Economía, pluralismo y hegemonía en la Argentina

Nadie debería sorprenderse si decimos que la economía es una ciencia social, cuyos alcances teóricos no se asemejan a los de las ciencias naturales. Nadie debería asombrarse tampoco si decimos que la economía es una disciplina en la que conviven miradas divergentes, teorías distintas, explicaciones contrarias. Sin embargo, cuando afirmamos que la economía de un país no es como la de una casa, que la oferta y la demanda no son leyes universales o que la emisión monetaria no necesariamente genera inflación, muchos nos miran raro. Es decir, cuando ejemplificamos la pluralidad en argumentos concretos que se oponen al sentido común dominante, muchos piensan que se trata de un engaño, de un error o de una provocación. Precisamente, a esas personas les falta y les faltó desde siempre una verdadera formación plural en economía.

Sin embargo, en Argentina siempre coexistieron miradas divergentes. A mediados del siglo XX convivían desarrollistas, estructuralistas, liberales, dependentistas, marxistas, con mayor o menor repercusión y mayor o menor inserción institucional tanto en las academias como en el Estado en general. Es cierto, era una Argentina convulsionada y de esa convulsión salieron procesos de persecución política, primero durante la dictadura de Onganía, cuyo principal hito fue la Noche de los Bastones Largos, y después durante la última dictadura militar. Incluso había habido una experiencia de un plan de estudios de economía explícitamente plural, organizado por escuelas de pensamiento, en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, a principios de los años setenta, que tuvo que cerrar por la persecución política a prácticamente todos sus docentes y estudiantes.

Es decir, la persecución política de la dictadura también fue un puntapié para la consolidación de la hegemonía del pensamiento neoclásico, que fue el único que se mantuvo intacto. Sin ir más lejos, en la Universidad de Buenos Aires la Licenciatura en Economía Política cambió su nombre a Licenciatura en Economía, a secas. El pluralismo existente fue barrido de las aulas de todo el país a sangre y fuego. Pero su consolidación se dio en democracia, en los años noventa, cuando el neoliberalismo alcanzó un status hegemónico.

Durante los años del consenso de Washington creció la oferta de carreras de economía en universidades privadas y en muchas facultades públicas se acortaron los programas, reduciéndose así, prioritariamente, algunos contenidos críticos remanentes. Se generalizó el uso de manuales de texto estadounidenses que más que una guía para los alumnos se convirtieron en una síntesis de las carreras. Con el norte en la homogeneización con una academia internacional que también era cada vez más exclusivamente neoclásica, los programas en Argentina se normalizaron, manuales mediante, hacia un pensamiento único. No casualmente, es el mismo pensamiento que se mostraba único y vencedor en los medios de comunicación. Con el fin de la historia a cuestas, no hizo falta más persecución política específica para garantizar que la única economía que se enseñe sea la economía neoclásica. Esta unicidad tenía de hecho tres patas: a las universidades y los medios debemos añadirle el propio ejercicio de la política económica, en cuya fundamentación las ideas neoclásicas se expresaban sin reparos.

La hegemonía neoclásica se expresaba y se sigue expresando, principalmente, en la ausencia del término “neoclásica”, que se vuelve innecesario. La economía es economía a secas, las propuestas teóricas neoclásicas son leyes de la economía y cualquier opinión divergente es inconducente. Ni siquiera se la puede tener en cuenta, dado que no puede penetrar en el bloque monolítico.

Desde ya, la hegemonía no era total. Los aportes teóricos desde diferentes escuelas siguieron existiendo en grupos reducidos, pequeñas publicaciones o alguna cátedra desconectada. En la Universidad de Buenos Aires, cuya carrera de economía es la única del país cuyo alumnado es tan extenso que permite que haya varias comisiones o cátedras por materia, sobrevivieron algunos cursos críticos, heterodoxos o marxistas. También permanecieron en algunas cátedras de economía para otras ciencias sociales.

En 2001 la hegemonía neoliberal voló por los aires, pero su reemplazo por un nuevo consenso no fue inmediato ni sincrónico. De hecho, el primer reemplazo se dio en las prácticas cotidianas y en los saberes que de ellas surgen, principalmente en sectores subalternos. Las expresiones más acabadas del fracaso neoliberal empezaron en los barrios, en las organizaciones sociales y en los márgenes de la discusión económica en general. Más lentamente empezaron a aparecer discusiones y nuevas preguntas en los medios y en la política nacional. Hacia mediados de la década de 2000, la mayoría de las universidades no se había enterado de la crisis de 2001 y de las incomodidades que ocasionaba el pensamiento único.

Cierto es que algunos programas en escuelas pequeñas sí incluían perspectivas divergentes, tales como la Maestría en Economía Política en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) o la Licenciatura en Economía Política en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). También es cierto que durante la gestión del decano Carlos Degrossi en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, hasta el año 2006, se incorporaron docentes heterodoxos a la carrera de economía, principalmente a partir de la irrupción del colectivo Plan Fénix en esa casa de estudios en el año 2001. Sin embargo, la estructura de los programas de la mayoría de las carreras de economía del país siguió siendo casi exclusivamente neoclásica.

Hacia 2005 ya estaba quedando claro el giro político hacia el postneoliberalismo en gran parte de América del Sur. La crisis económica y social del neoliberalismo había dejado huellas profundas, que la teoría neoclásica imperante no podía explicar. Por eso mismo fue en las propias aulas de las universidades más grandes, en los pasillos y los comedores, que colectivos estudiantiles, más o menos asociados a la militancia política universitaria, empezaron a cuestionar la educación recibida (mejor dicho, empezamos, pues quien suscribe fue parte de este proceso en estos años). Lo que se enseñaba no respondía a las preguntas que los estudiantes tenían, y entonces la alternativa tuvo que buscarse en los márgenes de las propias universidades. Este fenómeno fue global: en todo el mundo empezaron a surgir grupos estudiantiles reclamando pluralidad. ¿Qué se reclamaba? No solamente diferentes teorías, que trasciendan la unicidad neoclásica, sino también enfoques feministas, ambientales, preocupaciones por la realidad local, formación interdisciplinaria en ciencias sociales, formación metodológica más amplia que los tradicionales métodos cuantitativos, etc. En Argentina, la principal expresión de esta incomodidad fue y sigue siendo la Sociedad de Economía Crítica y el principal ámbito las Jornadas de Economía Crítica, que se organizaron por primera vez en 2007.

En los últimos quince años, principalmente a partir de la creación de nuevas universidades en el Conurbano bonaerense, pero no solo en ellas, empezaron a surgir carreras de economía definidas desde la pluralidad. En la Universidad Nacional de Moreno (UNM), la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV), la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ), la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) y la Universidad Metropolitana de Educación y Trabajo (UMET), entre otras, se lanzaron Licenciaturas en Economía con mirada plural y, en algunos casos, con primacía de ideas heterodoxas. En la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), donde ya existía una Licenciatura en Comercio Internacional con miradas amplias, se abrió una licenciatura en economía del desarrollo. En la Universidad Nacional de Lanús (UNLA) se abrió una Licenciatura en Economía Política. A nivel de posgrado, en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) se lanzó una Maestría en Desarrollo Económico, en la UNDAV un Posgrado en Estructura Económica Argentina, en la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ) una Maestría en Desarrollo Económico Regional y en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA una Diplomatura en Economía Política. A nivel de Doctorado, desde hace algunos años funciona en la UNQ un Doctorado en Desarrollo Económico y se están abriendo nuevos Doctorados en Economía en UNGS y en Economía Política en UNSAM. El listado, desde ya, no es exhaustivo. En todos estos casos, más allá de que en algunos primen perspectivas heterodoxas, se enseñan distintas escuelas de pensamiento, incluyendo la teoría neoclásica.

En síntesis, con un retraso importante en relación a la política, la economía académica ha empezado a desarmar la hegemonía neoclásica y a reconocer la virtud de la pluralidad de enfoques, teorías y metodologías. Por supuesto, esto encuentra resistencias en los claustros de profesores ortodoxos de las facultades más grandes, y no llama la atención que la expresión más avanzada de una formación plural en economía se haya encontrado en universidades nuevas. La puesta en práctica de políticas económicas heterodoxas y, en cierto punto, la formación de cuadros administrativos que comparten estas ideas, ha generado simbiosis con estas nuevas carreras.

Una de las consecuencias es que los neoclásicos se ven obligados a aceptar que la diversidad existe y a responder a debates que les son incómodos: a aceptar que la economía tiene diferentes miradas y que decidir enseñar solo una y esconder al resto es engañar a los estudiantes. Ante esta incomodidad, no es casual que la ortodoxia de siempre, aquella acostumbrada a la hegemonía, al pensamiento único, a la supuesta objetividad y neutralidad, encuentre puntos de contacto con la nueva extrema derecha económica, caracterizada por economistas mediáticos gritones que sí reconocen explícitamente la pluralidad en tanto se presentan como rebeldes frente a un status quo heterodoxo que solo existe en sus fantasías.

Afortunadamente el pluralismo en economía está creciendo y las experiencias son exitosas. Sigue habiendo demandas insatisfechas en la formación de economistas, a las que los programas plurales, aun en universidades pequeñas o desconocidas, pueden responder muy bien. Lo que está faltando, y para eso es necesaria la política, es que las miradas plurales encuentren su lugar en las universidades más grandes, donde, salvo excepciones, la hegemonía neoclásica, aun incómoda, se encuentra indisputada.

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