9 – LA CALAVERA DE BRIZUELA

“Existe en Portugal una palabra: “fado”, que nombra a la vez a la canción y al destino”, decía Brizuela, sentado, abrazado a sus femurosas piernas, mientras los demás dormían acurrucados como perros, a veces temblando, respirando entrecortadamente, sino tiesos (“Oh, aunque el corazón, empero, palpitante”).

     “Para entrenar tan sutil habilidad”, continuaba Brizuela, ahora levantándose, emponchándose y colocándose el sombrero, “todo fadista se habitúa desde niño al simple ejercicio de llevarse al oído el caracol vacío.

     Yo mismo, en mucho tiempo de mi vida, el día antes de irme de la costa y volver a mi casa, caminaba por la playa en horas muy tempranas, antes que amanezca, cuando más probable son de encontrar alguno de estos caracoles (a los que no llamaré “volutas”, a favor de cierta indefinición o ambigüedad).

     Y casi siempre encontraba uno, fructíferamente; y me iba entonces, si no contento, con algo de la felicidad que perdía; con esa ilusión que se tiene (y que aún, aun el desencanto, conservo) ingenuamente.

     Pero entonces yo ya veía formas extrañas en las piedras (debo decirlo: muy extrañas), y no me contentaba en modo alguno, despegarme de lo que quería por mera rutinareidad del calendario”, decía Brizuela, ofuscado.

     “Y si cierto es que duraba poco el plan, y pronto el caracol yacía en alguna repisa empolvándose, cada tanto, empero, cuando el cuerpo lo pedía como a algo dulce, colocaba el caracol en mi oído, y escuchaba (Oh, por supuesto que sí) el oleaje del mar, el viento, y era otra vez feliz”.

     (Brizuela tomó el caracol que reposaba sobre la balsa, y estremecido se lo llevó al oído, con los ojos más grandes y más fuscos).


     “Y nada de eso, compañero, ha sido al pedo”, le decía Raninqueo, que lo escuchaba, ya sentado en la balsa, como si apoyara la espalda en una amura (como Quint en la proa del Orca).

     “Digamos que, por esa sensibilidad descorchada, es que (poray) estás acá, y no abocado, por ejemplo, en tareas gubernamentales”. (Raninqueo se sonreía, y miraba hacia un lado y otro, hurgándose con un escarbadientes).

     “Ya ves lo que sucede al Norte”, le decía ahora Raninqueo, señalando hacia atrás suyo con el dedo gordo, “es humo negro”.

     “¡MIERDA, MIERDA, MIERDA!”, decía Duizeide, de repente, golpeando con el puño la balsa. “No parece, en sí misma, que sea la ciudad”, dijo Pallaoro, instintivamente, pensando en sus populosas bibliotecas. “No”, dijo Duizeide, contundente. “Creo que es el Delta”, dijo Dubín, echándole aliento a los anteojos y fregándolos.

     (“Pronto llegará hasta aquí una niebla espesa que no nos permitirá ver más que por retazos; y vendrá una tormenta, acaso igual de monstruosa que la primera; y saldrá luego el sol incendiario”, se decía Schierloh, de pie, entre los relámpagos.

     “Y habremos de bordear la ciudad con sumo cuidado”, continuaba. “Y luego chocaremos con el olor a quemado, siendo este cada vez más penetrante e insoportable; y veremos entonces crecer las llamas del fuego, y, “al fin”, el exterminio”.

     “Pero igual (y ahora más que nunca) seguiremos viaje hacia la Isla”, se dijo Duizeide, de pie, entre los relámpagos).

     Schierloh se acomodó el saco blanco, como de oso. Peredo hacía lo propio con sus pelos. Axat observaba la marea creciente (“La ola a la cual subirse, la prolongación en el jopo”). Y Clode y Venturini se acercaban abrazadas al centro de la balsa.

     Todos y todas parecían buscar una birome en sus bolsillos.

     “Será que todo lo escrito le está doliendo a la Muerte”, dijo Raninqueo, sin ocultar su satisfacción.

     “Sí”, dijo Peredo; “pero es como si fuera uno de esos monstruos que parecen invencibles, y de pronto sangra, y retrocede, y vuelve con rabia”.

     “En efecto, nada que hagamos parece ser lo suficiente”, decía Dubín: “porque esa desganada no cesará en sus intenciones. Solo cabe pelear, a nuestro modo”.

     “Ahí, estoy viendo cadáveres: ¡Un ejército!”, dijo Brizuela, de pronto, ahora él sonriendo, afectuoso con sus compañeros y compañeras. “Qué magra es esa condición, por cierto”, decía luego, “la Muerte: qué magra”.

     “POR CIERTO, POR CIERTO”, decía un loro, que iba de hombro en hombro repitiéndolo: “POR CIERTO, POR CIERTO”. “¿Y vos quien sos, ave sorprendente?”, le dijo Duizeide, con una leve y expectante sospecha:

     “Flint, por cierto”, dijo el loro, y se posó en la balsa sacudiéndose las alas. (Él los observaba y parecía sonreír). “Y sin el “capitán” delante, ¿eh?”, dijo luego, antes de acurrucarse, cerrar los ojos, y dormirse.


     El mar estaba repleto de libros que flotaban como peces muertos. Pero sus tapas y contratapas, de todos modos, parecían resistir el avance del agua, o absorber de ella solo lo necesario.

     “Y es que, acaso, esos libros posean la habilidad de los mosquitos: la de posar sus patas, mágicamente, en el agua”, se decía a sí misma Venturini, extrañamente jovial e ilusionada. “Oh, y qué sutiles; como las hadas, los duendes, los vampiros.

     Ah, pero qué ven mis ojos: ¡Atrás todo lo visto antes! ¡Atrás todo lo repetido! ¿Qué es eso? ¿Resplandor? ¿Balazo? ¿Latido?” “Pum, pum, pum”, hacía el corazón de Venturini; “PUM, PUM, PUM; POM, POM, POM”, hacía, fervorosamente, alegremente. (“Dulce, compañera”, decía Raninqueo, “y salada como el mar”).

     “Estas palabras, dichas, también son mías; y no más que eso”, se dijo luego Venturini, con un gesto tímido, pero sin dejar de mirar a Raninqueo.

     “¿O alguien cree que las he inventado? ¿O peor aún, que me las he apropiado?”, se decía, ahora inquiriendo, como buscando un culpable. Pues de ningún modo. Y qué espantoso sería de mí parte, qué espantoso. Porque todo, compañeros, compañera, es un mar revuelto, aunque a veces luzca calmo.

     Pero imaginación (Oh) no me abandones”, se dijo, de pronto dando la espalda, llorando desconsoladamente. “Libélulas”, dijo luego en voz alta, entre lagrimones. “Palomas; Irigoitis; brujas (Ah, osculum infame) de Salem”, decía; “Rimbaud”, dijo luego, dándose vuelta, y tirando al aire como polen anaranjado.

     “El niño Rimbaud”, decía Axat, algo avergonzado; “observa el mar y el cielo, estudia el mundo, qué inspiración”. “Subraya”, dice Peredo, muy contento, “y hace un resumen deslumbrante”. “Poeta maldito”, dijo Schierloh. “Genial y cruel”, dijo Pallaoro.

     Rimbaud tomó, de un plato repleto, una almeja; y tras abrirla y limpiarla, se la llevó a la boca. “No he muerto”, dijo luego, redundantemente, mientras masticaba; “y estoy aquí, por fortuna, (¡Oh! AUM, AUM, AUM) y niño; acaso gracias a Carjat

     Por un tiempo largo”, decía Rimbaud, “escupía y vomitaba casi sin descansar. Crecía, sí (qué obviedad); me hacía grande, me transformaba en una especie de monstruo, con mucho más del mal genio de Hyde; y, debo decir, con muchos ardides de intelectualoide”.

     Rimbaud se alejaba, lentamente, como una nube. Venturini, Axat, Peredo, Dubín, Pallaoro, Clode, Brizuela, Schierloh, Duizeide, Flint y Raninqueo lo seguían con los ojos. “Y me volví traficante de armas”, dijo, soltando una risita terrible. (“Pésimo”, dijo Flint, tapándose los ojos con las dos alas). “Y después morí”, dijo, ahora soltando una carcajada igual de terrible, mientras se alejaba, tan lentamente, durante todo ese día y esa noche. (“Su farol”, diría luego Venturini, “se mezclaba con las estrellas”).


     Los libros podían hojearse desde allí, no por secas o despegadas las hojas, y a pesar de lo incómodo, como si el mar, como el papel, el lomo o la costura, fuera parte de los mismos.

     “Pequeñas balsas”, decía Pallaoro, “repletas de vida, de historias”. “Lo usual”, dijo luego, con desdén. “Pero miren, compañeros, compañeras”, decía, señalando la tapa celeste, “no es otro que Adán Buenosayres, en el Puerto, saludando con el sombrero.

     ¿Y no es lo otro, como bosquejado con tiza, garabateado, el alma? ¿Una metáfora, acaso? ¿Lo que parece un fantasma, y no él, es quien se anima a la aventura?”.

     Pallaoro se acostó boca abajo, estirando el brazo hasta alcanzar el libro, y lo abrió, en cuclillas, como quien despunta una calcomanía.

     “La primavera reía sobre las tumbas”, leía Pallaoro, “cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte”.

     (Luego, Pallaoro hizo una pausa para mirar al cielo. Su corazón latía, atormentado. Y empujaba, empero, con la vista, como quien ve cada vez menos, “con el ceño fruncido, aunque engolosinado”).

     “Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones”, continuaba; “porque dentro de aquel ataúd sencillo nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido”.


     “He venido percibiendo en estos días”, decía ahora Brizuela, recordando de pronto, sacudido por el viento levantado, “extraños movimientos, dentro de esta calavera mía”. (Él mismo se golpeaba, nuevamente, y sonaba “TOC, TOC, TOC”, a hueco profundo). “Se ha estado formando, sin embargo, una masa viscosa y sólida, y se me ocurre que compleja.

     Estimo se trata de mi cerebro, sino de un cáncer, si es que ambas cosas no son lo mismo”, dijo luego, largando una fabulosa carcajada.

     (“Ah, pero qué panzada se haría el psicólogo o la psicóloga”, decía, resignadamente, “con esta incipiente masa voraz y alocada y aniñada).

     Ya se ha dicho, acaso en demasía, del problema que trae consigo el exceso de pensamiento, en menoscabo del resto del cuerpo. Oh, no no no”, decía ahora, de repente, dirigiéndose con un dedo a quién sabe quién, “claro que no es lo mismo el corazón que el cerebro: pues aquel (siempre fulgor) no tranza, aun si no hubiera más remedio”.

     (Brizuela hizo un gesto triste, y una lágrima se asentó y desparramó por su pómulo).

     “Excúsenme, compañeros, compañeras, si me contradigo severamente o hablo por necio, despreciando ciertos conocimientos que nos rigen”.

     (Axat, Duizeide, Clode, Pallaoro, Peredo, Venturini, Dubín, Schierloh, Flint y Raninqueo, lo miraban asustados: parecían esas las últimas palabras de un suicida).

     “Yo podría repetir como un loro, si lo quisiera, las leyes del cuerpo humano, los mandamientos y la mar en coche”, continuaba Brizuela, “he aprendido todo. Pero no acepto, y menos amansadamente, la supremacía del cerebro por sobre el corazón.

     En todo caso, por qué no, podría tratarse este de un enigma”, decía ahora, divertido, en medio del alivio, “como aquel del huevo y la gallina”.

     (“Este individuo exagera”, decía Dubín, casi textual de un relato de Murray, “no me importa si inventa o no” (y negaba, él mismo, afirmativamente, con la cabeza); “pero es francamente desagradable”. (Ambos, Brizuela y Dubín, se reían por dentro, cómplicemente).

     “Señor Brizuela”, continuaba Dubín, aflorando ahora una mueca sonriente: “no me prive de saber algo que me interesa mucho desde hace tiempo. Usted, que ha vivido en Haití y conoce, sin duda, los ritos del vudú y demás, dígame: ¿Qué es, exactamente, un zombie?”).

     “Acaso me esté devorando a mí mismo”, dijo Brizuela, agarrándose la calavera con las dos manos.

     (“Oh, perdón Flint, no quise ofenderte”, decía después, acariciándolo, a quien más bien se hacía el compungido; “he cometido el error, una vez más, de hablar por el oído”).


     Pasó el resto del día y también la noche. La balsa no parecía haber avanzado mucho, ni sus tripulantes cambiado de posición. Acaso el paisaje era el mismo, y acaso, también, el tiempo; aún la luz in crescendo, tan poderosamente, y aún, después, inexorablemente menguante. El atardecer, detrás, hacía su propio espectáculo.

     Flint tomó un libro del mar y lo sostenía con sus alas. “Ahora era una curiosidad para coleccionistas”, leía en voz alta, con asombrosa fluidez, sentado en la balsa y pispiando a Brizuela, “una pieza de hueso pulido, con aspecto siniestro, pero inofensivo, que reposaba sobre el escritorio.

     Más en alguna forma, algo sucedía a quienquiera que fuese su propietario, o lo comprara, o lo robara”, continuaba Flint, apasionado. “Y cada uno en su turno descubrió, en los últimos segundos de su vida, el secreto de LA CALAVERA DEL MARQUÉS DE SADE”.

     “¡Genial!”, dijo Peredo, y pronto fue acercándose a Flint, como decidido a arrebatarle el libro. “¿Qué edición es esa?”, empezó a decir luego, algo pesado, “¿Me permite Flint? ¿Acaso está allí (Oh, hermoso y tenebroso) Lizzie Borden tomó un hacha?”.

     (“Lizzie Borden tomó un hacha y dio a su madre cuarenta hachazos; cuando vio lo que había hecho, dio a su padre cuarenta y uno”, recitó Peredo, estremecido).

     “Christopher Maitland, que muerte horrenda”, recordó luego, sin embargo, de pronto él asustado, como ante la calavera de Sade. “Y graciosa, empero”, dijo luego, para sobreponerse al miedo, o para aparentarlo.

     “Christopher Maitland se echó hacia atrás en su sillón, ante el hogar, y acarició las tapas de un viejo libro”, seguía leyendo Flint. (Duizeide levantó la vista de inmediato, mientras acariciaba, como a un perro o a un gato, el Moby Dick.

     “Su cara delgada, moldeada por la luz trémula del fuego del hogar, tenía una expresión característica de preocupación erudita”).

     Flint cerró el libro y lo dejó, suavemente, en el mar. “PUM, PUM, PUM” hacía su corazón. “PUM, PUM, PUM”, hacían, también, los corazones de Axat, Peredo, Dubín, Clode, Venturini, Duizeide, Pallaoro, Brizuela, Schierloh y Raninqueo. Cada cual, a su ritmo, pero ensamblados, hacían música dentro del caos.

     “Mari mari peñi, Mari mari lamien, Mari mari peñi, Mari mari lamien”, canturreaba Raninqueo, “Kümelekaimi. Inche ka, kümelekan. Kümelekaimi. Inche ka, kümelekan”.


     “Son cientos, miles, millones; el inventario es formidable”, se decía Schierloh, mientras buscaba en el mar, afanosamente, un libro. “La vida es sueño”, se dijo, señalándolo el ejemplar con la pera; y luego: “Drácula; Dublineses; Las patas en las fuentes; Tránsito. Oh, y ese. Y ese otro. ¡Cuántas exquisiteces! Aunque no veo, sin embargo, el que busco”, se lamentaba.

     Cuando de pronto, como un chaparrón inesperado, surgió del mar una figura sobria, empapada, que tras trepar a la balsa, los miraba entre serio y alegrado, al tiempo que escurría su sombrero.

     (A pesar de su aspecto, enseguida fue reconocido por los y las navegantes, y cierta incomodidad reinó por un momento en la balsa).

     “Tranquilos”, dijo, “ya no soy el de entonces: tras mi fusilamiento, he empezado a refugiarme en mis poesías, las cuales son hoy mis armas. Y así es cómo he perdido grandeza, altivez, solemnidad y demás grandilocuencias, sintiéndome más acorde a mis ideas”.

     “Caramba, quiero expresar cierta calumnia, hacia cierto capricho”, decía Duizeide, algo inaudible, “y averiguar dónde comienza y termina el mismo”. (Duizeide tosió dos veces y se lo escuchaba mejor, aliviado, pero todavía preocupado): “porque hay quienes lo modulan con desdén, por desdeñar lo impredecible”.

     “En cierto modo”, decía Axat, “todo puede predecirse”. “EN CIERTO MODO, EN CIERTO MODO”, repetía Flint, “¿Cuál, compañero, es ese “cierto modo?” (Flint lucía entusiasmadísimo). “Lo improbable”, dijo Axat, e hizo un buche con el whisky y lo lanzó al mar.

     (Axat, al instante, se arrepintió y buscó rápidamente la botella, bebiendo con alegría dos tragos, y con una idea clara de lo que estaba diciendo):

     “Lo improbable está conmigo, en cada suceso, pensamiento y acto que pasan, desde que he emprendido este viaje. Y desde este punto de vista, todo, como dije, puede predecirse, incluso lo que parece imposible, como la caída del Sistema.

     “En fin”, igualmente, que esto mismo que me pasa a mí, ahora dicho al borde de la balsa, y con el mar como abismo”, decía Axat, de pronto sorprendido por el vértigo, “no se suponga exclusivo ni generalizado, porque, por cierto” (“POR CIERTO, POR CIERTO”, repetía Flint, estrujándose el sombrero), “estas palabras, que pueden degustarse o escupirse, no son prueba del punto”.

     “¿Qué punto?”, preguntó Peredo. “Lo excepcional del caso”, dijo Axat; “que, en este caso, no resulta ser un crimen, su resolución, o las características del mismo, sino algo mucho menos excrementoso: porque, (Oh, y otra vez Oh) además de nosotros y nosotras”, decía, ahora hablando bajito, “como pueden ver, está eso; y no me refiero a usted, compañero Di Giovanni”.

    (“Eso” era una forma imprecisa, del tamaño de un elefante, en apariencia sin pies ni cabeza, pero que estaba allí, como ellos y ellas, entre los relámpagos).

     “Creo que nos da la espalda, si es que eso es una espalda”, dijo Pallaoro. “No me animaría a decir que es horrible”, decía Clode, “pero tampoco hermoso. Me recuerda, con todas sus desmesuras, lindas y feas, al bicho de la sarna”. “¡Cuidado!”, advirtió Peredo, viendo a Duizeide, “no me acercaría con tanta soltura”.

     Duizeide se le acercó, empero, sin escucharlo. “Perdone”, empezó luego, dirigiéndose a eso, “¿qué eres, criatura? ¿Cuál es tu nombre?” “Poesía”, respondió esta, de alguna manera. “Ajá”, dijo Duizeide: “Ya ven, entonces, qué quilombo es todo esto”, y retrocedió a su puesto, entre refunfuñando y asombrado.

     “Si me permiten”, decía Poesía, como sonriendo, “voy a decirles algo antes de marcharme, pues estoy de paso, no más que para agradecerles y saludarlos:

     Yo quisiera, desde aquí, resolver las desgracias del mundo, pero eso no es posible. Y debo estar en otros lados, porque donde estoy, las desgracias son menores y a veces hasta nulas.

     No, no, no se confundan. No soy un Dios ni una Diosa. Soy como el aire, o como el agua; acaso como el sol o como la luna. Soy de todo, por cierto, cuanto se ha escrito en mi nombre. Y mi voz, de muchos y muchas. Y mis palabras (Oh, qué afines), las que han vertido, de manera tan afectada y sincera. ¡Ustedes mismos, compañeros, compañeras, han puesto su granito de arena!

     Y lo han logrado, claro que sí; han hecho esto que ven; y me independizo pues, por ende, porque tengo amor propio, y un corazón gigante.

     Ah, sí, se me maltratará, ya lo sé, como a Kong”, dijo luego, sin compungirse. “Pero sé algo más: no deseo que se me idolatre, que se me enaltezca; deseo yo, meramente, ser yo, Poesía.

     ¡Y que caiga, someramente” (Poesía se reía a carcajadas), “todo lo despreciable, porque con ese deseo, también, se me ha cargado!”.

     “Una cosa, ahora, se me ha ocurrido”, decía Dubín, mirando a Poesía: “El genio o la genia, no se lo han propuesto, pero les ha caído el dedo admirativo”. “Y cuando sólo andan y desandan, a pesar de las hecatombes, como”,  “como cucarachas”, completó Poesía.  


     Sólo una cosa”, decía Di Giovanni, apreciando el lugar común, “es lo que separa a los escritores y a las escritoras” (y remarcaba esto último con un tic), “de los genios y de las genias. (También escritores y escritoras, por cierto”, y repitió el mismo tic, pero alborozado).

     “Y esa cosa no se puede verlo ni saberlo (ni con microscopio, ni con telescopio, ni, desde ya, con la fe); es la Nada mismísima, el vacío infinito, en donde convergen, por ejemplo, los libros:

     Mezcla de pájaros y de murciélagos; de hadas y ángeles; de dragones, de insectos; en un mundo, al cual, sólo es posible llegar a través de la imaginación.

     (Escritores y escritoras” (y volvía a decir esto último, ahora con un doble tic) “en sus máquinas de escribir, lejos, por fortuna, de quienes esgrimen armas de fuego, bombas, cuchillos, martillos, hacen, como El Bosco, un jardín de delicias”).

     Di Giovanni, entonces, vio el rostro de América, su mano escribiéndole en la frente, y su mente perdía el hilo de lo que decía. Sus ojos se fijaron en sus labios, en su pelo despeinado, en cada centímetro y por cada segundo.

     De fondo, las olas rompían en la orilla. Su corazón, como lo que, cuando la casa está oscura, golpea a la puerta insistentemente, se parecía a un animal desesperado, queriendo abrir una jaula a los empujones.

     “América”, dijo Di Giovanni. “Oh, América, clavada en mi costado, he cambiado: he empezado a refugiarme en mis poesías, las cuales son hoy mis armas”. (“TÁ MÉ TOSAITHE AR DHÍDEAN A GHLACADH I MO CHUID FILÍOCHTA, ARB Í AN AIRM Í INNIU”, dijo Flint, a su modo, casi sollozando).

     “La muerte es horrorosa”, dijo Di Giovanni, poniéndose el sombrero, y con una voz proveniente, acaso, de otra galaxia, como quien llega de un verdadero infierno.

     “Él bracea lentamente sus axiomas”, se decía a sí mismo Schierloh, “mientras yo creo ver al descuartizado Kurtz, una y otra vez garbándole el seso a Willard”.

     “Se trata de un Golem”, diría luego Peredo, “aunque imposible de desconectar; a cuya misión desobedece, sobrepasando así los destellos del tiempo. Osa enfrentarse”, decía, admirado, “entre un espejo y otro, a la mismísima Muerte. La vida sería una carda insignificante si Di Giovanni estuviera muerto”.

     “Sus palabras, como sus modos, ya no son mayorazgo de antiguos mecatrónicos y generales”, diría Axat, “y hasta podría decirse que su corazón, cableado y soldado, entubado con blindado y recubierto de acero traslúcido, por esos misterios de su cerebro, de alguna manera devino en otro, profusamente animal.

     Cierto es que aún no puede sacarse cierta reminiscencia déspota, sobre todo al referirse a ciertos pares, a quienes llama “grupúsculos de Plutón”; humorada que no le impidió, sin embargo, dejar de mirar los atributos de Clode, a quien elogió por su eterna belleza, aclarando, eso sí, en todo momento, su cada vez más gigantesco amor por América”.

     “A veces divago con ciertos entes”, decía Di Giovanni, “de quienes no me explayaré para no asustarlos, aunque tema a diario, que uno de ellos se halle en mi sombrero. Como saben, la Muerte mata lo horrible y lo hermoso con la misma contundencia. Pues, esa unidad sin consuelo, tanto lógica como misteriosa, a mí me irrita profundamente.

     De todos modos”, decía, ahora contento, “me consta, de diversísimas formas, y en muchos lugares, que esto ya es motivo de combate. Y cualquier episodio al respecto, lo celebro con alegría”.

     Di Giovanni se quedó pensando, sumergiéndose, por momentos, en el agujero de su sombrero.

     Después, algo cansino, como si fuera un deber, un mensaje que traía del pueblo, dijo, engominadamente: “Otra cosa; y esto, en principio, a modo de informativo. Se ha querido matar a la Presidenta de los argentinos y las argentinas”. (“¡Magnífico!”, dijo Flint).

     “Ha gatillado”, decía Di Giovanni, acomodándose el saco y el corbatín, “y fallado el disparo, Fernando Andrés Sabag Montiel”. (“¡Magnífico!”, volvió a decir Flint).

     (“Qué espantosa imagen, ciertamente, hubieran sido sus sesos volando por el aire, a la vista de todo el mundo”, decía Di Giovanni, “en primerísimo primer plano. Ah, la mano que aparece sosteniendo el revólver”, decía, “la cabeza desnuda de Cristina (¡Sólo el cadáver de Evita se le compararía!)”. Sólo ella sabe, ahora, del susto, que como un fantasma la acompaña”).

     “Y a la misma hora, en el mismo instante, en otro lugar que no es Recoleta, un pobre infeliz murió por un disparo que no falló, de un ladrón o de un policía”, decía Peredo, empero, poniendo la cara. “Y otra mujer fue estrangulada; y niños y niñas fueron abusados”.

     “Claro”, dijo Di Giovanni, casi abrazando a Peredo: “lo que importa es esa mujer importante. Y las imágenes y las palabras de lo que no debe hacerse ni decirse: “No matarás”, dice el decálogo”.

     “Oh, matar a una persona”, decía Axat (“Oh, que tristeza; que mal tiene que estar uno para hacerlo, sea por la razón que sea), qué socarronamente espantoso”.

     Fue entonces, tras lo dicho, que pasó la voz de Pacheco, como un pájaro rasante y sonoro, que decía: “Digámoslo de una vez: bandolero es ser patrón, presidente de república, diputado o general. Esas sí que bandolerías de órdago. Las otras, bah...”.

     “Han visto”, decía Raninqueo, “que tanto nos han querido engatusar con eso del “poder real”. El caso es que la señora salió ilesa del atentado, y el amor que se le tiene sinceramente, si no ha quedado en segundo plano, lo que está ahora en comparecencia, sobresalido, es el ataque a la vestidura; esta misma que, fantasmal, criminal (“langünchewe”, solemos decir), es, a propósito, como la calavera de Sade en el cuento de Bloch”.

     “Puede ser muy bueno, al decir de Duizeide; soltarse un “Apa” cómplice y correligionario”, decía Di Giovanni, sonriéndose, saludando con un beso al aludido, y luego a los demás. “Recordado por mucho tiempo, y hasta acaso por siempre. Pero los adeptos al resultado (muchos más, por cierto), acabarán, en tanto nos resignemos, por desplazarnos al mundo de lo ingenuo, utópico y romántico”.

     “Yo he visto”, decía, “cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Pero no ahora".

     “Compañeros, compañeras”, decía ahora Di Giovanni, poniéndose el sombrero, “debo irme, pues” (se lamentaba, pero con felicidad, y sabiendo que pronto volverían a encontrarse): es que me llama, y con mucha fuerza, América.

     Di Giovanni retrocedió y se bordeó en la balsa como en un trampolín, sin dejar de mirarlos y mirarlas. Tomó aire, profundamente, tres veces, y gritó “¡Viva la poesía!”, prendiéndose fuego de inmediato, erizándoseles los pelos como rayos. Tras lo que saltó hacia atrás, y se sumergió en el mar.

     “Era un torbellino”, diría luego Dubín, “como un pequeño cardumen de pirañas que, masticando, se alejaba rápidamente”. “Una boya desprendida”, decía Duizeide, “que seguía su camino”.


     Brizuela puso en el vaso el whisky y lo observó de cerca, quien sabe es un elixir imbastable, aún su hermosura, que le avivaba la sed.

     Luego puso el líquido verde, el que debía reemplazar al rojo. Lo dejaba caer como cae la miel, mientras profería, con el gesto serio y clavado, extrañas palabras, más aún, sincopadas por gritos solemnes, estrofas memorizadas de un libro tanto deshojado como mohoso, cual yacido, pesadamente, en un atril.

     Brizuela apoyó el vaso sobre la balsa, lo tapó especialmente, y esperó unos segundos; tiempo que aprovechó para mirarse en un espejo invisible y saludarse, con un gesto del cuerpo y del sombrero, como quien saluda a un público agradecido y aplaudidor.

     Luego agarró el vaso, y tras volver a observarlo, lo sacudió apenas, sacando de inmediato la tapa, a la que apoyó, suavemente, a un costado Los ojos de Brizuela se movían para un lado y otro, como si lo que viera fuera multitudinario, y buscara allí una perla.

     Bebió, entonces, del vaso, y se sentó en la balsa. “La habitación de mi padre se había convertido en un laboratorio”, decía Brizuela. “La ventana no se abría desde hacía mucho. Y la luz principal, un lamparón penumbroso, estaba puesta sobre la mesa”.

     Ahora se miraba los pies, pues ahí debía comenzar, según los cálculos, el proceso de metamorfosis. “Todo estaba anotado maniáticamente en unos cuadernos purpúreos”, decía, “cuyos tomos numerados se apilaban en un pequeño estante”.

     Luego lo notaría en las piernas, como si aquello que corría en su interior debiera, de pronto, lanzarse como una mandrágora. Un temblor en sus extremidades provocado por el trepidar de las arterias. Una necesidad insoportable de estirarse los músculos. Sólo tras eso, aun retorciéndose como un abstinente, esperaría el tiempo prudencial, por si los síntomas desaparecían, y por eso tuviera que volver a cero.

     Sentado, y verdaderamente atónito, Flint lo miraba, advirtiendo cierta cosa que parecía salirle a Brizuela: como si lo viera doble. Se paró en sus patas y, alertado pero paulatino, retrocedió hasta ubicarse con los demás. Allí continuó mirándolo, sin pestañeo alguno, contrayéndose. Brizuela parecía atacado por una jauría de perros, sino despellejado y ensartado con ganchos por una manada de pulcros carniceros.

     “Por fortuna”, se dijo Flint, muy lentamente entraba en calma, y su rostro sufriente trastocaba en otro satisfecho, aunque sin retomar del todo la conciencia.

     Brizuela se levantó, achuchado, y extrajo dos frasquitos: uno rojo y otro amarillo. Luego los vertía, alternándolos, dentro del vaso, que temblaba como un trompo antes de perder el equilibrio. Tras una ínfima humareda, “al fin” el vaso se aquietó, pesado por la pócima, lista para ser bebida.

     Brizuela, desde luego, bebió del vaso hasta la última gota. “Compañeros, compañeras”, decía de pronto, excelso, a la vez que cabizbajo, “se ha terminado el whisky”.


     “Y así, cuando en aquel primer anochecer en la isla de Waichai dejamos de imaginar esta historia”, decía Brizuela, (“Oh, de ningún modo, compañero”, lo interrumpía Duizeide, “por favor, no me lo vaya a decir”), “cuando abrimos los ojos y volvimos a ver a nuestros pies las tumbas de los niños salvajes y, sobrecogidos, alzamos la vista al indio que todavía estaba allí, quietísimo, mirando el Faro del Fin del Mundo;

     entonces creímos comprenderlo. Mirando las aves migratorias que giraban todas a un tiempo, él mismo parecía un pájaro perdido de su propia bandada. Mirándolas aterrarse y aprender, según dicen los marinos, el camino de vuelta al norte, él mismo trataba de encontrar una señal que le dijera cómo huir del próximo invierno. Pero no lo conseguía.

     Porque poco después de aquella tarde del naufragio”, continuaba Brizuela, cuando algo (“Un pensamiento, seguro”, dijo Dubín. “Algo que recordó”, dijo Raninqueo) lo frenó de golpe.


     “Es sólo una llamada, muy breve por cierto”, decía Brizuela, cavilando, citando con fidelidad, “al pie de la página 268 del sexto tomo de las obras completas de George L. Bjorgius. Exactamente se trata de catorce palabras; pero le aseguro que, para mí al menos, constituyen el enigma más apasionante de la antigüedad”.

     “Este párrafo me quedó grabado desde entonces, que leí el libro de Murray, Invenciones, que cordialmente me había obsequiado su nieto, quien, tengo por entendido, no cesa en su objetivo de compartirlo. Bien hace, por supuesto”, decía Brizuela, observando el mar, distraídamente, con minuciosidad.

     “Era aquello un juego, al que me había sumergido con entusiasmo, y que hoy recuerdo, después de tantos avatares. Me impactaba eso de “la página 268 del sexto tomo”; “de catorce palabras”: era, en efecto, un enigma, casi un problema matemático, y me aferré, luego, a otra línea suya, donde dice algo así como que “también en un teorema puede haber poesía”.

     “No lo conocí personalmente, pero tuve la oportunidad de hablar por teléfono. Recuerdo que era de noche, hora de la cena, y que él estaba muy hablador; me reconocía, ciertamente, cierto, aunque leve, estado de ebriedad; e insistía, entre tanto, que esa conversación, “bien debía incluirse en una posible compilación de charlas telefónicas”, lo cual me causaba gratísima sorpresa y gracia”.

     “He de escribir, algún día, un libro sobre Pádraig Pearse”, me dijo en un momento, ya sobre el final, al tiempo que se disculpaba, caballerosamente, de no conocer mis libros”, “sin que medien Dios, la Ciencia y el Anarquismo (Oh, y sin “salve”); un “canto del cisne”, “decía Murray, y yo me lo imaginaba entre sorprendido e irritado”. “Como un vampiro”, “dijo luego, aflojando”, “que tras abrir los ojos, remolonea en su ataúd, antes de abrirlo”.

     Luego me pidió, expresamente, si podía enviarle mis libros por correo, a la dirección que, pronto, se ocupaba en decirme. Y me prometía, a su vez, enviarme los suyos. (Ah, qué vergüenza, compañeros, compañeras, siempre me dio eso”, decía Brizuela, poniéndose colorado, “regocijo, sí, y timidez”). Al poco tiempo, recuerdo muy bien, le envié Fado; y más luego, él me envió De pie, entre los relámpagos.

     Ah, de nada hablamos, por cierto, del “enigma de Bjorgius”, sumido yo en una conversación sin parangón.


     Argentino e irlandés, la animadversión de Murray hacia Inglaterra era por partida doble. Apretaba el puño, de huesos durísimos, e invitaba a la pelea”, decía ahora Brizuela, (“como tras saltearse muchas páginas, bruscamente”, se dijo a sí mismo Schierloh).

     “Argentina e Irlanda (Oh, qué dúo), mucho más Irlanda que Argentina”, decía Brizuela, “que también tiene en su legajo genocidios y guerras imperialistas, aún son víctimas precoces del otrora poderío inglés.

     Sin embargo, eso nunca significó en Murray una postura estricta y permanente hacia todo lo proveniente de aquel país. Su reacción, “al fin”, era por políticas gubernamentales, invasivas y apropiadoras. (Nada que acá no sepamos ni nos pase inadvertido, enfáticamente).

     Es en el arte, por ende, donde están a quienes admiraba. “Un inglés que se salva”, dijo de Chesterton, en nombre, seguramente, de otros y otras, como Byron, Dickens, Mary Shelley. Los ejemplos se extienden y son variopintos.

     Un lugar, el arte, al que Murray perteneció aún en tiempos de rigidez, cuando la militancia política lo requería. Poesías, relatos, collages, fotografías, merecen, por lo que sé, una “obra completa”.

     De lo más cotidiano, y de lo más enroscado y turbio”, decía Brizuela, emocionado, “Murray sacaba a relucir todas esas cosas, como un mago de extraña ternura.


     Su obra periodística y la revisionista”, continuaba Brizuela, algo más serio, “en modo alguno eran ajenas a la creación artística, y también están libres de la letra apática y sumisa, a pesar de, algunas veces, tocar temas contradictorios.

     En esos casos (el diseño de tapa de Pro y contra de Sarmiento, por ejemplo), incluso en el libro sobre Noble, se las ingeniaba y ponía su veta.

     En tal sentido, es encomiable en Murray que su arte sobrellevara imposiciones y marchara por fortuna a su antojo. Eso era esencial para quien, como bien se dijo, “tenía importantes incrustaciones anarquistas”. Ya lo sabía el mismo, cuando publicaba sus textos en La Protesta, poco antes de la asunción de Perón.

     Después de todo, Murray era cercano al anarquismo de Barret, Antillí y Pacheco, también artistas, y no al de Abad de Santillán. Aunque se permitiera, más a pecho que estos, pero sin exageraciones, fantasear, y no tanto supeditarse a la realidad distópica.

     Por ese entonces, Murray creó un monstruo de sangre; una revolución exitosa de animales; una venganza súbita de la ciudad, con sus calles y casas como tentáculos.

     Y pronto se puso cerca, también, del “anarquismo” de Borges. Por lo que decía, desde luego, pero más por su postura ante el mundo, como si aquel hubiera llegado de otro planeta.

     “El más urgente de los problemas de nuestra época es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”, dijo Borges, y no parece haber manera de graficarlo mejor.

     También dijo, “Yo querría un mínimo de Estado y un máximo de individuo”. Algo a lo que Murray volvería, en unas de sus mejores líneas”:

     “El 3 de mayo de 1916, lo ejecutaron los ingleses bajo la doble inculpación (ciertamente probada) de que había mandado a los rebeldes y presidido el más efímero y poético y noble de los gobiernos”.

     Pero este acercamiento a Borges, dado los acontecimientos venideros, y cierto empalagamiento de este por lo inglés, habría sido una seria paradoja en Murray, de resultados duros y autoflagelantes, de no ser por el humor.

     (Dicho sea, con el que tan bien condimentaba. Mejor, seguro, que el esfumado Marcelo Ortúzar, el protagonista de su cuento El mago pluscuamperfecto).

     Y es en Eruditos, relato corregido y mejorado, tan sensible hoy, tan fervoroso, por entonces, en 1986, tratándose aquí de Maradona, donde se produce la transformación de Borges a Bjorgius”.

     “Hay algo familiar en Borges”, decía Murray, de pronto aparecido (El relámpago yacía, silenciosamente, amarrado a la balsa), sentado en un rincón. “Quiero decir, si no de sangre, es “político”, como suele decirse. Algo similar me sucede con las hermanas Quesada”.

     “Bueno, “en fin”, dijo Murray, levantando los hombros. Y luego miró a Brizuela y le dijo: “Página 268 del sexto tomo; catorce palabras”, tentándose hasta no poder contener las carcajadas. Y luego, más calmo: “Todo es cierto, compañero”.

     “Y si me permiten”, decía ahora, “me quedaré aquí, con ustedes, hasta las últimas consecuencias”, y volvía a reírse, pero esta vez poniéndose de pie. “Compañeros, compañeras, observen, arrímense”, decía, él mismo arrimándose al Relámpago: “osé traer todo este whisky (¡folaitheach!), y tenemos para rato”.




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