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En este newsletter te invitamos a conocer un poco más la sorprendente historia espacial de nuestro país, una historia que refleja nuestro rico potencial científico técnico y que supera los vaivenes políticos y económicos. También te contamos cómo hacen los animales para enfrentar enfermedades infecciosas. ¿Sabías que los humanos no somos la única especie que practica aislamiento social para desacelerar el avance de una epidemia?




En este newsletter te invitamos a conocer un poco más la sorprendente historia espacial de nuestro país, una historia que refleja nuestro rico potencial científico técnico y que supera los vaivenes políticos y económicos.

También te contamos cómo hacen los animales para enfrentar enfermedades infecciosas. ¿Sabías que los humanos no somos la única especie que practica aislamiento social para desacelerar el avance de una epidemia?

Altos en el cielo Por Ana Carolina Zelzman

Cuarentenas animales: nada nuevo bajo el sol Por Alejandra Castro


Altos en el cielo

 

Si todo marcha bien en estos días debería ocurrir el lanzamiento del satélite argentino SAOCOM 1B, desde Cabo Cañaveral. Con este evento, nuestro país… no alcanza ningún hito.


Por Ana Carolina Zelzman


Se podría pensar que este no es más que un mojón en un camino que abarca varios equipos de construcción total o mayoritariamente nacional. Sin embargo, teniendo en cuenta los vaivenes a los que nuestro país está acostumbrado, el lanzamiento de un nuevo satélite científico es sin duda un motivo de orgullo. Este logro se refuerza al considerar que la rica historia de actividad espacial de nuestro país nos ubica en un selecto grupo de once naciones en condiciones de construir por entero un satélite.

 

Las etapas del camino

 

Esta historia comenzó mucho antes de los satélites SAOCOM. Se inició en 1990 con el LUSAT, un satélite de radioaficionados que aún hoy emite señales, convirtiéndolo en el objeto argentino con mayor permanencia funcional en órbita.

 

Al año siguiente se fundó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), pero tuvo que pasar algo de tiempo para que sus primeros productos vieran la luz. Luego del fallido lanzamiento de la misión astronómica SAC-B, en 1998, nuestro país consiguió su primer satélite funcional de fabricación nacional con el SAC-A. Lo siguieron dos misiones científicas más: el SAC-C (2000) y el SAC-D (2011). Ambos llevaban instrumentos de origen nacional así como de otras agencias espaciales. Estos tres satélites se encuentran actualmente inactivos luego de exitosas campañas (en particular el SAC-C superó las expectativas manteniendo actividad durante trece años a pesar de haber sido pensado para cinco).

 

Una nueva etapa de la historia satelital argentina se dio en 2007 con el lanzamiento de Pehuensat, construido enteramente por docentes y alumnos de ingeniería de la Universidad de Comahue. El satélite de solo 6 kg tenía un objetivo esencial: educar profesionales en tecnología espacial.

 

Siete años más tarde llegaría el primero de los famosos ARSAT y un año después el segundo. La constelación se completa con el ARSAT 3, cuyo desarrollo se retomará en las próximas semanas. Estos satélites de comunicaciones construidos por la empresa estatal INVAP proveen de servicios de internet, telefonía y televisión a todo el continente americano y constituyen un gran logro técnico ya que, a diferencia de las misiones científicas y de radioaficionados, que ocupan órbitas bajas, se ubican a más de 3000 km de altura y deben mantenerse constantemente sobre el mismo punto de la superficie.


Así llegamos al final del camino (por el momento) con el lanzamiento de los dos SAOCOM, en 2018 y 2020, ambos equipados con radares de apertura sintética, sofisticados instrumentos de observación terrestre que permiten un monitoreo constante tanto de día como de noche y sin ser afectados por la cobertura nubosa. Con ellos se obtienen valiosos datos de superficie midiendo humedad, inundaciones, actividad de glaciares, cobertura vegetal, etc., información esencial para la toma de decisiones estratégicas por parte del estado y de particulares como productores agropecuarios.

 

La historia de la presencia argentina en órbita se completa con los nanosatélites de la empresa privada Satellogic: Capitán Beto, Manolito, Tita, Milanesat y Fresco y Batata. Estos satélites, de unos pocos kilos de peso, realizan observaciones fotográficas y transmisión para radioaficionados.

 

 

Tomando vuelo

 

Este camino de observaciones científicas y servicios de comunicación comienza en las instalaciones de CONAE, CNEA e INVAP, entre otras instituciones, donde se construyen y ensamblan las piezas en ambientes estériles para mantener la integridad de los materiales. INVAP en particular cuenta en Bariloche con una planta lo suficientemente amplia como para construir los ARSAT, que superan los 3 metros de largo y las 2 toneladas de peso, y con el equipo necesario para someterlos a las pruebas de resistencia previas al vuelo. Esta empresa de capitales 100% nacionales es la única del continente certificada por NASA para la producción de equipamiento para misiones espaciales.

Cuando la construcción finaliza se alcanza la única etapa del proceso que aún hoy se debe realizar fuera del país: el lanzamiento.

Aunque Argentina ha desarrollado numerosos cohetes, ninguno de ellos pasó hasta el momento las etapas de prueba para instituirse en vehículo lanzador para satélites. Actualmente la actividad continúa, con los vaivenes característicos de nuestro país (recientemente se anunció el desarrollo de un lanzador). Mientras tanto la etapa de puesta en órbita se realiza a través de acuerdos con agencias espaciales extranjeras o empresas privadas como Space X, por lo que los satélites se deben diseñar para que sean compatibles con sus cohetes y deben ser trasladados a sitios de despegue fuera del país. Esto significa tiempo e inversión monetaria así como dependencia de la disponibilidad de empresas y agencias que prestan el servicio.

Un lanzador argentino podría despegar desde alguna de las instalaciones preparadas para ese objetivo en nuestro territorio (en Punta Indio y Puerto Belgrano) dando mayor libertad de acción al programa espacial nacional. Sin embargo, el sitio de lanzamiento de un cohete no responde solamente a razones jurisdiccionales. Como la orientación y fuerza del despegue se relacionan con la ubicación final en órbita, se busca "acercar" el satélite a su destino final gastando el menor combustible posible. Por esta razón, aún teniendo lanzador propio podría darse la situación de necesitar despegar desde el extranjero.

 

Un ojo en el cielo

 

 

La última etapa de una misión satelital es la recepción y procesamiento de sus datos. Para ello se requiere de estaciones terrenas en cuyas instalaciones un conjunto de antenas variopintas reciben las señales de varios vehículos espaciales al mismo tiempo. Aquellas estaciones correspondientes a comunicación reenvían la señal recibida del satélite a las empresas e instituciones proveedoras de servicios para ser distribuida. En el caso de las misiones científicas las estaciones terrenas cuentan con capacidad de procesamiento para ofrecer posteriormente los datos obtenidos de forma que puedan ser aprovechados por instituciones que los necesiten.

Al mismo tiempo estas estaciones monitorean constantemente el estado y la trayectoria del satélite, realizando ajustes de ser necesarios.

Nuestro país cuenta con numerosas instalaciones de este tipo, desde parajes remotos hasta áreas periurbanas. A través de ellas se han procesado a lo largo de los años las señales no solamente de todas las misiones satelitales argentinas sino también las de un sinnúmero de vehículos extranjeros. La más antigua de ellas, la Estación Terrena Balcarce, cumplió recientemente 50 años.

 

La razón del esfuerzo

 


Argentina por lo tanto se encuentra en condiciones de llevar adelante la mayor parte de una misión satelital: construir el vehículo y los instrumentos, someterlo a las pruebas pertinentes, enviarlo a su sitio de lanzamiento y monitorearlo una vez en órbita. Cabe entonces la pregunta: ¿Cuál es la utilidad de esto? ¿No serían mejor empleados nuestros recursos contratando de otras naciones los servicios que proveen estos satélites?

Contar con nuestros propios profesionales, estaciones terrenas y satélites significa que no estamos sujetos a acuerdos con otros estados, intereses económicos ni disponibilidad de personal e infraestructura ajenos para obtener los datos que necesitamos. Podemos diseñar nuestro vehículo y sus instrumentos de acuerdo a nuestras necesidades. Es decir, contamos con soberanía satelital.

 

Fuentes: argentina.gob.ar, INVAP, CONAE




Cuarentenas animales: nada nuevo bajo el sol


Si bien en la literatura científica habían aparecido fuertes advertencias sobre la alta probabilidad de que virus que causan  gripe en aves o en cerdos pudieran adquirir la capacidad de infectar humanos y que los países debían prepararse para manejar esta situación, las recomendaciones no fueron tomadas en serio. La pandemia causada por el SARS-COV-2 sorprendió a los gobiernos de los distintos países sin demasiadas herramientas para contener la diseminación de la COVID-19.


Por Alejandra Castro


                Sin una vacuna disponible para su prevención ni un tratamiento eficaz con antivirales, la mayoría de los países utilizaron el distanciamiento social obligatorio (o cuarentena, como habitualmente la llamamos) como estrategia para impedir la diseminación de este coronavirus  particularmente contagioso. El aislamiento social nos resulta muy poco natural a los humanos. Extrañamos el contacto con nuestros familiares y amigos, nuestros trabajos y la posibilidad de movernos con libertad en nuestro entorno. Queda más que claro que la cuarentena es una experiencia de vida que seguramente en la  mayoría de los humanos deja un impacto negativo en su estado emocional y físico. Más allá de todas las explicaciones que nos brindan los expertos en diferentes áreas, muchas personas se siguen preguntando si la cuarentena es una medida apropiada para controlar enfermedades.

                Una vez más, la naturaleza  ayuda a contestar esta pregunta. El aislamiento social es una estrategia frecuente en animales de especies tan diversas como las langostas, los monos, los pájaros, los peces y los insectos. Los miembros de una población son capaces de detectar aquellos que se encuentran enfermos, se mantienen separados de ellos y cambian comportamientos para detener la propagación de enfermedades que podrían matarlos. Las estrategias utilizadas varían desde evitar acercarse a un individuo enfermo hasta mantener interacciones sólo con los parientes más cercanos. Estos comportamientos son lo que los ecólogos denominan "inmunidad conductual". Los animales salvajes no tienen vacunas (como nos sucede a los humanos en esta ocasión con el coronavirus), pero pueden prevenir enfermedades adecuando su comportamiento. Las especies que viven en grupos y forman sociedades tienen ciertas ventajas: pueden cazar juntos para capturar presas, mantenerse calientes y combatir a los depredadores. Sin embargo, esta vida en comunidad también provoca brotes de enfermedades contagiosas y en consecuencia durante la evolución se han favorecido mecanismos que los ayudan a evitar la propagación de un patógeno.  Aquellos  que se distancian durante un brote tienen mayor probabilidad de sobrevivir a la infección y dejar descendencia que también presentará esta conducta de aislamiento social.

  La langosta espinosa del Caribe es una especie que presenta  inmunidad conductual. Los individuos infectados por un virus mortal producen sustancias que son eliminadas por la orina. La presencia de estos compuestos es tomada como una señal de alarma y  los miembros sanos de la población evitan entrar en contacto con ellos. Por difícil que sea encontrar un refugio y quedar expuesto a los depredadores, el animal se va hacia aguas abiertas y se aleja del virus. Sin embargo, este comportamiento tiene su precio ya que el distanciamiento social, incluso por períodos cortos, significa perder los importantes beneficios que brinda la vida en comunidad.  Por esta razón, el rechazo total es solo un enfoque que toman los animales para protegerse de las enfermedades. 


Otras especies han desarrollado estrategias de distanciamiento social para proteger a los más valiosos o vulnerables de su grupo. Los ejemplos más impresionantes ocurren en los insectos sociales, donde los miembros de la población tienen roles distintos que afectan la supervivencia del grupo. En un trabajo dirigido por Nathalie Stroeymeyt de la Universidad de Bristol en Inglaterra y publicado en 2018 en la revista Science, los investigadores estudiaron los movimientos de las hormigas de jardín durante el brote de un hongo letal. Las esporas de este hongo pasan de hormiga a hormiga a través del contacto físico, invaden sus cuerpos y las enferman en un período de 24 a 48 horas. El tiempo transcurrido entre la exposición y las manifestaciones de enfermedad les permitió a los investigadores ver si las hormigas cambiaban su comportamiento social. Lo que se pudo observar es que tanto las hormigas recolectoras enfermas como las sanas se aislaron pasando más tiempo lejos de la colonia para  disminuir el riesgo de infección de los miembros de mayor valor reproductivo (la reina y las "nodrizas" que cuidan a las crías). Las nodrizas también tomaron medidas al transportar a las crías hacia el interior del nido alejando a estas de los recolectores una vez detectado el hongo. Este distanciamiento social estratégico fue tan efectivo que todas las reinas y la mayoría de las nodrizas de la colonia del estudio sobrevivieron al brote.


El distanciamiento social estratégico significa mantener en algunos casos  ciertas relaciones incluso cuando estas aumentan el riesgo de enfermedad. Así se observa en el caso de los mandriles, primates de hábitos comunitarios con caras llamativamente coloridas, para los cuales el aseo mutuo no solo mejora la higiene, sino que consolida los lazos sociales. Los mandriles modifican sus comportamientos de aseo personal de maneras particulares para evitar compañeros de grupo infectados con parásitos, señalaron Clémence Poirotte y sus colegas en un informe publicado en 2017 en Science Advances. Los mismos investigadores demostraron en una nueva publicación de este año en Biology Letters que  los mandriles  continuaron aseando a ciertos parientes cercanos que tenían altos niveles de parásitos mientras que permanecían alejados de otros miembros del grupo. Mantener alianzas fuertes e incondicionales con ciertos parientes puede tener numerosos beneficios a largo plazo en los primates, incluyendo los humanos. En estos primates, las hembras con los lazos sociales más estrechos comienzan a reproducirse antes y pueden tener más descendencia a lo largo de su vida. Las ventajas evolutivas de los comportamientos asociados al mantenimiento de algunos vínculos pueden valer  enfrentar  el riesgo de una posible infección.  


Los humanos también tenemos una larga historia evolutiva en el contexto de convivir con las enfermedades infecciosas. ¿Habremos desarrollado también alguna forma de “inmunidad conductual” como las que comentamos recientemente?  Se ha propuesto que la sensación de asco que sentimos en sitios sucios o donde se encuentran muchas personas podría representar un comportamientos de este tipo. Sin embargo, los humanos en la actualidad poseen un repertorio de respuestas mucho más amplio para reaccionar ante las enfermedades más allá del aislamiento social.

 La globalización consiste en un complejo proceso económico, tecnológico, político, social y cultural a escala mundial que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los países e implica el movimiento de una gran cantidad de personas por todo el planeta. Si bien este fenómeno permite que la diseminación de enfermedades infecciosas a todo el mundo se lleve a cabo en cuestión de horas, también nos brinda la posibilidad de conocer la aparición de un brote en un lugar alejado del globo mediante las comunicaciones digitales y tomar acciones en lugares o comunidades donde aún no ha llegado la infección.

Entre las posibles medidas que se pueden aplicar para contener la expansión de la enfermedad está el distanciamiento social, como hemos visto que también hacen los miembros de distintas especies. Los animales pierden lazos sociales con la distancia real, sin embargo, los humanos en la actualidad podemos mantenernos conectados en forma remota. Esta manera de comunicarnos nos da una cierta sensación de conexión, aunque no es capaz de reemplazar el contacto social. El aislamiento o cuarentena en la que nos encontramos nos sigue resultando antinatural. La principal diferencia entre los humanos y las otras especies  es la capacidad de  generar conocimiento básico y tecnológico y como consecuencia desarrollar herramientas sofisticadas no conductuales, como las vacunas, que previenen enfermedades, o compuestos con propiedades antibióticas y antivirales, sin la necesidad de realizar cambios de comportamiento como el aislamiento prolongado.

La vacunación nos permite mantener una vida social rica e interactiva a pesar de enfermedades contagiosas como la poliomielitis, la viruela, la tuberculosis y el sarampión. Quizás la “inmunidad conductual” resulte una estrategia adecuada para enfrentar la aparición de este nuevo coronavirus hasta que se desarrolle una vacuna capaz de proteger eficazmente a la población. Sin embargo, la forma de llevarla a cabo y la duración de la misma deben ser consideradas con mucha precaución ya que si bien su efecto sobre la dispersión de la enfermedad sea positivo, las consecuencias negativas sobre la salud física y mental de la población pueden ser muy importantes y solo las podremos evaluar al final de todo este período tan difícil de atravesar para la humanidad.

Para El País Digital

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