El Ratón Pérez o los Reyes Magos

Por: Carlos Leyba

Casi todos, también, hemos puesto nuestros zapatos, un poco de agua, un poco de pasto, a la espera de los Reyes Magos con sus camellos.

No hubo casi nunca decepciones.

Lo de Pérez, casi siempre, fue más que la vez anterior, y los Reyes casi siempre llegaron con lo que pedimos.

Pero el paso de los años dejó a Pérez y a los Magos fuera de carrera. En ambos casos porque crecimos. Y en ambos casos porque los responsables de cumplir, que eran buenas personas razonables, prometían lo posible y cumplían, y no están más.

De aquí hasta fin de año estaremos en suspenso. Una larga noche esperando el amanecer y escuchando, ora las promesas de la llegada de los Reyes Magos, ora las promesas de la venida del Ratón Pérez, sabiendo, porque hemos crecido, que ni lo uno ni lo otro son parte del mundo real.

La política, seca de imaginación, abúlica de transformación, nos remite – en las dos ofertas hoy dominantes – al pasado.

Unos sosteniendo que las condiciones de vida en el pasado fueron mejores. Lo que es obvio cuando una sociedad está instalada en un plano inclinado de forma negativa. Puede uno decir que para muchas generaciones de los que aquí vivimos muchos de los años pasados fueron mejores.

En contraposición, otros sostienen las virtudes de la continuidad sin sorpresas. Pero la continuidad también es la de un plano inclinado de forma negativa. Ninguno predica ni ofrece la manera de invertir la inclinación del plano. No lo saben. No lo quieren saber.

En estas condiciones todo proceso electoral es la constatación de la desesperanza. Lo que está en oferta es impedir que gane el otro. Los que votarán por la opción Macri, lo hacen para evitar el retorno de los K. Los que votan la opción K, lo hacen para evitar la continuidad de Macri.

¿Puede salir algo positivo de un voto negativo? ¿Hay algo más desesperanzador que una elección gobernada por el voto negativo?

La esperanza es la confianza en que ocurrirá algo que se desea. También es la virtud teologal por la cual se confía que Dios dé los bienes que ha prometido. La desesperanza es lo contrario: no ocurrirá lo que deseamos, no recibiremos lo prometido. Ahí estamos.

El bien colectivo de la esperanza se nos ha puesto esquivo. Ese malestar profundo, que acompaña la descomunal decadencia económica y social de estos años, necesita de una reparación urgente.

La política, que es la responsable de proveerla, no se está ocupando de ello. Veamos.

El domingo elecciones “primarias” que – salvo excepciones – no lo son. Ya están definidos los candidatos. Excepción la Izquierda, en sus versiones minimalistas, que eligieron en consulta partidaria. Los demás son productos del “dedo elector” (Alberto Fernández) o de la autoestima (Mauricio Macri, Roberto Lavagna, J. L. Espert, etcétera). Este sólo hecho ya es una formidable vergüenza.

En la próxima primera vuelta los candidatos serán los mismos. Por lo tanto no estamos eligiendo nada.

Eligieron por nosotros cuatro personas que representan – no por su exclusiva responsabilidad – la oclusión de los partidos políticos y el exterminio del sentido de la política y la democracia.

Ellos son candidatos gracias a la pérdida del sentido de la política y de los pasos necesarios para la construcción de una democracia.

El primero de esos pasos necesarios es la construcción y mantenimiento de los partidos políticos. Su existencia es una constatación de voluntad colectiva. Su inexistencia, la de una abulia colectiva.

¿Por qué? Un partido político está formado por quienes creen ser parte de una sociedad que puede y debe tener objetivos y modos básicos compartidos que están contenidos en la Constitución votada mayoritariamente por los representantes de los ciudadanos. Ella contiene principios y normas destinadas a armonizar la vida colectiva. Los partidos, todos, se comprometen a respetarla. Y bien pueden, además, señalar su voluntad de cambiarla aplicando las reglas establecidas en ella.

La mayor parte de quienes hacen política hoy comparten los contenidos de la Constitución. La excepción son los partidos de Izquierda que, si bien han renunciado a la violencia, no lo han hecho a la voluntad de cambiarla. La Izquierda aspira a construir una economía y sociedad socialistas por la vía electoral y democrática. Para ello, previamente, deben derogar artículos fundamentales de la Constitución y luego legislar el nuevo sistema.

Otra excepción, a la vigencia de la Constitución que está aceptada en general por todos, está dentro del Frente para Todos.

Esa excepción es la propuesta de eliminar el Poder Judicial tal como hoy está reglado. La realizó Mempo Giardinelli y fue compartida por juristas del Frente. Propuesta no rechazada in totto por la líder del Frente.

Cabe aclarar que ese tono “reformista” no es compartido por la mayor parte de los líderes de esa formación, en particular, por los gobernadores peronistas que son los que representan su futuro. Esa sola diferencia pone en evidencia la inconsistencia ideológica de lo que hoy se presenta como el Frente de Todos.

Justamente es la Constitución de 1994 la que estableció como condición necesaria la existencia de partidos políticos para la germinación del proceso democrático.

Cada partido, en síntesis, es una asociación – de personas con vocación política – destinada a procurar el bien común. Sus miembros comparten una visión del presente, un diagnóstico y valores o principios, objetivos y métodos para alcanzarlos.

Un partido, para ser tal, supone tiempo de convivencia y participación de sus miembros. Un partido reúne a los que comparten ideas para, desde el Estado, construir la “Nación”. No es un concepto estanco. Es un proyecto, en mutación continua, de vida en común. Los partidos son talleres de forja de proyectos para ese fin. Si no lo son, dejan de ser partidos en el sentido profundo de la política.

El desierto de ideas en que está sumida la política argentina – sin perjuicio que se alegue que es una enfermedad universal – ha terminado por liquidar primero la vida de los partidos y luego su identidad.

Convertidos en “sellos” se han reconvertido en un mecanismo electoral. Maquinaria electoral menos personalizada cuanto más tecnologizada: por eso el jefe de campaña de los azules en 2000 puede ser el de los colorados en 2001 y – como en el caso de J. Durán Barba – terminar siendo el verdadero Jefe del Gobierno Macri.

Algunas de esas maquinarias son 3D: hechas por “computadora”. Sería el caso del PRO. Sus materiales son una mezcla variopinta de quienes han pasado por la “vieja” política, por el espantoso fútbol, por las finanzas y por las ONG. ¿Qué las une? Nada demasiado claro respecto del pasado: hay de todo. Nada respecto del futuro. Lo dominante es el presente y lo prédica – tal vez la convicción – que lo que “es” está bien. ¿Cambiemos? El nombre es su primera contradicción.

Su origen electrónico perfila al PRO como una máquina electoral perfecta. Recordamos: Federico Sturzenegger, en Estados Unidos, explicó que J. Durán Barba los entrenaba en el arte de no decir lo que pensaban o lo que querían hacer. El arte de la negación de las ideas de un proyecto a construir. Para el PRO – así lo han expuesto – pensar, proyectar y anunciar es “vieja política” y por lo tanto inútil.

Los triunfos electorales le dan razón al partido 3D. El combustible PRO no son las ideas sino el dinero. PRO es el ejecutor de la visión Néstor Kirchner de la política: “No hay política posible sin mucho dinero”. Es decir, vamos por el dinero y a quién lo tiene para hacer política.

Las otras maquinarias son de viejo cuño. Lo son el peronismo, en sus múltiples máscaras (Silvio Maresca, dixit); y el radicalismo, en sus múltiples ramas. Ni el peronismo, ni el radicalismo, en ninguna de sus versiones, ofrecen hoy (y tampoco ayer) ideas para hacer, desde el Estado, la construcción de la Nación. Abandonaron la política y sin ella no hay construcción arquitectónica de la Nación.

Nadie convoca al voto desde las “ideas”. Nadie hace Política. No con la intensidad y calidad necesarias desde 1983.

El primer radicalismo llegó vacío. Mucho de su discurso fue incorporado una vez en el gobierno; y en el segundo gobierno radical no hubo vestigios de aquellas ideas. En el partido centenario se apagaron las luces.

El peronismo de Menem desmontó lo que quedaba de lo que había contribuido a construir Juan Perón en tres presidencias. El menemismo fue la negación de aquel legado histórico. Difícilmente se pueda argumentar un abrevar en esas fuentes durante las presidencias K.

No se trata de discutir fidelidades, sino de poner en claro que merced al deshilachamiento de las ideas, los partidos tradicionales dejaron de ser talleres de forja mientras se transformaban en maquinarias electorales que concursan cada dos años. Insostenible: una máquina que no hace lo que hay que hacer es una “no máquina”. Los que se llaman partidos son “no partidos”.

Sin partidos y sin ideas en debate llegamos al principio de esta ridícula maratón electoral. Vemos que los maratonistas, de cada escudería, se chocan con los propios, tanto en las trayectorias pasadas como en las ideas futuras. ¿Por qué están juntos? ¿Qué los une? ¿El amor, el espanto, el poder, la comodidad? No hay respuesta. No hay unión. Es una asociación líquida, como diría Z. Baumann. La relación entre los que se dicen miembros de los partidos hoy es líquida. Corre dentro de un cauce con infinitas ramificaciones y cada relación fluye en una u otra dirección, según la inclinación del momento. Casi diría, parafraseando a Heráclito, que no se puede votar a nadie dos veces dentro del mismo cauce. Hoy te voto acá y mañana todo lo contrario.Veamos.

Un ejemplo de trayectoria: el futuro senador nacional por “Juntos por el Cambio”, Martín Lousteau, largó su maratón como funcionario K en la provincia de Buenos Aires: ministro de Producción (¡¡¡después de Gustavo Lopetegui!!!) y Presidente del BAPRO, total tres años. María Eugenia Vidal debería considerarlo corresponsable del “desastre que dejó el peronismo”. La coronó como Ministro de Economía de CFK: expuso, con entusiasmo, la espantosa Resolución 125 que, además, disparó la grieta; mantuvo al INDEC intervenido falseando estadísticas; firmó el decreto del tren bala (no firmarlo le costó el ministerio a Miguel Peirano). Sus ideas futuras: después de reconocer que “en este periodo presidencial el PBI ph va a haber caído 4%” y que él es “social demócrata” y que “en Singapur, Corea, Irlanda lo que encendió el motor del crecimiento fue el Estado”, lo que es verdad, sería importante aclarar por qué es candidato de los que piensan todo lo contrario respecto de lo que hay que hacer en economía.

Lousteau, M. Macri y H. R. Larreta no comparten lo “económico”. Pero tampoco lo “cultural”. Larreta, el 9 de julio, consagró “su vida, gestión y la Ciudad de Buenos Aires al cuidado del Sagrado Corazón de Jesús”. Pero elige para senador a quien no comparte el proyecto económico PRO y a quien es un promotor del aborto y que exigió que lo acompañara como senadora, una militante del aborto gratuito. ¿Chocan en lo cultural y en lo económico? ¿No les importa? Claramente no los unen las ideas económicas ni culturales. Sólo un cauce electoral.

Pero lo mismo ocurre en el Frente de Todos. Alberto Fernández, desde que se eyectó o fue eyectado, no le ahorró críticas a Cristina y tampoco al candidato “estrella” Axel Kicillof. Alberto criticó el cepo cambiario (la “idea” de Kicillof), el déficit fiscal, la inflación (y el nivel de pobreza que Axel no contaba por ser estigmatizante). Axel declaró que (con Alberto) “no pensamos exactamente igual”. Alberto dijo “gran parte de los descalabros que vivimos en la economía son responsabilidad de Kicillof”. ¿Van para el mismo lado, pero en dirección contraria? ¿Quién los entiende?

Después de recordar estos dichos y hechos de los protagonistas, que van juntos “con todos o por el cambio”, les preguntamos ¿cómo se llevarán el día después de los votos? La respuesta es una: “Depende de la fuerza de gravedad del cauce”, no de la voluntad del vínculo que es naturalmente líquido.

Cualquiera de los dos que pierda, importa poco. Pero el problema es que uno de los dos va a ganar. La pregunta es ¿quién va a dominar el campo triunfante? ¿Es importante saberlo? No está bien que no se hayan tomado el trabajo de ponerse de acuerdo. ¿Por qué?

Las campañas son el territorio de disenso, pero entre los candidatos de distinto partido. No entre los de la misma escudería. Estos chocan antes de empezar. Revelan desacuerdo al interior. No les surge espontáneamente la coincidencia. Revelan que no hay ni partidos ni Política. Gobierna “vamos viendo”. El líquido corre por la inclinación del cauce.

La situación económica y social es extremadamente crítica. Una votación no la resuelve. ¿Qué nos ofrecen? Atengámonos a las generalidades que declaran.

Macri dice: si gano, nace la “confianza” y los “inversores” pedirán menos tasa para mantenerse en pesos. La baja de la tasa de interés (insólito, pero lo dicen) generará un impulso de actividad y desaparecerá la crisis. Nos propone esperar a los Reyes Magos.

Para Fernández, copia a Lavagna, la solución es “ponerle plata en los bolsillos” a “la gente”. Nos propone esperar al Ratón Pérez.

La imaginación fantasiosa, los Reyes Magos. Un milagro. La promesa conocida (¿mañana una traición?), el Ratón Pérez. La imaginación perezosa.

No elegimos nada. Pero la noche de la economía es inexorable. Al despertar, no habrá ni Reyes Magos ni Ratón Pérez.

Las maquinarias electorales no pueden pensar la solución de los problemas. Simplemente su misión es tratar de ganar. Casi un capricho.

Es que sin Política, sin vida en los partidos, no se gestan ni se alumbran ideas claras que disipen las sombras del presente.

En las PASO no decidiremos nada. Porque lo que se vota ya está decidido. Pero sí es probable que se perfile el que pueda ganar las elecciones, hacerse de una relativa mayoría parlamentaria y del Poder Ejecutivo. La información del lunes puede ser relevante. La primera reacción será la de los “mercados”. Los que hacen cálculos y supuestos financieros a futuro. Puede haber un resultado de inquietud o de una relativa calma. Las corrientes profundas seguirán siendo absolutamente críticas para el futuro. El mejor resultado sería que después de las PASO los mejor calificados propongan, desde ahora, un gran acuerdo económico, social y político. Es la única posibilidad de gestar esperanzas. Sin ellas nos habrá de gobernar la decepción de ver que nos ofrecen como respuesta los Reyes Magos o el Ratón Pérez y todos sabemos que eso, a cierta edad, ha dejado de ser verdad.

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