El acuerdo del siglo: una oferta que podrán rechazar

Por: Ignacio Rullansky

En septiembre de 2008, el entonces primer ministro israelí, Ehud Olmert, presentó al presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, una propuesta para una solución pacífica de dos Estados. Concluida la reunión, Abbas no tenía una copia del mapa para mostrar a sus oficiales, así que lo reprodujo a mano en una hoja de anotador con la insignia de la ANP.

El “mapa de la servilleta”, como fue conocido, planteaba límites similares a los de 1967, cediendo Jerusalén Este a los palestinos, pero Olmert dimitió por cargos de fraudey Abbas, que no aunó consensos suficientes, rechazó el plan. Desde las elecciones de 2006, los palestinos nunca lograron un gobierno de unidad. Hoy, sin embargo, concuerdan en rechazar un plan muy distinto al de la “servilleta”.

Doce años después, la expansión de los asentamientos en Jerusalén Este y Cisjordania parece inviabilizar un Estado palestino, aunque el “acuerdo del siglo”,iniciativa del presidente Donald Trump para resolver el conflicto, presuponga lo contrario, con el apoyo de Benjamin Netanyahu, el primer ministro más longevo en la historia de Israel.

Recordemos que Netanyahu está procesado y que Trump enfrenta un proceso de impeachment. Ambos, a su vez, se presentan a elecciones este año y temen perder el blindaje que confiere la investidura. Quizás Trump especuló que este plan distraería la atención respecto a su impeachment y que atraería votos. No logró lo primero, y lo segundo es complejo. Es cierto que más de la mitad (se estima incluso que el 65%) de los judíos norteamericanos votan opciones demócratas, pero hay un numeroso sector evangelista pro-israelí que apoya a Trump. No es casual que David Friedman, embajador norteamericano en Israel, se reuniera con líderes judíos y evangelistas tras el anuncio.

Netanyahu empató en abril y en septiembre de 2019 con Benny Gantz, líder de Azul y Blanco, de centro-derecha: en marzo espera vencerlo. Por su parte, Gantz conversó con Trump sobre el anuncio: no puede no mostrarse receptivo, pues debe retener votos que podrían ir a opciones de derecha más conservadoras.Mientras tanto, Netanyahu actúa como primer ministro interino y no tiene competencia constitucional para aceptar ningún acuerdo: ni siquiera el del siglo.

El plan plantea congelar la expansión de los asentamientos por cuatro años y permite a Israel extender su jurisdicción sobre los existentes, es decir, anexarlos. Asimismo, reconoce su soberanía sobre el Valle del Jordán: debe enfatizarse que esto implica no solo el control de las fronteras, sino el control de fuentes de agua claves para la región.

A los palestinos, el plan les exige la desmilitarización, el reconocimiento de Israel como Estado judío, y ceder la seguridad sobre Cisjordania, punto que, como contaré,podría ocurrir pero en malos términos. Si imaginamos piezas de un rompecabezas dispersas encima de otro, tendremos una idea del mapa del Estado palestino propuesto. Fragmentos de Cisjordania se atarían entre sí, incluyendo un puñado de barrios de Jerusalén Este y Abu Dis sería la capital. Un puente comunicaría esta región con la Franja de Gaza, ligada con un distrito industrial de alta tecnología y otro para desarrollo agropecuario y viviendas.

Cierta cuota de voluntarismo pesa en la racionalidad detrás del plan: un país sin puertos ni aeropuertos prosperaría con la creación de enclaves productivos en zonas despobladas del desierto. Pese a las facilidades ofrecidas (USD 50.000 millones en créditos y préstamos subsidiados por 10 años), los palestinos no tienen experiencia gubernamental en gestionar e impulsar distritos semejantes, es más, dependen de Israel para el suministro eléctrico.

Demás está decir que no habría control sobre la Explanada de las Mezquitas, pero a los musulmanes que “vengan en paz”, se los admitirá en al-Aqsa. Quienes no podrán regresar a los pueblos y ciudades de donde eran oriundos son los refugiados palestinos y su descendencia, que podrán optar por la ciudadanía palestina.

No y mil noes al acuerdo, dijo Abbas, cuando se refirió a él como “la cachetada del siglo”, que produjo una reacción común tras años de rivalidad entre Fatah, Hamas, la Djihad Islámica y otras expresiones políticas. Hussein a-Sheij, ministro de Asuntos Civiles,expresó que el plan viola los términos de los Acuerdos de Oslo y que, por tanto, la ANP se desentiende de sus compromisos. Esto implica disolver la cooperación en materia de seguridad con Israel que, a diario, evita enfrentamientos y posibles atentados, sirviendo intereses mutuos.

A-Sheij agregó que Abbas rechazó una llamada y una carta de Trump, y planea pedir apoyo a la Liga Árabe. Según el ministro de Exteriores, Riyad al-Maliki, cualquier anexión será llevada a la Corte Penal Internacional pero, ¿conseguirán apoyo? El acercamiento entre los países árabes e Israel parece indicar que no. Portavoces de Emiratos Árabes Unidos y de Egipto encomendaron examinar cautelosamente el plan, considerándolo un “buen punto de partida” para conversaciones: más que una señal de tibieza, una demostración de complacencia. 

Entre los miembros de la Unión Europea no hay consenso sobre el reconocimiento de Palestina como Estado, así que no puede esperarse demasiado. Otro recurso es apelar a la ONU. En efecto, Abbas adelantó que se dirigirá al Consejo de Seguridad para rechazar el plan, repudiado en protestasen campos de refugiados como Bourj al-Barajneh y Ein el-Hilweh, en Beirut, capital libanesa.

El plan supone una solución basada en el desarrollo económico, pero si en otros contextos la prosperidad no es asequible, aquí la estatalidad y la experiencia de gobierno son ínfimas. Años de crisis de representación, corrupción, de enfrentamientos con Israel y de bloqueo ilustran el punto. Mike Pompeo, secretario de Estado de Trump, opinó que si el plan no les convence, los palestinos son libres de armar una contraoferta pero, ¿acaso lo impugnan con la misma libertad que rechazaron el de la servilleta?

Rouvier