Cuando los hechos dejan de ser noticia: los refugiados y desplazados afganos

OPINIÓN. Tras la caída de Kabul y el retorno al poder de los talibanes, con temor a que se presente una situación similar a la experiencia de 1996-2001, miles de personas buscaron escapar del flamante régimen huyendo de sus ciudades natales o buscando asilo en otros Estados.

Por Rocío A.M. Ramos Vardé y Franca Ferrari Fuks


Tras la caída de Kabul y el retorno al poder de los talibanes, con temor a que se presente una situación similar a la experiencia de 1996-2001, miles de personas buscaron escapar del flamante régimen huyendo de sus ciudades natales o buscando asilo en otros Estados. Estos miles se convirtieron así en desplazados y refugiados. Antes de avanzar, es necesario aclarar a qué aluden estos conceptos. El primero hace alusión a los movimientos que tienen lugar dentro del mismo país. Se trata de una decisión que no es voluntaria, sino más bien forzada por un determinado contexto. Por otro lado, el segundo concepto se encuentra definido en la Convención sobre el Estatuto de los refugiados. Será considerado como tal aquella persona que debido  a fundados  temores  de  ser  perseguida  por  motivos  de  raza,  religión, nacionalidad, pertenencia a determinado  grupo  social  u  opiniones  políticas, se  encuentre  fuera  del  país  de  su  nacionalidad  y  no pueda  o,  a  causa  de  dichos  temores,  no  quiera  acogerse  a  la  protección  de  tal  país (art. 2). Por ende, una garantía que debiera ser nacional, se vuelve internacional con salvaguardas adicionales. Debido a la amplitud del concepto, no todo individuo logra ser reconocido internacionalmente bajo este marco. Aunque buscar asilo y encontrar refugio es un derecho (Declaración Universal de DD.HH), al final de cuentas, depende de cada Estado  aceptar o rechazar a los solicitantes.

A raíz de los últimos sucesos, la comunidad internacional comenzó a analizar (y a negociar) cómo se manejaría la situación para evitar una crisis de refugiados como la de 2015, provocada por la Guerra en Siria y el apogeo del ISIS/Estado Islámico. En este contexto, los Estados geográficamente más cercanos a Afganistán son los destinos más inmediatos y accesibles. Las razones de esto son la urgencia, la proximidad y la afinidad cultural. Suele tratarse de países vecinos como Irán o Pakistán, que en su conjunto albergan al 90% de los refugiados afganos. Debido a ello, es que este último se mostró reacio a aceptar nuevos refugiados, lo que lleva a un desplazamiento irregular, peligroso y criminalizado en la región.

Otros solicitantes de asilo deciden continuar su camino para llegar a Europa. En primer lugar, las autoridades del Viejo Continente decidieron evacuar a su personal más cercano. Además, se busca destinar fondos a terceros Estados para mantener a los refugiados en sus territorios hasta que puedan coordinar esfuerzos y lograr un reasentamiento voluntario de los individuos. Es decir, que terceros países funcionen como “tapón”: tal fue el caso de Turquía en 2015.  No debemos olvidar que diversos países europeos participaron de los movimientos militares en Afganistán y son corresponsables de la situación actual, pese a que haya Estados en contra de la llegada de refugiados. Los discursos anti-inmigrantes como el del ultranacionalista húngaro Viktor Orbán y el del griego Kyriakos Mitsotakis, avivan el fuego de una retórica de exclusión y xenofobia.

En cuanto a aquellos afganos que colaboraron con Estados Unidos -principal actor geopolítico en este conflicto-, aquellos pocos privilegiados que pudieron salir fueron reasentados momentáneamente en otros países y en bases navales norteamericanas.

Con respecto a Latinoamérica, los países que integran la CELAC emitieron un mero comunicado expresando preocupación por la situación en Afganistán. Sin embargo, un ejemplo de un accionar concreto es México, país que acogió a más de 300 afganos, sobre todo mujeres y periodistas. Costa Rica, siguiendo la misma línea, recibió a casi 50 mujeres afganas que han colaborado con Naciones Unidas. Colombia, si bien no se efectivizó aún, había acordado con Estados Unidos acoger a 4000 refugiados afganos. Sin embargo, las declaraciones de solidaridad y de acogida con el pueblo afgano han llevado a muchas organizaciones de Derechos Humanos a preguntarse ¿por qué los afganos sí y los latinoamericanos no? No sólo Afganistán es territorio de pandillas, pobreza y vulneración de los derechos de las mujeres y de minorías.

Es preciso recordar que América Latina, por su parte, se encuentra inmersa en una crisis de desplazados intrarregional propia. Entre las situaciones que caracterizan la precaria situación en este continente para refugiados y desplazados, recordemos que miles de haitianos son deportados de México, a los migrantes venezolanos se les niega el derecho a vacunarse contra el COVID-19 en Colombia por su situación irregular, y que cientos de familias centroamericanas son separadas en la frontera sur de Estados Unidos. El discurso de bienvenida a los refugiados afganos queda obsoleto, dejando entrever que el sentimiento de responsabilidad norteamericano es únicamente frente a la situación afgana, en virtud de las consecuencias de su intervención en este país, y que los países latinoamericanos dan la espalda a sus vecinos para acoplarse -aunque sea retóricamente- al proyecto de Estados Unidos.


Sobre las autoras

Rocío A. M. Ramos Vardé es estudiante avanzada en la Licenciatura en Relaciones Internacionales y Ciencia Política (UB), y miembro del Departamento de Medio Oriente de la Plata (IRI-UNLP) y del CESIUB.

Franca Ferrari Fuks es estudiante avanzada en la Licenciatura en Relaciones Internacionales (UNSAM) y miembro del Departamento de Medio Oriente de la Plata (IRI-UNLP).

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