El fin de la “era Merkel”

OPINIÓN. La institucionalidad europea, la estabilidad del Euro, la dirección del G20, la economía internacional, la política migratoria y el rumbo para el post-pandemia. Las soluciones hasta ahora ensayadas a estas cuestiones llevan la evidente huella del pensamiento de la canciller alemana Angela Merkel, quien en pocas semanas deberá abandonar su lugar.

El próximo 26 de septiembre se realizarán en Alemania las elecciones generales para conformar el nuevo gobierno federal. Por primera vez tras 16 años, la actual canciller, Angela Merkel, no será candidata, habiendo ya anunciado su retiro a vida privada. Muy pocos creen realmente que quien fue la principal constructora de la política europea de la última década, renuncie a participar de la vida política y económica de su país y del continente. Pero, seguramente, con su salida de la cancillería alemana se cierra una etapa muy importante para la Unión Europea.

Merkel llegó a la cancillería de su país en 2005, con un apoyo parlamentario mínimo y tras perder, de hecho, las elecciones de ese año. La Unión Europea se encontraba absolutamente estancada tras el fracaso sufrido por el texto de la nueva Constitución Europea, que debía relanzar el proceso de integración y en cambio chocó con la oposición de los pueblos de varios países. Fue el periodo de estreno de lo que luego se conocería como “el método Merkel”: fiel a su formación científica, la líder conservadora encaró las negociaciones de su carrera seccionando quirúrgicamente cada asunto, buscando consensos parciales que encajaran hasta que los acuerdos generales se aproximaran lo más posible a su visión. En marzo de 2007 logró que los principales líderes de la UE suscribieran el Consenso de Berlín, punto de partida para generar las condiciones para presentar, dos meses más tarde, el primer borrador de lo que luego se convertiría en el Tratado de Lisboa, el esqueleto institucional actual de la Unión Europea.

Merkel logró no sólo comenzar a destrabar los debates en torno a la institucionalidad europea, sino que consolidó la posición alemana dentro del bloque, relativamente rezagada en las décadas anteriores. Desde los años '70 la UE se movía a los tirones en función de una co-conducción franco-inglesa abiertamente conflictiva. La invasión de Iraq por parte de EEUU en el año 2003 terminó de desnudar las contradicciones implícitas a las visiones hegemónicaos que las élites europeas tenían acerca de la proyección continental: un proyecto atlantista, que buscaba la inserción de la UE en la dimensión más amplia -y más borrosa- del “mundo occidental”, que en aquél momento encarnó el primer ministro británico Tony Blair; y una visión continentalista, que buscaba dar a la UE una identidad propia basada en lo cultural (aún si resolver) y lo institucional (parcialmente resuelto con el Tratado de Lisboa). La Alemania de Merkel se acopló en aquellos años a la Francia de Chirac que sostenía con fuerza esta última visión, para luego tomar el control del proyecto europeo tras la elección de Nicolás Sarkozy, aliado fundamental de la canciller durante los años siguientes.

Hace unas pocas semanas se estrenó un interesante podcast sobre la historia de Angela Merkel que la define como “la canciller de las crisis”. Un título más que apropiado, ya que la primera canciller alemana crecida en la ex República Democrática logró reforzar su liderazgo al calor de la sucesión de desequilibrios que vivió el continente y el mundo durante su periodo de gobierno. Y en todas tuvo un rol de protagonista. La crisis financiera internacional de 2008 fue la que la proyectó definitivamente a nivel global. 


El entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush, echó mano en ese entonces a una institución técnica de finales de los '90 para repartir el peso de la responsabilidad que suponía reformar el sistema financiero internacional para enfrentar la crisis. En 1998 se había creado el primer esbozo del G20, del que sólo participaban los ministros de finanzas y los gobernadores de los bancos centrales de los países miembros, para coordinar políticas de cooperación para el desarrollo. La Casa Blanca entendió que frente a la debacle financiera en curso, era necesario agrandar el círculo de países llamados a sostener la gobernanza mundial, que hasta ese momento se reducía a los países del G8, e incluir a los países emergentes en la toma de decisiones sobre las finanzas globales. El G20 pasó de ser una instancia de técnicos a una reunión meramente política, y fue el espacio de exposición de la construcción de poder alemán a nivel extraeuropeo.

Las primeras cumbres del G20 fueron signadas por la clara oposición entre Merkel y Obama. La canciller desenfundó allí la consigna que marcaría en Europa la llamada “era Merkel”: austeridad. El gobierno de Estados Unidos, junto con el Reino Unido y cierto apoyo por parte de los países emergentes, sostenía que ante el desastre financiero en curso se debían tomar medidas anticíclicas, como estimular las economías y el consumo, inclusive a través de un mayor compromiso de los estados en fondos de estímulo. Alemania, con el apoyo de Francia, priorizaba medidas de control sobre los mercados de capitales, control de los déficit y eliminación de los paraísos fiscales. Las tres primeras cumbres del G20, de Washington a Pittsburg, se diluyeron en esa disputa, que si bien no terminó jamás de cuajar en medidas contundentes, permitió a la Alemania de Merkel de consolidarse como un actor de primer orden en los espacios de decisión internacional, y también de consolidar su rol en una autoproclamada vocería de la Unión Europea para el resto del mundo.

La crisis de 2008 sin embargo también tuvo repercusiones directas sobre la vida de la Ue. En España, Grecia, Portugal e Italia (luego rebautizados despectivamente como el bloque de los Pigs) la crisis repercutió sobre las deudas soberanas contraídas, que amenazaban con afectar seriamente la estabilidad de sus economías. Al no poder devaluar o erogar moneda, funciones delegadas al Banco Central Europeo con la adhesión al Euro, los países en crisis debieron recurrir a la UE para obtener paquetes de ayuda económica que aliviaran la crisis de deuda. Era la primera vez en la historia de la UE que se presentaba semejante desafío. La Unión había sido concebida como un espacio de interrelación, y no de rescate. Las diferencias entre el sur y el norte de Europa eran más que evidentes, pero el principio de igualdad soberana dentro del bloque se aplicaba de manera estricta para evitar que alguno de los socios debiera cargar con los problemas de los demás. Esta concepción colapsó con la crisis de 2008, y debieron evaluarse criterios generales para enfrentar la situación. Hubo sectores que sostenían la necesidad de priorizar el carácter solidario de la Unión, y proponían rescatar las economías en dificultad en cuanto parte de un sistema común, actuando por encima de los intereses nacionales y llevando a cabo una mutualización de la deuda. Hubo quienes, en cambio sostenían que se trataba justamente de desajustes debidos a decisiones de carácter nacional, y que por lo tanto debían tener una solución doméstica y cada país debía cargar con las consecuencias de sus actos sin afectar al resto. Merkel sostuvo que el problema era europeo, y que por lo tanto la solución también debía ser europea. Según la canciller sin embargo la solidaridad por sí sola podía representar un mal precedente, y era necesario que la solución aliviara la crisis en curso y sentara las bases para evitar nuevos descalabros. Fue en esos meses que se impuso la famosa Troika, compuesta por el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea, que brindaron a cuentagotas el apoyofinanciero necesario a los países en dificultad (especialmente Portugal y Grecia) imponiendo sin embargo reformas económicas y sociales durísimas: recortes al gasto público, congelamiento de jubilaciones y asignaciones, eliminación de subsidios, aumento de la edad jubilatoria. Es decir, austeridad, el leit motiv de la visión económica alemana. Para evitar nuevos desajustes, todos los estados de la UE debieron a su vez adherir al Pacto Fiscal Europeo, un mecanismo que fija límites al déficit estructural de los estados y obliga a los miembros a reducir el nivel de endeudamiento general en un lapso de tiempo determinado. Luego vinieron los ocho reglamentos de la UE sobre política económica de la eurozona que permiten de hecho a la Comisión Europea imponer las directrices económicas a los gobiernos miembros siempre y cuando la mayoría calificada no se oponga, algo prácticamente imposible de lograr.

Las decisiones tomadas sobre el sistema financiero, monetario y económico de la UE bajo claro mando de Angela Merkel, devenida en la nueva “dama de hierro” del continente, generaron fuerte rechazo y alimentaron el crecimiento de movimientos muy influyentes en el escenario continental. Por izquierda, los griegos de Syriza representaron un gran desafío para la gobernanza europea al llevar a su país al borde de la salida del Euro, un hecho que habría signado probablemente para siempre el futuro de la moneda única. A pesar de contar con el apoyo popular, expresado en un referéndum en julio de 2015, para rechazar las medidas de austeridad pedidas por la Troika a cambio de un paquete de ayuda para salir de la crisis, el gobierno de Alexis Tsipras dio el brazo a torcer y firmó el acuerdo que desmanteló buena parte del estado social griego y mantuvo en la pobreza a millones de personas. La relación entre la figura de Merkel y esa situación desesperante quedó definitivamente sellada para buena parte de la opinión pública continental. También en España, movimientos como el 11M y luego el partido Podemos expresaron duras críticas a la línea de Merkel y sus aliados frente a la crisis financiera. Pero quizás los grupos que más crecieron a la sombra del llamado “sentimiento euroescéptico” fueron los de la extrema derecha. En la misma Alemania, Alternative für Deutschland (AfD) creció exponencialmente a partir de la implementación de las nuevas reglas de austeridad en Europa, enfocadas más en la estabilidad de los mercados financieros que en sostener el crecimiento del bienestar local. En Italia, La Lega, en Francia el Front National, el gobernante Ley y Justicia (PiS) en Polonia, o Fidez, partido del primer ministro húngaro Viktor Orbán. Todos encontraron en Merkel y las instituciones europeas un enemigo a partir del cual construir su retórica.


Pero los partidos y movimientos de extrema derecha resurgidos al calor de la crisis financiera, encontraron a partir de 2012 otra dimensión para la expresión de su plataforma política: la crisis migratoria seguida al desastre de la guerra en Siria. Una vez más Merkel marcó el camino en Europa, o por lo menos lo intentó. A nivel doméstico amplió el límite de refugiados que Alemania está dispuesta a acoger, convirtiendo a su país en el primer receptor de inmigrantes de toda Europa. A nivel continental propuso un mecanismo de cooperación con uno de los actores más incómodos de la política internacional: la Turquía de Erdogan. La UE ofreció al gobierno de Ankara una suma que ronda los 6.000 millones de euros a cambio de bloquear cualquier tipo de salida de migrantes desde sus costas hacia los países europeos. Una tercerización de las fronteras que se volvió luego la política principal de la UE hacia otras regiones: Italia logró un acuerdo similar con Libia, y están en curso negociaciones con otros países del África subsahariana al respecto.


Uno de los últimos debates en los que Angela Merkel dejó clara su huella tiene que ver con el post-pandemia. En un giro sorpresivo Alemania respaldó en julio de 2020 la creación de un fondo para la recuperación que prevé la entrega de un total de 700.000 millones de euros entre los países más afectados por el Covid19 durante 2020. En la negociación apareció evidente el despegue del eje franco-alemán de la posición más severa de los llamados Países Frugales (Países Bajos, Austria, Suecia y Dinamarca), paladines del cumplimiento estricto de las normas de austeridad impuestas pocos años antes. Un cambio mastodóntico en la gestión de la gobernanza europea, que acepta de hecho el principio de mutualización de la deuda tan denostado una década atrás. Es verdad también, que se necesitó una pandemia global para que esto sucediera, y que las condiciones políticas actuales difieren de las de 2015: las instituciones europeas están cada vez más consolidadas, el rumbo general hacia la austeridad se estaba respetando antes de la pandemia, la línea dura representada por Merkel estaba alimentando los movimientos euroescépticos y de extrema derecha, e inclusive sectores industriales y liberales comenzaban a ver con malos ojos la rigidez fiscal y económica del mandato europeo. 

La salida de Merkel abre decenas de interrogantes acerca de la continuidad de las políticas comenzadas en los últimos 16 años en Alemania, pero especialmente en Europa. Y marca también un posible cambio de rumbo que deberá ser analizado detenidamente.


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