Algo distinto a todo

Por: Pablo Pizzorno

Es difícil no coincidir con los recientes análisis que destacan el anuncio de la candidatura de Alberto Fernández como un gesto de moderación de CFK. Imposible no verlo como una decisión orientada a la ampliación de la base de sustentación política, que en los últimos tres turnos electorales mostró al kirchnerismo amesetado en torno a un tercio del electorado. Si se amplía el muestreo, en cuatro de las últimas cinco elecciones -con la abrumadora excepción de 2011-, el FPV fue derrotado por otra fuerza política.

Lo novedoso del anuncio del sábado no fue que CFK registrara estas limitaciones. Por el contrario, como ya se señaló en estas líneas, la ex presidenta venía ensayando su faceta “herbívora”desde el año pasado, cuando alejó el fantasma de default y se mostró empática con la crisis que atraviesa el empresariado nacional. Lejos de la caricatura radicalizada que azuzaron sus rivales -y algún que otro aliado-, CFK orientó su discurso a la disputa de las frustradas credenciales de prosperidad capitalista de Cambiemos. La cruzada del orden contra el caos, en versión “Sinceramente”, reactualizó así un registro moderado que siempre predominó en sus discursos de candidata y que, en las legislativas de 2017,halló su síntesis en el famoso “le desorganizaron la vida a la gente”. El nuevo “contrato social de ciudadanía responsable”de la Feria del Libro, en tanto, recordó al “pacto social” de su primera campaña presidencial allá por 2007.

El video del anuncio también entregó claras señales de las dificultades que avecinan a un eventual nuevo gobierno a partir del 10 de diciembre. La mención a que “aquello por lo que se convoca a la sociedad pueda ser cumplido” deja entrever el estrecho margen de maniobra de una gestión que, sumida en la restricción externa, afrontará los cuantiosos vencimientos de la deuda emitida por Cambiemos y los vaivenes a la baja del precio internacional de la soja. La turbulencia comercial entre Estados Unidos y China, precisamente, forma parte de “un mundo que ha mutado para mal, especialmente Latinoamérica”. Se sabe: el tablero regional está lejos del apogeo del ciclo progresista que acompañó a los gobiernos kirchneristas.

Las restricciones económicas y geopolíticas generan las condiciones, parece intuir CFK, para un tipo de liderazgo más cercano a la gris administración de los matices que a la épica profundizadora. Allí surge la figura de Alberto, quien hasta hace poco no hubiera superado el test de la blancura de las minorías intensas y sus exégetas que, hay que decirlo, no sólo florecen en el kirchnerismo. Es curiosa, en ese sentido, la dinámica de la relación de CFK con su base de seguidores. Después de la derrota de la 125, la entonces presidenta se recompuso políticamente con medidas audaces como la reestatización de las AFJP (2008) y la Asignación Universal por Hijo (2009), que al momento de su sanción no contaron con el refuerzo narrativo e identitario que estaban ayudando a parir. El kirchnerismo tal como lo conocemos es hijo de esas y otras medidas que, tras la muerte de Néstor y el 54% de 2011, dieron una recepción muy diferente a la última de aquellas gestas que fue la reestatización de YPF en 2012.

Paradójicamente, así como CFK se colocó entonces por delante de un tipo de militancia oficialista más orientado a blindar o celebrar al gobierno que a proponerle cursos de acción, su anuncio del sábado fue mucho más compresivo del aislamiento que la inercia beligerante sedimentó últimamente en el kirchnerismo como identidad política.

Con su movimiento, CFK desautorizó el entusiasmo autocomplaciente que descansaba en que “ella le gana” a Macri, pero tampoco dio el paso al costado que le reclamaban con arrogancia quienes no hacen un atisbo de sombra a su liderazgo. Seguramente su propuesta no estará exenta de tensiones en una eventual administración. Ya Maquiavelo, hace cinco siglos, se refirió a las dificultades que tienen aquellos príncipes que acceden al poder gracias a las virtudes de otro (u otra). Sin embargo, la trayectoria reciente de Alberto contribuye a desterrar la idea de un mero delegado, mientras que la premura del anuncio, un mes antes del cierre de listas, alimenta la expectativa de un acuerdo más amplio que tiene a Sergio Massa como principal destinatario.

La movida hizo mella en el resto de la oposición no kirchnerista, que sufrió el guiño de la mayoría de los gobernadores al flamante candidato. Roberto Lavagna abandonó sus devaneos y finalmente anunció su postulación presidencial, aunque algunos de sus colaboradores se mostraron más interesados en celebrar las novedades del mapa político. Mientras tanto, en la Ciudad de Buenos Aires, recobró fuerza la figura de Matías Lammens como posible candidato a jefe de Gobierno de una oposición unificada. Sus impulsores no olvidan el spoiler de CFK en la Feria del Libro, cuando adelantó que ya era hora de “construir algo realmente distinto, algo distinto a todo”.


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