Brasil de cara al duelo de 2022

OPINIÓN. Los años Lula pasaron a ser referencia de una época de bonanza económica y un periodo de equilibrio. No por nada el principal motivo por el que lidera la intención de voto es precisamente por su capacidad de gestión.


Brasil es un gigante fragmentado en varios aspectos (geográficos, sociales, entre otros), por lo cual, un análisis que contemple solo una perspectiva es insuficiente. Además, se mueve de modo lento, como lo hacen las placas tectónicas, así que la coyuntura debe verse en el largo plazo, como tendencia que anuncia un futuro, un gran movimiento que de a poco se va consolidando.

Ya es conocido que el actual gobierno fue parido a fórceps, precedido por un impeachment y la interdicción de su principal figura política (Lula), lo que fue aplaudido por todo el establishment, que así pensaba haberlo enterrado. De todos modos, la jugada no pudo ser completa, pues un muleto fue colocado en la presidencia. Bolsonaro es un político de poca expresión, figura folclórica del bajo fondo que de golpe ganó los primeros puestos, nunca tuvo ni tendrá pasta de estadista. 


Manifestación motociclista pro Bolsonaro (Foto: Alan Santos/PR, Correo Braziliense)


En la presidencia, produjo más estragos que aciertos, sustentándose más por servir a los intereses neoliberales de la alta burguesía y por ocluir la vuelta del petismo que por profesar amor al status quo. Horizonte que mudó rápidamente por dos azares del destino, la pandemia, que desnudó su incompetencia como gestor, y el descubrimiento de los mensajes intercambiados entre prohombres de la Lava Jato, que expusieron las vísceras de la operación política que subyació en la prisión a Lula. 


Borrón y cuenta nueva

Previo a ello, Lula venía protagonizado una intensa batalla judicial, en la que hasta el Papa entró en escena, con varios guiños a su favor, pero los mensajes de celular expuestos al público dieron el golpe final en el castillo de cartas montado por Moro y los fiscales, llevando a que el Superior Tribunal Federal anulara la sentencia y declarara al ex Juez parcial, con lo que las causas volvían a foja cero y quedaran, peor aún, desacreditadas y desfiguradas, ya que también las supuestas pruebas obtenidas fueron anuladas. 

De un plumazo, el ex presidente quedaba rehabilitado electoralmente. Ni las nuevas amenazas de los militares consiguieron revertirlo. De todos modos, Lula no convirtió su triunfo en revancha y sus discursos inmediatos fueron apaciguadores, caracterizados hasta por sus adversarios como los de un estadista. Así, a partir de entonces, los sondeos de opinión muestran dos cuestas diferentes, la ascensión constante de Lula y el declive de Bolsonaro, el que acumula un índice de rechazo muy alto, algo que cae constantemente en la figura de su contrincante, aún alto, pero que pasó a ser el menor entre todos los postulantes. La criminalización de la política condujo a todos al atolladero.


Sin salida entre los dos polos

Los sectores de centro, que no se contentan con uno ni otro, vieron en ello la oportunidad para reposicionarse, buscar lo que en Brasil pasó a denominarse tercera vía. De todos modos, ella parece estar a la espera de Godot, pues no se observa que surja alguien que pueda terciar de verdad en esta contienda. Al contrario, las fuerzas gravitacionales de los dos políticos más expresivos terminan por ahogar su surgimiento. Y en esto hay que reconocer más méritos en los dos actores políticos preponderantes, de lo que en aquellos que intentan desbancarlos.

Si bien Bolsonaro pierde popularidad, manifiesta una fuerte resiliencia, pues es durísimo en su caída, por lo cual será difícil destronarlo. Ha ocluido la vía del impeachment, controlando el Congreso en base a la oferta de cargos a lo que llaman el Gran Centro, partidos atrás de dinero público, sin programáticas, y también mantiene una importante base de apoyo popular, menguante pero barullento y que supera las fuerzas de la tercera vía, que nunca tuvieron mucho poder para movilizar, salvo durante la deposición de Dilma Rousseff.

Así, el establishment ha intentado numerosas alternativas, con poco éxito. Y tal vez ello colabore en sus fracasos, pues no hay continuidad en las estrategias. Apostar al impeachment puede conducir a un callejón sin salida, así que la construcción de una candidatura de centro resulta vital, pero hay muchas cenicientas para un solo zapato y hasta ahora a ninguna le tocó en suerte calzar. 

Contar con el poder de los medios, los mercados y sectores políticos tradicionales pareciera no ser suficiente para los momentos que se viven, ninguno de ellos interpreta parcelas reales del pueblo brasileño, como si lo hacen Lula y Bolsonaro. Gusten o no, los dos son interlocutores y representan sentires de partes del mismo. Los potenciales representantes de la tercera vía hasta ahora han sido más balones de ensayo que realidades concretas. Hagamos rápidamente un repaso.

El primero en caer en desgracia fue el propio Moro, acosado por su propia parcialidad, que ya venía alicaída y que ahora se esfumó, yéndose a vivir a los Estados Unidos. Los medios y los mercados intentaron construir nuevamente la candidatura de Luciano Huck, presentador televiso que otra vez no se animó a cruzar el Rubicón. La alternativa por una figura de la farándula sigue vigente, pero su sucesor, José Luiz Datena, tampoco convence (sus programas son sensacionalistas). El Partido de la Social Democracia Brasileña, que gobernara dos veces con Fernando Henrique Cardoso, continua preso de sus internas y no se decide entre los gobernadores Doria y Leite. Doria tiene atrás el club de millonarios pero es muy arrogante para la elite política, a la vez que Leite tiene poco peso específico y se presenta más para ganar posiciones a futuro y escapar a una casi segura derrota en su terruño.

Por ello no es paradojal entonces que Ciro Gomes sea quien aún tenga las mayores chances en la tercera vía, ya disputó varias veces las elecciones y en 2018 finalizó en tercer lugar. No obstante, si bien es popular en su nicho específico, que aún conserva, no parece tener facilidades para salir de él, por dos motivos principales. No avanza sobre el petismo, al que desagradó y desagrada cada vez que tiene alguna oportunidad, y tampoco consigue conquistar el electorado desilusionado con Bolsonaro, porque su discurso económico no es neoliberal. Por motivos distintos, es un sapo indigesto en los dos espacios posibles a ocupar, con lo cual el intríngulis sigue igual. 


Más nubes en el horizonte

De todos modos, falta que corra mucha agua, en especial si se agrava la coyuntura. La pandemia parece disiparse, pero los problemas económicos no. Y esto puede ser determinante para las chances electorales. Ya quedó claro que Bolsonaro no gestionó bien la pandemia, así como no perderá más puntos por ello. No obstante, varios problemas se agravan. La inflación se acelera, pasando de los dos dígitos para los sectores populares, con un deterioro del poder de compra que ya se hace sentir en los bolsillos. Incluso hay una crisis hidroeléctrica, que presiona sobre los precios y amenaza paralizar la producción, lo que asusta al empresariado, que ya ve a la actual gestión como un peligro para sus intereses, que entraron en ruta de colisión con los del actual mandatario, pues, si este quiere tener chances electorales tendrá que contrariarlos aún más, aliviando el torniquete que se impuso a las cuentas públicas, para así dar alguna mejoría en las condiciones de vida, muy deterioradas. 

Todo indica que estaría dispuesto a esto último, por eso sus continuos forcejeos con el establishment, que antes lo apoyaba, con los que no solo busca su sobrevida política, sino también mantener la libertad más allá del mandato, la suya o la de miembros de su extensa familia, ya habituada a escándalos de corrupción que dejaron de ser sorpresa. Así, su instinto lo lleva a mantener un estado de vigilia permanente, que produce dos fenómenos, mostrarlo siempre en evidencia y controlar la agenda, para que no emerja nada nuevo hasta 2022, trampa en que la oposición de centro ha entrado con regocijo, creyendo que así encontrará la luz al final del túnel, que no consigue prender por cuenta propia.


Aventando pronósticos

Diferente de ello, Lula parece que ha separado la espuma de la realidad. Se ha concentrado más en un movimiento de reconstrucción de lo que en ataques sin sentido al ocupante de la presidencia. Sabe que de hacerlo no solo se rebaja, sino que abona la tesis de los dos radicalismos, que la tercera vía quiere imponer como verdadera. Igualmente es consciente de que todo vacío se llena, así que desmoronar completamente Bolsonaro será hacer el juego al centro. En todo sentido, el actual mandatario continúa siendo el adversario ideal.

Esto es lo que parecen indicar los últimos movimientos de Lula, que ya recorre Brasil por lo bajo, haciendo lo que mejor sabe hacer, política. Primero provocó diversos enroques en la izquierda, pasando el único de los gobernadores comunistas y uno de los líderes del trotskismo al socialismo, con lo cual desbarató las pretensiones autónomas de esos partidos y revigorizó un partido como el socialista que en el pasado le fue fundamental y hoy anda medio díscolo. De yapa, montó una candidatura muy competitiva en el estado de Rio de Janeiro, base del bolsonarismo.

Esto última estrategia nos muestra cómo las acciones tienen que ser pensadas también en clave regional, pues hay particularidades que atender, lo que en Brasil obligan a ejercicios de paciencia rayanos a la exasperación. Atendiendo a ello, su primera gira fuera de São Paulo fue precisamente en el Nordeste, su más fiel bastión electoral. Lula procede con ello a reforzar sus ventajas competitivas, para después avanzar sobre las regiones donde su popularidad no es tan alta, las que pueden decantar a su favor durante el proceso, por mero efecto de gravedad. Allí ya negocia candidaturas a los gobiernos estaduales y al senado, dividiendo inclusive los partidos que dan sustento a Bolsonaro, al que no dudarán en traicionar para conservar sus poderes locales. Por esos pagos, no es fácil elegirse enfrentando a Lula.

Y el actual presidente parece seguir una trayectoria semejante, fortalecerse en su propia base. Así ha escogido alimentar el discurso de confrontación, con lo que agrada a militares, policías, sectores evangélicos, agraristas y toda una suerte de lúmpenes de la política, que nada serían sin el meteórico ascenso del líder, que se dio por una brecha excepcional, pero con lo cual espanta al electorado medio. De todos modos, la cuenta parece asegurarle que estará en el segundo turno y, tal vez, esa sea su apuesta. Convertirse nuevamente en la única alternativa para enfrentar a Lula, por lo cual el establishment no tendría más remedio que taparse otra vez la nariz y votarlo como solución paliativa. También ello le garantizaría seguir con músculos suficientes que le garanticen algo de impunidad en el caso de tener que abandonar el cargo. Tiene muchos muertos en el placard, así que lo vivido por Lula en su época (persecución y cárcel) puede dar indicios del destino que le depare a Bolsonaro cuando abandone el cargo. 

Aún tendremos muchos imponderables, pues nada está asegurado, mucho menos en política, de todos modos, algo va perfilándose. Pueden llamarlo de significante vacío, à la Laclau, o zeigeist, como hablaban los filósofos alemanes, pero todo parece augurar que el futuro pinta más para un espíritu de paz que de guerra. Después de dos años de pandemia, lo que el electorado va a exigir no son más batallas contra molinos de viento comunistas, que sabemos nunca existieron, sino que le devuelvan algo de tranquilidad para sus vidas que ya han padecido más que lo suficiente.


Lula de gira en el Nordeste, fábrica de Camaçari, Bahia (Foto Ricardo Stucker)


Es allí donde Lula entra con mejores chances. Si bien no se ha desvencijado de todas sus sombras, estas parecen menores con el tiempo, el que colabora para marcar diferencias entre las gestiones. Los años Lula pasaron a ser referencia de una época de bonanza económica y un periodo de equilibrio. No por nada el principal motivo por el cual Lula lidera la intención de voto es precisamente por su capacidad de gestión. Hasta voces de la alta burguesía ya dudan que la tercera vía cobre vida efectiva y ven en él la única chance para enmendar el error que cometieron al depositar vanas esperanzas en un engendro electoral. Una muestra más de cómo la obra se puede volcar contra su hechicero. Si esto ocurriera, Lula puede vencer la disputa en primera vuelta, posibilidad que todas las encuestas ya lo señalan como tendencia. 

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