Coronavirus y movimiento anti-vacunas: ¿cuál es la relación?

Estados Unidos, el Reino Unido, Italia y Brasil registran dos tendencias sugestivas: el coronavirus ha hecho estragos en sus países y al mismo tiempo, registran movimientos anti-vacunas poderosos.

Por Mariana Sangiacomo y Martín Astarita

La pandemia del coronavirus impactó en todo el mundo pero su intensidad ha variado en cada país. Mientras que en algunos casos, el argentino, entre otros, la situación al menos por ahora parece estar relativamente bajo control, en otros países, por ejemplo en Estados Unidos, Italia, el Reino Unido y en Brasil, los efectos del novel virus han sido -están siendo- devastadores, con miles de contagios y de víctimas fatales, y con sistemas sanitarios completamente desbordados: Estados Unidos lidera el podio de muertes por la COVID-19 en el mundo; Italia y el Reino Unido pelean palmo a palmo el mismo galardón dentro de Europa; y Brasil es líder en esta materia en el ámbito latinoamericano.

Mucho se discute por los factores que han incidido en estos disímiles resultados. Para los resultados "exitosos" se mencionan, entre otros factores, el haber decretado la cuarentena a tiempo, la capacidad para hacer testeos masivos y el seguimiento y posterior aislamiento de los infectados. 

Entre los malos ejemplos las causas también son variables. Para el caso italiano, se habló en un principio de que poseía una población envejecida. En el Reino Unido, Estados Unidos y Brasil, en cambio, prevaleció la idea de cierta subestimación de la amenaza del coronavirus por parte de sus líderes, al menos en los inicios. Y en efecto, sobra evidencia de que Boris Johnson, Donald Trump y Jair Bolsonaro reaccionaron tarde y mal ante la pandemia.  

Menos atención ha merecido una característica en común que comparten Italia, Estados Unidos, el Reino Unido y Brasil, y que se vincula con el ímpetu que ha cobrado en el último tiempo el movimiento antivacunas. En estos cuatro países, en efecto, se observa una situación similar: en sus gobernantes actuales o recientes prevaleció una actitud y una política anti-ciencia, que de manera directa o indirecta estimuló a aquellos que son reacios a la aplicación obligatoria de vacunas. Sabiendo que una correlación no implica causalidad, cabe preguntarse: ¿pudo haber influido la fortaleza del movimiento antivacunas en estos cuatro países en la gran cantidad de contagiados y de muertes registrados por el coronavirus?


Estados Unidos:

Donald Trump ha sido una figura clave en la relación Estados Unidos–movimiento antivacunas. El presidente es un confeso antivacunas que predica con el ejemplo, dado que no vacunó a ninguno de sus hijos. Instaló esta cuestión en su camino a la Casa Blanca y profundizó su prédica durante sus primeros años como Presidente.  

Trump llevó adelante una abierta militancia y, en varias oportunidades, llegó a relacionar la vacuna contra el sarampión con el autismo. “Un niño pequeño sano va al médico, se bombea con una inyección masiva de muchas vacunas, no se siente bien y cambia: AUTISMO. ¡Muchos de esos casos!”, escribió en Twitter en 2014. A esto le siguieron reuniones en plena campaña presidencial con algunos de los líderes de este movimiento. Tras asumir como Presidente, designó al frente del Departamento de Vacunación a Robert Kennedy Jr., un conocido escéptico de la seguridad de las vacunas.

No obstante, su militancia antivacunas tuvo sus quiebres frente a crisis que solo tenían una respuesta: la vacuna. Así sucedió en abril de 2019 cuando el propio mandatario estadounidense llamó a la ciudadanía a vacunar a sus hijos para frenar el brote de sarampión. “Tienen que ponerse la inyección, las vacunas son muy importantes", sostuvo en ese momento en una rueda de prensa.

Frente a la pandemia del COVID-19, que ya se cobró más de 80 mil vidas en Estados Unidos, Trump en un primer momento mostró una actitud negacionista en la que se refería al virus como una gripe “que desaparecerá como un milagro”. Hoy parece haber dejado a un lado su discurso antivacunas para pedir a su secretario de Salud y Servicios Humanos que acelere su desarrollo; aunque fiel a su estilo, en los últimos días declaró en relación con el coronavirus: “Va a desaparecer sin vacuna y no vamos a volver a verlo, con suerte, tras un período de tiempo”.

Los que no cesaron en sus demandas, a pesar del coronavirus, fueron los anti-vacunas en Estados Unidos. Según informara The New York Times, varios colectivos antivacunas en este país han promovido a través de las redes sociales "fiestas del coronavirus", o iniciativas para conseguir "contagios controlados voluntarios" de coronavirus, con la idea de fomentar la "inmunidad de grupo".


Italia:

El caso de Italia es similar al de Estados Unidos, con la particularidad de que en este caso quien fomentó el escepticismo sobre las vacunas se encuentra ahora en la oposición. Matteo Salvini, líder de la Liga, tuvo un activo protagonismo contra la obligatoriedad de las vacunas al ocupar su cargo de Ministro del Interior, en un gobierno de coalición entre su fuerza política y el Movimiento 5 Estrellas. 

Desde su cargo gubernamental, Salvini respaldó al movimiento “no-vac” y, escándalo político de por medio, logró posponer en 2018 (por un año) la ley del gobierno anterior que imponía un plan de vacunación para niños de 0 a 6 años como requisito para ingresar al jardín de infantes o guardería. “Pienso que diez vacunas obligatorias son inútiles y, en bastantes casos, casi peligrosas, si no dañinas”, dijo. Cabe precisar que la obligatoriedad de vacunar a los niños se aprobó después de que Italia protagonizara uno de los mayores brotes de sarampión en 2017.

Los argumentos del Gobierno de coalición al que pertenecía Salvini fueron muy similares a los usados por Trump, y estuvieron centrados en cuestionar la seguridad de las vacunas y relacionándolas con otras enfermedades.


Reino Unido:

En este caso, a diferencia de los dos anteriores, no se puede decir que desde la cúspide del poder político se haya fomentado directamente el movimiento anti-vacunas. Sin embargo, Boris Johnson y, más en en general la derecha en el Reino Unido han sido proclives en los últimos años a implementar fuertes recortes presupuestarios a la ciencia y la salud. 

Por otra parte, independientemente de lo que ocurre a nivel gubernamental, lo cierto es que Inglaterra es la cuna del movimiento antivacunas. Este movimiento, cabe recordar, tuvo dos grandes etapas. La primera fue en con el surgimiento de la Leicester Anti-Vaccination League (Liga antivacunas de Leicester), creada en 1869 en repudio a la reciente vacuna contra la viruela, desarrollada por el médico inglés Edward Jenner. En ese momento hubo multitudinarias manifestaciones para oponerse a la vacunación obligatoria en el Reino Unido.

Este movimiento tuvo un nuevo momento de apogeo cuando el médico gastroenterólogo Andrew Wakefield publicó en 1998 un estudio en The Lancet en el que relacionaba a la vacuna triple viral con el autismo y la enteropatía. Luego, este experimento fue rebatido y a Wakefield le sacaron la matrícula, pero, como las fake-news actuales, su teoría aún persiste y tiene sus adeptos. De hecho, Wakefield es hoy en día uno de los líderes a nivel mundial de esta corriente, y llegó a reunirse con Trump en el camino de este hacia la Casa Blanca.  

En la actualidad, en Inglaterra hay un sector de la población que mantiene su desconfianza hacia las vacunas a tal punto que durante el último brote de sarampión el primer ministro Boris Johnson tuvo que salir en persona a pedir a los padres que vacunen a sus hijos. Como fuera dicho antes, hay que decir que por ideología y pertenencia partidaria, Johnson no ha hecho mucho para fortalecer el sistema científico y de salud en su país. 

De hecho, el primer Ministro ha sido duramente criticado por a subestimación que hizo durante la primera etapa de la aparición del coronavirus en el Reino Unido, oponiéndose a establecer la cuarentena y promoviendo la estrategia de un contagio masivo para alcanzar la inmunidad de rebaño. Los efectos no fueron los esperados, el propio Boris Johnson contrajo la enfermedad y la estrategia, por la fuerza de los hechos, cambió.


Brasil:

El presidente brasileño Jair Bolsonaro no se ha expresado en contra de las vacunas de manera directa, pero su política de desprestigio a la comunidad científica y al sistema educativo han prevalecido desde su llegada a la máxima magistratura en Brasil. En efecto, Bolsonaro ha llevado adelante un drástico recorte presupuestario a universidades y a agencias de financiación de la investigación durante los últimos años. La ciencia brasileña se encuentra en uno de sus peores momentos de la historia. 

Por otra parte, su elenco ministerial es una colección de figuras provenientes en su mayoría se sectores castrenses o evangélicos, tradicionalmente reñidos con la ciencia.  "Es hora de que la iglesia gobierne" pregonaba la Ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos de Brasil, Damares Alves; su ministro de Educación Abraham Weintraub, además de recortar el presupuesto para universidades, sostuvo ante el Congreso de la Nación que en los campus universitarios había plantaciones de marihuana y laboratorios de química involucrados en la producción de drogas. 

En ese contexto, y ya desde años anteriores, el movimiento anti-vacunas en Brasil viene tomando impulso. Muestra de ello es que el porcentaje de población que recibe vacunación obligatoria se ha reducido en los últimos años. Así, hubo un rebrote de sarampión, cuando el país había sido declarado en 2016 libre de esa enfermedad por la Organización Mundial de la Salud. 

Para dar idea de la magnitud y los efectos negativos del movimiento anti-vacunas en Brasil, cabe recordar que el conservador Michel Temer tuvo que recurrir a la famosa conductora televisiva, Xuxa, para lanzar una campaña para que los padres vacunen a sus hijos. 


Una relación sugestiva

Como fuera dicho antes, no se puede establecer a priori una relación causal entre dos tendencias que, sin embargo, son fácilmente comprobables. En los cuatro países seleccionados, Estados Unidos, Inglaterra, Italia y Brasil, la COVID-19 hizo estragos -en contagios y en muertes- y, al mismo tiempo, el movimiento anti-vacunas se ha visto vigorizado en los últimos años, por acción directa de sus gobernantes, fomentándolos en algunos casos -Salvini, Trump- o generando un contexto propicio para ello, como se puede notar en Brasil y en el Reino Unido. 

¿La existencia de un influyente movimiento anti-vacunas pudo haber influido en la primera reacción, tendiende a la subestimación, por parte de algunos de los líderes aquí analizados? ¿Cómo se habrán comportado durante la cuarentena quienes bregan por hacer voluntaria la aplicación de vacunas? Se ha dado cuenta en esta nota de las fiestas del coronavirus que hicieron en los Estados Unidos los anti-vacunas en plena pandemia. ¿En los otros países cumplirán con las medidas de confinamiento ante la emergencia del COVID-19? 

La explicación sobre el vínculo causal entre la explosión del coronavirus en algunos países y el movimiento anti-vacunas es tarea de los expertos. Solo a modo de introducir un camino ya explorado, cabe decir que Ben Harris-Roxas, experto en salud pública de la Universidad de New South Wales, ha planteado recientemente que "las dudas ante las vacunas representan una amenaza importante, no sólo ante la vacuna que se pueda desarrollar ante la Covid-19 sino ante las medidas que puedan servir de apoyo a la ciudadanía y los servicios de salud como las campañas de vacunación ante la gripe". En la misma línea, el investigador del Instituto Catalán de Oncología (ICO) y profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Xavier Bosch, advirtió del peligro que conlleva el movimiento antivacunas para frenar la pandemia del coronavirus. 






El lápiz verde