De inflaciones y ceteris paribus. Hablemos del salario real


En una economía con alta inflación, muchas veces escuchamos que se nos dice que esta destruye nuestros ingresos y aumenta la pobreza. El argumento es demasiado lógico en su inmediatez: si con un sueldo de 40.000 pesos puedo comprar 400 paquetes de harina que cuestan 100 pesos, si esos paquetes pasan a costar 200, solo podré comprar 200. Así visto, la inflación aumenta la pobreza. Sin embargo, detrás de este argumento se esconde una de las principales falacias argumentales de la economía: el famoso ceteris paribus.

Ceteris paribus es una frase en latín que significa que todo lo demás permanece constante y es un instrumento muy útil en lo pedagógico. Lo que pase con A cuando B aumenta si C, D, E, etc. permanecen constantes es diferente a lo que pasará con A cuando B aumenta si C, D, E, etc. también varían. Suponer ceteris paribus permite aislar efectos, pero la condición necesaria de su uso es su explicitación. Así, la falacia usual es hacer un ceteris paribus sin decirlo, naturalizando que solo se mueve B, sin hacer referencia a C, D, E, etc.

En el caso que nos compete, por supuesto que un aumento de los precios sin ninguna otra variación hará que suba la pobreza, entendiendo que caen los ingresos reales de los asalariados. El problema, justamente, es que cuando suben los precios también pasan otras cosas.

El investigador Fabián Amico publicó recientemente un informe al respecto (https://citra.org.ar/inflacion-objetivo-excluyente/), donde se ve con claridad que en la Argentina de los últimos veinte años no necesariamente más inflación implicó más pobreza. Hay contextos de suba de la inflación y baja de la pobreza, como por ejemplo el primer mandato de Cristina Fernández, pero también de nula inflación con suba de la pobreza, como el segundo de Menem o el de De la Rúa, en la crisis de la convertibilidad.

¿Cómo puede ser que más inflación no implique más pobreza? Pues hay que mirar qué pasa con otras variables: en primer lugar, con los salarios; en segundo lugar, con el empleo, o, lo que es lo mismo, con la cantidad de población cuyo salario es distinto de cero.

Así, si hacemos un juego y nos preguntamos qué año económico argentino nos gusta más al punto que estaríamos dispuestos a congelar sus valores hacia el futuro (empleo, inflación, salario real, etc.) y las opciones son 2001 y 2011, ¿qué elegiríamos? Efectivamente la inflación en 2011 fue mucho más alta que en 2001. En 2011, con INDEC intervenido y cuestionado, la inflación alternativa dio 22 por ciento, frente a cero o hasta una pequeña deflación en 2001. Si solo nos guiamos por la inflación, 2001 sería un mejor año que 2011. Sin embargo, miremos otros datos: el desempleo en 2001 llegó al 22 por ciento; en 2011 era del 7 por ciento. El salario real se puede medir de distintas maneras, pero en todos los casos arroja diferencias favorables en el caso de 2011. En cuanto a la pobreza, en 2001 llegó al 45 por ciento de la población y en 2011 era del 29 por ciento. Mirando el mapa general, decididamente el año 2011 es mejor que el 2001, aun con muchísima más inflación.

Parte del pensamiento económico convencional suele referirse al concepto de “ilusión monetaria” cuando comparamos variaciones nominales (por ejemplo de salarios) y no pensamos en la inflación. Así, nos ponemos contentos cuando firmamos una paritaria elevada, pero no tenemos en cuenta que parte de ese aumento, o quizás todo, o incluso más, será absorbido por la inflación. Lo que vemos con el ceteris paribus previamente mencionado es lo mismo pero al revés: si solo miramos lo que pasa con los precios y no con los salarios caeremos en otra forma de ilusión.

Esto se sostiene, a veces, en que la ortodoxia asume que la inflación es causada por un fenómeno externo a uno, como la emisión monetaria, mientras que los aumentos salariales surgen del mérito propio y no de la economía en su conjunto. Así, todo aumento salarial será asociado a lo individual y todo aumento de precios a lo general, viéndose de lo general solo lo negativo y no lo positivo. De esta manera, aunque se haga una comparación que tenga en cuenta lo que pasa con los salarios y lo que pasa con los precios, al evaluarse ambas con criterios disímiles incurrimos en la misma falacia.

Entonces, para evaluar el poder adquisitivo tenemos que mirar el salario real. Tenemos que hablar del salario real. Cuando el salario nominal sube más que la inflación, crece. Cuando sube menos, cae.

La teoría neoclásica nos dice que los salarios reales son iguales a la productividad marginal: que solo suben cuando somos más productivos. Otras miradas le dan a la evolución del salario real un contenido mucho más político: es la correlación de fuerzas la que lleva a que suba o que baje. De hecho, si este conflicto lleva a una puja distributiva, es razonable que los aumentos de los precios y de los salarios vayan de la mano, siendo el salario real el balance de esa controversia, cuyo saldo puede ser favorable o no. Así, negar la causa social de los aumentos salariales pasa a tener muy poco sentido.

Un problema adicional que surge es la confusión entre el salario real, que mide el poder adquisitivo del sueldo, con el salario en dólares. Si el tipo de cambio real está fijo, naturalmente ambos se van a mover en el mismo sentido. Pero si hay una devaluación, puede suceder que el salario en dólares caiga y que el salario real suba, precisamente porque el país se está abaratando en dólares. Cuando eso pasa, si miramos en dólares pensaremos que nuestro sueldo cayó aun cuando su poder adquisitivo suba. Esto pasó en 2015 si tomamos en cuenta el tipo de cambio paralelo. Análogamente, puede pasar que los salarios crezcan menos que los precios en un contexto de tipo de cambio nominal fijo, con lo que caerá el salario real pero subirá el salario en dólares. Esto pasó, por ejemplo, en el año 2016, cuando aun con caída del salario y del ingreso creció el déficit comercial por la suba del tipo de cambio real.

En los medios, la suba del dólar y la inflación suelen tomar un lugar preponderante. Es lógico que lo hagan. Rápidamente ambos datos son interpretados como un símbolo de empobrecimiento, de fragilidad o de atraso. Tener alta inflación o que suba el dólar pasan a ser entendidos muy velozmente como símbolos de un fracaso del gobierno. Ceteris paribus, tiene sentido. El problema es que en la economía real no hay ceteris paribus. Si no miramos todo, no estamos viendo nada.

Para evaluar el desempeño de los gobiernos, mirar el salario real, el empleo o la pobreza es mucho más preciso que mirar la inflación o el valor del dólar. Mirar todo, mucho más. Sobre todo, porque nos permite esquivar los saltos argumentales en que incurren quienes, con tono alarmista, plantean ceteris paribus implícitos.

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