Afganistán, entre presencias coloniales y transformaciones globales

OPINIÓN. Es posible pensar este repentino interés generalizado por Afganistán como producto de la confluencia de la fascinación por el devenir de Estados Unidos y la sospecha que recae sobre el Islam Político.


Desde la toma de Kabul por parte del movimiento talibán, Afganistán ha pasado a ocupar el centro de la atención internacional. Es posible pensar este repentino interés generalizado como producto de la confluencia de la fascinación por el devenir de Estados Unidos y la sospecha que recae sobre el Islam Político. En este texto intentaré reflexionar en torno a estos temas con un doble objetivo: aportar a la comprensión de un acontecimiento sintomático de las dinámicas globales y regionales, e interpelar a quienes leen para que evitemos participar en la construcción de estereotipos que cancelan la diferencia.

La historia reciente de los Talibán comienza en el contexto de la Guerra Fría. En 1979 la Unión Soviética intercedió en una disputa violenta entre distintas facciones del comunismo afgano colocando al país de Asia Central bajo su influencia. Estados Unidos respondió en alianza con Pakistán y Arabia Saudita financiando, entrenando y armando a los muyahidín, un conjunto de luchadores provenientes de distintas partes del globo que confluyeron en Afganistán para hacer la yihad contra la potencia “atea”. La Unión Soviética se retiró del país asiático en 1989. Para entonces el paisaje político afgano había cambiado por completo: aliados con los “señores de la guerra” y los distintos jefes tribales de las diversas etnias que pueblan Afganistán, los líderes muyahidín habían ganado mucha fuerza política y se habían enredado en una lucha interna que había desintegrado al país. Ante este diagnóstico, un grupo de ex muyahidín más jóvenes y estudiantes de madrasas (escuelas coránicas) pertenecientes a la mayoritaria etnia pashtún decidió intervenir y subsanar la situación. Para esto esbozaron un programa que tenía como objetivos pacificar al país, implantar la sharía (ley islámica) y reunir a los distintos grupos enfrentados en torno al carácter islámico de Afganistán. En 1994 aparecieron en la escena política afgana bajo el nombre de Talibán (estudiantes).

Los Talibán tomaron Kabul por primera vez en 1996. En los 5 años que duró su gobierno los enfrentamientos bélicos por el control de distintos territorios persistieron. Además, el primer gobierno talibán estuvo en el centro de las miradas normativas internacionales debido a prohibiciones civiles que recayeron fundamentalmente sobre mujeres y niños, empeorando una situación social de por sí crítica. Llegó a su fin cuando su líder, el mullah Omar, se negó a entregar a Osama Bin Laden a Estados Unidos. El fundador de Al-Qaeda había sido acusado de ser el autor intelectual del atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, lo que dio inicio a la respuesta de la administración Bush bajo la forma de la Guerra Global contra el Terror. El 7 de octubre de ese año, Estados Unidos, apoyado y acompañado por la OTAN, invadió Afganistán con un doble propósito: derrocar al talibán y desarticular a Al-Qaeda y construir un gobierno democrático que funcionara como aliado.

Bush presidió Estados Unidos hasta el 2009, año en el que asumió Barack Obama quien, a su vez, fue sucedido por Donald Trump en 2017. Las tres administraciones encabezaron las fuerzas militares extranjeras que no cesaron de combatir en Afganistán durante 20 años. Ninguna de las tres logró la pacificación de los territorios invadidos en el marco de la Guerra Global contra el Terror. Aún más, se agregaron nuevos focos de conflicto. En este contexto, tanto la administración Obama como la administración Trump anunciaron el retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán. Sin embargo, ninguna de las dos cumplió su promesa. Lo que sí hizo Trump fue firmar un acuerdo con el Talibán en el que se estipulaba que Estados Unidos y sus aliados debían retirar sus tropas del país asiático para abril de 2021. La encargada de hacerlo fue la administración Biden. Estados Unidos se retiró sin cumplir ninguno de los objetivos que se había propuesto: el talibán ha vuelto a tomar Kabul, no solo Al-Qaeda no desapareció sino que se sumó la presencia del Daesh en el territorio afgano, y tanto el gobierno como el ejército nacional afgano se desintegraron muy pocos días después de la retirada. Por su parte, el Talibán ha anunciado en su primera conferencia de prensa luego de la toma de Kabul que la democracia liberal no está en su programa y que construirá un sistema político islámico en consonancia con el carácter tradicional de Afganistán.

Este proceso se dio en el contexto de importantes cambios a nivel global, el más visible de los cuales es el ascenso de China. Esto ha llevado a la pregunta por la salud del orden liberal internacional que, de acuerdo con sus más acérrimos defensores, está caracterizado por una serie de instituciones revestidas de carácter moral que han venido a ocupar el lugar de lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello: economía de mercado, democracia liberal y el individuo como sujeto político central.

El Talibán es un movimiento político islámico y, a los ojos del discurso orientalista que nos atraviesa, la segunda característica lo convierte en sospechoso. De allí la necesidad de escudriñarlo y de hacerlo confesar. El orientalismo fue definido por Edward Said como un discurso que construye una verdad sobre qué es Oriente y, a través de esta, construye a los orientales como otros (extraños y extranjeros) y a Occidente (nosotros) como identidad deseable. Este discurso ha sostenido históricamente las políticas de colonización de Oriente por parte de las distintas potencias occidentales. Sin esa construcción de los orientales como bárbaros, atrasados, autoritarios, fanáticos, terroristas, opresores, no hubiera sido posible la continua intervención de Occidente sobre Oriente.

El Islam ha sido uno de los ejes en torno al cual se irguió esta política identitaria que se presentó con más fuerza desde los atentados del 2001 y se sostuvo sobre la equiparación de este con el terrorismo y el autoritarismo. A partir de entonces, palabras como yihad y fundamentalismo han pasado a ser parte de nuestras conversaciones cotidianas e imágenes de varones barbudos con turbantes y fusiles pueblan nuestras pantallas. En este contexto, la mujer musulmana ha pasado a ocupar un lugar estratégico. Ella ha sido construida como la síntesis de toda esta negatividad, la víctima absoluta sobre la cual recae la opresión islamista. Silenciadas, incapaces de representarse a sí mismas, estas mujeres precisan ser representadas, que levantemos nuestra voz por ellas. De esta manera, se las despoja de agencia y se las convierte en una masa uniforme de personas obligadas a vestirse y a actuar de una manera contraria a sus deseos y convicciones íntimas e individuales.

Este discurso colonial y la experiencia del gobierno talibán durante la década del 90’ del siglo pasado confluyeron para que, una vez más, las mujeres afganas fueran homogeneizadas y despojadas de su voz. Nosotros hablamos por ellas, los Talibán también lo hacen. ¿Qué dicen estos últimos al respecto? Hasta el momento he hecho hincapié en el carácter islámico del movimiento y en sus efectos sobre la mirada occidentalista. El hecho de que también sea un movimiento político implica que, además de sus valores islámicos y de aquellos derivados de la tradición pashtún, los Talibán estén atados a las circunstancias internacionales, regionales y locales. Deben ahora gobernar un país que necesita ingresos y que, hasta que no pueda obtenerlos de manera autónoma, seguirá dependiendo de la ayuda internacional que, por lo tanto, debe asegurar. Además, se trata de un movimiento heterogéneo con distintas líneas (religiosas, políticas, militares) que se disputan a su interior.

La estabilidad y la seguridad de Afganistán son dos factores fundamentales para recibir inversiones. El Talibán deberá asegurarlos y, de acuerdo a lo que manifestaron en la conferencia de prensa que dieron luego de la conquista de Kabul, también están interesados en hacerlo. Para esto deberán mantener a raya o desarticular a los distintos grupos yihadistas que se han asentado en su territorio. Este es un pedido que le han hecho explícitamente distintos países para garantizar inversiones. Es posible que estas necesidades y algún tipo de aprendizaje de su experiencia anterior los hayan conducido a buscar establecer lazos con distintos actores de la política afgana como el ex presidente Hamid Karzai, parte de la élite vinculada a Occidente. Asimismo, esto podría explicar las declaraciones de los Talibán en referencia a los derechos de mujeres y niños y la libertad de prensa. Haciendo hincapié en que no tienen voluntad de renunciar a los “valores islámicos” por identificarlos como parte fundamental de las normas afganas, en la mencionada conferencia de prensa expresaron que las mujeres tendrían derecho a trabajar y a estudiar, aunque siempre en el marco de lo que consideran principios islámicos: una combinación de una interpretación rígida de El Corán y la Sunna y ciertas tradiciones pashtún.

A menos de una semana de la toma de Kabul por parte de los Talibán, aventurarse a una respuesta definitiva sobre cuál será el rumbo que tomen es apresurado. Hay señales tanto de que el nuevo gobierno afgano será una reedición del anterior como de que ciertas alianzas ya han comenzado a efectuar transformaciones. Las formas más definitivas del lugar que Afganistán ocupe en el mundo terminarán de vislumbrarse una vez que se determine un gobierno en el país de Asia Central. Esto dependerá de las reacciones y presiones internacionales, regionales, locales y de la propia relación de fuerzas al interior del movimiento.

Lo que sucede en Afganistán es de suma importancia y, en ese sentido, es de celebrarse el interés que ha despertado. Sin embargo, es preciso prestar atención a los objetivos del mismo. Si el interés deriva de la necesidad de normalizar, se señala la diferencia en el otro como un rasgo negativo y, por lo tanto, a extirpar. En cambio, si este proviene de la vocación por comprender, esa diferencia es ubicada al interior de un proceso histórico que es resultado de la combinación de factores globales, regionales y locales. Este último objetivo nos permite enfocarnos en las dinámicas propias de cada uno de estos niveles y detectar cómo estos se vinculan de manera no lineal ni unidireccional. Nos permite, en fin, poder mirar con otros ojos a pueblos que, como el nuestro, están atravesados por relaciones coloniales que combinan modernidad y violencia, progreso y saqueo, desarrollo y extracción.

Reconocernos en ese otro a través de su comprensión nos permite, asimismo, repensarnos a nosotros mismos y a nuestra historia. 


Sobre la autora

Mariela Cuadro es Doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de La Plata y Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Profesora-Investigadora CONICET/UNSAM. Directora de la Licenciatura en Relaciones Internacionales, Instituto de Investigaciones Políticas - Escuela de Política y Gobierno Universidad Nacional de San Martín. 

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