¿Alguna invitación a pensar el futuro?

Por: Carlos Leyba

La década que comenzó en 2011 – en el primer gobierno de CFK – y que continuó Mauricio Macri, culminará con el primer año en la Casa Rosada de Alberto Fernández.

La década la habrán completado cinco años de kirchnerismo fuerte, fundacionales de la grieta política, con un discurso industrialista y distribucionista que quedó sólo en las palabras; cuatro años de CEOs e impronta liberal, negadora de la política, que profundizó la desindustralización como programa y la grieta como herramienta política. Con Macri culminó con el mayor desbarajuste inflacionario de tres décadas y una profundización de la pobreza mas allá de las estadísticas.

Al igual que quien lo precedió, el gobierno de Macri fue paradigma de la estanflación: logró deprimir la economía con el propósito de abatir la inflación y produjo la tasa más alta de inflación en décadas.

Alberto Fernández, ungido gracias a la decisión de CFK, tiene que lograr el mejor final para esta década y – por lo tanto – el mejor comienzo posible de la próxima.

Este año 2020 terminará una década. Y a pesar del cambio de visión que, sobre la economía y la sociedad, expone el nuevo gobierno - dado que las cartas están jugadas - poco podrá contribuir, en términos de crecimiento, a mejorar un promedio decenal que será básicamente pobre: uno de estancamiento en el nivel del PBI, de retroceso en el Ingreso Nacional y consecuentemente de empobrecimiento colectivo.

Terminar esta década de la mejor manera, es condición necesaria – aunque no suficiente - para poder comenzar la próxima con verdaderas expectativas de progreso social.

Un elemento central para poder cerrar “este nuevo fracaso de 10 años” debe ser, sin lugar a dudas, el mayor compromiso de todas las fuerzas políticas y sociales con el futuro.

¿En qué consiste “cerrar” un fracaso? Haré un atrevido ejercicio de simplificación. Veamos.

Existe un diagnóstico – y aquí pienso en el fracaso como problema y no como accidente – del “fracaso” (en mis términos) basado en el pasado. De ahí proviene ese algo que nos ha marcado y que torna, a nuestro presente, problemático.

También hay otras aproximaciones al “fracaso” como problema. Una de ellas tiene que ver en cómo están planteadas las relaciones entre todos los componentes o miembros del sistema que “nos fracasa” o nos problematiza.

Y una tercera – la que más me preocupa – es la que tiene que ver no ya con la influencia deletérea del pasado que ha constituido nuestra osamenta espiritual, ni con la red de influencias, también deletéreas, que permanecen en nuestra vida como hilos de una ropa mal cosida que nos tira de tal manera que nos hace estar siempre incómodos, mal parados en la vida. Esa tercera es el futuro.

El pasado se hace presente en la memoria consciente o inconsciente, las relaciones en el sistema – los hilos bien o mal cosidos – nos colocan o descolocan en el presente. Pero el futuro es lo que deseamos y de lo que nunca somos demasiado conscientes es que es exactamente lo que ya estamos haciendo. Y si no lo hemos proyectado, diagramado, soñado, elegido, se convierte en una puerta giratoria de la que nunca alcanzamos a salir.

La puerta giratoria, El día de la Marmota, es el retorno de los mismos fracasos, los mismos problemas.

En la Argentina, acerca del pasado, no hay manera de ponernos de acuerdo. Para algunos de nosotros resulta inexplicable esa discordia. Pero hasta la historia más lejana de lo que ha pasado en nuestro territorio es materia de encarnizado debate. Tal vez no tanto por discutir sobre “los hechos” sino por las interpretaciones de los mismos. Y no es que con el tiempo la belicosidad de las interpretaciones se aplaca, sino que “los odios se hacen mas intensos cuando se añejan”.

Cuando Cristina Fernández lo sacó a escobazos a Cristóbal Colón no pude darle crédito a lo que veía. Usted me entiende.

En la Argentina hay muchos habitantes que son 100% inmigrantes, viejos o nuevos, de primera generación como Mauricio Macri, Sergio Massa o Daniel Scioli o de generaciones lejanas como por ejemplo los que hubiere como descendientes de Carlos Pellegrini; y otros muy numerosos que son hijos de los conquistadores, de los colonizadores y de la mestización con los pueblos aborígenes y – por supuesto – descendientes puros de aborígenes y también aquellos que permanecen en su condición de pueblos originarios.

Más o menos la mitad de los actuales habitantes – según estudios de la UBA – llevan sangre aborigen. Somos todo eso. Y somos, hemos heredado, todo lo que hicieron los que aquí habitaban y los que llegaron para quedarse. Y de ahí hasta acá.

Las estadísticas dicen mucho sobre el pasado. Las manipulaciones de las estadísticas traducen caprichosamente las cosas de 100 años atrás y las de hace muy poco. “Todo es según el color del cristal con que se mira”. No hay manera que nos pongamos de acuerdo acerca del pasado. Discutimos hoy sobre Colón.

Es evidente que la política debería comprometerse a un encuentro de diálogo en el que el pasado quede fuera de la mesa. Ya está. Estamos aquí y ahora. Cada uno cree que viene de un lugar diferente. Pero nadie debería dudar que estamos acá.

Recorrer el presente sin debatir sobre el origen puede que sea un conocimiento escaso o trunco. Pero es la única manera en que lo podemos recorrer y certificar conjuntamente.

No debatir el pasado puede ser la condición que nos permita analizar con mayor precisión el presente. Un primer compromiso de una mesa de diálogo.

La segunda cuestión que mencioné es la de las relaciones en el sistema. Hay profundas discrepancias sobre las relaciones y funciones de todas y cada una de las estructuras de la sociedad presente. Las responsabilidades de las relaciones en aquello que es común, que es el fracaso, porque los éxitos – en una sociedad que fracasa – están extremadamente individualizados, apropiados, personalizados.

Esas relaciones son las que se establecen entre los actores sociales de la vida cotidiana, oficialistas y opositores, sindicalistas y empresarios, comunicadores, intelectuales, la vida de las universidades, los educadores, las organizaciones religiosas, etc.

Es una trama, una red inevitable que existe sin que nadie se lo proponga, la mera existencia de cada uno la establece. Esa red – sin proponérselo – puede ser un sostén de los avances o los retrocesos colectivos o bien puede ser una trama de tensiones paralizantes.

No es difícil entender que el modo de relación de distintos actores sociales, en nuestra historia reciente, ha sido y es, una componente del fracaso.

Se ha dicho en el análisis comparativo, respecto de la reciente crisis social en Chile y las sorprendentes manifestaciones callejeras, que los sistemas de representación en nuestro país neutralizaban la violencia callejera. Es verdad. Hay vehículos de representación en nuestra sociedad. Pero todos y cada uno de ellos carecen de la posibilidad de entendimiento toda vez que lo que los gobierna es el pasado y tal vez el presente; y ambos campos son ámbitos de disputa, no de acuerdo.

Y no es sencillo lograr ese entendimiento y si no lo hay – por más legitima representación que se procure – entonces la relación es paralizante.

La versión más cara de esa acción paralizante es la permanente disputa entre el sindicalismo docente, los distintos gobiernos y la reducción de los días de clase.

Una corriente de la terapia sostiene, perdone la simplificación, que la “depresión” – como enfermedad paralizante – deriva de la ausencia de proyecto.

Es decir, de la ausencia de deseo, sueño, proyección, de programa del futuro. Que la Argentina carece de un proyecto de futuro no hay la menor duda. Una sociedad consumida por el presente y atormentada por el pasado. Al decir de Jorge Manrique aplica aquello de “Da dolor /Cómo a nuestro parecer/Cualquiera tiempo pasado/Fue mejor”.

 Los partidos y los políticos, ni siquiera se han tomado el trabajo de garabatearlo a los efectos del marketing. Les ha bastado mencionar las indudables lacras del presente y por supuesto batir el parche de las responsabilidades ajenas del pasado.

Pero a ninguno – sin excepción – se le ha asomado una mirada más allá de las hojas del calendario del presente. El discurso es “después”.

Dentro de todo es una feliz coincidencia: no es mala noticia encontrarse con una hoja en blanco. Con la excepción de los sectores de izquierda económica y social que postulan el socialismo, que implica la estatización de todas las empresas de alguna magnitud, cuestión que daría lugar a una conmoción y con ella un futuro radicalmente diferente a la mera continuidad del pasado.

El resto, aún los “progresistas culturales” de lenguaje más asertivo, realiza un mutis profundo que, sin duda, identifica el abismo al futuro que caracteriza la vida política argentina. Pero no sólo la política sino también el sindicalismo y las organizaciones empresarias. No hay nada más allá de propuestas sectoriales que, de una u otra manera, son propuestas de negocio y de no de futuro colectivo. Es extremadamente riesgoso seguir con la misma cantinela de Domingo Cavallo o Mauricio Macri, los “acuerdos” todos de a uno, sector por sector. Todos sabemos que la suma algebraica tiene términos negativos que tomados de a uno confunden porque a veces restan.

Pero esta ausencia de ideas colectivas, que es en sí un drama, puede ser el elemento central que evite una tragedia si juntos tratamos de llenar las hojas en blanco.

Elemento central porque bien puede ser que si las condiciones de la mesa de diálogo son las de evitar el pasado y las de no debatir las relaciones, sino sólo plantear propuestas de futuro, en ellas podremos lograr un amplio consenso. Esa es la condición necesaria para que el futuro, que es lo que ya estamos haciendo, se encamine con un rumbo y una ruta compartida. Sin rumbo compartido no hay avance posible.

Salir del fracaso, en el que nos ha mantenido esta década que estamos viviendo, es una tarea que requiere que este año 2020 sea el escenario para intentar diseñar un futuro común y por lo tanto las tareas de la próxima década.

Es una década difícil para nuestro país. Vivimos en un desorden de la relación del Sector Público con la actividad privada. Un sector público ineficiente y una actividad privada que, con excepciones, no se destaca por su productividad. Una geografía extremadamente compleja sin un plan maestro que la articule. Y en ese marco una pobreza estructural centrada en la infancia, una declinación de la inversión productiva que se manifiesta en la enorme ocupación en el sector servicios y cuya consecuencia es un permanente déficit externo agravado por la fuga del ahorro nacional. Es un desafío extraordinario. No hay fuerza política que aislada de los demás pueda enfrentar con éxito ese desafío y menos sin un programa guía. El año 2020 es el de esa tarea común.

Pero además se presenta una década que se las trae según parece. Veamos.

En Davos el Foro Económico Mundial – la agrupación de ricos y poderosos – debatirá azuzado por la evidente desigualdad estructural de la riqueza que está haciendo tambalear las organizaciones económicas más sólidas del planeta. La preocupación comienza con la necesidad de encontrar el modo de incentivar las inversiones sin acentuar la desigualdad. El capitalismo se ha complicado.

En ese marco uno de los problemas que se debatirán es acerca de cómo pensar, en las Corporaciones, el largo plazo. Es que, por ejemplo, los Balances registran las ganancias trimestrales y ese modo de información genera el objetivo de ganar a corto plazo. Se cae de maduro. Hay una contradicción. También ahí el largo plazo es mandatorio.

El largo plazo no se mide en el Balance corporativo. Obviamente las consideraciones acerca de la rentabilidad a largo plazo inducen a pensar en un concepto más abarcativo de rentabilidad, incluyen la social (y aquí viene la desigualdad, el desempleo) y la ambiental (la salud del planeta y los insumos y productos que la deterioran.

Como verá apenas metemos el largo plazo en el pensamiento aparecen todas las dimensiones. Se hace evidente porqué hay una tendencia a no debatir el largo plazo.  Y a no generar los instrumentos informativos que obligan a pensar en él. “Yo no sabía” es la mejor excusa. El largo plazo exige información.

Unida a esta hay una segunda cuestión vinculada a Davos, las Corporaciones crecen mediante la compra de otras y no necesariamente por el aumento de las inversiones y de la productividad. La concentración, y el poder de lobby, están creciendo más que la productividad. Y eso no es una buena noticia para el potencial de crecimiento.

También, en las economías nacionales, las cuentas del PBI son las que anotician del crecimiento. Pero, sin duda, esa cuenta no mide adecuadamente el bienestar porque no mide los costos sociales o ambientales de ese u otro crecimiento. No hay manera de salir de ese entrevero sin una visión de largo plazo. La Argentina en los últimos años bebió de la miel de los precios de la soja. El súper viento de cola. Así como sopló dejo de sopar.

Y ahora – desde Cristina a Mauricio y de Mauricio a Alberto – hay la espera de un géiser de progreso surgido de las entrañas de la tierra: Vaca Muerta, Litio y todos los proyectos mineros. Sin lugar a dudas son recursos. Pero hay que hacer bien la cuenta: la del largo plazo. De eso hablamos cuando hablamos seriamente del futuro en lo que podemos y debemos coincidir para que exista. No se trata de atarse a una chalupa que navega impulsada por el viento de la oportunidad. Ya nos pasó.

Pero los años que vienen no parecen fáciles en el planeta. Para algunos analistas la década mundial que terminará será una "década perdida". Pero el crecimiento promedio será 3% anual. Algo que para nosotros habría sido un lujo.

Sin embargo, en nuestra vecindad vimos la declinación del grupo BRIC que pretendía la construcción de otra geopolítica económica al amparo del crecimiento del precio de las commodities. También la Unión Europea pasó una mala década.

Si la próxima década no tiene el impulso de las commodities – que nadie considera probable - necesitará un salto de la productividad.

Ahora hay mucha expectativa internacional en África e India, que ocupen el lugar que en los años que pasaron tuvo la expansión china y por la “chimérica” que generó el déficit comercial estadounidense y el poderío financiero chino.

Pero nada en el horizonte permite despejar el problema de la desigualdad a nivel mundial, en cada uno de los paises, la directora del FMI Kristalina Georgieva – que en los próximos días asistirá a un seminario en el Vaticano – dijo: "La desigualdad carcome los cimientos de un país, puede alimentar el populismo y la turbulencia". En términos del pensamiento de europa central el “populismo” es el riesgo del fascismo. La desigualdad – expresa Georgieva – aún con crecimiento nos lleva al escenario de los años 20. Nadie quiere volver allí porque aterrizará en los 30.

Pero nuestro escenario no es igual a aquél. Es peor señaló. Tiene hoy los incendios forestales en Australia que nos dan noticia concreta de las consecuencias del cambio climático.

Desigualdad y cambio climático son dos consecuencias del modelo económico dominante. Consecuencias que nadie desea y cuya continuidad es una amenaza global.

Y, además, hablemos de las relaciones entre naciones, ademas de los riesgos de la violencia, tenemos los problemas del comercio internacional, que también son una consecuencia del modelo de la economía real organizado por las Corporaciones y la preocupación de la sobre vida de los Estados. El Brexit y la relación Estados Unidos - China, nos dan noticia de problemas estructurales que pueden afectarnos.

Pensar nuestro largo plazo nos obliga a pensar el largo plazo de los demás. No estamos solos. Giorgieva sostiene que la próxima será una década de incertidumbre global.

En esas condiciones acordar pensar el futuro es la prioridad de los argentinos que, a pesar del viento de cola, sin rumbo, han logrado que nuestra nave solo haya girado en el mismo lugar.

¿Cuándo invitarán generosamente a pensar el futuro común?

 

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