El triunfo de Castillo en Perú: “Después de Cuba no hubo nada parecido”

Por Víktor Jéifetz [1] (“Kommersant”)

 

(Traducción de Hernando Kleimans)

¿Quién es el señor Castillo? La respuesta a esta pregunta preocupó a los propios peruanos y también a los medios mundiales el día del triunfo de Pedro Castillo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Perú el 11 de abril. La segunda ronda se llevó a cabo el 6 de junio pero el conteo de votos se retrasó un tiempo récord. Los resultados finales de la votación se anunciaron esta semana. Ahora el país se congeló en anticipación al 28 de julio, cuando se llevará a cabo la toma de posesión del nuevo presidente. No sólo un político de izquierda, sino un marxista-leninista, un izquierdista radical.

A medida que crecía el entendimiento de que Pedro Castillo se convertiría en el futuro jefe de Estado, era cada vez más insistente la pregunta: ¿a dónde se dirigirá el Perú después de la inauguración?

Los temores de un futuro giro brusco en la política fueron seguramente lo que obligó a la comisión electoral a revisar y revisar cada protocolo y todas las objeciones a ellos.

La diferencia entre el ganador y Keiko Fujimori, la “candidata eterna” de la derecha, fue de poco más de 44 mil votos, unas décimas por ciento (50,125% versus 49,875%). El país resultó dividido y polarizado social y geográficamente: la mayor parte del establishment, la capital y varias grandes ciudades del norte se posicionaron detrás de Keiko, mientras que el Perú rural, el sur del país, se puso incondicionalmente del lado del maestro y sindicalista Castillo. El partido por el que se postuló para presidente, Perú Libre, se llama a sí mismo marxista-leninista. La victoria de Pedro Castillo es casi única. Después del establecimiento del régimen comunista en Cuba liderado por los hermanos Castro a principios de la década de 1960, no hubo nada como esto en América Latina.

El triunfo en las urnas, sin embargo, marca apenas el comienzo de la historia. Castillo, un recién llegado a la política, se enfrentará a la oposición más fuerte que no sólo observará cada uno de sus pasos, sino también estará lista para resistir tanto los grandes emprendimientos como las pequeñas cosas. Todo esto tendrá lugar en un país que había demostrado durante mucho tiempo indicadores macroeconómicos decentes, que resultaron ser solo un fantasma a medida que se desarrollaba la pandemia de coronavirus, revelando brechas enormes en la desigualdad social. En América Latina, Perú es el país con más muertes por COVID-19 per cápita, el sistema de salud y los servicios sociales no están haciendo frente al flagelo global y esto se nota especialmente en las zonas rurales.

El propio Castillo, quien en vísperas de la primera ronda amenazó con nacionalizar grandes corporaciones mineras transnacionales, había moderado un poco su retórica en la segunda ronda, lo que de ninguna manera calmó a las élites, que temían la aparición del "Hugo Chávez peruano" o del "Evo Morales peruano". El propio expresidente de Bolivia se apresuró a dar la bienvenida a la victoria de Castillo prediciendo una repetición de su política en Perú. La participación anterior del ganador de las elecciones en grupos de autodefensa campesina ha suscitado temores de una inminente "ofensiva maoísta" en las ciudades del país.

Pero me atrevería a sugerir que Perú no debería esperar ningún giro a la izquierda.

Los miedos son exagerados. Casi los mismos temores imperaban en el establishment limeño en 2011, cuando Ollanta Humala, del bloque nacionalista e izquierdista Gana Perú, venció a Keiko Fujimori en las elecciones. Cuatro años de su presidencia no llevaron a Perú al campo de la izquierda radical inspirada por Venezuela y Cuba, ni se convirtieron en el tiempo de reactivación de la política social. La retórica preelectoral seguía siendo solo promesas.

El caso de Castillo es más complicado, fue llevado al poder por una ola de sentimientos antisistémicos que se extendió por Perú y toda América Latina. El nuevo jefe de Estado no puede dejar de tener en cuenta esto. Él mismo busca sacudir todo el sistema de poder. Es precisamente el hecho de que es un recién llegado a la política, no está involucrado en la corrupción a gran escala y no está asociado con los partidos anteriores, lo que lo elevó al Olimpo político (como lo hizo una vez el dictador Alberto Fujimori, padre de la actual candidata perdedora).

Los planes de una "economía de mercado popular", que atemorizaba al sector empresarial y a los inversionistas peruanos, se ajustaron entre las dos rondas: Castillo explicó que se trataba solo de más "regulación" y una presencia estatal más explícita en la economía.

Pero incluso esto parece una herejía a los ojos de las élites locales, que están elevando a lo absoluto los principios neoliberales.

De alguna manera, probablemente todavía tendrán que ceder, por ejemplo, en asuntos como el aumento de la inversión presupuestaria en agricultura y educación, la reforma del sistema de pensiones, para que, sin cuestionar los fundamentos de mercado de la economía, logre un mayor direccionamiento de esta hacia los estratos más pobres de la población. El triunfador en las elecciones prometió que el Perú "se convertirá en un país más justo, más soberano, más digno y más humano".

Al mismo tiempo, en algunos temas sociales Pedro Castillo es muy conservador, lo que lo distingue de muchos izquierdistas latinoamericanos. Castillo se opone al derecho al aborto y al matrimonio entre personas del mismo sexo. Sus ideas sobre la política internacional -de hecho, sobre principios aislacionistas- no pueden ayudar a quienes sueñan con un eje radical Habana-Caracas-Lima. Es poco probable que la izquierda moderada de América Latina comparta esos puntos de vista.

Entonces, Castillo tendrá que reconsiderar sus enfoques sobre los temas de política exterior o se quedará solo.

Para sus votantes, lo que se hará dentro del país es mucho más importante. La gente espera un progreso significativo y decisivo en la eliminación de la desigualdad. El 55% de los peruanos se consideran perdedores en el modelo de crecimiento económico del país. No temen una eventual incertidumbre económica, la que es poco probable que sea peor que el actual abismo socioeconómico.

El propio presidente recién electo sigue demostrando determinación para cumplir esta parte de sus promesas. Pero si no va a convocar a la ciudad un ejército de un millón de campesinos (que ya votaron en contra del programa de Keiko Fujimori para expandir la inversión y promover el libre mercado) y destruir físicamente el sistema político de Perú, reemplazándolo por un mecanismo de democracia directa, entonces simplemente no tiene la oportunidad de operar un brusco giro a la izquierda ... Perú Libre tiene solo 37 escaños en el parlamento de 130 bancas e incluso con un puñado de aliados de otros partidos de izquierda y centristas, el nuevo presidente no puede implementar el plan para una nueva constitución. Tendrá que negociar. La gran pregunta es si el propio Castillo y las élites peruanas están preparados para esto. El país que no votó a favor sino en contra por ahora no está dispuesto a un diálogo constructivo.


REFERENCIA

[1] Jefe de redacción de “América Latina”, publicación del Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de Rusia y director del Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad de San Petersburgo.

 


 


 

Diarios Argentinos