Activos financieros versus activos reproducibles

Con la pandemia de coronavirus la emisión monetaria de Bancos Centrales así como los incrementos de gasto público de la mayor parte de los países del mundo, particularmente los desarrollados, alcanzó niveles bíblicos.


Con la pandemia de coronavirus la emisión monetaria de Bancos Centrales así como los incrementos de gasto público de la mayor parte de los países del mundo, particularmente los desarrollados, alcanzó niveles bíblicos. En los mismos, de una tasa de interés promedio de alrededor del 2% para el primer trimestre del 2020 se pasó a una de 0,5% en el primer trimestre del 2021. Mientras que el déficit presupuestario que promediaba 5% del producto bruto interno (PBI) a inicios del 2020  pasó a un récord del 20% del PBI en la actualidad.

Ante tal magnitud de variación en los balances de las principales autoridades monetarias y gobiernos del planeta rápidamente surgen temores de inflación, tanto en activos financieros como en bienes y servicios de la economía real. Veamos tres diferencias entre ambos que los distinguen en contextos de gran emisión monetaria y mayor gasto público.

En primer lugar, la mayor parte de los activos financieros a diferencia de los activos reales no son reproducibles. En otras palabras, existe una cantidad dada de los mismos que es independiente de las variaciones de la demanda incluso en el largo plazo (por ejemplo, un aumento de la demanda de acciones de una empresa no induce a esa empresa a emitir más acciones). Por lo tanto un aumento de la emisión monetaria y de la cantidad de dinero en manos de inversores (particulares, corporativos y/o institucionales), dejando todo lo demás constante, lleva inevitablemente a un aumento del precio de los activos que deciden demandar dado que su oferta está fija.

A diferencia de los activos financieros, la oferta de un bien o servicio reproducible está determinada por su demanda. En otras palabras, un aumento del dinero en manos de los consumidores que se canaliza a una mayor demanda de bienes y servicios, induce aumentos en la oferta antes que una suba en los precios. Bajo condiciones particulares y excepcionales, como por ejemplo cuellos de botella persistentes que raramente se observan simultánea y sostenidamente en el largo plazo, este aumento de la demanda puede ser inflacionario.

En segundo lugar, los aumentos de la demanda de un bien o servicio determinado puede inducir la introducción de nuevas tecnologías, maquinarias y mejoras en el proceso productivo que incrementan la productividad y por lo tanto disminuyan el costo relativo de los mismos. En otras palabras, a mayor demanda no solo puede incrementarse la oferta del activo sino también la productividad del fabricante del bien y/o servicio generando una disminución del precio relativo en cuestión.

Finalmente, en la economía real una suba de tasas de interés como respuesta a una mayor inflación puede generar un efecto contrario al esperado. Es decir, en lugar de reducir la tasa de crecimiento de los precios, dicha política puede inducir mayores aumentos de precios dado que la misma forma parte del costo de financiamiento de las empresas y por ende influye en su estructura de costos. En otras palabras, la suba de tasas de interés no necesariamente induce una baja de los precios.

En conclusión, existen diferencias estructurales entre los activos producidos por la economía real y los pertenecientes a los mercados financieros. Su respuesta a alteraciones en la cantidad de dinero, demanda y tasas de interés no es idéntica. Por lo que ambos tienen que ser analizados cuidadosamente a la hora de tomar decisiones de política monetaria y fiscal.


Sobre el Autor


Silvio Guaita. Licenciado en Economía de la Universidad de Buenos Aires, Martillero Público y Corredor Inmobiliario de la Universidad de Morón y Magister en Economía en la Universidad de San Andrés.

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