Dice el Búho

A su paso lento y firme el invierno comenzó a entrar en el bosque. Pierde fuerza la pulsión de la vida y ceremoniosamente sus habitantes comenzamos a dirigirnos a nuestros nidos, las cuevas, el hogar. Tiempo de reflexionar...


Dice el Búho:

A su paso lento y firme el invierno comenzó a entrar en el bosque. Pierde fuerza la pulsión de la vida y ceremoniosamente  sus habitantes comenzamos a dirigirnos a nuestros nidos, las cuevas, el hogar. Tiempo de reflexionar, de estar más en la casa, de arreglar cosas viejas, ideas o proyectos.

Durante una cincuentena de semanas nos reunimos a conversar, ahora vuelvo por un tiempo a mi nido. Seguramente recordaré otras historias o las viviremos juntos. Como dicen los toreros: “Que Dios reparta suerte”.

Los dejo con una historia no muy conocida, quizá porque no conviene que lo sea, a lo mejor porque es solo un sueño. Pero es bueno conocer cómo fue El  Asesinato de Gardel:

A Alberto Labrador R.,

 quién con su libro me despertó la idea.


EL FUSIL

“Me parece que esto hay que arreglarlo rápido. Uno de los muchachos, a doscientos metros, con un fusil Remington 30.06, con mira Zeiss, y a otra cosa…”. “Despacio, Giorgio, no es el estilo, hay que ver que piensa el Jefe. No  es ese tu trabajo, hablaré con él, pero no es cosa tuya. No te preocupes limítate a hacer lo tuyo”, le aconsejó Naldo y allí terminó el tema. En la barra tomaron otro whisky y luego Naldo se fue a su hotel caminando. Bellísima noche y el denso aire marino, tibio y en calma semejaba un poncho que cubría la ciudad.

George Raft era bailarín profesional y actor del cine negro de Hollywood, en el que interpretaba papeles no muy lejanos a su realidad de hombre periférico de la mafia; pertenecía en la realidad a la familia de Lucky Luciano, y era amigo personal de Benjamín “Bugsy” Siegel, el Loco Siegel.

Esa mañana de 1932 en su hotel de La Habana, donde regenteaba uno de los casinos más famosos de los Estados Unidos, Raft estaba preocupado. Le había salido un competidor en lo artístico que no respetaba los territorios marcados y del que no sabía si era un lobo solitario o un agente encubierto como él mismo.

Por esa razón había charlado brevemente la noche anterior con Giovanni Tecca, que se hacía llamar Naldo y que cumplía funciones de enlace entre la familia Luciano y las inversiones que habían hecho en Cuba y que gerenteaba Raft. La luz de alarma se le había encendido una noche en que cenaba en la mansión de los Dupont, al norte de La Habana, cuando Joseph Dupont, uno de los jóvenes dorados de la familia pero no el primogénito le dijo: “Hay un latino que está haciendo furor en Hollywood, y está fuera del circuito”.

Por entonces Siegel controlaba los ases: Bing Crosby, Clark Gable, Cary Grant, y al propio George Raft. “Quién es ese desconocido”, preguntó Raft, “Carlos Gardel”, le respondió Joseph Junior Dupont, JJD, para los íntimos. A la madrugada, antes de acostarse, Raft  recordó a Charly Gardel, pero no le dio importancia.

De todos modos, por precaución, a la mañana siguiente le envió un cable a Vitto Masttera, en Hollywood, preguntándole por Charles Gardel y la respuesta lo intranquilizó.

“Es un cantor latino, francés, posible hombre de los corsos de Marsella. Tiene enorme éxito en el ambiente hispano. Está filmando mucho con Paramount. Canta bien. Hasta el momento no lo protegemos.”

Raft no supo que arma usar, si la seducción o el fusil. No tenía importancia un cantante contra la Organización. Había que hacerle una visita formal, con una oferta irrechazable, y firmaría, como todos. Pero era diferente si estaban los corsos. La droga que entraba a Estados Unidos lo hacía por dos bocas, el puerto de Nueva York y La Habana. Las dos venían de la India, donde la cultivaban en las colonias inglesas, y enviaban al mercado chino la esencia de las amapolas, y a USA el haschis. La Organización la recibía en Italia al por mayor, y ellos la procesaban y empacaban en Nápoles, preferentemente, o en Sicilia.

La Mafia había hecho fuertes inversiones en Cuba fundamentalmente en grandes hoteles y dos familias norteamericanas controlaban ese mercado; la de Sam Giancana que mas tarde captaría a Frank Sinatra y a los Kennedy; y la de Lucky Luciano y su lugarteniente Siegel con Raft.

La droga  a los corsos les llegaba directamente de Indochina a Marsella y desde allí abastecían Francia y Alemania en primer lugar, luego todo lo que podían; pero no tenían la fuerza  de la Organización. Los polacos, judíos y franceses estaban abriendo el mercado sudamericano haciendo base en Brasil, la Argentina y Colombia. Raft decidió estudiar más a Charles Gardés.

Si bien era cierto que de niños había jugado en el mismo barrio neoyorkino con Bugsy, ahora su amigo había crecido a la sombra de Lucky y estaba en el juego grande. Ciertamente que su tarea principal era administrar el juego y las chicas de La Habana, pero era hombre de consulta para el mercado artístico que tenía un buen consumo. A Carlos Gardel le había abierto una ficha y con la información que recibía la iba completando.


BUENOS AIRES

No era un buen día. Doña Berta lo había despertado a las 2 de la tarde, y tendría almuerzo listo para una hora después. Carlitos se levantaba apurado, comía a las disparadas y luego se iba para Palermo a tirar algunos boletos a esos caballos que no pueden perder nunca. Después diría que, filosóficamente, al regreso perdedor del potrillo, cuando pasara frente a él, el caballo le aconsejaría:”Ya sabés hermano, no hay que jugar”. En la séptima carrera de Palermo acertaría con un imposible, y le quedarían pesos suficientes para cenar el pucherito de gallina, y luego Palace de Glace, a bailar. Hoy no cantaría.

Tomó el café con sus amigos entre los que estaba Florindo Pesce, y ya suelto y conversador comentó: “Muchachos, tengo una fija. Habrá plata para todos”.

Inmediatamente contó lo que se proponía. Había tomado contacto en Nueva York con la gente de Pathé, una firma francesa especializada en cine, y planeaba comprar muy buenos equipos, y armar los estudios en Buenos Aires. Dejaría de filmar con Paramount y lo haría con una empresa propia. Los franceses se harían cargo de la distribución de sus películas argentinas. También de la exhibición en Europa, y al proyecto se sumaba la intención francesa de crear una línea aérea latina sobre la base de Aeropostal, la firma francesa que ya operaba en Buenos Aires, y en la que volaba Antoine de Saint Exupery.

A la mañana siguiente Pesce, con su peculiar forma de caminar,  de conejito al trote, se dirigió hasta la Avenida Corrientes y San Martín, donde estaban las oficinas de Italcable Transradio Internacional y le envió a Naldo este mensaje: “El pajarito quiere dejar la jaula. Va a cantar para los franceses”. Estaba seguro que más tarde Naldo lo llamaría por teléfono para pedirle detalles.

Salió de la oficina a su pasito de vulpeja hambrienta y trotó hasta Corrientes y Maipú, en el Bar Suarez pidió un Cinzano con Fernet y manices, lo tomó despacio mientras pensaba que otro daño podía hacer. Era, naturalmente, mala gente.

Carlitos como los marineros, tenía el corazón dividido. Amaba navegar extrañando la casa, y cuando estaba en la casa extrañaba el barco. Su corazón se repartía entre Francia y Mi Buenos Aires Querido. Vivía en la calle Jean Jaurés  735, en pleno corazón del Abasto, ese mercado monumental, hervidero de trabajo, vida y ratas. Cien bares de alrededor atendían a ese mundo variopinto de changarines, verduleros, fruteros, transportistas, y carreros que negociaban el río vegetal que comía Buenos Aires. Borrachos, putas y café a toda hora y ese magma nutriente le daba fuerza y tono a la voz incomparable cuando decía: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos, van marcando mi retorno…”

Pero el barrio le quedaba chico “…Corriente y Esmeralda tiene un encanto indefinible y poderoso que nos ata un lazo de acero… Pero cuando se ha conocido Paris, cuando se ha visto qué es la Costa Azul, cuando se ha gustado los aplausos de reyes, no satisface del todo…No es que me disguste ni mucho menos…pero cansa…¡Es terriblemente monótona nuestra ciudad!”, escribió Carlitos desde Paris a un amigo.

En la cabeza de ese corazón dividido construir estudios cinematográficos franceses en Buenos Aires, y una línea de aviación con los poderosos Letes que venían de Francia y se habían instalado en la Argentina mejor que la competencia alemana, era algo natural y simple, para el francés oculto que dormía dentro de Carlitos.

Sin embargo no dejaba de reflexionar sobre lo que anoche le había dicho Pesce como un comentario amistoso: “¿No es peligroso meterse en esos negocios cuando estás trabajando bien para la gente de Nueva York?”


MEDELLÍN

A la semana siguiente, el 7 de noviembre de 1933, Carlitos redactó y firmó su testamento a los 43 años de edad. En el documento se declaraba francés y legaba todos sus bienes a su madre. ¿Previsión o temor a la sombra negra del buitre Pesce?

El 8 de noviembre a las diez de la noche, a bordo del lujoso transatlántico “Comte Biancamano” se aleja de las luces de Buenos Aires que nunca más volverá a ver. Quince días después llegó a Barcelona, y de allí por tren siguió a Toulusse donde está viviendo su madre acompañada de familiares. Se queda tres días con ella y sigue a Paris donde cierra sus acuerdos con Pathé la mayor empresa internacional, por aquellos años de la lndustria cinematográfica. El estratega de Pathé es, curiosamente, un corso, Ferdinand De Zecca, quien es el alma de la empresa.

La vida suele enriquecerse con cambios de ritmo súbitos. De pronto un adagio dominante, extenso y calmo. Enseguida la aceleración del alegretto que nos coloca frente a los compases finales. Sorprende, en la vida de Carlitos la larga incubación del pequeño niño inmigrante francés, su adolescencia de muchachito argentino, su inicio artístico firme y decidido, su ascensión al triunfo, la llegada a los círculos sociales de la Juventud Dorada del Buenos Aires de la época, smoking, frak, champán.

Luego su preocupación por ser más aún, su interés de igualarse en serio con los poderosos. Su aspiración a trascender, a dejar atrás el Abasto y ser “como uno de nosotros” diría Roberto Guevara, quién sería el abuelo del Che Guevara, y que por entonces era un joven alegre de la Argentina opulenta, en una mesa del Armenonville, en 1915, antes de pegarle un tiro en la  esquina de Alvear y Agüero en una pelea de señoritos borrachos a la salida de un cabaret. Carlitos llevaría para siempre el plomo de esa bala cerca del pulmón derecho, como recordatorio, marca de ganado, que  señalaba el lugar que le otorgaban los cajetillas de Buenos Aires. “Un asunto es que vengas a cantar a nuestras fiestas, vestido como nosotros, y otra es que te creas un igual”.

Para rematar estas pretensiones ahora quería ser empresario, tener su propio stud, su propia industria cinematográfica y relacionarse con Aeropostale de Francia. Después iba a pretender ser Presidente del Jockey Club. Cayó, sin darse cuenta, en la envidia de los dioses, ese castigo reservado a los que fuerzan el límite que les está destinado

Ellos soplaron al oído del Loco Siegel la insidiosa sospecha que Carlitos era objetivamente enemigo, aunque fuese personalmente inocente. Como todo ha de hacerse despaciosamente, a ritmo  ceremonial, El Loco le encargó a Naldo que preparara un “paquete” chico, digamos una bomba de no más de un kilo de gelignita con detonador de reloj. No se precisaban esquirlas, de ahí la caja de madera, sino se requería sólo la expansión de los gases. Se podía leer con claridad la fecha de elaboración escrita en la tapa, 16-12-34, fecha  fundamental porque la gelignita tiene una vida útil de dieciocho meses.

Se puede deducir que debió ser en los primeros días de diciembre de 1934 que Siegel decidió sacar de carrera a Carlitos. Todo se reducía a esperar el momento oportuno. Carlitos había firmado un contrato con la NBC que lo lanzó al estrellado radiofónico y, en un sistema en que el éxito se mide en dinero, el hecho que el caché de Carlitos fuera superior al de Maurice Chevalier, Bing Crosby o Gloria Swason tenía un peso propio.

Carlitos no sabía que la mira telescópica de un fúsil lo estaba buscando, y atraído por la fascinación del éxito y del poder, que mayor envidia despertaba, en lugar de alejarse del campo de tiro, hacía exactamente lo contrario, buscaba colocarse en el cruce mortal de los ejes ópticos para que todo fuese más fácil, la ligera presión sobre el gatillo y última fulguración.

Carlitos ya no era en Buenos Aires el ídolo querido por todo el pueblo, por todas las clases sociales. Los jailaifes (high life) porteños se habían apartado de su lado. Los retrataba cruelmente en sus exitosas películas, como hombres vacíos en su eterna bohemia, orgianísticos, haraganes, dispuestos a correr detrás de cualquier corista o prostituta siempre que fuera francesa. El diario “La Nación”, llamado “La Vieja Dama Indigna” por sus detractores; expresión acabada, culta y fina de la inteligencia de la alta sociedad, que antes  había aplaudido los éxitos vocales del cantor, ahora criticaba acerbamente la historia de sus películas escritas por un periodista uruguayo de tanto ingenio y atrevimiento, como superficial en cuestiones éticas: Alfredo Le Pera.

De Nueva York viajó a Puerto Rico para iniciar una gira sudamericana que comenzaría en Venezuela, luego Colombia, y rumbo al sur Perú, Chile y finalizaría en Buenos Aires. Es en San Juan de Puerto Rico, donde sin saberlo firma su entrada en la Muerte, la apertura del Séptimo Sello.

Canta en el Teatro Paramount que había vendido todas las localidades con tres días de anticipación a muy alto precio, y al final de su actuación es molestado por un ruido tumultuoso que llega desde el exterior. Lo producían cientos de espectadores que no habían podido acceder al espectáculo por los altos precios. Carlitos, comete el primer error: solicita que le abran un balcón del teatro en el primer piso, y para esa gente canta tres canciones que son ovacionadas. Concluidas agrega: “Quédense tranquilos, me quedó dos días más y desde mañana las entradas costarán la mitad”. Enorme ovación popular, igual en tamaño a la ira del empresario que ve reducida su ganancia en el 50%, a pesar que el Morocho intenta compensarlo prolongando su contrato en tres días. Se había vuelto incontrolable.

Esa misma noche comete su segundo error, en el Hotel El Condado donde se alojaba, que estaba engalanado en su honor por la bandera argentina, escribe a un amigo de La Habana para decirle que había decidido prolongar su gira hasta Cuba, a donde iría luego de cantar en Cali, donde debía arreglar algunos asuntos comerciales además de cantar.

Su amigo y admirador cubano no hace otra cosa que mejor acomodar la figura de Carlitos en el centro del blanco.  Divulga alborozado la noticia que no tarda en llegar a los oídos de Raft. Ahora el cantor latino vendría a su propio territorio, cantaría en un teatro, quizá volviera a repetir la demagogia de abrir las ventanas y desplazaría el público hacia el teatro despojando a los Bing Crosbys del público  que visitaba su Casino. “Cada uno de los que entran tiene dibujada en la frente la cifra de cuarenta dólares, que es lo que dejan en las cajas”, confesaba George a los amigos. En tres días U$S 36.000 menos en las cajas de la Cosa Nostra. El precio de una bomba era de U$S 20.

George Raft, preocupado le habló al Loco Siegel para informarlo. El Loco hizo como que no le interesaba la información y cortó la comunicación sin mucha ceremonia. Luego llamó al armador del artefacto, Pietro Di Maggio y le dijo:” Llevala a Colombia, y  hablá con Naldo”. Pietro llegó a Bogotá el 15 de junio y contactó a Naldo que seguía paso a paso la gira de Carlitos. El Loco decidió que el piloto norteamericano Stanley Harvey que volaba el avión de Carlitos  hiciera recambio en Medellín, donde el Ford Trimotor de la SACO, línea aérea colombiana llegaría con sus pasajeros a las dos y media de la tarde, para reabastecerse en su viaje a Cali.

Antes del aterrizaje, cuando ya se veía el avión de la SACO recortado en el cielo azul de Medellín, Pietro Di Maggio, con una camisa de trabajo de Universal Estudios fue al baño con un pequeño maletín. Adentro estaba la caja de madera, ahora pintada color aluminio, simulando ser de lata. Encerrado en el retrete, con suma cautela conectó los cables de la carga con el reloj que marcaba las 11 horas. A las 12 se activaría el circuito. Desde ese momento pasarían 60 minutos hasta que estallase la gelignita. En el galpón de cargas trasladó la caja color aluminio a las cajas de lata donde iba el film que, por un inesperado sarcasmo se llamaba “Payasadas de la Vida”, de Estudios Universal y que debía ser proyectada por la noche en Cali.

Pietro y otro empleado llevaron la película hasta el avión Ford 5-AT. El piloto Ernesto Samper Mendoza, un as de la aviación colombiana, amigo de Carlitos fue el remplazarte de Harvey, que lo había piloteado desde Bogotá. Revisó concienzudamente al avión y encontró todo bien. El Ford 5-AT no tenía bodega de carga, de modo que la misma era acondicionada detrás del piloto, antes de las filas de asientos, y cubierta con una fuerte red para evitar desplazamientos imprevistos.

La bomba con mecanismo contemporizador estallaría en dos horas,  cuando el avión, a 3.000 metros de altura, estuviera cruzando los Andes colombianos, 30 minutos después de la partida. Sin embargo los pasajeros se retrasaban a ocupar sus asientos en medio de la algarabía  de las despedidas en el pequeño bar de la SACO. Cuando subió Carlitos el retraso era de 55 minutos.

Pietro, Naldo y Harvey, absolutamente inocente de la trama, ya había llegado a Medellín y se inscribían en el hotel en el momento en que el Ford 5-AT llegaba a la cabecera de la pista para despegar. El otro “empleado” de Estudios Universal que había ayudado a subir la carga, se quedó en el aeropuerto y tomó el siguiente avión un Junkers trimotor alemán de la SCADTA, que partía después para Cali. Era un secreto a voces que la SCADTA, antecesora de Avianca, era el disfraz civil de la fuerza aérea militar que organizaba Hitler y que en Sudamérica también usaba el nombre de “Condor”.

“El paso del Tiempo es un Caballo Alado que jamás se detiene”, y Caballo Alado es también la Muerte nos recuerda el Apocalipsis. Ya galopaba seguro de si mismo por los campos de Medellín y sin fatigarse subía hasta los 1.000 metros de los valles umbríos que se desplegaba, en la meseta, reducida y acotada, donde estaba el aeropuerto. Allí una pequeña máquina, remedo insignificante de los grandes pájaros, intentaba volar, escaparse al Destino que lo ligaba al fuego y la muerte.

¿La fina percepción de Carlos presintió de algún modo los próximos minutos? No le gustaba volar. Ahora que su público quedaba afuera, aislado por el aluminio y el cristal, había dejado de sonreír. Faltaban 30 segundos y el Ford 5-AT avanzaba a toda potencia de sus motores por el centro de la pista. Un fuerte viento lateral lo desplazó de la línea central de la pista hacia la izquierda, pisando el terreno blando del borde. Ernesto Samper dio plena fuerza a los motores que consiguieron elevar dos metros al pájaro metálico. Estaba a un segundo, sesenta metros, del otro avión que esperaba, al costado, despegar más tarde. En ese momento los cascos endurecidos del Caballo tocaron la máquina que estalló en el aire y lo precipitó contra el Junkers, ambos cargados de combustible. El choque fue inmediato y el público, horrorizado, presenciando la tragedia, con los ojos puestos  en la tea que consumía las vidas humanas como si fuese paja de las eras, no advirtió la carrera ascendente del Caballo Alado que se alejaba rumbo al sol. Había muerto el Morocho del Abasto.


COLOFÓN

La historia se escribe después. La leyenda se construye entre todos. No siempre es bueno conocer la verdad. Para qué modificar la Historia Oficial. ¿Tiene algún sentido recordar, luego de setenta años, que la máxima expresión del pensamiento conservador  de entonces, Monseñor Gustavo J. Franceschi, director de la Revista “Criterio”, voz de la inteligencia tradicional y catolicona de la Argentina calificara, luego de la muerte, a Carlos Gardel como francés desertor de sus deberes con la patria, falto de cultura, mal formado, inteligencia corrompida, ideal de amoralidad; y al sepelio popular “página bochornosa de la historia porteña?

Los hijos de Franceschi, la “buena sociedad”, los “Niños bien”, a los que el tango había llamado “pretenciosos y engrupidos”, tampoco perdonaban a Carlitos.

Confesó públicamente, Helvio “Poroto” Botana, hijo del todopoderoso Natalio Botana, propietario y director del diario “Crítica” el mayor de su época, que el Klan Radical instrumentó la muerte de Gardel para ocultar el negociado que el Gobierno había hecho con una venta corrupta de tierras fiscales. ¿Para qué divulgarlo?

Gardel era hombre del caudillo conservador Alberto Barceló que mezclaba sabiamente política con delitos. El malevo preferido de Barceló fue el célebre Ruggerito, temible asesino quién entre sus muchas tareas debía proteger a Carlitos de las agresiones de los Niños Bien. ¿Es bueno darlo a conocer?

En 1944 la Justicia norteamericana apresó y juzgó a Johnnie Teckin, nacido en Brookling, NY. Según la justicia usaba nombre falso, pertenecía a la mafia y lo condenó a muerte por electrocución, en la cárcel de Sing Sing.  Johnnie negó absolutamente todos los cargos. Dos horas antes de bajar la palanca lo entrevistó un oficial de Justicia diciéndole que tenía en su bolsillo la conmutación de pena firmada por el Gobernador, a prisión perpetua, si denunciaba a sus cómplices y a sus jefes. Johnnie miró con infinito cansancio al oficial y le dijo: “Mi chiamo Giovanni Tecca, sono Naldo, e non capisco la sua domanda”. El oficial bajo la palanca a la hora prevista. La familia de Tecca recibió una donación anónima de 10.000 dólares al día siguiente de la ejecución.

A Benjamín “Bugsy” Siegel sus compañeros de Sindicato lo enfriaron el 24 de junio de 1947, casualmente con un tiro de fúsil a 200 metros en California, por una cuentas equivocadas que presentó a la Familia Luciano. Nada personal,  sólo cuestión de negocios.

Sam Momo Giancana, implicado en el asesinato de Marilyn Monroe y John Fitzgerald Kennedy, y en la tentativa de asesinar a Fidel Castro por encargo de la CIA, iba a testificar al Congreso norteamericano el 19 de julio de 1975 por su actuación en Cuba, pero el día antes se equivocó al invitar a cenar a un amigo y cuando preparaba salchichas con ajo su invitado le apoyó una pistola calibre 22 en la nuca y gatilló. Cayó boca arriba y entonces recibió un balazo en la boca y cinco más en el mentón. Su amigo salió tranquilamente de la casa.

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 Por todo esto, se impone que debe quedar absolutamente confirmado que Carlos Gardel murió en un accidente en Medellín el 24 de junio de 1935; y que la Argentina toda vivió una triste jornada de luto unánime cuando llegaron sus restos a Buenos Aires.


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