Afganistán y la retirada que no fue

OPINIÓN. Las conversaciones entre EEUU y el talibán duraron aproximadamente tres años y concluyeron en 2020 con el Acuerdo de Doha. ¿Qué se negoció?


La administración Biden había anunciado que completaría su partida de Afganistán este 31 de agosto, pero el acelerado avance talibán precipitó la caída del gobierno local y sentó las bases para lo que devino en una toma del poder antes de lo previsto. Estados Unidos, por su parte, tuvo que cambiar sus planes de repliegue por una desesperada operación de huida, dejando algunas dudas sobre su estrategia original para salir del país.


Los meses previos

Según declaró para Defense One el último secretario de Defensa del ex presidente Trump, Chris Miller, la anterior administración estadounidense había negociado con el Talibán el retiro formal de tropas de Afganistán, pero también contemplaba la permanencia de algunos contingentes militares destinados a operaciones de contrainsurgencia/contraterrorismo. Las “verdaderas intenciones” de Trump eran, además, “convencer al presidente afgano de renunciar [y ceder el poder a otro miembro del gobierno] o aceptar un amargo reparto de poder” con los talibán.  

La acotada presencia de Estados Unidos en el país (de unos 800 soldados, tal como pudo corroborar Defense One con otros funcionarios de la Casa Blanca) sería posible luego de la formación de un nuevo gobierno afgano con mayoría talibán, aunque con representación de fuerzas aliadas.

Aunque poco realista, tiene sentido que la estrategia estadounidense estuviera enfocada en sacar el grueso de su andamiaje militar del terreno de la manera más segura posible, en el marco de un gobierno de transición no hostil.

Según su propio relato, el ex jefe del Pentágono viajó a Afganistán a fines del 2020 y se reunió con el entonces presidente Ashraf Ghani, quien lo recibió con agradecimiento. Pero quien pudo mostrarle un panorama más claro de lo que sucedía en el país fue el entonces vicepresidente y experto en inteligencia, Amrullah Saleh. "Entró y solo habló sobre la amenaza", dijo Miller. “Básicamente, el mensaje fue: 'Esto va a ser malo. Y si esto sucede, al Qaeda volverá”. No se habló de estrategia ni de lo que se suponía sería el temario de la siguiente reunión. “No habría sido apropiado preguntar '¿Su ejército se va a derrumbar?' Pero, por supuesto, todos estábamos pensando eso", concluyó Miller.

La posterior llegada al poder de Biden, el recambio en el equipo negociador y, posiblemente, diferencias relacionadas a los propósitos no públicos de Estados Unidos para seguir teniendo influencia en el país agudizaron la hostilidad entre los actores. La correlación de fuerzas cada vez más adversa terminó debilitando enormemente la autoridad de EEUU en un territorio que ya había comenzado a ceder en favor del control talibán.


La negociación

Las conversaciones entre Estados Unidos y el talibán duraron aproximadamente tres años y concluyeron en 2020 con el Acuerdo de Doha.

¿Qué se negoció? La versión oficial de la Casa Blanca cuenta que Estados Unidos se comprometió a retirar sus tropas de Afganistán a través de un proceso "seguro y ordenado”, lo que nunca quedó demasiado claro es ‘a cambio de qué’. No resulta probable que Estados Unidos decidiera desaparecer completamente de un país tan estratégico solo con la promesa talibán de no aliarse con al Qaeda e Isis, menos aún si se considera que el pacto fue sellado con el movimiento extremista y no con el presidente Ghani, quien demostró tener un poder de decisión limitado. Por otra parte, es difícil de creer que el Talibán haya pactado con Estados Unidos la continuidad del gobierno de Ghani tal y como estaba conformado al momento del acuerdo.

Todo indica que el avance talibán era considerado por las administraciones tanto de Trump como de Biden, y no solo porque el territorio quedaría dispuesto para este escenario después de la retirada, sino también porque Washington aceptaría que el movimiento extremista controlara, al menos, una cuota de poder luego de su partida.

Luego vienen los fallidos informes de inteligencia que presuntamente no contemplaron un avance tan fluido del talibán a través del país, la sobreestimación del gobierno aliado y el rechazo de los insurgentes empoderados hacia cualquier tipo de injerencia estadounidense.


Los “colaboradores”

El New York Times advirtió el pasado 24 de julio que el proyecto de retirada de tropas anunciado por Biden no necesariamente implicaría el fin absoluto de su presencia en Afganistán. “En lugar de tropas declaradas (...) Estados Unidos probablemente dependerá de una oscura combinación de fuerzas de Operaciones Especiales clandestinas, contratistas del Pentágono y agentes de inteligencia encubiertos para encontrar y atacar las amenazas más peligrosas de Al Qaeda o el Estado Islámico, dijeron funcionarios estadounidenses actuales y anteriores”.

Este tipo de misiones encubiertas operaban de forma generalizada en el país como parte fundamental de la estrategia de ocupación que comenzó en 2001. Tal como informa el reconocido periodista Pepe Escobar, una fuente cercana al Ministerio del Interior confirmó que los talibán habían accedido a la lista completa de miembros de los dos principales esquemas operativos de la CIA-Pentágono: la Fuerza de Protección Khost (KPF) y la Dirección Nacional de Seguridad (NDS), cuyo número en 2018 oscilaba los 10.000 milicianos.

Para entender sobre las actividades de este verdadero “ejército en las sombras” entrenado y armado por Estados Unidos, vale citar un reporte emitido en 2019 por la UNAMA (Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán). Este reconoció que había informes continuos de que la KPF y la NDS, señaladas como “fuerzas pro gubernamentales", cometían abusos contra los derechos humanos, tortura, malos tratos, aprehensiones ilegales y arbitrarias en centros de detención propios.

Si Estados Unidos había proyectado dar un rol activo a su agencia de inteligencia en una etapa post retirada utilizando a algunos de sus empleados locales está claro que tal cosa no ocurrirá.


Las contratistas

A principios de este año las empresas que tenían contratos con el Departamento de Defensa de Estados Unidos y operaban en Afganistán ascendían a 18.000.

 Si bien el Gral. McKenzie, jefe del CENTCOM (Comando Central de Estados Unidos) había anunciado que la partida de los militares estaría acompañada por todas las contratistas, muchos de sus CEOs parecieron no haberse percatado de la noticia. Curiosamente, pasado el anuncio de retirada hecho por Biden “70 empresas estadounidenses de defensa comenzaron a anunciar más de 100 nuevos puestos en seguridad e inteligencia, algunos con contratos anuales que van más allá del 11 de septiembre de 2021”, indicó una investigación de la revista New York Mag. La empresa Triple Canopy, “la versión más reciente de las famosas contratistas militares privadas de Blackwater y Erik Prince, está empleando guardias armados en Bagram para brindar seguridad al personal estadounidense en cuatro sitios de todo el país. Raytheon Technologies ofrece puestos de analista en logística e inteligencia en Bagram. Fluor Corporation está incorporando técnicos para trabajos con el Estado y con el sector privado. Louis Berger, que construyó y mantiene la planta de energía más grande del país dentro de Bagram, está publicando más de 20 nuevos puestos en la base".

Resulta improbable que los altos ejecutivos de estas grandes multinacionales de la guerra no tuvieran “buena información” al momento de lanzarse sobre negocios tan lucrativos. Parece más lógico suponer que Estados Unidos, al contrario de lo que anunciaban sus voceros oficiales, también planeaba continuar en Afganistán a través de sus empresas privadas.


Sobre la autora

Ale Loucau es Periodista de política internacional.

Diarios Argentinos