Cuarentena y tareas de cuidado

Por: Lara Collante



En los barrios de clase media, media baja, hay una escena que se repite durante el aislamiento obligatorio: las avenidas desiertas cobrando algo de vida a la media mañana. Amas de casa caminan como en una procesión lenta (para garantizar la distancia preventiva) y silenciosa (porque el barbijo dificulta el habla). Caminan hacia los mercados del barrio en busca de provisiones. Del super chino a la franquicia de las expertas en ahorro, pasando por la verdulería y la farmacia.

Las reglas son claras. Las filas se hacen puertas afuera del local y entra uno  por grupo familiar. Esta última indicación es casi innecesaria pues, salvo módicas excepciones, la fila que da vuelta la esquina está íntegramente formada por mujeres cuya única compañía es el carrito de compras o la bolsa reutilizable. Están ahí con el horario elegido estratégicamente para evitar aglomeraciones y porque, además, es la parte que les tocó en suerte en la división sexual del trabajo. Las tareas de cuidado “les corresponden”. Se trata de los quehaceres domésticos -entre las que se encuentran las compras-, la atención a adultos mayores y el cuidado de niños.

La cola se transforma en una especie de terapia de grupo en la que afloran anécdotas e historias que ayudan a hacer que el tiempo pase más rápido.

T se desvía de la fila por tercera vez con la esperanza de ver que haya avanzado algo y suspira. Tiene 43 años, dos hijos, un marido y un padre que no vive con ella. Es la encargada de ir a comprar comida tres veces a la semana. El resto de los días se reparte entre llamados, mensajes y turnos con profesionales de la salud para coordinar la entrega de recetas y medicamentos que luego debe llevarle a su padre enfermo de diabetes y cirrosis, operado del corazón y que vive solo en un departamento, luego de haber sido excluido de su hogar, por ejercer violencia de géneros en la casa que compartía con la madre de T.

T no es un caso aislado. Es parte del 76% de mujeres que se encargan de las tareas del hogar, según un reciente informe publicado por la Dirección de Economía, Igualdad y Género. En la actualidad, tres de cada cuatro personas que asumen este trabajo son mujeres. En promedio, las mujeres dedican más de cuatro horas diarias a estas tareas no remuneradas mientras los varones se ocupan de ellas poco más de una.

De repente se escucha un intercambio en el inicio de la fila. Una mujer quiere entrar con su marido. Pero las reglas de la precaución ya están escritas: uno por grupo familiar. “Es que él tiene la tarjeta”, argumenta ella. “Bueno, que pase pero cuando usted esté por pagar”, resuelve la cajera. En un instante se resumió con un ejemplo práctico aquello que arrojan las estadísticas. Las tareas del hogar son cosas de mujeres y la economía (en todos sus aspectos) cosas de hombres. Entre los varones, un 69,7 % participan en el mercado de trabajo. De las mujeres, sólo el 48%.

NP recuenta los billetes que había llevado enrollados en los bolsillos. Es separada. Lleva el mes de cuarentena a cargo de sus tres hijos por la prohibición de circular (que limita, claro está, la tenencia compartida). El aporte del padre suele ser menor al que corresponde. Sus ingresos provienen de un programa de trabajo del Estado, la venta de comidas caseras, reventa de catálogos y ropa. NP ingresa entonces en varias categorías: Encargada de las tareas de cuidado, jefa de hogar y -a la vez- parte de ese grupo de  personas subocupadas (trabajo formal de menos de 35 horas semanales), donde el 14.6% son mujeres, doblando el porcentaje de varones (7%).

Esta es la realidad de muchas mujeres. El trabajo “formal” y el no remunerado hace que sus tareas “a cumplir” le lleven más tiempo que al promedio de los hombres, generando así lo que se llama “Doble Jornada Femenina de Trabajo”: Las mujeres dedican el 61,5 % del tiempo al trabajo no pago y un 38,5 % al remunerado. Mientras que los hombres dedican sólo un 23,2 % a las tareas de cuidado y un 76,8 % a las remuneradas.

La fila avanza, el sol se posiciona perfectamente vertical sobre las cabezas, indicio del mediodía. Vuelven a sus casas con los hombros tensionados de cargar muchas bolsas para hacer menos viajes y quedarse más en casa. Claro, aquellas que sus economías se lo permiten. La cuarentena, la obligatoriedad de quedarse en las casas, contribuye a visibilizar la carga que significan las tareas de cuidado y la desigualdad que trae consigo. Tanto para las que completan “Ama de Casa” en el casillero que pregunta sobre profesión como las que llevan adelante la doble jornada femenina.

Dicen que el mundo que asoma post pandemia va a ser diferente. Especialistas y opinólogos profesionales se debaten entre la caída del capitalismo y la profundización del individualismo. No se sabe a ciencia cierta cómo será pero quizás se pueda, dicho en lunfardo, “aprovechar la volada” y equilibrar la balanza para que este “nos cuidamos entre todxs” que nació en cuarentena, se quede para siempre.


*Lara Collante, integrante del Colectivo Feminista por la Igualdad de Géneros



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