Clode

“Hey, Clode, despierta”, le dijo Venturini, con cuidado, para no sobresaltarla. “¿Qué pasa?”, respondió Clode, aún entredormida, con los ojos cerrados apuntando al Este, corriendo la sábana de su rostro.

     (“Era la parte de ella avizora”, diría luego Schierloh, sirviéndose más whisky, “la que contestó. Y de a poco fue despegando sus ojos, y pronto parpadeaba entre lagañas; y fue al girar hacia nosotros, que la vi ahuelleada por la almohada, como por un azote”).

     “El barco se hunde”, le dijo entonces Venturini. “No es posible”, dijo Clode. “Sí”, continuó Venturini. “¿Cómo?”, refutó Clode, muy compungida.

     “Eso ya no importa; tenemos que ponernos los chalecos e ir al bote”, le dijo Venturini, ajustándose la enagua. “¿Pero cuál bote? No hay bote. ¿No recuerdas?”. (Clode protestaba, sin violentarse, pero protestaba).

     “Sí”, volvió a afirmar Venturini. “¿Entonces?”, preguntó Clode, cada vez más nerviosa. “Haremos uno”. (Clode, entusiasmada, saltó de la cama, aunque dominándose. Más despierta y negada, veía el camarote inclinado, y se dijo, nomás: “Lo más probable es que muramos”.

     “¿Pero y la casa?”, recordó luego Clode. “También se hunde”, dijo Venturini, con un gesto igual de sorprendente. “Duizeide cortó la soga, sin fluctuación alguna”, decía, “y nos quedamos observando un tiempo potestativo”. “¿Y?”, volvió a preguntar Clode, con un gesto, mínimamente:

     “No hay caso”, decía Venturini, “la casa (Ah, que preciosura), ni se mosqueó, y sigue al barco”. “¿Y así es como mueren”, decía Clode, enojada, “un barco fantasma y una casa embrujada?”.

     “¡Caramba, Clode!, no creo que sea así”, (Venturini miraba a través de la claraboya el cielo descolorido), “seguirán su rumbo, creo yo, pero en las profundidades”.

     “Serán casa y barco”, decía Clode, sugiriendo, “(de peces, seguro, y de moluscos); pero tal vez, también, de sirenas y de tritones; el mismo Kraken podría jugar con ambos, como un bebé con dos sonajeros”.

     “Eso mismo”, dijo Venturini. “Qué fantástico”, redondeó Clode. “Y jugarán”, decía Venturini, “y más luego, descubrirán en ellos y ellas, un deseo todavía más profundo; e “impostergable”, como dijo Murray”.


     “Creo que deberíamos construir una balsa”, decía Schierloh, “es lo más rápido”. “¿Pero tenemos tiempo?”, preguntó Pallaoro, viendo su reloj sin manecillas. “Pues todo el tiempo del infinito”, exponía Axat. (“FAAAA”, expresaba su embebecimiento Pallaoro, ajustándose el sombrero).

     “Solo debemos hacerla, esa es la única condición”, dijo Axat luego, mirándololo a Pallaoro, que miraba y sacudía, una y otra vez, su reloj. “Y en eso, Axat”, decía Pallaoro, “sí que no hay FA que valga”.

     “Entonces, compañeros, compañeras, manos a la obra”, dijo Raninqueo, ya buscando con los ojos. “¡A las herramientas, a ampollarse las manos”, gritaba Dubín, “y a sudar la gota gorda!”.

     (Dubín, Peredo, Duizeide, Axat, Clode, Pallaoro, Venturini, Brizuela, Schierloh y Raninqueo, entonces, en concentradísimo silencio, desclavaban, llevaban las maderas y las sogas de un lado a otro, sin detenerse, apresurándose, fatigándose, hasta apoyarlas en la popa.

     “Las maderas, del suelo de la casa”, había dicho Peredo. “Oh, casa, quién te vio esplendorosa, y ahora amputada y coja”. “Y los palos del barco”, había dicho Duizeide, “mutados a serrucho. Y las sogas; las destejidas, las retejidas, las sanas, cualesquiera sean”. “Y una vela para el viento”, había dicho Schierloh.

     Unos y otras se fundían, y se fundían las herramientas, y las piezas del rompecabezas, bajo los gruesos rayos del sol. Y pronto una balsa emergente, austera pero flotable, era sostenida por los balaustres, y cubría la popa.

     “Sólo resta balsarla”, decía Dubín, calculando a la vez el peso de la misma, que requeriría de un gran esfuerzo. “Y subirnos a ella, “al fin”, para ver si flota y resiste nuestro peso, que somos unos cuantos, y un oxímoron”.

     “Salvo que, como el barco y la casa, también se nos hunda en el mar”, decía Raninqueo, entre preocupado y divertido, “como una especie más grande, y ciertamente más estrafalaria, de chucho”.

     “Oh, (“una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados”, siento en mí)”, decía Brizuela, que tras un silencio adujo: “Invisibly and uninterpenetratingly”).


     “De uno en vez, y cuidadito”, dijo Venturini, apoyada, extrañamente, contra el balaustre, ya bastante inclinado. “Podría ser, no obstante nuestras manos” (y mostraba las suyas, en carne viva), “una trampa para poetas.

     Oh”, soltó luego, “pero qué horror más horroroso”, y se rió, empero, con ganas, no ocultando la chuscada.

     (“Baje usted, compañera”, le dijo Duizeide. “Faltaba más, no se preocupe”, le decía la insumisa, “de un salto me apropincuaré, y a mi tiempo, como las ranas”).

     A ver si todavía”, decía, haciendo ademanes para que bajen, “terminamos cayendo en una jaula para pájaros; o en bandejas; o peor aún, en manos de científicos abusadores.

     De uno en vez, y cuidadito”, repetía Venturini, pero con un tono, ahora, que se había vuelto grave, y con los ojos desorbitados.

     Después retrocedió, encorvada, y se arrancaba los pelos, apretando la dentadura, como si no sintiese dolor alguno. O todo lo contario, lo estuviera gozando, y fuera un brutal orgasmo.

     “Parece Elías, aquel profeta o loco del pueblo”, decía Duizeide, en la escalerilla, frenado a medio camino, “que advierte a Ismael y a Queequeg, cerca del barco de Ahab”.

     Venturini resoplaba, refunfuñaba, ya con una mueca libidinosa. “JI, JI, JI, JI”, se reía, como una arpía o una muñeca endemoniada.

     “Como Annabelle”, dijo Schierloh. “El Drácula de Oldman”, dijo Brizuela. “Freddy Krueger”, dijo Axat. “Oh, la niña Regan, poseída por el Diablo”, dijo Dubín. “Pennywise; y todos riéndose en nuestras caras”, dijo Peredo.

     (Y luego, el mismo Peredo dijo: “Ahhhhh, tendré que releerlo, y muy detenidamente, pero, ¿Y si “It” es Dios? En ese caso, compañeros, compañeras, King sería algo así como el genio absoluto).

     “Venturini, por favor, nos asusta”, recordó Raninqueo. “Y no es momento para bromas”, decía Dubín; “un poco más y el barco se hunde, y vamos a ser succionados por las patas”. “¿Se encuentra bien, compañera?”, le preguntó Pallaoro, apoyando una mano en su hombro.

     Pero Venturini parecía no escuchar. “JI, JI, JI. JI”, se reía, ahora señalándolos con un dedo, contándolos: “Uno, dos, tres (JI, JI, JI, JI), cuatro, cinco, seis (JI, JI, JI, JI), siete, ocho, nueve (JI, JI, JI, JI)”.

     “¿Pero qué hace?”, dijo Axat, mirando a los demás, que se preguntaban lo mismo, e igual que a Axat, una avalancha interna parecía iba a desbordárseles por los orificios. (“Oh, me desalmo”, se dijo a sí mismo Brizuela).

     Venturini jadeaba y temblaba, y comenzó a acercarse, primeramente a Pallaoro. (“Como el Zuñi”, se dijo Peredo: “Oh, Amelia. Parece, la compañera, a punto de acuchillarnos uno por uno).

     (“Era ahora o nunca, la frase hecha, el convencionalismo”, decía Duizeide, “pero cada cual buscó su cuchillo, y todos, pronto, apuntábamos al espectro”).

     Por fortuna, Clode se adelantó y se interpuso, asestándole luego, a Venturini, un fabuloso cachetazo que la despertó del sueño.


     “En modo alguno menospreciaría”, decía Venturini, sin levantar la vista, “y mucho menos negaría, lo que la mitología, de tan variadas formas, ha puesto a consideración de realistas.

     Lo que yo he escuchado, hace sólo un momento”, decía ahora, “será música, pero extrañísima; nunca antes escuchada por mí, y miren que he puesto los oídos en lugares de los más bullangueros.

     Por más que quiera no puedo describirla. O no de un modo clásico, hablando de tonos, ritmos, melodías. Podría mandarles sarasa (Oh, sí) y acaso me aproxime.  Pero pienso que, “en fin”, en nada contribuiría, ya el asunto, lo suficientemente misterioso.

     Lo mismo no puedo, por caso, describir el olor de una chinche”. (Venturini, cada vez de mejor ánimo, se desternillaba de risa). “Sí la sensación, o el recuerdo, de algo espantoso, que seguirá perdurando.

     A todo esto me refiero, con el canto que escuché, de sirenas y de tritones.

     Y por supuesto que fue embriagador; y no sólo eso: lo que he visto luego (que me reservo, compañeros, porque yo también puedo ser pudorosa) me puso de tal modo, que me produjo un éxtasis instantáneo, con repeticiones, que temblequeaba de pies a cabeza.

     Permítanme, entonces, disculparme. Evidentemente, y ya saben la razón, tomé a ustedes (Oh, qué inoportunos, por cierto) por amenaza; y de una forma bastante inquietante, según me cuentan, y que ameritó, también por cierto, semejante cachetazo”. (Venturini se fregaba el cachete y movía la mandíbula de un lado a otro).

     Clode, a pesar de su brío y valentía, se sentía muy avergonzada, y atinó, tímidamente, a acercarse a Venturini, apoyarle la cabeza en su hombro y abrazarla, por lo que aquella (“Oh, mi querida”, dijo), respondió con un beso estruendoso.

     “Pero compañeros, no perdamos más tiempo”, decía ahora, Venturini, como soltando una amarra, “y, como puedan, tápense los oídos, los ojos, la nariz y la boca, que yo los guiaré, ya que, por lo que parece, estoy inmunizada.

     Si acaso escuchan, ven, huelen o emiten palabra”, les advertía Venturini, cariñosamente, “quién sabe en qué placeres (Ah, tan preciosos y escandalosos) creerán encontrarse; libres y, sin embargo, aferrados. Y ya saben, que algo de ustedes, querrá asesinarnos”.

     “Ella”, decía Pizarnik, fumando en popa, como una capitana, hundiéndose con el barco, (“Oh, qué maravillosa”, dijo Clode), “es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible”.


     Ende, entonces, como podían, Duizeide, Axat, Schierloh, Brizuela, Clode, Dubín, Pallaoro, Peredo y Raninqueo (y tras ellos Venturini, cual guía de turismo), pacientes pero vertiginosos, iban subiendo a la balsa (o más bien, se desparramaban en la misma), que al principio se meneaba como un colchón de agua, y luego, bajo los pies agarrotados, se endurecía como un piso de cemento.

     Y en tanto se alejaban, ya destapados, veían desaparecer en el mar (“Fatalmente”, dijo Peredo, desencantado) al barco y a la casa, para un lado y para otro, como dos alas arrancadas.

     (“Se hunde por proa, como una ballena”, se decía Duizeide, por su lado, esperanzado. “Lo mismo la casa, como un lobo que se deja caer de un peñasco”).

     Brizuela hundió su cabeza en el mar y observaba. Los demás lo miraban, como si de pronto lo hubiera decapitado una guillotina. “Oh, regresarás Dullahan, ya lo hemos visto”, decía Raninqueo, “anseo, áit a gcailleann muid ár nintinn freisin”.

     Y tanto pensaba Brizuela, con la seriedad acostumbrada, como si se viera su antiguo rostro, devuelta ante los ojos del estudiantado, “Que entonces, aunque sin el puño en la pera, a mí me parecía ver al pensador de Rodin”):

     “Las burbujas, recién nacidas, de vidas cortas; y las cosas, convulsionadas, como estorninos”, se decía Brizuela, “semejan largos cabellos. Peces, moluscos, hipocampos, ven allí moradas, como deben verse (Ah, acogedores) mis ojos cóncavos.

     Pero me duele la cabeza como si tuviera médula, glándulas, cerebro, cerebelo”, se decía Brizuela; “todo aquí y en mí (“TOC, TOC, TOC”, se golpeaba el cráneo) es bastante extraño.

     (“Londres se había vuelto un monstruo que no dejaba de crecer”, recordó luego, sacando la cabeza del mar y sacudiéndose como un perro, “reemplazando teatros y tabernas”, decía, “con las siniestras siluetas de bancos y prisiones, y avanzando por sobre la campiña con las humeantes fauces de sus fábricas (Oh, compañeros, compañeras, qué calamitoso), adonde millones de campesinos hambrientos concurrían a desaparecer”)”.


     “La balsa se alejaba, lentamente, de la convulsión del volcán”, diría luego Dubín; “casi imperceptible, como deslizándose en aceite. (Napalm”, decía después, golpeándose la cabeza).

     “Yo aún tenía el reloj a cuerda, y tengo la imagen sublevada, de mí observando la aguja, de mí notando que se movía, tan lentamente como la balsa. Y el pasado quedaba atrás (no de pronto, no, pero sí abismalmente), tras un relámpago asombroso.

     ¿Y cómo escribir después del napalm, eh?”, preguntaba entonces Dubín, como refutándose a sí mismo, con ciertas lamentaciones a flor de piel, y con una angustia que emergía de sí mismo, como un vómito imparable.

     “No se escribe después. No se escribe antes”, respondía, interrumpiéndose, como Travis Bickle frente al espejo. “Lo importante es escribir entre el napalm. Eso es lo difícil. Eso es lo que hacemos. Eso es lo necesario. El napalm no se detiene. Nosotros tampoco”.

     (La balsa, aunque hubieran en cada cual deseos, predestinos, uno en común que los aunara, seguía su viaje, lentamente, a lo desconocido. “Ah, yacaré, náufrago”, canturreaba Raninqueo, “naufraguemos juntos, entre los relámpagos”).


     “Silencio. El silencio puede ser monstruoso. Lo que se piensa, acaba por ser personalísimo; lo que se dice en los adentros (Oh, un monólogo “al fin”), es asombroso hasta la sordera. Y qué poca cosa, incorpórea, se opone al desbarajuste (JA, JA, JA).

     Lo que sería una voz amable, amistosa, o exasperada y desatenta, en todo caso es una ninguneada. Y yo me siento como uno de esos libros que pasa de mano en mano y nadie lo lee”, se decía a sí misma Clode, de pie, entre los relámpagos.

     “Aun así, no es absoluto: y subsiste algo, como un zumbido; acaso el ruido del cuerpo, entre los huesos; los nervios vibrantes; el cerebro rebelado; acaso la propia voz, empero, peor que la ajena, pero desnudada.

     Y todo lo que me mantiene con vida es un cuerpo desnudo que quiere un abrigo y un trago. Porque vivo, sí, no hay duda de ello. ¿Cómo? ¿Por qué?, en rigor, son cálculos y me excede. Lo que es incuestionable, es que la vida que me ha tocado es hermosa. Y que a otros y a otras (¡Pero qué mierda de paradoja!) les ha tocado una vida espantosa, y se han matado o desean matarse. Yo no.

     (“Yo no me voy a matar”, decía Murray, ya de mañana, borracho hasta el espanto, luchando con sus demonios mientras Magda lo consolaba).

     Yo no, de ningún modo. Así que no deben preocuparse, entonces, si vuelvo una y otra vez al pasado (volveré, por cierto, en el futuro, a este presente); porque no es sólo por añoranza, sino, también, por un estadío consciente: es un motor (Oh, un corazón, claro que sí), como el de cualquier vehículo.

     En algún momento, además, se supone, mi vida se acabará, y quién o qué, ahora, gusta de osar quitarme lo vivido.

     Ah, soy Shelley en la casa de Byron, viendo detrás de la ventana. Vestida con libros; coloridos, gastados, como un manojo de mejillones adosado a un muelle. Pero me desprendo, siempre me desprendo. Y avanzo cual monstrua salida de las profundidades”, se decía a sí misma Clode, de pie, entre los relámpagos.

     “Y veo al horrible fantasma de un hombre extendido, que luego, tras la obra de alguna máquina poderosa, éste cobra vida, y logra ponerse de pie. Ahhhh, debe ser terrible, tiene que serlo.

     Y veo a una mujer blanquísima, limpísima, llorando, embarrándose con las manos, con desespero, al borde de un pantano. Ahhhh, también, terribilísima, tiene que serlo.

     Y la “cosa”, el argumento, avanza, lentamente, como la balsa, donde nos aparejamos; donde cada cual escribe una historia, cada cual más terrorífica. (Sin papel ni birome, a sabiendas que se perderán frases memorables, entramados perfectos).

     Oh, los veo, a Venturini, Axat, Peredo, Brizuela, Dubín, Pallaoro, Duizeide, Schierloh y Raninqueo, como estatuas, y son un calco de mí: silenciosos y aturdidos.

     (Hey, a lo lejos. Me parece ver un puntito, que sube y baja en el mar. Lo señalo, y todos ven lo mismo. Acaso una ballena, o un lobo. O un bote).

     Llevo en mi canasto lo que voy encontrando en el camino. Me distraigo allí, revolviendo: una piedra verde, un sacapuntas, un cuchillo, pancitos, queso, leche. Y sólo yo me muevo, salto y canto, como entre los árboles. Reparto o cambio por whisky.

     “El hombre del que hablo existe”, me sale, de pronto; y me siento sonrojada, contenta, con fuerza. (Me gusta ese comienzo, aun si lo más probable es que lo haya leído en alguna parte; como aquel otro, fantástico: “Hubo de ser misteriosa la muerte de Rosaspini Reynolds”).

     Entonces viajaba, humedecida, en un tren repleto”, se decía a sí misma Clode, nuevamente de pie, entre los relámpagos. “Leía como podía, incómoda; pero leía:

     “2 ojos que miran una persiana oculta para que el amante bese la reja y los hoteles entornados en la noche y las castañuelas y las drupas de Melia O y la noche que perdimos el barco y el guardia haciendo su ronda con la linterna y O ese horroroso torrente profundo O y el río el río rojo como fuego (O como un chorro de fuego de la Refinería)

     y las higueras en los jardines de la vereda sí y todas las extrañas calles y las casas rosadas y azules y amarillas y las rosas y los jazmines y los geranios y los cactos y el barrio de mi niñez O cuando yo Clode sí cuando me puse la rosa en el pelo como hacían las chicas andaluzas O (me pondré una roja esta noche)

     y cómo me besaba contra a la pared y yo pensaba bien tanto da él y entonces le pedía con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y sí yo quiero sí y al principio lo rodeé con mis brazos sí y lo atraje hacia mí para que sienta mis senos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero. Sí

     y los apretaba con las manos los estrujaba a uno y a otro y después tiraba de ellos para apartarlos pellizcaba los pezones O en un alarde de ferocidad metió uno en su boca y lo mordió se llenó el aire de gemidos mientras levantaba el rostro lleno de gozo dos chorros de sangre le corrían por las comisuras hasta la pera”.

     “Pasado unos días me sentía extraña, muy bien, deseosa como no lo había estado nunca. Volátil, y sin embargo, sujeta por la gravedad. Inútilmente corrí y extendí los brazos como un pájaro que levanta vuelo, y me di flor de porrazo sobre la vereda.

     “¿Se encuentra bien, se ha lastimado?”, me dijo Wilde, con esfuerzo, mientras me ayudaba a levantarme. “No”, le dije, descorazonada, pero a la vez que regocijada por su amable presencia. “Oh”, me salió decirle luego, abrumada de pronto por la sorpresa.

     (Aquello es un bote, tiene que serlo. Ohhh, veo pequeñas cabecitas, como manchas de humedad, y erectas lanzas.

     ¡Desde luego! ¡Gárgulo y sus secuaces! Tienen que serlo; huyendo despavoridos. Aunque, aún en esta lentitud, nos acercamos, y pronto, aun así, y les pisaremos los talones. ¿O es una ilusión mía, ahora que estoy candente?

     Los demás miran lo que yo. Venturini, además, se relame, y va de un lado al otro de la balsa, como una perra famélica y rabiosa).

     “Life imitates Art far more than Art imitates Life”, le dije luego a Wilde, casi por reflejo, sin haber comprendido nunca del todo la frase, más dejándome llevar por el juego, como por una frase de Carroll.

     “Entonces, compañero, el punto, lo que es difícil de establecer, es qué es el Arte”. Wilde me miraba, muy sonriente, mientras me estrechaba una mano y me daba un beso en la mejilla, despidiéndose. Miró después hacia atrás suyo y apuró el paso con el rostro serio, doblando en la esquina.

     Yo miraba la esquina desamparada, cuando Wilde volvió sobre sus pasos y, poniéndose en riesgo, se asomó de la misma y me grito: “¡Recuerda, el Arte es inútil; no sirve! ¡No sirveeeee”, gritaba luego, mientras otra vez se alejaba, hasta que evaporarse.

     Me sentía completamente de acuerdo.

     (“Ah, el hongo increíble de Hiroshima; los del atolón de Bikini, ametrallando el mar; el de la Bomba del Zar”, decía, admirándolos, Ngoc Loan, ejecutando su propia obra con maestría. (“Oh, la rosa con cirrosis, la antirosa atómica, sin color sin perfume, sin rosa sin nada”, se decía a sí misma Clode, retrucando, de pie, entre los relámpagos).

     “Pero qué preciosidad”, continuó diciendo Ngoc Loan, ahora hablándole al de al lado, emocionado, con un cigarrillo de ceniza filosa en los labios, apreciando la obra desangrándose en el suelo. (“Como si fuera eso un pincel de van Gogh”, seguía diciéndose Clode. “Oh, haberlos visto por entonces, qué coloridos, más que un arco iris, y no a una Smith & Wesson. (Ah, lompraítear Dorothy trí tornado go dtí tír fantaisíochta).

     Como contaba, me levanté temprano (por las 4), y tras cebarme unos mates, tomé el cuaderno, la birome, un par de libros, y partí rumbo al Bosque.

     (Sí, me dirán que se trata de un relato fantástico; otro engendro a los que me he atrevido. Eso, empero, no es demostrativo de nada. Por mi parte, ni de lo imaginario ni de la realidad, cosas que no me he propuesto.

     Sólo diré, para ir al grano, que durante las noches de luna llena, en el Bosque de La Plata, mora un hombre lobo).

     Hacía mucho frío y lloviznaba, y había ráfagas fuertes de viento. Pero tenía mi paraguas; y además el clima era ideal, ya que no quería gente alrededor. Había querido dejar la ciudad y aislarme al borde del lago.

     Temblaba, sin embargo, como una hoja, cuando cruzaba la avenida y entraba al Bosque. Solitaria, bajo la llovizna, cuando los amantes se apoltronan, como quien va a pegarse un tiro, yo me apostrofaba en el lago.

     Frente a la arboleda, bajo el paraguas, veía el flamear de la llovizna, el oleaje repentino, los relámpagos del río, y tuve unas ganas formidable de arrancarme la ropa. Supe que no leería ni escribiría. Era una mañana extraordinaria, que hoy recuerdo con feroz melancolía”, se decía a sí misma Clode, de pie, entre los relámpagos.

     Al llegar la noche afloraron las estrellas, los saltos de los sapos, el uar de las lechuzas, los vuelos rasantes de los murciélagos, y afloró, entre tanto, una luna gigantesca,  blanca y amarilla, y llena por completo.

     (Algo se mueve junto al bote donde Gárgulo y sus secuaces se paralizan; como una masa ondulante, como lenta y desdoblada. El bote (Oh, huérfano) me hace acordar a una voluta, envuelta por un pequeño pulpo).

     Fue entonces que escuché un aullido proveniente de la arboleda, como si detrás hubiera un monte. Luego escuché una escaramuza, y tras eso una corrida, como si algo saltara y se perdiera en la distancia. Pero no obstante un segundo aullido, creía que se trataba de un perro.

     Debo decir que muy de a poco, me fui dando cuenta, e imaginé parcialmente que podía tratarse de un lobo. Primeramente, aquellos aullidos me eran desconocidos. Cierto carraspeo culminaba en un traquido de dientes y en una efervescencia, que tras el tercer aullido, me hizo poner los pelos de punta. No solo se trataba de un lobo, me decía, alarmada: era además un lobo hambriento.

     (Ahórrese la risa, fantasma disfrazado (vea, lo ahuyento como a una mosca, y antes que se venga el mosquerío), no es momento éste de abrevar en el humor. Y no vaya a creer que se trataba del lobo del zoológico, pues allí nunca lo hubo. Sepa que lo que cuento entra en la categoría de “Pesadillas”, y no precisamente de aquellas que se disfrutan tras la vislumbre del día (todavía, para eso, debía transitar por caminos de barro sanguijueleado).

     Cómo había llegado aquel lobo hasta allí, era un misterio que no tenía trascendencia”, se decía a sí misma Clode, de pie, entre los relámpagos.

     Yo esperaba en aquella noche, quizás sólo para sacarme la duda, que el lobo apareciera. La noche iluminada por la luna transcurría, además, como si todo hubiera sido un malentendido. Aunque no le sacaba los ojos a la orilla de enfrente, y a veces me parecía ver sombras que iban para un lado u otro.

     Pero una vez empezó a aclarar, una franja leve de niebla se entremezclaba con la arboleda. La luna aún permanecía imperturbable, a pesar que el sol ya salía sobre el río. Y un hombre, como un lobo, me miraba. Tenía sus brazos arqueados y las garras abiertas. Todo su cuerpo parecía cubierto de pelo negro y revuelto, saliéndole por entre la ropa desgarrada. Entonces aquel hombre aulló, y luego gruñó, mostrándome sus dientes y gruesos colmillos, blancos como la nieve, y pintados de sangre.

     (La balsa se detuvo, extrañamente. Gárgulo y sus secuaces no pueden vernos; no pueden, siquiera, girar sus cabezas hacia atrás. “Es una escena tragicómica”, dijo Duizeide. “Muy graciosa, gran comienzo”, dijo Axat. “Me encanta”, dijo Venturini.

     Schierloh, Duizeide, Axat, Brizuela, Peredo, Dubín, Pallaoro, Venturini, Raninqueo y quien habla, como en una sala pequeña, bebiendo whisky (Oh, sí, mucho whisky) y muy hambrientos, miramos una película aclamada, de pie, entre los relámpagos).

     El pulpo elevaba el tentáculo bajo el resplandor del mediodía; se enroscaba en el balaustre de estribor, y arrastraba al bote hasta su rostro, entre sus ojos enfadados y su pico abierto. Pronto eran ocho los tentáculos, como ocho serpientes. Subían y bajaban con destreza y fuerza descomunales, y zarandeaban al bote como si lo tuviera agarrado del cogote. Los ojos de Gárgulo y sus secuaces evitaban los ojos del pulpo; se veían almorzados, pinchados por un tenedor gigantesco. Y cierto es que apretaron los puños en el filo de la muerte, y sin que duelan nada las heridas, ensangrentadamente, mareados se pararon de manos, cuchillos y arpones. Y que uno de ellos le clavó al pulpo un arpón en la cabeza; y que con los cuchillos serruchaban los tentáculos, con un fervor de hambrientos, de locos antropófagos. Pero el pulpo, con otro tentáculo, arrancó el palo; la vela caía sobre ellos como un derrumbe de escombros; y con otro tentáculo levantaba al bote por la quilla. El bote estaba a punto de darse vuelta de campana, y apenas podían agarrarse de cualquier cosa, viendo como el pulpo no paraba de agigantarse. Entonces otro tentáculo se enroscó en Gárgulo, llevándolo hacia arriba y golpeándolo contra la cubierta, volviéndolo a subir con amenaza de muerte. Un instante duró el desmayo de Gárgulo, y luego volvió en sí, pataleando y tirándole piñas al pulpo, que se relamía y abría el pico abismal. Y los secuaces dieron un salto hasta que lograron agarrarse de Gárgulo, e intentaban infructuosamente tomar el tentáculo y malherir las sopapas y cortarlo en pedacitos. Y un último, ralo y aletargado arpón le tiró otro, y se clavó en el pulpo, entre ojo y ojo, que empero parecía reírse a carcajadas, y con un rápido movimiento los introdujo en su pico, masticándolos a todos juntos, chupándose luego, uno por unos, sus tentáculos.  

     “Bueno, era de esperar, pero qué emotivo”, dijo Duizeide. “Que la escritura nos proteja”, decía Schierloh, “de quedar avergüenzados para siempre”. “Qué tal si”, decía Axat, “digo, por si estamos yerrados, y no vaya a ser cosa, nos vamos remando, como distraídamente”.

     Clode los miraba y se reía. “Hasta donde sé estamos a salvo”, se dijo a sí misma, mientras arqueaba el torso y estiraba los brazos, como recién levantada. “El pájaro ignora la palabra que lo nombra”, dijo luego, de pie, entre los relámpagos, señalando al vacío.



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