Plan B

Por: Carlos Leyba

El Presidente señaló que no hay Plan B. Esto supone que él cree que hay un Plan “A”. No ha sido explicitado. Entonces nos queda analizar sus resultados.

Si medimos por empleo no hay mejoras. La supuesta mejoría revelada deriva más de los que se retiraron del mercado laboral que de la creación suficiente de nuevos puestos.

Las caídas del consumo informan que la capacidad de compra no se ha recuperado.

En 2016 el PBI cayó 2,5 por ciento y por habitante resulta inferior al de 2011.

¿Qué tasa de crecimiento necesitamos en términos per capita para decir “progreso” en lugar de “regreso”?

El viaje es largo y es injusto no señalar que la gestión Mauricio Macri carga con una herencia homérica.

¿Hay señales de encaminamiento aunque los resultados de empleo y consumo se hagan esperar?  

La tasa de inversión en 2016 orilla el 15 por ciento del PBI. La menor de la década la que, por otra parte, fue espantosamente baja. No hay adiciones al equipo de capital ni modernización del existente. Nada hemos aportado para la mejora de la productividad.

En 2016 las importaciones crecieron más que las exportaciones y el déficit fiscal no amaina.

No conocemos una exposición oficial del Plan A. Pero sus resultados no sugieren una gran estrategia. No se han revertido las condiciones heredadas y con el paso del tiempo, contra todos los deseos, han convertido a la herencia en propia.

Sin resultados la herencia para el próximo gobierno será la misma que la que heredaron los PRO. Una pesadilla para los ciudadanos y un fracaso para el gobierno.

Salimos del cepo, pero el tipo de cambio real volvió a los niveles previos a la devaluación, el problema sigue. Pero el costo social inferido se resume en que la pobreza aumentó y – dejando de lado el blanqueo -  hay demanda de atesoramiento en dólares.

La tasa de inversión enclenque y una fuerza de trabajo en retirada no suman “todos los días un poquito mejor”. Los males cuando se prolongan en el tiempo tornan peores.

No puede decirse con fundamento que el Plan A – cualquiera sea – demuestre signos globales saludables.

Lo que destaca el gobierno que la tasa de inflación tiene tendencia a bajar. Justamente, “aquí y ahora”, ese es el “gran objetivo”: la inflación 17 por ciento en 2017.

A ese objetivo se le ha asignado como herramienta la política monetaria y, más precisamente, la de la tasa de interés.

El respingo de los precios de marzo recibió un nuevo ataque del Central.

Inferimos en consecuencia que el Plan A consiste en que la tasa de interés suba todo lo que sea necesario para aplacar la llama de la inflación.  

El manager del Plan A es el Presidente del Banco Central. Un responsable, un solo objetivo y un solo instrumento.

Macri no quiere “un ministro de economía” que disponga de varios objetivos e instrumentos, armonizados, como recomienda toda la teoría disponible de la política económica.

Ha divido el campo de la administración de la economía en el confuso entendimiento de una realidad descuartizada. Pero la realidad no es por pedazos. Descuartizar supone que las variables que conforman la realidad económica no se superponen las unas a las otras. Esa visión es la que los hace suponer que la tasa de interés no afecta el nivel de actividad.  

En la práctica el PRO eliminó de su política otros objetivos. Pone en foco la inflación. Aprieta. Y a pesar del esfuerzo ella se pone rebelde.

De esa visión de la realidad descuartizada surge que no hay la menor coordinación entre las distintas áreas de la economía. La cuestión nace de la inexistencia de un enfoque global o, lo que es lo mismo, de la carencia de una concepción y de un programa de múltiples objetivos, que es lo propio de cualquier política macroeconómica.

Entre las cosas que faltan y que hace gravoso el futuro es una política de crecimiento. Aclaremos que un objetivo de política económica no es tal sino revela sus instrumentos y no dispone de recursos específicos.

La respuesta del PRO es que una vez que se reduzca la inflación, los demás objetivos se alcanzarán vía el mercado. Nuestra preocupación, según el gobierno, es vana ya que todas nuestras demandas son cuestiones que “el tiempo (el mercado) resolverá”

Los gladiadores de las finanzas terminarán con la inflación, aunque de paso aplanen la realidad económica, y luego vendrá el crecimiento.

El gobierno no atiende los reclamos externos centrados en el empleo, el consumo y el crecimiento. Pero tampoco los internos centrados en la coordinación.

Frente a esto, en los últimos días, hubo un cambio en el discurso. Al principio de la gestión se decía que  “la confianza” dispararía la expansión y el bienestar.

“La confianza” surgiría del “mejor equipo de los últimos 50 años”. Y con ella llegarían legiones de inversores. No llegaron. Detrás de “la confianza” estaba el objetivo de “unir a los argentinos”. Y este objetivo social terminó. Ya no son la unidad, ni la confianza, los motores. En lo económico es abatir la inflación.

Y en lo social o político ahora predomina un enfoque de respuesta agresiva. El mismo derivó, es cierto, de las increíbles provocaciones de “camporistas, kirchneristas y demás”.

El nuevo enfoque liquida la bandera de la unidad y – naturalmente – obligó al gobierno a “repensar la confianza”. Sobre todo después que no ha rendido frutos.

Entonces, hace unos días, a partir del 1A y la debilidad del paro docente, el gobierno pasó al discurso de “la barrera”: no pasarán. La barrera reemplaza a la unidad. Y la estabilidad a “la confianza”.

Es cierto que son muchos los ciudadanos que no quieren un retorno K. Pero esa definición no genera una explosión de  embeleco macrista. Y mucho menos una mirada indulgente al empeoramiento, o la simple prorroga, de las condiciones económicas imperantes.

El Plan A que inicialmente fue “unidad más confianza”, mutó en “barrera más estabilidad”. Menos inflación es igual a más inversiones. Y las inversiones necesitan, cree el gobierno, que la barrera, el no pasarán, sea convincente.

La estabilidad, por ahora, se resiste a venir. Está para bajar, pero  menos que lo que aspira el BCRA.  Lo que supone que el fiasco lo llevará a seguir subiendo la tasa.

Además de los problemas económicos que esta estrategia conlleva hay un problema moral. Es incalificable que la tasa de interés en pesos, con abundancia de dólares derivada del endeudamiento público más el retorno tributario de los evasores llamado blanqueo, genere ganancias especulativas gigantescas.

En otras palabras esta estrategia excluyente de lucha contra la inflación, genera gigantescas transferencias financieras de ingresos a favor de los especuladores.

Hay una remuneración injustificable a favor de la especulación mientras el nivel de la tasa de interés desmotiva la producción; y el nivel de tipo de cambio, que se desploma, incentiva la importación.

No es de extrañar que el costado moral de la política no sea causa de freno de esas decisiones.  El Presidente del BCRA invirtió 55 mil millones de pesos para pagarle a los especuladores del dólar futuro. Ese mecanismo infernal de transferencia de recursos a cambio de nada, lo inventó Axel Kicillof pero, inexplicablemente, lo pagó Federico Sturzenegger. No es preocupación la transferencia de ingresos. Volvamos a lo central.

Recordemos que mientras haya desaliño de precios relativos (tarifas, subsidios, tipo de cambio, etc.) y dado que - más allá de cuestiones menores y esporádicas – los precios son inflexibles a la baja, todo cambio en los precios relativos constituye una presión inflacionaria.

Falta, entonces, mucha “presión” porque, con estos precios relativos, no se percibe como se desarrollará el sendero de crecimiento. Me refiero a crecimiento y no a recuperación de niveles previos: regreso versus progreso.

A esta altura es bueno recordar que la extraordinaria performance de los precios, después de la mega estampida del dólar en 2002, no fue magia. Fue la consecuencia de 50 por ciento de pobreza, 22 por ciento de desempleo, licuación de activos financieros y nuevas retenciones a las exportaciones.

Es cierto que una mega recesión, finalmente, pone un dique a los precios… pero.

Todos pedimos a Dios, especialmente en estas Pascuas, que nos libre de las consecuencias de un error de quien controla la nave en este océano de problemas.

El Plan A implícito, o la macro conducida por el BCRA sin ministro de economía, no dispone de otro objetivo que la inflación. ¿Nos aleja o nos acerca a los problemas?

Los planes macro económicos, normalmente, tienen varios objetivos simultáneos. Ninguno prescinde, por ejemplo, del de crecimiento de la economía. Para lograrlo se utilizan instrumentos apropiados que, claramente, no incluyen la suba de las tasas de interés sino mas bien lo contrario.

Este remedio, la tasa en suba, puede ayudar a curar un mal – la inflación – pero sin duda empeora el estado del otro mal que es el estancamiento de la economía.

Estamos en una economía por 5 años estancada y que por una década convivió con tasas de inversión que no apuran el crecimiento. Es un dato a no dejar de lado.

Al Plan A  no le cabe el objetivo del crecimiento y no dispone de las herramientas para crecer. El BCRA pide tiempo… cuando acabe la inflación va a llegar...

Los mentores del Plan A  sostienen que una vez logrado el objetivo, inflación en 17 o 12 por ciento anual, entonces se habrán dado las condiciones para el crecimiento.

De esto se infiere que el Plan A, en lo económico, es tasa de interés más tiempo. Y lo que sugiere es que cuando más tiempo demande más barrera necesitará.

Primero la estabilidad relativa y después el crecimiento. ¿Será técnica y políticamente posible? ¿Le dará tiempo la sociedad a que la tasa de interés derrote a la inflación? ¿Cómo quedarán el resto de las fuerzas productivas? 

Una apostilla. Hay regímenes de alto impacto para adelgazar. Entre ellos las anfetaminas o cosas parecidas. Nada más parecido a la inflación que la gordura.  

Las anfetaminas adelgazan. Pero generan adicción. Cuando se dejan de usar se recupera y hasta se supera, el peso perdido.

El uso produce problemas psicológicos y hasta neurológicos. Los usuarios se tornan irritables (al igual que el tratamiento monetario irrita a los que lo padecen y alegra el boticario – pedal financiero – que lo disfruta).

Es decir no se puede usar cualquier método para adelgazar aunque el mismo, transitoriamente, tenga éxito. No es negocio tornarse flaco pero descerebrado.

La búsqueda de un solo objetivo, y con un instrumento que agrava otras cosas, es un error de política económica.

Y un error comprobable en la experiencia de nuestro país.

El menemismo acudió a la eliminación de la moneda – convirtió a la moneda local en un vale de caja – mediante la convertibilidad. Bajó la inflación. Pero descerebró la economía.

Se produjo una marea de importaciones que generaron desempleo y cierre de plantas productivas y todo el desequilibrio provocado fue financiado con deuda externa.

La “estabilidad” duró lo que duró la capacidad de financiarnos en el exterior.

Al fin del camino quedó una sociedad muy complicada. Las anfetaminas de la convertibilidad, en definitiva, también fueron las tasas de interés que nos cobraron en dólares.

Mauricio, ante la “irritación” que produce que la economía no arranque, que la tasa de inflación no amaine tanto como los esfuerzos que se realizan en materia de tasas de interés, ha aclarado que no hay y que no tiene un Plan B.

Es más, ha dicho que si alguien tiene alguna idea, para discutir sobre el enfoque global del Plan A, espere a las elecciones para ver si la opinión ciudadana convalida esas ideas. Y sino nada.

Nuestro país hace años arrastra una verdadera trampa de “estanflación”.

Cualquiera sean los números del PBI, como hace tantos años que no crece el PBI por habitante, como consecuencia de que la tasa de inversión es insuficiente para incrementar la productividad y el empleo, entonces, estamos en una economía estructuralmente estancada.

La tasa de crecimiento, en algunos de los últimos años, solo alcanzó para recuperar lo perdido previamente. Y como la población crece en forma constante, entonces, el crecimiento minúsculo no resuelve el problema del estancamiento de la economía personal.

A eso hay que agregarle que la inflación muy elevada ha convivido con ese estancamiento; y que cada vez que se modifica un precio relativo, que afecta a todo el proceso de producción y distribución, se produce un impacto inflacionario adicional y una cadena de repercusiones inevitables.

Es una pena que el Plan A no admita debate sobre el sentido.

Hay un escenario externo que podemos aprovechar. El nivel general de las materias primas, a marzo del corriente año, fue superior en 6 por ciento al promedio de 2016 y 2015, aunque largamente por abajo del promedio de 2003/2015.

Es decir no estamos en un escenario externo pésimo.

La marcha de la economía mundial señala que este año será mejor que el 2016. Brasil dejará de caer.

Claro que un macrista, enamorado del glamour M, debe repetir y con razón, cuando recuerda los años K,  “la suerte de la fea, la linda la desea”.

El escenario externo de la “década soplada K” fue insuperable. Pero lo que viene, aunque muy modesto, hay que aprovecharlo con detalle.

¿Con este tipo de cambio, que el Plan A a pura tasa de interés revalúa todo el tiempo, hay manera de aprovechar la mejoría de las señales externas?

La economía nacional está en estanflación hace años. Esa enfermedad no admite “remedios parciales”. El remedio antiinflacionario de la tasa de interés, en una economía estancada profundiza el estancamiento. Y el remedio keynesiano de demanda pública para utilizar la capacidad ociosa, en escenario de inflación, se debilita porque entona al proceso inflacionario.

Las dos políticas son inconsistentes y requieren de una herramienta de consistencia.

El Plan B imprescindible, que el Presidente no tiene o no quiere, requiere tratar los dos males a la vez, inflación y estancamiento. Ese es nuestro problema.

Para salir de ese laberinto en que está nuestra economía, como decía Leopoldo Marechal, hay que hacerlo por arriba.

Es decir desde “la política” porque la única manera es concertar. La concertación de largo plazo contribuye a la unidad y a la confianza, a la estabilidad y a la inversión.

Acordar el Estado, los empresarios y los trabajadores, un programa en el que se pueda promover el crecimiento y contener la inflación. Es el único camino.

Hay muchas experiencias exitosas en todo el Planeta, pero ninguna es posible ahondando la confrontación.

Que la meditación Pascual inspire un Plan B. Lo necesitamos.

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