Papá Noel es rojo a pedido de la Coca Cola, viene del Polo Norte (Norte), por pedido de esta empresa que lógicamente encontró un nicho en una vieja historia (la de Nicolás de Bari), para hacer crecer su penetración cultural, que no termina sólo con la venta de un producto venenoso. Y nosotros no cuestionamos nada y repetimos el rito de ocultar, mentir y generar una historia para que los chicos la crean y “disfruten” de la Navidad. ¡Cuac!

Para mí es mucho… y no es necesario.

Que esto no se perciba como una mentira, es parte de la trampa de este sistema…   Hay que ocultar, esconder, silenciar… ¿por cuánto tiempo? ¿Hasta los 6, 7, 8…cuántos años? El pibe, ¿se va a enterar porque se lo contó un amiguito en la escuela? ¿O el primo? ¿Qué va a sentir cuando sepa que su creencia se derrumba, que le han mentido? ¿Por qué creemos que el niño no va a sentir que le han mentido, si es eso lo que ocurrió? ¿No somos nosotros, los adultos, los que más disfrutamos con esta historia, viendo las “caritas tiernas” de los niños cuando les hacemos el cuento de los renos que van ahí arriba, mirá, ¿ves? Ya pasó…. ¿No lo viste?

Yo prefiero que miren las estrellas y que piensen en que el universo es hermoso.

No se trata de dejar de festejar, ni de olvidar tradiciones como armar el arbolito, o de comprar regalos para los que amamos. Podemos ser felices reuniéndonos con los afectos, podemos ser felices con el abrazo, con la generosidad del regalo, la comida especial, con el momento donde todos nos sentamos en el suelo  y nos ponemos a la altura de los más chicos.

La Navidad para muchos es una fiesta religiosa, no es mi caso, ya que no creo en dioses, pero recuerdo la historia de un niño que fue parido en un pesebre, con una madre atenta a sus necesidades vitales, con un padre que protegió el escenario, buscando la cueva, el calor y la intimidad. Esa historia, hoy mismo, en este presente que todos los días abona al sistema hegemónico que domina y condiciona los nacimientos, es un hermoso cuento que merece ser contado.

Me quedo con esto, y prefiero contarles a mis hijas y a mis nietos la razón de los regalos, aunque, repito, no sea una militante del mundo cristiano. Me quedo con el regocijo de quienes celebran la llegada de una nueva vida, aunque esa vida no sea una vida de fantasía.

Y sostengo que les debemos, a ellos, a los niños y a las niñas, el ejercicio de cuestionar al paradigma.

Siempre.


*Escritora – Doula- Especialista en Gimnasia para Embarazadas – Integrante de Vos Podés, Asociación por los Derechos del Parto, el Nacimiento y la Crianza – Coordinadora de Relacahupan Provincia de Buenos Aires- Argentina.

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