Asignaciones específicas para la cultura: un primer paso necesario

Hace algunos días compartimos, junto a mayoría de las y los involucrados en la producción artística y la promoción cultural, la satisfacción de prorrogar la vigencia del marco normativo mínimo que sostiene el financiamiento público para la producción de las industrias culturales argentinas. La noche tuvo todos los condimentos de las mejores jornadas democráticas, con cientos de militantes del sector cultural cenando de trasnoche en los alrededores del Congreso, felicitándonos por una nueva demostración de la eficiencia política de la movilización popular. Se recuperaron las asignaciones específicas que se habían sentenciado a muerte en el marco del Gobierno de Juntos por el Cambio, más interesado en consolidar un modelo económico que externalice las ganancias del empresariado que en la garantía de los derechos culturales del Pueblo argentino.

Sin embargo, deberíamos evitar que la alegría por esta victoria episódica nos impida seguir poniendo en agenda la precariedad estructural de la gobernanza cultural argentina. Los presupuestos recuperados resultan insuficientes para los desafíos que atañen a la cultura nacional, al tiempo que su garantía no implica necesariamente una asignación criteriosa. Aún resta que se comprenda más ampliamente, tanto a nivel social como en el ámbito de la dirigencia política, la necesidad de que el Estado se vuelva fuerte en el rol que el privado no ocupa: el de soporte de aquellos que precisan incubación. Uno que permita el crecimiento de las vocaciones artísticas y los segmentos preindustriales, para lograr que el mercado absorba más contenidos nacionales, y con mayor representatividad de la diversidad cultural argentina.

Si bien afortunadamente comienzan a ocupar cargos de relevancia en la administración de las políticas culturales representantes de una nueva generación, conscientes de las limitaciones de un sistema centralista y ocupado en la intervención estéril en los sistemas de prestigio digitados desde el poder real y la colonialidad simbólica, la Argentina aún no se ha dado un debate amplio en lo social en torno a para qué se invierte en cultura, y cuáles deberían ser los efectos concretos de esa inversión.

Nuevas agendas comienzan a ocupar con mayor centralidad el espectro público, y la política cultural merece ser problematizada desde estos nuevos enfoques. Por caso, tanto derechos culturales como descolonización son crecientemente utilizados en el plano discursivo, aunque de una forma difusa e inespecífica que dificulta su operatividad. Recuperando la máxima de que la acción es superior a la idea, debemos ocuparnos de las transformaciones reales que dichas miradas suponen, más que en su enunciación a mansalva. En concreto, proponemos que comprendamos que el sujeto último de la política cultural del Estado no debe ser el artista, sino que este —cuyas condiciones deben ser resguardadas de una manera más efectiva que mediante la competencia por el fomento— constituye un medio para el fin último de la promoción cultural: el bien común y la garantía de los derechos vinculados a la cultura. Particularmente, el derecho a la identidad cultural, ya que no hay autoestima nacional desde un legado y una historia que se desconoce.

Desde ese punto, la propia política cultural tiene como desafío decolonial el de promover la posibilidad de pensarnos colectivamente desde un nosotros históricamente posible: dicho de otro modo, acompañar al Pueblo argentino en un proceso de encontrarse a sí mismo y reconocerse. En estos días se cumple el primer siglo del nacimiento de Rodolfo Gunther Kusch, pensador esencial de nuestra tradición filosófica. La pregunta en torno a la condición de Pueblo fue una de las tantas inquietudes que transitó fértilmente, desde la percepción de que habíamos pecado en construir "una Nación sin Pueblo". La promoción cultural solo tiene sentido, en nuestro contexto al menos, si apunta a que colectivamente nos reconozcamos desde ese núcleo ético-mítico compartido. Pensar que con el sostenimiento de las asignaciones la disputa por la cultura está saldada sería tan zonzo como intentar crear en estas tierras "la Europa en América". Una ficción condenada al fracaso.


El autor es docente de la Universidad Nacional de las Artes. Miembro de la Plataforma Federal de Cultura.

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