El 4 de julio y los desafíos de la libertad

OPINIÓN. Hoy 4 de julio se conmemora un nuevo aniversario de la Independencia de los Estados Unidos. Ese día de 1776 los Padres Fundadores sostenían como “verdades evidentes” que “todos los hombres son creados iguales; que todos son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Hoy 4 de julio se conmemora un nuevo aniversario de la Independencia de los Estados Unidos. Ese día de 1776 los Padres Fundadores sostenían como “verdades evidentes” que “todos los hombres son creados iguales; que todos son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Bajo estos principios ilustrados irrumpió la primera revolución anticolonial del mundo atlántico. Sus ecos resonaron inmediatamente en Francia durante la primera etapa revolucionaria y luego en la revolución de Haití. Un poco más adelante en el tiempo, los territorios liberados del dominio ibérico tomarían a Estados Unidos como ejemplo para la construcción de sus poderes republicanos. La revolución estadounidense fue la primera en crear estados a partir de un imperio. Palabras tales como libertad y democracia quedaron asociadas desde entonces a esa nación. Esas palabras justificaron cada una de las participaciones de Estados Unidos en las guerras internacionales y en los conflictos civiles de otros países.

Pero, ¿qué significó la revolución para aquellos que la vivieron en carne y hueso? ¿Eran “evidentes” los derechos universales expresados en la Declaración de la Independencia para la mayoría de los habitantes de las colonias británicas? Ciertamente era este el lenguaje propio de los sectores más influyentes de la colonia, a quienes la lucha revolucionaria convirtió en próceres o, según la terminología patriótica, en “Padres Fundadores”. Estos reaccionaron contra lo que consideraban un atropello a sus libertades por parte de la Corona británica, que había reorientado su política colonial con la sanción de nuevos impuestos. De esa manera pretendía el rey Jorge III transferir a sus colonias el costo de su administración y defensa, tras haberle ganado una guerra a Francia (1753-1763) que le sumó más territorios para defender y gobernar.

Los voceros de la revolución repudiaron la política imperial de “impuestos sin representación”. Con ello no pretendían participar de las deliberaciones que tenían sede en el Parlamento de Londres, sino más bien rechazar con los mismos argumentos jurídicos ingleses la intervención en el gobierno local. Lo que se buscaba era el retorno al orden colonial anterior, caracterizado por una enorme autonomía. Esta última era de carácter político, dado que las asambleas de las colonias eran órganos verdaderamente representativos de los colonos propietarios. Pero también era una autonomía económica, que recurría al contrabando y la corrupción para sortear la legislación fiscal inglesa, que de por sí era bastante laxa. La defensa de su autonomía llevó a una solidaridad entre las colonias que ni la guerra contra Francia ni los permanentes conflictos en la frontera indígena habían podido lograr. Tan fuerte fue la defensa de su autonomía que algunos historiadores estadounidenses llegaron a desestimar el carácter revolucionario, transformador, de la Independencia. Y no fueron precisamente los historiadores de izquierda, sino los conservadores. De esa forma trazaban una genealogía de la historia de la libertad y la democracia que se remontaba a tiempos muy anteriores al 4 de julio de 1776.

Ahora bien, ¿quiénes fueron los Padres Fundadores? Los patriotas que firmaron la Declaración de la Independencia, que en un setenta por ciento habían sido funcionarios de la administración colonial. También, los héroes militares y los redactores de la Constitución. La mayoría de ellos, propietarios de esclavos: John Hancock, Benjamin Rush, John Jay, James Madison, George Washington, Thomas Jefferson, entre otros. Algunos liberaron a sus esclavos tras la Independencia, como Washington. Jefferson, por el contrario, mantuvo en la esclavitud hasta a los hijos que tuvo con su esclava Sally Hemings. Una minoría de próceres norteños eran grandes comerciantes o abogados, como los Adams, John y Samuel. Representantes de los artesanos y granjeros con aspiraciones verdaderamente democráticas, como Thomas Paine (1737-1809), redactor del difundidísimo panfleto revolucionario El Sentido Común (1776), fueron olvidados. No solo por la Historia, siempre selectiva, sino por sus mismos correligionarios, que lo dejaron morir en la más absoluta pobreza y oscuridad.

Recordar a Paine implica reconocer la lucha revolucionaria de los trabajadores libres, esclavos y fugitivos. El impuesto al sellado (Ley del Timbre), que el Parlamento británico intentó imponer en 1765, desató una verdadera insurrección popular, ya que directa o indirectamente aumentaba el costo de vida. Pero lo que más inflamó su resistencia fueron las leyes de reclutamiento forzoso, que recaían enteramente sobre los sectores más humildes. Las insurrectas “cuadrillas variopintas” estaban compuestas por trabajadores blancos de distinta procedencia (ingleses, escoceses, irlandeses, holandeses), esclavos y marineros, estos últimos con larga tradición rebelde a ambos lados del Atlántico. Estas cuadrillas llevaron adelante disturbios en las ciudades portuarias y acciones directas tales como incendiar las casas de agentes coloniales y enfrentarse con los soldados ingleses. Los cinco hombres acribillados en la denominada Masacre de Boston de 1770 eran trabajadores: dos marineros (uno de ellos, hijo de madre indígena y padre africano) y tres artesanos (uno, irlandés).

Las aspiraciones libertarias y democráticas de los sectores populares fueron licuadas con la Constitución (1787). La fórmula federalista permitió que los estados redujesen la participación política de sus habitantes varones blancos, exigiendo como requisito la tenencia de tierras para poder votar. La Constitución también estipuló que los esclavos contasen en una proporción de “tres quintos” de una persona para calcular el número de representantes de los estados en el Congreso. De ese modo, los esclavos contaban para ponderar en un tercio el total de población del Sur y así lograr el equilibrio político en el Congreso, en relación con los estados más populosos del Norte. La democracia de propietarios se extendió en parte por la vigencia de la esclavitud, que irradió lealtades raciales entre blancos pobres y blancos ricos, especialmente en el Sur. De modo que el racismo se transformó en el ingrediente esencial, aunque no reconocido, de la ideología republicana que impulsó a los virginianos a liderar la nación. Con la excepción de John Adams, las tres primeras décadas de la república estadounidense tuvieron como presidentes a virginianos, todos ellos dueños de esclavos.

En 1852, el ex esclavo y por entonces líder abolicionista Frederick Douglass se preguntaba qué significaba el 4 de julio para el esclavo: “El día en que se le revela, más que ningún otro día del año, la total injusticia y crueldad de la que es víctima constante.” Tampoco hubiesen celebrado el 4 de julio después de la emancipación, por cuya causa se hundió la república en el conflicto más sangriento de su historia. Después de la Guerra Civil, los estados sureños sancionaron leyes segregacionistas que, en la práctica concreta, no hacían diferente la vida de los negros. La mayoría de los libertos, por su condición de extrema pobreza, siguió trabajando en las plantaciones con muy bajas remuneraciones. Tampoco fueron integrados socialmente, dado que la doctrina “iguales pero separados” confinó a los afrodescendientes a instituciones y espacios públicos exclusivos para negros. Por si acaso las leyes raciales no fuesen suficientes, una organización fundada en 1865 por veteranos confederados, el Ku Klux Klan, obraría como brazo paramilitar.

Pasó un siglo desde la abolición de la esclavitud y los afrodescendientes seguían segregados y sin poder votar, habida cuenta de las múltiples maniobras electorales para evitarlo (requisitos de alfabetización y de propiedad) o la mera intimidación. La larga lucha por los derechos civiles contribuyó a demoler el racismo institucional. Pero en 1963 Martin Luther King Jr. volvía a reclamar a la república ese cheque sin fondos que había librado a sus ciudadanos al establecer, como “verdad evidente”, que “todos los hombres son creados iguales”. Las leyes de Derechos Civiles y de Derecho al Voto de mediados de la década del sesenta no lograron torcer la desigualdad y el racismo, que siguen siendo las lamentables lógicas que rigen en la actualidad y que mantienen a amplios sectores de la sociedad sin poder respirar.


Sobre la autora

Malena López Palmero es Doctora en Historia y docente de la asignatura Historia de Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de San Martín y el Instituto Superior de Formación Docente N° 39 “Jean Piaget”.


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