Un balance electoral preliminar

Por: Martín Astarita

A horas de haberse terminado las elecciones generales 2017, ofrecemos algunos elementos como primer y rápido balance, a la espera de, con más tiempo y tras procesar debidamente los datos, elaborar un diagnóstico más acabado y completo de la situación político-electoral que queda inaugurada en la Argentina.  

Cambiemos ganó en los distritos más importantes, salvo Tucumán. Con respecto a las PASO, revalidó en CABA, Córdoba y Mendoza, con cómodas diferencias, y logró dar vuelta el resultado en Buenos Aires y en Santa Fe. De los distritos con más de un millón de electores, solo perdió en Tucumán. Un resultado tan contundente en los principales distritos, en elecciones intermedias, es una verdadera rareza en nuestra historia reciente. Solo Raúl Alfonsín, en 1985, lo había logrado. Ni el menemismo ni el kirchnerismo, en sus respectivas épocas doradas, alcanzaron una perfomance de esta naturaleza.  

A Cambiemos le sienta bien ser oficialismo. A Mauricio Macri le costó ser elegido jefe de Gobierno. Pero una vez que lo consiguió, en el balotaje 2007, el territorio porteño se convirtió en uno de sus grandes bastiones, pudiendo revalidar el apoyo electoral en diversas circunstancias: en 2015, a través de uno de sus delfines, Horacio Rodríguez Larreta, y ahora con una de sus aliadas, Elisa Carrió (con un triunfo aplastante). Pero ayer, el macrismo dio más pruebas de que le sienta bien la gestión. Ganó en las cuatro provincias en las que gobierna: Buenos Aires, CABA, Mendoza y Jujuy. Y la buena racha la extendió a nivel municipal, donde se impuso en la mayoría de las localidades bonaerenses en las que es oficialista: La Plata, Lanús, Morón, Quilmes, Mar del Plata, Bahía Blanca, Pilar, Tres de Febrero, Vicente López, por mencionar solo algunas de las más importantes.    

13 provincias para Cambiemos, 11 para la oposición. En cantidad de provincias, las cosas son más parejas. El desequilibrio a favor de la alianza gobernante se produce por dos factores concurrentes: por un lado, Cambiemos es la única fuerza con implantación a nivel nacional, con lo cual, todos los porotos amarillos van a parar a la misma bolsa en el conteo. No ocurre así con las oposiciones, diversas y fragmentadas a lo largo del país. Por otro lado, como fuera dicho antes, Cambiemos se impuso en los distritos más populosos y, por el contrario, perdió en 11 provincias de tamaño medio o pequeño: Catamarca, Formosa, Chubut, La Pampa, Misiones, Río Negro, San Luis, San Juan, Santiago del Estero, Tierra del fuego y Tucumán.

Cambiemos llegó al Norte. Ya en las PASO, Marcelo Leiras advirtió que Cambiemos había logrado expandirse territorialmente como ninguna fuerza lo había hecho desde el peronismo en los años 40. Tal afirmación parece consolidarse, especialmente teniendo en cuenta que la ola amarilla llegó al Norte argentino, que había fungido como gran bastión -junto con Buenos Aires- del kirchnerismo durante la década pasada. Cambiemos ganó, en estas elecciones, en Chaco, Corrientes, Jujuy, La Rioja y Salta. 

Elecciones libres y limpias. Una mención especial que merece resalatarse es la fortaleza e integridad del proceso electoral en nuestro país, al menos en el ámbito nacional. A pesar de que el Gobierno insiste en criticar el actual sistema de boleta papel, y apunta a promover el voto electrónico, los argentinos una vez más pudimos votar en todo el país con normalidad, sin incidentes mayores, y con la seguridad de que las preferencias ciudadanas fueron correctamente traducidas en el escrutinio. Ayer se sumó, además, la celeridad en todo el proceso de difusión de resultados.  

Peronismo horizontal. Se pueden mencionar algunos casos de peronistas no kirchneristas (o antikirchneristas) que tenían esperanzas de convertirse en una opción presidenciable para 2019 y que ayer sufrieron un duro traspié: sobresale Juan Manuel Urtubey, en Salta, que habiendo ganado en las PASO no pudo revalidar en las generales; y Juan Schiaretti, que perdió de manera contundente en Córdoba. Pero también se puede sumar a esa lista Florencio Randazzo, con una magra performance y Sergio Massa, que vio en cuatro años un profundo declive electoral, perdiendo incluso en su casa, Tigre. Cristina Fernández también perdió, aun pudiendo decir que fue la opositora que más votos obtuvo y que candidatos kirchneristas o afines se impusieron o tuvieron buen desempeño en otros distritos (Rodriguez Saá en San Luis, Soria en Río Negro, Insfrán en Formosa, Manzur en Tucumán, Rossi en Santa Fe). 

Pero, en líneas generales, no emerge de la elección de ayer ningún candidato presidencial “puesto” dentro del peronismo. Cabe decir, de todas formas, que un triunfo de alguno de los posibles aspirantes no hubiese cambiado mucho el estado deliberativo y de cierta horizontalidad en la que el peronismo se encuentra desde 2015 y que todo hace pensar, seguirá, al menos, hasta 2019. Es que una elección legislativa intermedia difícilmente ordena y define un candidato para la siguiente elección presidencial. El triunfo de Massa en 2013 y su derrotero posterior es un buen ejemplo. O sirviéndonos de un contrafáctico: si CFK hubiese ganado, ¿Urtubey, Schiaretti, Massa o Randazzo se hubiesen subordinado y alineado detrás de ella? ¿Podrá una gran PASO en 2019 ordenar al peronismo?  

En búsqueda de la receta mágica. Cristina Fernández perdió en provincia de Buenos Aires por 4 puntos, aproximadamente. Florencio Randazzo sacó 5%. La conclusión se impone: para ganar, debían unirse. Pero tal vez las cosas no son tan simples. En Santa Fe, el peronismo y el kirchnerismo se unieron, utilizando unas PASO competitivas, y como sucede con frecuencia en primarias competitivas, el ganador -en este caso Rossi- no pudo retener en las generales todos los votos de su contrincante. Otros ejemplos de unidad, en este caso comandados por el sector peronista, tampoco dieron sus frutos: en Entre Ríos y Corrientes se impuso Cambiemos. Ya apuntamos antes que las opciones del peronismo antikirchnerista, opositores ligths al macrismo, tampoco tuvieron buenos rendimientos (Urtubey, Schiaretti).

Antes que preguntarse si unas gran PASO en 2019 pueden ordenar y unificar al peronismo, quizás la pregunta que hay que formularse es acerca de la identidad que debe tener una oposición al macrismo.

El futuro para el macrismo. Se inicia una nueva etapa para el macrismo. Hasta el momento, se podía decir que era una fuerza con notable poder extra-político. Es, en esencia, el poder económico gobernando. Tiene a su favor -y en cierta manera es- el poder mediático. El Poder Judicial -por el momento- también le sonríe. Hasta ayer, y a pesar de gobernar la Nación, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires, el poder político era tal vez su parte más endeble. Y, hábilmente, hizo de esa debilidad una fortaleza. Es probable que el relato según el cual el macrismo viene a luchar contra las mafias -enquistadas y corporizadas en poderosos sindicalistas, peronistas, kirchneristas- haya penetrado en una buena parte del electorado.  

Pues bien, en esta nueva etapa que se abre, el Gobierno deberá aprender a administrar el poder político conseguido. ¿Cuál será el ritmo que le imprimirá a sus reformas?¿Es el fin de lo que ellos mismos llamaron gradualismo? ¿Cómo responderá, por ejemplo, a las demandas de un empresariado ávido de reducir con premura los costos laborales o el déficit fiscal? Y como interrogante más en general, cabe recordar que Cambiemos enfocó esta campaña en la idea de consolidar el cambio en contra del pasado. Una vez despejados los obstáculos políticos, ¿el electorado pasara a ser más exigente con el Gobierno, exigiendo resultados económicos y sociales?

* Martín Astarita es editor del sitio http://artepolitica.com/.

Diarios Argentinos móvil