El espíritu de Pinochet que vuelve sin haberse ido nunca

El pasado domingo 21 de noviembre tuvo lugar la primera vuelta electoral en Chile, donde, en un escenario marcado por la baja participación y la enorme fragmentación del voto, quedó primero José Antonio Kast, un candidato de ultraderecha que reivindica abiertamente al dictador Augusto Pinochet.


El pasado domingo 21 de noviembre tuvo lugar la primera vuelta electoral en Chile, donde, en un escenario marcado por la baja participación y la enorme fragmentación del voto, quedó primero José Antonio Kast, un candidato de ultraderecha que reivindica abiertamente al dictador Augusto Pinochet, secundado por el candidato de izquierda Gabriel Boric, con quien competirá en la segunda vuelta del próximo 19 de diciembre. En este artículo presentamos los ejes económicos del programa de Kast y los insertamos en un análisis sobre los más de treinta años de democracia en Chile, en los que muchos de los legados de la dictadura no han sido removidos aún.

Durante décadas, el modelo económico chileno fue patrocinado en la región y en el mundo como un caso de éxito de las reformas pro-mercado, donde las decisiones de la dictadura, continuadas en democracia, habrían transformado al país en una economía pujante y en vías de desarrollo. Es cierto que en los treinta años de democracia que llevamos el PBI ha crecido mucho y que, sobre todo, se ha reducido la pobreza, principalmente en dos ciclos: entre 1990 y 2000 y entre 2005 y 2015.

Entre 1990 y la actualidad, el PBI a precios constantes se ha multiplicado por 3,5. En el mismo lapso, el de Colombia se multiplicó por 2,5, el de Uruguay por 2,2 y los de Argentina y Brasil por 1,9. En cuanto a la pobreza, si bien la metodología que se usa en Chile no sirve para comparar con la argentina, pues cada país mide de manera diferente, la comparación nacional es clara: de un 40 por ciento de la población bajo la línea oficial en 1990 pasamos a un 10 por ciento treinta años después. Es decir, la pobreza se ha reducido a un cuarto de la que era a la salida de la dictadura. Sin embargo, otros indicadores son muy preocupantes.

Principalmente, la desigualdad. Si bien esta se ha venido reduciendo en los últimos treinta años, sigue siendo altísima, incluso dentro del mapa latinoamericano, la segunda región más desigual del mundo después del sur de África. Según datos de World Inequality Database, el 1 por ciento más rico se lleva el 25 por ciento del ingreso nacional, y es un guarismo que ha ido subiendo en los últimos años. Para comparar, vemos que en Argentina veníamos con datos de entre un 8 y un 12 por ciento hasta la llegada de Macri y de la pandemia, que lo hicieron subir hasta el 17. Los datos de Brasil son similares a los de Chile. Colombia promedia 18 y Uruguay oscila entre 14 y 17.

Pero, más allá de los datos, la desigualdad en Chile es estructural. Los servicios públicos esenciales, como salud y educación, están segregados, el transporte público es muy caro y los barrios pudientes se diferencian mucho de los populares. Las tasas impositivas son de las más bajas de la región, la protección social de las más limitadas y la movilidad social está fuertemente restringida. Las protestas masivas que tuvieron lugar en 2019 dan cuenta de esta persistencia. El resultado fue la apertura del proceso de reforma constituyente tendiente a finiquitar el legado pinochetista. Sin embargo, en las últimas elecciones quedó claro que todo es un poco más complejo.

El sistema político chileno se había estructurado en base a dos partidos principales, uno de centroderecha y otro de centro (la Concertación), sobre los cuales descansó la continuidad del modelo económico. En el último mandato de Michelle Bachelet, entre 2014 y 2018, este esquema se había empezado a torcer. Pandemia y radicalización hacia la derecha mediante, el segundo mandato de Sebastián Piñera, desde 2018, muestra una eclosión que da lugar al escenario abierto en la actualidad.

Desde hace muchos años hay un sector minoritario en el congreso chileno que defiende abiertamente a Pinochet y se ubica a la derecha de Piñera (la Unión Democrática Independiente). De aquel, y por derecha, se abrió José Antonio Kast, quien luego de su salida de la UDI armó el Partido Republicano, con claras referencias a su homónimo estadounidense, y ha tenido en el último lustro una activa presencia mediática. Su figura, asemejable a la de Bolsonaro en Brasil, pero también a la de Abascal en España o Keiko Fujimori en Perú, expresa un amplio abanico de postulados de extrema derecha, como la restricción de la migración, el empoderamiento de las fuerzas de seguridad y el combate abierto al feminismo, lo cual se conjuga, en lo discursivo, con el reforzamiento de las premisas económicas de la ortodoxia más rancia, lo cual coincide con el primer grupo de consignas en el enfrentamiento al comunismo como la misión a llevar adelante: comunismo o libertad.

Si bien, al igual que Bolsonaro, intenta presentarse como un outsider, lo cierto es que la diferencia principal entre el caso chileno y los otros exponentes mencionados es que en Chile, dada su estructura, el discurso económico y social es más bien defensivo. No se trata de una reforma modernizadora y transformadora hacia la novedad (como podría leerse, por ejemplo, de sus pares “liberales” en Argentina), ni tampoco de un retorno a las viejas buenas tradiciones que han sido pervertidas (como enuncia Vox en España), sino de una abierta defensa del statu quo vigente frente a las amenazas inmediatas.

Si el comunismo es un fantasma, mientras las fantaseosas plumas de la extrema derecha de Argentina, Brasil o España no duda en catalogar de comunista al régimen vigente, en Chile la advertencia se vuelve preventiva y se la levanta desde el miedo o el terror. Claro está, en Chile el anclaje de estas propuestas en la estructura económica y sobre todo en la matriz de desigualdades sociales vigentes es mucho más concreto.

Así, además de la reivindicación de una lectura contemplativa de los crímenes de la dictadura, Kast no duda en proponer el retorno de la educación religiosa en las escuelas, la construcción de murallas físicas en las fronteras con Bolivia y Perú, la preparación para un potencial conflicto bélico con Argentina por la Patagonia y la abierta represión a la protesta social. Nada demasiado novedoso para un país acostumbrado a que estas ideas estén vigentes, pero ahora de manera mucho más explícita.

¿Cuáles son, entonces, las propuestas económicas de esta nueva ultraderecha chilena? En primer lugar, un punto saliente es que en el programa oficial de Kast la economía aparece rezagada a los últimos lugares. Esto es un dato muy llamativo, sobre todo si lo comparamos con los discursos de la extrema derecha en Argentina, pero también es algo bastante esperable: si el modelo económico no es el problema principal, tampoco merece la mayor atención. Al contrario, son las amenazas sociales, como la migración, la protesta o la “ideología de género” las que podrían atentar contra el modelo económico que, en líneas generales, es aceptable.

En cuanto a las propuestas, en primer lugar se propone abandonar cualquier intento de integración económica a nivel latinoamericano y focalizar en la Alianza del Pacífico y en la vinculación con Estados Unidos. Además, se propone un ajuste de un 20 por ciento del gasto público total, incluyendo el despido del 10 por ciento del empleo público nacional y el achicamiento de las cámaras legislativas. A su vez, se propone derogar la reforma tributaria implementada por Bachelet, la cual más allá de sus limitaciones se erigió como la primera real iniciativa de la democracia chilena por una redistribución del ingreso. Se proponen bajas generalizadas de impuestos, incluyendo el IVA, mayor desregulación económica y el fomento a la competencia.

Desde ya, las propuestas de campaña siempre han de ser tomadas con pinzas, pero son sintomáticas del discurso que se pretende imponer. En algunos casos, se trata de lugares comunes habituales a toda la derecha. En otros, de consignas vacías que podría repetir cualquier candidato. En este sentido, no es en la economía donde Kast expresa la mayor extravagancia.

De esta manera, entendemos que lo que la ultraderecha viene a proponer en Chile no es un cambio de rumbo económico, sino, por el contrario, un reforzamiento de los instrumentos políticos y sociales necesarios para sostener ese rumbo económico existente. En su discurso militarista, hay un claro retorno a Pinochet. Sin embargo, como planteamos al principio, Pinochet nunca se fue del todo y el programa de Kast no es otra cosa que un intento por seducir al conservadurismo chileno a través del miedo en defensa del modelo existente. Frente a los ciclos de protestas que tuvieron lugar de forma masiva hace dos años, una de las expresiones resultantes es un reforzamiento del discurso represivo. Cambiar la política para dejar intacta a la economía. Curiosamente, todo lo contrario a lo que plantea la ultraderecha en Argentina, que busca cambiar la economía de manera acelerada para que eso promueva cambios políticos.

Así planteado el panorama, no parece haber mayor reconocimiento de la vigencia de Pinochet en la economía chilena que la poca importancia que le da el candidato pinochetista a las reformas económicas. A confesión de parte, relevo de pruebas.

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