El proyecto colectivo

La campaña electoral comienza en un clima que podemos llamar profundamente contradictorio, en lo que hace a la pandemia, la política y la economía. Las tres cuestiones prioritarias del momento.

La campaña electoral comienza en un clima que podemos llamar profundamente contradictorio, en lo que hace a la pandemia, la política y la economía. Las tres cuestiones prioritarias del momento.

La pandemia con más de 100 mil muertos, la política sin la más mínima preocupación por la oferta programática y la economía en el estado de alta inflación y baja recuperación de un pasado nada glorioso.

Pensemos esas tres dimensiones de nuestros problemas como ejes verticales de la situación.

Los ejes verticales son los que fortalecidos se pueden convertir en pilares de una estructura sobre la que asentarnos. Pero su debilidad nos desequilibra.

Uno de ese ejes marca la altura de las soluciones. Es la política. Aquello que es obra exclusiva de nuestro hacer. Fortalecida contribuye al manejo de los costos de la economía y de la pandemia.

La economía, lamentablemente por nuestra incapacidad de diseño y acción, depende mas de lo que ocurre en el exterior que de nosotros mismos: términos del intercambio y FMI.

La pandemia transita paralelamente: la llegada de vacunas y la mejora del mix de calidades y orígenes determinan el grado de tolerancia colectiva.

Esos ejes verticales sufren el cruce de una línea horizontal que al hacerlo define la alta complejidad de nuestra situación.

Esa línea horizontal es la pobreza, la marginalidad, la desesperanza de futuro que condena en vida a 20 millones de argentinos. Casi la mitad de la población.

La pobreza interpela a la pandemia porque los principales recursos que disponemos para combatirlas allí están ausentes. Interpela a la política porque las disputas, las diferencias, las figuras conceptuales del discurso político sólo pueden ser verbalizadas de espaldas a la pobreza: no ofrecen nada para su rescate.

Y también interpela a la economía porque las escasas ideas que se transitan, para ponerlas en marcha, inevitablemente tienen que darle la espalda a la pobreza.

Es triste decirlo, recordarlo, mencionarlo. Pero el Presidente, cuando gozaba de la mayor estima popular, llegó a decir “entre 10% más de pobres o 100 mil muertos, optó por la vida”, es decir imaginó que más pobres podría ser el costo “inevitable” para no llegar a los 100 mil muertos. Sin duda se equivocó. Pero se equivocó en el mismo momento que lo dijo. No había contradicción. Los 100 mil muertos no evitarían 10% más de pobres y 10% más de pobres no evitarían 100 mil muertos. Fue así y no podría ser de otra manera: no era una contradicción, no estábamos obligados a optar por una cosa o la otra.

Estábamos obligados a luchar contra ambas posibilidades. Es ya el pasado.   

En el presente no hay una disputa conceptual entre señales positivas y negativas respecto de la pandemia, la política y la economía.

Todos sabemos que buenas, en el sentido de las que alientan un futuro muy próximo mejor, de verdad no hay.

No hay hechos que lo demuestren. Sólo un exceso de optimismo – que nunca es sano – podría sostenerlo.

Tampoco es cierto que, en esos tres escenarios, lo que se puede vislumbrar tenga el aire de catástrofe, sea sanitaria, política o económica.

La contradicción no está, en esos escenarios dominantes, entre lo muy bueno y lo peor.

La contradicción está entre la mediocridad de los actores, de los protagonistas; y el desinterés de la inmensa mayoría que conforma la opinión social.

O entre la mediocridad de lo que se ofrece y el desinterés de la sociedad, la creciente deserción del interés por lo que nos es común. Lo que está en retirada es lo público.

Lo que se mueve, lo que se agita y nos agita y forma, necesariamente, un remolino, que puede arrastrarnos más abajo, es el peso de lo sectorial, de los compartimentos, las parcialidades, la acción directa.

La frágil realidad sometida al tironeo de cada parte amenaza una ruptura. ¿La causa? La ausencia de proyecto común.

De esa constatación, evidente a los ojos de quienes quieren ver, surge la baja probabilidad de salir del estado de malestar en lo sanitario, político y económico.

Como todos sabemos la clave de la dinámica de los sectores sociales medios es la capacidad para generar proyectos individuales que generan una tracción que sólo se materializa si para los sectores postergados hay un “proyecto colectivo”.

Toda etapa de progreso es aquella en que los proyectos individuales, bien venidos, son tracción para los proyectos colectivos y la condición necesaria es que ese proyecto exista: la condición de progreso de los sectores postergados es la existencia del proyecto colectivo.

Sin ese proyecto colectivo los proyectos individuales generan una contradicción superlativa.

En nuestra historia, la historia de un país que tempranamente generó un espacio para el desarrollo de una clase media numerosa y pujante, la remanida frase que lo describe es “M´hijo el dotor”

Proyectos individuales que permitían los ascensos sociales individuales, pero que la existencia de proyectos colectivos utilizaba esas energías individuales para el proceso de ascenso social que nuestro país vivió intensamente con el proyecto de la “oligarquía ganadera” de finales del SXIX y con el proyecto de la “burguesía industrial” hasta la mitad de los 70 del SXX.

Hoy, es claro, no hay proyecto colectivo y la pobreza está sometida a un crecimiento exponencial. Y hay una fuerte deserción de los proyectos individuales: muchos de los hijos de los sectores medios piensan su proyecto individual fuera del país. Los proyectos individuales dejan de ser tracción en ausencia del proyecto colectivo.

¿Cuál es la razón? Simple, la política abandonó la vocación de crecer. Ni una pizca de grandeza. La economía tiene el disco duro rayado: no le entra información. De lo que se desprende que la crisis nos gobierna. Y ahora nos gobierna la pandemia.

Perforar el presente es la condición necesaria para desear el horizonte. La política sufre de la barrera mental de lo que pasó.

Por eso repite, en lo que hace a la política económica, la misma cantinela hace 46 años. Hagámosle la pregunta principal. 

¿La macro ordena el crecimiento o el crecimiento ordena la macro?

No es habitual, pero es una pregunta decisiva.

Vivimos en una macroeconomía desordenada. Alta inflación y desequilibrio fiscal financiado por emisión, y desequilibrio externo financiado por endeudamiento.

La tasa de inversión apenas repone la amortización. Una muy baja tasa de crecimiento y un estancamiento del producto potencial lo que hace grave al futuro.

Impresiona la constatación estadística de Martin Rapetti: en 2020 el PBI ph fue igual al de 1974.

“Estanflación” de largo plazo.

Enfermedad para la cual los tratamientos keynesianos que apuran el crecimiento aceleran la inflación, lo que los hace inaplicables. Y los tratamientos ortodoxos que buscan estabilizar, profundizan la recesión, lo que los hace insoportables.

Ambos tratamientos – que pretenden ordenar la macro – no solo no la ordenan sino que producen la “fuga de capitales”. El excedente, pasado y presente, se fuga de la moneda nacional y sale del sistema financiero local.

La consecuencia es que la economía se desfinancia, desaparece el crédito, al tiempo que la actividad se estanca; y – por lo tanto – la economía se “descapitaliza” – se agotan los stocks – y se hace “menos capitalista” porque “en el capitalismo la innovación se financia con crédito”.

A la fuga del excedente la acompaña la huelga de la innovación y al mismo tiempo se detiene la dinámica del sistema salarial de empleo productivo y crece el empleo improductivo, el cuentapropismo y la subsistencia de millones depende de la ayuda estatal.

Esa es la situación laboral y fiscal del Estado de Malestar, que no genera trabajo ni inversión y que inevitablemente multiplica el número de personas pobres y la fuga de capitales. Explosivo. El milagro argentino es que esta dinámica aguanta desde hace décadas y genera una suerte de molicie intelectual en la profesión que se satisface con diagnósticos no sistémicos, recita objetivos y, ni por asomo, propuestas de instrumentos que sean aplicables.

En esto no hay grieta: los oficialismos y las oposiciones cantan el mismo son.

La gravedad de los desequilibrios macro preocupa a la profesión. Pero sin resultados.

Esa preocupación macro prioritaria ha producido el desplazamiento del interés por el estancamiento, por la ausencia de crecimiento.

El país carece de una estrategia de crecimiento que represente la base del desarrollo a largo plazo. No hacemos nada acerca de ello.

Entonces ha llegado el momento de preguntarse si el desequilibrio permanente de la macro no es la consecuencia de la ausencia de crecimiento.

Y si la ausencia de crecimiento no es la consecuencia de la renuncia a tener una política integral de crecimiento y desarrollo como eje rector de la política económica a la que todo lo demás esté subordinado.

En lugar de comenzar preguntándonos cómo estabilizamos la macro, comencemos con la pregunta de cómo, qué debemos hacer para crecer y si crecemos o creamos las condiciones para hacerlo, se disparan las condiciones para administrar la macro. Esto no implica de ninguna manera desentendernos de las enfermedades graves de la macro sino de entender su tratamiento a partir de las herramientas del crecimiento.

No cabe duda de que ese camino no lo hemos intentado en los últimos años.

¿No será acaso que ponemos el carro antes de los caballos?

 La doctrina “primero la macro” y después esperamos crecer, acumula suficiente experiencia de fracaso para seguir intentándolo.

¿Acaso habrá una buena política macro para el estancamiento de larga duración?

Los ejemplos de las naciones de buenas “macro”, con capacidad para soportar desvíos, están asociados a “buen crecimiento” de larga duración.

¿Puede haber buena macro para los escombros de décadas sin crecer? Veamos porque no.

¿Acaso no es la inversión el fundamento material del crecimiento sostenido de la recaudación tributaria? Dejemos de lado aquello que es efímero, como es el caso de aumentar las tasas o el número de impuestos. La materia prima de la salud tributaria es el crecimiento de la economía; pero ese crecimiento, por definición, es efímero sin inversión.

Claro que, entre los fundamentos materiales del sostén de la seguridad social, en nuestro caso, está el fin de la evasión. Pero la materia prima básica es la creación de empleo que es consecuencia de la inversión. El desempleo genera gasto público, el empleo genera recursos públicos. ¿Solvencia de un Estado con pobreza del 40% y en el que el empleo que no depende de la recaudación (que aporta) que no debe superar el 40% de la masa laboral?

Todos los males son hijos de la no inversión que no ocurre sin programa.

Finalmente, el fundamento material del equilibrio externo es el ingreso de divisas por aumento y sustitución de exportaciones y el aumento de la sustitución de importaciones, y ambos ingresos son la consecuencia de las inversiones previas. Hablamos de “lo sostenible”.

Sin embargo, y a pesar de lo dicho, enfrentados a la pregunta inicial ¿la macro ordena el crecimiento o el crecimiento ordena la macro?, la respuesta mas habitual, da lugar a la procastinación del crecimiento.

Postergar las decisiones fortalece la voluntad de postergar. Tal vez esa sea la razón de la eternización del estancamiento.

Seguiremos ahí hasta que no resolvamos discutir la pregunta inicial que es decisiva por las particulares circunstancias de nuestra economía y nuestra sociedad.

Para la inmensa mayoría de los colegas que ocupan el espacio mediático, de distintos alineamientos políticos, hay un orden obvio que nunca se desafía: la macro ordenada es la condición necesaria para el crecimiento. El crecimiento no es el protagonista. Es lo que viene después. Dicen viene solo, como coronación del éxito de haber puesto el orden en la macro.

En las discusiones de la TV o los reportajes radiales, los colegas más requeridos y más respetados por los medios, siempre reclaman una macro ordenada condición previa del crecimiento. Todos señalan con vigor los objetivos de la macro ordenada. Pocas veces señalan los instrumentos del aquí y ahora.

La pregunta que pocos periodistas hacen: ¿entonces Ud. qué haría? jamás tiene una respuesta que podamos considerarla tal. Sólo se habla del “hay que”.

Por ejemplo, “hay que” terminar con el déficit fiscal, parar la emisión para financiar el gasto, dejar de pagar tasas exorbitantes para esterilizar las emisiones.

A pesar de que venimos fracasando con todas las banderas radicales, peronistas liberales, radicales liberales, peronistas vergonzantes pero ligeramente izquierdistas, liberales de todo origen, colectivo vario pinto kirchnerista, no obstante la “verdad establecida” es que la macro ordenada es la condición necesaria para que ocurra la expansión. No hay otra razón por la obstinada vocación por no pensar el crecimiento.

Confirmatorio de esa convicción mayoritaria, a pesar del fracaso continuado y evidente, es que todos alientan a futuro que, alcanzados los objetivos del equilibrio de la macro angosta (que es como la calle de San Luis de una vereda sola), se disparará la expansión porque somos un país, un territorio, pleno de riquezas potenciales.

El discurso implícito es pongamos en orden la macro y todo lo demás vendrá por añadidura. El oasis en el desierto. Que nunca llega.

Algunos, al orden macro, le agregan el requisito de la máxima apertura, de las desregulaciones, del retiro del Estado de todas las actividades pasibles de ser realizadas por el mercado.

Otros le agregan al concepto de ordenar la macro las reformas necesarias para garantizar la autorregulación de los mercados incluyendo lo que tiene que ver con “lo internacional”.

En el Menú de las ofertas de política económica del oficialismo y de la oposición no hay mucho más que esto.

La diferencia entre unos y otros es que los oficialistas no lo hacen y los opositores dicen que “hay que” hacerlo.

Además, ambos hablan de objetivos, ni por asomo de cómo alcanzarlos. En la práctica los oficialistas ni siquiera lo intentan. Pero tampoco cambian el orden que la pregunta inicial establece.

El oficialismo ni por asomo tiene en acción o en mente una política para el crecimiento.

La ausencia de los elementos centrales de la misma es obvia y la militancia en las señales en contra de las inversiones son sencillamente extraordinarias. El último caso es el de la carne. El hecho, cierto, de las trampas aduaneras, fiscales, etc. instalada en el negocio de la exportación de carne, inspiró que – en lugar de perseguir a los delincuentes y evitar la comisión de delitos – simplemente se paró la exportación.

La consecuencia inevitable es debilitamiento de la confianza de los mercados importadores, cierre de la opción a invertir en frigoríficos y desaliento para subir en la escala de productividad de los productores. Remando sin saberlo y sin quererlo, es cierto, contra la inversión por ausencia de programa. Una política reducida a administrar los hechos. La política del crecimiento es generarlos.

¿El equilibrio macro sin crecimiento se alcanza? Las experiencias efímeras nos han metido en situaciones crecientemente angustiantes. 

En las palabras nadie renuncia a postular la necesidad del crecimiento, entendiendo por esto el incremento sostenido a lo largo del tiempo de una tasa de expansión del PBI mayor al crecimiento de la población y – al mismo tiempo – una expansión sostenida del producto potencial. Pero no hay nada que indique que vamos por ahí más allá de las palabras. ¿Aprecian nuestros economistas funcionarios y nuestros economistas opositores, los instrumentos que existen, más que para la protección, para la promoción generosa y eficaz de la inversión en EEUU, en la UE, en GB, para no citar al gran vecino?

Estamos en campaña. Luego del proceso eleccionario debería surgir la esperanza de un futuro mejor.  Los votos se pueden ganar demoliendo al adversario (y hay materia) u ofreciendo una salida del estancamiento a la sociedad.

Responder a la pregunta proponiendo cómo lograr el crecimiento para ordenar la macro es lo único que puede dar lugar a la esperanza.

Es decir “el proyecto colectivo” que hace posible los proyectos individuales y los convierte en fuerza de tracción para el progreso del conjunto.

Notable ausencia en tiempos en que la política se “autopercibe” como “Todos” o “Juntos” y es absolutamente incapaz, por ahora, de pensar “Juntos en Todos”.

Diarios Argentinos