Coronavirus: el actor inesperado

Por: Ricardo Rouvier


Cada tanto en el desenvolvimiento de la humanidad emerge de la naturaleza un hecho imprevisible, que provoca una fuerte conmoción. Son rara avis que se hacen presentes y que no están en ninguna de las expectativas de la sociedad y tampoco en su dirigencia. A veces es un agente de naturaleza biológica que proviene de afuera de la cultura y que vive y se desarrolla en la célula de algún otro agente natural.

Como primera conclusión, y obvia, estamos ante un problema que proviene de afuera de la civilización que los hombres han construido desde el principio humano hasta ahora. En 1918 se produjo una pandemia de gripe denominada “gripe española” provocada por un virus de influenza. Atacó a personas de edades medias y bajas y el número de víctimas fatales osciló entre los 20 y los 40 millones de personas; aunque el rango es muy grande con una diferencia de 20 millones, no era claro el conteo de los motivos del deceso en esos años. Por el efecto drástico que tuvo la extensión de la enfermedad sobre la economía y la sociedad de una o varios países, se generó una recesión en la economía mundial.

Efectos similares tendrá esta nueva pandemia y esto plantea graves opciones a los gobiernos. La lectura de algunos intelectuales y analistas, adquiere un carácter profético sobre el sistema-mundo. ¿Sobrevivirá el capitalismo?. ¿EEUU, uno de los países de mayor afectación luego de Italia y España, no caerá en una fuerte crisis económica?. ¿Emergerá una sociedad con un Estado más empoderado y un mercado más impotente?. ¿Este es el fin del liberalismo? ¿Hasta dónde avanzará el grupo de naciones del Asia-Pacífico?. ¿Nacerá algo nuevo, una sociedad más protagónica?. ¿Caerá Wall Street y el FMI?. ¿Habrá cambios en la relación de fuerzas en el poder mundial?

La actual pandemia que está en su etapa evolutiva y su desarrollo final es incierto, a pesar de las proyecciones matemáticas que suponen una supervisión sobre los indicadores de la variable que miden la evolución de la epidemia. Los números que como una catarata derraman los medios de comunicación bloqueando las autopistas informáticas, tienden a controlar u ordenar los sucesos. Pero en realidad hay muchas hipótesis en danza dispuestas a su comprobación o refutación.

Se ha producido, sin quererlo, una experiencia atemorizante de globalización sin que intervenga ninguna voluntad humana en ponerla en ejecución. Si aparece la intención en las teorías conspirativas, a las que no somos afines, que señalan que el virus no es accidental sino es el fruto de una lucha dentro del esquema de contradicción bipolar.

Hay consecuencias que son objetivas; la primera es que el flagelo produce una fenomenal crisis económica con inmediatas consecuencias sociales. La colisión es muy fuerte y pega en las naciones. La globalización está puesta en juego, hay peligros de nacionalismos autoritarios y de que el esfuerzo de reconstrucción sea más desigual que la desigualdad ya existente. Es decir que, si bien el coronavirus no segmenta socialmente en su ataque, las consecuencias de la post pandemia atacará, como siempre, a los más pobres, que no tienen la misma capacidad de ahorro que los segmentos superiores y que están más lejos del teletrabajo y más cerca del trabajo informal sin cobertura.

En nuestro país, el escenario a la fecha se presenta con una clara presencia del Gobierno Nacional en la lucha contra la epidemia, con un presidente muy activo que hace inclusive de vocero de su propio gobierno. Muestra un acertado esfuerzo en lo preventivo, frente a un porvenir peor si uno se demora y se diferenció respecto a otros países del mundo que oscilaron entre la lentitud y el negacionismo como Bolsonaro y Trump. El objetivo es lograr aplanar la curva de progresión exponencial que tiene esta enfermedad y que ubica guarismos muy dramáticos en países como Italia, España y ahora EEUU y Brasil.

El Gobierno desde hace unos pocos días transforma el dilema Economía vs. Salud en una falacia, porque no hay tal dilema, aunque en la urgencia había que pasar por uno de los dos términos y no por ambos. En definitiva la mala economía no hace más que ubicar a la salud pública en un peldaño inferior de la humanidad. El pte. Fernández sigue teniendo un crédito abierto en la sociedad, frente a la ausencia de otros protagonistas posibles en el Gobierno y en el Frente de Todos, ante una oposición debilitada porque no puede exhibir mucho o su jefe Mauricio Macri, hoy eclipsado por algunos de sus sucesores. Al conjunto de la oposición no le queda otro camino que suspender la grieta, cosa que coincide con el oficialismo . Creemos, sin embargo, que la grieta volverá una vez que la pandemia esté controlada, no terminada sino controlada.

El otro frente de problemas es la deuda y allí corren los días y nuestro país ha entrado en lo que se denomina default técnico, posponiendo pagos en dólares de bonos con jurisdicción nacional. A medida que pasan los días no parece claro aún, si el Gobierno prefiere (aunque no lo dirá) admitir lo inevitable o seguir con el esfuerzo de impedirlo. Da la impresión que el camino se ha angostado mucho, aunque es un “mal de muchos” ya que nuestro caso se ha convertido en uno más dentro de un puñado de casos que obliga al FMI a pensar en un salvataje global.

Dentro de los problemas internos las encuestas señalan que uno de las dificultades que más impactan en el frente interno es la inflación. El Gobierno intenta retrotraer precios, pero el mercado hace presión en sentido contrario. Si el escenario mantiene a la inflación como protagonista, irá debilitando el vínculo entre la sociedad y el Gobierno. Ahora, la responsabilidad se descentraliza comprometiendo a los ejecutivos locales.

El nivel recesivo ejercería una presión hacia el aplanamiento de la inflación, pero en esta crisis queda al desnudo las disfuncionalidades de una fuerte intermediación comercial y la voluntad de la burguesía de no ceder en sus ganancias. Es hora de que el Estado intervenga en forma más contundente; también es hora que el Estado revise sus prácticas que desde hace años lo ponen en el lugar del ingenuo o del cómplice.

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