Bibliofobia y Homerofobia

En este breve ensayo sobre nuevos oscurantismos literarios, el poeta Arturo Desimone se pregunta de dónde vino y hasta dónde llegará la explosión de la militancia ilustrada contra los libros en EE.UU.

“El poder burocratiza el significado de la palabra.[…] El poder le quita belleza a la palabra 

 para darle seguridad.” 

                                                                  Osvaldo Bayer, Severino Di Giovanni           



Una oleada de incidentes bibliofóbicos -expresiones casi violentas de desencanto hacia los textos- ha conmocionado a la sociedad imperial anglo-americana y a sus plataformas mediáticas. Esta tendencia no empezó con el ataque a una estatua de Cervantes por grafiteros acusando al bardo y ex-esclavo de racismo en un parque californiano en 2020, sino mucho antes y con actos de bibliofobia de mayor gravedad. Aceptando que los límites de este breve ensayo no permiten explorar cada brote reciente, me centraré en la renovada popularidad de esta actitud antifilológica entre los enseñantes de literatura y los creadores contemporáneos, esperando desmenuzar su lógica cultural posmoderna. Sin embargo, habrá que resumir la diversidad de políticas promotoras del analfabetismo. Empezamos entonces por las cárceles.

Según la organización “Proyecto Derechos Civiles de Tejas”, el Ministro de Justicia del estado fronterizo mantiene una extensa lista oficial de textos censurados. El índice de literatura vetada dentro de los recintos de las prisiones tejanas —quizá se trata de las instituciones más bilingües del país, por el gran número de presos latinos que albergan— en 2016 contaba con más de 15.000 libros prohibidos para los reclusos. Irónicamente, no se les prohíbe el Mein Kampf de Adolf Hitler. Entre las casi doce mil obras peligrosas, cuyo ingreso se impide en las celdas, se menciona El Profeta de Kahlil Gibran, autor libanés que posiblemente inventó el género “New Age” de autoayuda (cabe suponer que tal vez lo hayan etiquetado como terrorista por su nombre y apellido árabe).

No es difícil imaginar los motivos detrás de un control tan obsesivo sobre lo que traspasa los precintos y entra en la biblioteca carcelaria: entre los presos autodidactas del pasado que alcanzaron renombre, se incluye el militante y pensador Malcolm X (nacido como Malcolm Little), que pasó su condena formándose en la sala de lectura y salió provocando mayores convulsiones en el tejido social de la década de los 60, para terminar ganando la admiración y el apoyo moral de Fidel Castro. Los vigilantes de prisiones consideran más deseable promover el culturismo y otras actividades que no interfieran con el duro trabajo forzado que se lleva a cabo dentro de los edificios penitenciarios. Especialmente privatizada hoy por hoy, la industria punitiva en EE.UU. sigue la lógica cultural del neoliberalismo: sustrae el “tiempo para comprender” (es decir, el tiempo dedicado al procesamiento de la información recibida) para maximizar las horas de trabajo y consumo —una fórmula que no promete rehabilitar a los criminales—. De hecho, el sistema permite descargar un libro en PDF gratis, pero no garantiza el tiempo ni el descanso suficientes para asimilar su contenido, con lo cual no se puede erigir una morada, un refugio frente al mercado de lo descartable y de lo virtual.

Entre otros pilares de la “bibliofobia” del país dominante (el que exporta sus valores al mundo) figura la red federal de comités para el control de la educación secundaria. El “Intellectual Freedom Blog”3, fundado por un sindicato de bibliotecarias y dedicado a la libertad intelectual, mantiene y actualiza un registro de actos de censura en las bibliotecas de escuelas secundarias. En general, los grupos de presión abanderan campañas para “limpiar los estantes” de literatura “inapropiada” o “sucia”; se trata de asociaciones civiles formadas por padres consternados. Estos padres, que en algunos casos profesan fuertes convicciones religiosas, pero que muchas veces se autodenominan progresistas, consiguen eliminar novelas “controvertidas” de los currículos educativos y de los estantes de bibliotecas en centros de enseñanza secundaria. Algunos de los objetivos a los que disparan con frecuencia estas campañas moralistas neovictorianas, en pleno siglo XXI, se encuentran en las obras de J.D. Salinger –especialmente la novela “El guardián entre el centeno”–.

Cuando el FBI allanó el departamento del espía Lee Harvey Oswald, tras el asesinato del presidente Kennedy en 1963, que horrorizó al mundo occidental y desató toda una industria dedicada a crear teorías conspirativas, los detectives confirmaron que Oswald había estudiado con especial dedicación esta novela de Salinger. Sin embargo, más que por el hecho de que Oswald la estudiara, es probable que la censura demandada por estos padres fanáticos se deba a que “El guardián entre el centeno” narra las andanzas de un adolescente prófugo, Holden Caulfield, que huye de su prestigiosa escuela privada para experimentar los vicios de la ciudad. Las obras del socialista John Steinbeck, como “De ratones y hombres”, también aparecen con frecuencia en el radar del peligro puberal, muchas veces eliminadas por los comités que juran proteger a la juventud, en un país donde la libre circulación de armas de fuego estimula los frecuentes tiroteos en las escuelas.

Entre los contemporáneos, la novela “Los diarios absolutamente verídicos de un indio a tiempo parcial” de Sherman Alexie, autor indo-americano de la tribu Spokane-Coeur D'Alene, relata las aventuras pícaras de un joven habitante de una reserva de indios. De este modo, Alexie tiene el dudoso honor de convertirse en el autor contemporáneo más censurado” en los catálogos bibliográficos de los colegios secundarios de EE.UU., donde el ciudadano medio apenas sabe a partir de qué idiomas se originaron topónimos como Oklahoma, Iowa, Mississippi, Ohio, Chicago o Manhattan.4

Más recientemente, en diciembre de 2020, el periódico Wall Street Journal informó sobre una campaña promovida por docentes en Massachusetts, quienes celebraron como un éxito la supresión de La Odisea del currículum escolar. Las maestras Heather Levine y Shea Martin se sumaron al movimiento antifilológico llamado Disrupt#Texts, “Irrumpimos#Textos”, una idea de la educadora infantil dominicana-estadounidense Lorena Germán. Sin embargo, en teoría, no hay nada ajeno a lo vanguardista en la idea de deconstruir los textos o apropiarse de ellos. Discutir en las clases en torno al contenido de una obra literaria e impedir que los libros se conviertan en emblemas del patriotismo puede ser saludable y beneficioso para la afición a la lectura, e incluso se debería hacer más dentro de las aulas universitarias y no solo en la secundaria. Solo que “Disrupt#Texts” carece de semejantes intenciones vanguardistas, y corre el peligro ya comprobado (con el incidente homerofóbico) de transformarse en una jauría de exorcistas.

Los sitios y organizaciones que típicamente se dedicaban a rastrear las prohibiciones de libros en EE.UU., como PEN America o el ACLU (la Unión Americana de Libertades Civiles, duramente criticada por su cofundador retirado, el insobornable Ira Glasser), en general evitan cualquier crítica a los escraches realizados por militantes universitarios de orientación progresista, incluso cuando ellos pretenden eliminar títulos, destruir obras, prohibir ideas o cancelar lecturas de autores invitados (para esta acción se han inventado neologismos como “desinvitar” y “desplataformar”). Para evitar el riesgo de ser estigmatizado como defensor de ideas antiprogresistas, se tolera la política iliberal entre militantes y simpatizantes del Partido Demócrata, que se presenta como una fuerza menos autoritaria desde el punto de vista cultural que los republicanos, pero termina mostrando la falsedad del bipartidismo con sus tendencias iliberales. Ya no se trata de la antibibliofilia de la vanguardia ilustrada, sino del nuevo centrismo: esta regla se reforzó especialmente con los conflictos internos que se dieron en las dos fuerzas de la política estadounidense (demócratas y republicanos) después de la sorprendente victoria electoral de Donald Trump en 2016. De hecho, los sectores sociales que más apoyaron a Joe Biden han abandonado la defensa del libre intercambio de ideas, creyendo que puede empoderar a reaccionarios peligrosos, incluso cuando se trata de literatura, cine o artes visuales (piénsese, por ejemplo, en lo que ha sucedido con las exposiciones del fallecido pintor Philip Guston, cuyos retratos caricaturescos de miembros del Klu Klux Klan se censuraron en varios museos de Estados Unidos y Reino Unido, con la excusa de que nos encontramos en una época especialmente sensible).

Puede que el trauma nacional de haber comprendido demasiado tarde que las mentiras de dos presidentes (primero George Bush hijo y después Barack Obama) condujeron, por lo menos, a la destrucción de tres países de Oriente Medio (Irak, Siria y Afganistán) tenga una cierta conexión con la dinámica de la cultura censora contemporánea. Una extraña moda surgió entre las clases medias-altas y universitarias mientras los soldados veteranos -en su mayoría jóvenes rotos- empezaron a salir de Irak como los despojos de un naufragio. Estos soldados retornaban a un EE.UU. sometido a una fuerte depresión económica y cultural, que les ofrecía escasas oportunidades para reintegrarse socialmente. De repente se introdujo el uso del lenguaje clínico y psiquiátrico del trastorno de estrés post-traumático (TEPT) –condición padecida por soldados mayoritariamente proletarios y por las víctimas de una invasión– para describir las reacciones de alumnos universitarios frente a obras de arte, textos literarios e ideas ofensivas.

En los inicios de la época de Obama, los órganos administrativos de las universidades de alto rango (la llamada Ivy League, “Liga de la Hiedra”) empezaron a colaborar con activistas en una campaña de reforma: la práctica de plasmar advertencias que contenían la expresión “Trigger Warning” (es decir, riesgo de hacer revivir traumas) en los fondos de las bibliotecas universitarias, incluyendo las cubiertas de libros clásicos, de novelas y hasta de tratados de Kant (sin llegar siquiera a sus textos más controvertidos, como la Antropología en sentido pragmático, que refleja claramente los prejuicios raciales europeos). En inglés, esta expresión indica que los contenidos presentan un alto “riesgo de desencadenamiento” para síntomas psíquicos de estrés post-traumático. En suma, los partidarios de la censura temen el desencadenamiento (es decir, la ruptura de las cadenas mentales que el anarquista William Blake cantaba en sus poemas). Según informa el periodista uruguayo Gonzalo Curbelo, en la Universidad de Santa Barbara “se incluyeron en la lista obras como El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, y Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf (por sus referencias al suicidio), y El mercader de Venecia, de William Shakespeare (por su contenido antisemita). Más llamativamente aún, también se incluyó Todo se desmorona, novela escrita por el nigeriano Chinua Achebe en 1958, que se considera la más importante obra de la literatura poscolonial africana”.

Uno de los problemas inherentes a este ritual de etiquetar las obras como provocadoras de TEPT aparece porque la gran mayoría de quienes protestan por ellas ni siquiera son víctimas de estas situaciones límite, ni veteranos, ni refugiados, ni han padecido realmente dicho trastorno. Quienes basan su discurso en oponerse a la apropiación cultural cometen una especie de apropiación neurológica (es decir, se apropian del concepto de TEPT creado por la psiquiatría, sin haber luchado con esta enfermedad, para extrapolarlo al campo de la cultura). Durante ese mismo período, los oficiales de guerra de Obama empezaron a informar de que muchos pilotos de las operaciones de drones -misiones que consisten en masacrar a enemigos a larga distancia- estaban padeciendo síntomas de TEPT, reflejados en sus pesadillas nocturnas. En relación con este problema, el jóven filósofo y eticista francés Grégoire Chamayou desarrolló un estudio disidente, “Teoría del Dron: nuevos paradigmas de los conflictos del siglo XXI” (2013), en el que expuso esta apropiación del lenguaje psiquiátrico del TEPT que han llevado a cabo ciertos propagandistas políticos para justificar sus atroces campañas bélicas, basadas en la violación sistemática de los Convenios de Ginebra. Según Chamayou, las pesadillas de los pilotos de drones que habían disparado desde un salón de juegos en Nebraska (por ejemplo, lanzando un tiroteo sobre una fiesta de bodas en Afganistán o en Yemen) no eran síntomas de este trastorno, sino clásicos tormentos oníricos derivados de su culpa por haber cometido atrocidades.

Existe un extraño paralelismo entre la falsificación del TEPT realizada por el entramado militar-industrial y la que lleva a cabo el sistema universitario. Sin embargo, la mistificación no se limita a este trastorno, porque ambos sectores abusan del discurso médico-terapéutico cuando justifican la censura. Quien esto escribe puede dar testimonio de esta realidad, en tanto que ha sido paciente de trastorno postraumático, sin que haya tenido que sacrificar la lectura de textos truculentos ni cancelar visitas a colecciones de arte, como las pinturas negras de Francisco de Goya en el Museo del Prado.

Más recientemente, la columna navideña titulada “Hasta a Homero lo linchan” en un diario financiero describe cómo Heather Levine y Shea Martin, militantes del movimiento “Disrupt#Texts”, intercambian tweets refiriéndose a la epopeya griega como “una basura” y afirmando que “estamos orgullosas de haber tachado La Odisea de nuestro currículum este año”. Para justificar su acción, se amparan en su opinión de que este poema épico fue utilizado para promover el sexismo y la supremacía blanca. Tal vez, si deseaban atacar los textos clásicos desde un sesgo anticolonial, podrían haber dirigido sus esfuerzos contra la Eneida de Virgilio, que se escribió durante el reinado del emperador Augusto, como un poema propagandístico que mitifica los orígenes de Roma y celebra la destrucción de Cartago (¿sabrán esto Levine y Martin?).

Es inútil argumentar con estos demagogos antipedagógicos que Ulises y su historia provienen de una tradición oral, conformada miles de años antes de que surgiera la noción ideológica moderna de una “raza blanca aria occidental” en la región noratlántica de Europa durante el siglo XVIII, situado a mil leguas de Ítaca en tantos sentidos. Levine y Martin lamentablemente no forman una anomalía en el tejido intelectual anglo-americano, sino un estado de opinión que se traduce en iniciativas como “Disrupt#Texts”: una moda creada en el campo de batalla de las redes sociales y en las conferencias sobre literatura juvenil, atribuida a la pedagoga dominicana-estadounidense Lorena Germán, que ha alcanzado renombre comercial asesorando a escuelas y jardines infantiles preocupados por la multiculturalidad. Aunque quizá Germán haga un muy buen trabajo con sus talleres para niños, ¿merece estar en primer plano como adalid de una vanguardia literaria? Nadie se atreve a formularle esa pregunta en el ágora de la aldea global online.


Sobre el autor: Arturo Desimone, es un poeta y artista plástico nacido en Aruba en 1984, que actualmente reside en Argentina

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