Peronismo: crisis vital

Por: Ricardo Rouvier

El peronismo sufre una crisis vital. Para algunos, es más grave que la de los 80. Otros, en cambio, piensan que se exagera y el peronismo se va a recuperar y no está en una crisis terminal. Es difícil precisar el grado de la crisis, de esta o de las anteriores; sin embargo, hay algo que debe producir conciencia en los dirigentes peronistas y es asumir la realidad de que el peronismo está con un pie para el museo de lo que fue, la nostalgia y el recuerdo, o enfrenta los desafíos del siglo XXI, recordando lo que Perón decía sobre la evolución. Es decir, o el peronismo evoluciona o puede morir o tener una larga agonía. De esas agonías en que el paciente parece que vive, pero en realidad sobrevive como puede. De esas agonías en las que el paciente tiene momentos de mejoría, hasta puede llegar a volver a ganar elecciones, pero que no sabe qué hacer con su salud. Traducido; no sabe qué hacer con el poder. ¿Para qué el poder? es la vieja pregunta.

Las derrotas electorales producen un dolor profundo en el peronismo, y la política se vuelve cruel con los derrotados. En las últimas elecciones, con algunas salvedades, el peronismo kirchnerista y el no kirchnerista perdieron. Es verdad que el 37% obtenido por CFK en territorio bonaerense es un número importante, aunque lo es más si constituye una plataforma de lanzamiento de una revitalización del peronismo, pero no lo es si constituye un techo imposible de romper. Además, ese resultado se lo obtuvo tirando previamente la marca PJ por la ventana. Y tan mal está el peronismo que ese gesto expulsivo no afectó significativamente su base electoral y sus divisiones.

Para revitalizar el peronismo debería haber voluntad, grandeza, la disolución de la soberbia y la permanente referencia a uno mismo. Si la Patria es el Otro, habría que empezar por el que habita en el propio hogar y abandonar rápidamente el narcisismo. Es posible que CFK dé un paso al costado en el Senado y hacia el 2019. No creemos que esto sea suficiente para lograr la unificación.

Pedir un cambio de actitud de tal naturaleza en la dirigencia parece una tarea imposible. Considerando además que, según las encuestas, la asociación del peronismo con la corrupción está creciendo en la sociedad. Y la corrupción, real o imaginaria, se ha convertido en un problema político que supera los límites morales.

Como vemos, existen varios problemas al mismo tiempo y varios frentes abiertos en la crisis. Por supuesto que el peronismo sabe que, si emergiera un liderazgo nacional, ayudaría a ir resolviendo algunas cuestiones. Hay gobernadores que retrocedieron ante la realidad del escrutinio y suspendieron sus proyectos: casos Urtubey y Schiaretti.

Algunos gobernadores, como Uñac y Bordet, que pertenecen a una nueva generación, no se han decidido a dar el paso adelante. Otros exgobernadores con ganas de jugar deberán someter su proyecto a la evaluación de la opinión pública. En un momento en que la opinión colectiva está concentrando su mirada, para bien o para mal, en el oficialismo, seguir suscitando la polarización solo le conviene a Cambiemos.

La cuestión del estado judicial de parte de la dirigencia peronista y el poco fervor asociativo entre el peronismo k y el no k colocan al peronismo en una encrucijada y cualquier camino que adopte supone un costo, una pérdida. El intento del kichnerismo de volver a dirigir al conjunto parece imposible, y el peronismo no k no tiene hoy la entidad institucional suficiente para cooptar a las bases del kirchernismo.

Este es un momento dilemático; el peronismo no podrá caminar por ningún sendero sin clausurar otro. Algo que podríamos caracterizar como un punto de inflexión, una crisis de identidad. Algunos dirigentes sueñan con que, si explota la economía con el endeudamiento, todo el oficialismo caerá a pedazos y será en beneficio del peronismo como única alternativa de gobernabilidad. Estos cálculos nunca dan el resultado esperado.

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