Before Midnight

El Gobierno se juega mucho más que una elección de medio término en los próximos dos meses. Contrarreloj, deberá garantizar la gobernabilidad hoy para tener alguna oportunidad de romper a futuro el empate hegemónico del orden político y el histórico estancamiento económico de nuestro país.

La derrota simbólica implicada en los resultados de las primarias abiertas simultáneas y obligatorias, que evidentemente nunca estuvo en el radar oficialista, no permite siquiera disputar su interpretación. El camino hacia las elecciones generales se inicia con una fuerza gobernante maltrecha y desorientada, con capital político y discurso menguados. Así, de no brindar una respuesta inmediata, amplia y certera, lejos de revertir el resultado, puede enfrentarse a un efecto cascada que haga más cruda tal derrota.

En otros términos, por su carácter performativo, el traspié electoral de septiembre bien podría ser el anticipo de una derrota catastrofica en las elecciones generales de noviembre. Por tal razón, lo que está en juego en estos dos meses no es un número dado de diputados y senadores nacionales, lo que discutimos de ahora en adelante es la gobernabilidad de los próximos años.

Con relativa sencillez podemos anticipar un escenario fuertemente condicionado al perder mayorías en el Congreso, aliados provinciales emprendiendo nuevos rumbos, gobernadores propios más preocupados por salvar la propia ropa que por bancar al Gobierno y, sobre todo, opositores (no todos, pero buena parte de ellos), medios y empresarios enfrentados al oficialismo apostando a la debacle total.

Es probable que estemos inmersos en una dinámica que torne irreversible la derrota, pero se requiere al menos una estrategia de control de daños. Una estrategia tan efectiva como la desplegada en 2019 por el macrismo luego de perder las PASO. O semejante a la reacción del kirchnerismo luego de la primera vuelta presidencial en 2015, que tampoco alcanzó para evitar la derrota, pero la redujo a su mínima expresión.

Teniendo en consideración, por supuesto, una poco sutil diferencia con aquellas experiencias: el Frente de Todos deberá gobernar los próximos dos años y lidiar luego con los efectos de cualquier despliegue de recursos y acciones, en un contexto de fuertes restricciones macroeconómicas. Límites fiscales, límites políticos.

Básicamente, hablamos de recuperar votos perdidos en los márgenes, galvanizar la base, grandes movilizaciones, consignas épicas, llamar a la participación. Esto requiere construir una narrativa que supone ciertas condiciones de posibilidad.

En palabras de María Esperanza Casullo, construir una narrativa demanda que sea unívoca, que hable uno solo, que quien hable ostente el liderazgo y debe dejar muy en claro cuáles son las amenazas, quién representan esas amenzas y a quiénes podría dañar. A contramano de lo señalado, hoy el oficialismo ofrece narrativas que compiten entre sí y narrativas que enfatizan defectos de los socios de la propia coalición por sobre los defectos y peligros encarnados por el adversario. Para bien y para mal, integrar una coalición conlleva la tentación de poner la responsabilidad de cualquier fracaso en alguien más, una particularidad a la que responsabilizar en nombre del conjunto. La culpa es (d)el otro. Reconfortante, sí, pero un obstáculo para construir  diagnósticos en común y lecturas comprensivas.

“Hay que sistematizar la relación política, no se construye por fuera de las relaciones de poder y legitimidad. Qué paso con los vasos de comunicación con la sociedad, esto fue volar a ciegas”, según los términos de Casullo.

Ahora bien, incluso si se reunieran todas esas condiciones para la construcción de una narrativa, debe considerarse que la base propia es más porosa que la del antikirchnerismo y tampoco hay un mapa claro de los segmentos a los que se podría seducir para ampliar dicha base.

Una narrativa debe pensarse en función de un diagnóstico y una serie de interlocutores. A quiénes dirigir la narrativa y qué decirles es el presupuesto de base. Si las derrotas fueran localizadas, valdría inclinarse por explicaciones localizadas. Pero no ha sido el caso y debemos concluir en explicaciones generales.

Si una mala gestión de la pandemia, la herencia recibida, si la inflacion, si el desempleo, si la erosión de la confianza pública a partir de la exposición del ejercició de privilegios dirigenciales, si el avance global de una derecha radical, si muy moderados o demasiado confrontativos. El gobierno reconoce que se equivocó, pero no es tan seguro que tengan claro en qué ni cuáles son las variables determinantes para “hacer las cosas bien”. Con la multiplicidad y lo inabordable de la realidad también deberá lidiar a velocidad récord.

De igual modo, la línea discursiva del oficialismo en este punto no parece haber encontrado un interlocutor en la sociedad y toda referencia al gobierno de Macri y su herencia oficia más como una respuesta al discurso opositor. Es reactivo, suele aparecer detrás de la inicitiva opositora.

Finalmente, también es necesario preguntar cómo se sostiene esa narrativa sin experiencias inmediatas de vida que la validen. Los años dorados del kirchnerismo quedaron muy atrás y el recuedo del marasmo macrista ha sido endulzado por la debacle económica más cercana que dejan a su paso la pandemia y las restricciones aplicadas en inicio por la gestión de Alberto. La recuperación de varios indicadores está lejos de llegar a los bolsillos de las mayorías y “poner dinero en el bolsillo de la gente” es, en lo inmediato, contradictorio con la demanda también mayoritaria de desacelerar la marcha inflacionaria.

A menos que el equipo económico encuentre la cuadratura del círculo, estarán obligados a elegir entre ofrecer distribuión inmediata con riesgo de mayor inflación o la promesa de una estabilidad macroenómica a mediano plazo que sea el punto de partida para un desarollo sostenible e inclusivo. Dos meses para brindar recursos que atiendan la emergencia con riesgo de entrar en una espiral que se los devore a corto plazo o, bien, para instalar una epopeya de la sobriedad y el equilibrio. Aunque somos dados a la innovación y a la fuerza acontecimental de la política, no parece verosímil una variante que sintetice estos polos. Vaya, no obstante, nuestro más sincero “ojalá”.

Al día siguiente de esa elección habrá otras preguntas por responder, tal vez las más importantes para pensar el futuro. Si el voto bronca se explia en presente o también hay una sociedad que mutó en clave ideológica. Si la compulsa interna en primarias contribuye a legitimar liderazgos y aporta competitividad al conjunto y el peronismo está perdiendo oportunidades por el mero recuerdo de la experiencia bonarense con la candidatura de Aníbal Fernández. Si esta derecha radicalizada es un fenómeno novedoso o una expresión con techo y vencimiento. Si es posible seguir gobernando con altos grados de improvisación, sin incorporar nuevas tecnologías de gestión, sin medir el impacto de las políticas públicas y sin construir herramientas eficientes para ponderar esas políticas.

Preguntas para todos los gustos de cuyas respuestas dependerá la salida de este empate hegemónico que entrampa hoy a nuestro sistema político y superar el estancamiento económico en el que está inmersa la Argentina desde hace décadas.

Mientras tanto, el reloj ya está corriendo.

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